La memoria de las cosas Capítulo 30 — La memoria de las cosas #2
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Capítulo 30 — La memoria de las cosas #2

—Alex también nos contó que alguien dentro del proyecto lo traicionó. Alguien en quien confiaba. Una mujer que llevaba en el proyecto desde el principio, que fue quien le contó a Boros lo que estaba…

La puerta se abrió.

Iván entró con la energía de quien trae información y no puede esperar a soltarla.

—Boros. Toda la documentación está en orden.

Demasiado en orden. —Se sentó frente a su ordenador—.

Han desmantelado todo y no hay nada fuera de lugar, pero hay cosas que han sido borradas de los servidores.

Puedo verlo en los metadatos aunque no pueda leerlo todavía.

Estoy trabajando con la asesora externa para recuperar los datos. Si hay algo ahí, lo encontraremos.

—Buen trabajo, Iván —dijo Moisés.

Iván volvió a sus pantallas.

Y cuando Moisés y Gustavo volvieron a mirar a Inés, ella estaba sacando el USB del bolsillo y dejándolo sobre la mesa.

Los dos la miraron.

Inés se dirigió a Gustavo.

—Bueno. Entonces tú también conoces ya lo que me está sucediendo.

Gustavo la miró contrariado.

—Se ve que tengo superpoderes —dijo ella, y se rio bajito—. Creo que he encontrado una manera de ser útil y usarlos para el bien.

Le guiñó un ojo.

Luego se giró hacia Moisés y le contó lo que había pasado cuando Iván había tirado el café y ella había recogido los USB del suelo. Las dos memorias superponiéndose. La sensación de que los objetos contaban partes de la misma historia.

—¿No pensáis que estoy loca? —dijo cuando terminó.

—Sabes cosas que no deberías saber —dijo Moisés.

—¿Y eso basta?

—No.

—¿Entonces?

—Que estés loca o no sigue estando por demostrar.

No sabía muy bien por qué, pero sonrió.

Gustavo levantó la vista de la mesa mientras hacía sitio entre los objetos.

—He conocido a Yago —dijo—. Y creo que mi jubilación va a ser mejor gracias a él.

Inés se rio.

Gustavo siguió haciendo sitio en la mesa.

Inés estudió lo que había sobre la mesa. Los dos USB. La tarjeta de acceso de Innova. La carpeta que Boros había entregado voluntariamente. El bote de pastillas azules. Algunas cosas más que no había tocado todavía.

Y entonces recordó el objeto que había iniciado todo aquello.

La taza blanca con la línea azul de la cafetería. Ahí había empezado todo para ella.

—¿Necesitarías la taza también? —dijo Moisés.

Inés miró lo que tenía delante.

Negó con la cabeza.

—Bueno. Vamos allá.

Cogió uno de los USB.

El tirón llegó de inmediato. La visión de Alex frente al ordenador, el Proyecto Huella en la pantalla, los nombres. La misma que había tenido semanas atrás. Pero se disipó antes de asentarse.

Cogió la carpeta.

Ramiro guardándola en el cajón falso. También se disipó rápido.

Inés frunció el ceño.

Probó con los dos USB a la vez. Fragmentos que no cuadraban, imágenes que se cortaban. La tarjeta y la carpeta juntas. El bote de pastillas. Combinaciones distintas, distintos órdenes.

Nada cuadraba.

Se frustró.

Se quedó quieta con las manos sobre la mesa mirando los objetos. Y entonces algo pasó.

No supo cómo describirlo. Fue como si de repente viera los objetos de otra manera.

No como cosas aisladas sino como partes de algo.

Sintió un tirón diferente, no en las manos sino en algún sitio más dentro.

Notó calor en las palmas. No real, no visible, pero lo sentía.

Como si las manos le brillaran por dentro.

Supo qué tocar. Y en qué orden.

No lo pensó. Lo hizo.

—Creo que puedo conectarlos —dijo en voz baja, casi para sí misma—. Todos los objetos que he tocado estas semanas guardan fragmentos de algo mayor. Si consigo buscarlos en lugar de limitarme a recibirlos…

Miró los objetos alineados frente a ella.

—Creo que puedo ver la memoria de las cosas.

Y el mundo se superpuso.

Lo vio.

Alex frente a un ordenador en el laboratorio de Innova, de noche, solo. La pantalla llena de archivos, nombres, referencias numéricas. El Proyecto Huella en letras pequeñas. Sus manos moviéndose rápido, buscando, abriendo carpetas que no debería haber abierto.

Cambió.

Alex en un café, no en Origen, en otro sitio. Al otro lado de la mesa un hombre de pelo entrecano. Ramiro. Los dos inclinados sobre algo, hablando en voz baja.

Cambió.

La cafetería Origen. Alex detrás de la barra, sirviendo café, pasando algo de mano en mano con la naturalidad de quien lleva toda la vida haciéndolo. Una reunión en mitad del paisaje cotidiano de un edificio que no prestaba atención a sus camareros.

Cambió.

El laboratorio de noche otra vez. Alex copiando archivos.

La barra de progreso avanzando despacio.

Y entonces una mujer entró. Inés la vio de espaldas, el pelo recogido, una forma de moverse que le resultó familiar sin que pudiera ubicarla.

La mujer le dijo algo a Alex, señaló la pantalla, y se fue.

Inés intentó ver su cara pero la visión no se detuvo el tiempo suficiente.

Cambió.

Ramiro en el mostrador de recepción de Innova. La tarjeta. La dejaba para que alguien la encontrara. Luego se giraba hacia el pasillo y la veía a ella, a Inés, cruzando sin saber que la estaban mirando.

Cambió.

El despacho de la planta siete. De día. Boros al otro lado de la mesa. Y frente a él, de espaldas, la misma mujer. El pelo recogido. La misma forma de moverse. Hablaban. La mujer señalaba algo en un papel. Boros asentía.

Y entonces Boros cogió la carpeta que tenía sobre la mesa y empezó a sacar papeles. Los fue separando. Cogió un USB pequeño del cajón, metió algunos de los papeles seleccionados dentro de un sobre, y se lo entregó a la mujer junto con el USB.

La mujer lo cogió.

—Los dejaré en mi despacho —dijo.

Y se giró.

Inés la reconoció al instante.

No sintió sorpresa.

Sintió pena.

Porque Sonia no parecía una mujer satisfecha con lo que hacía.

Parecía alguien agotada de justificar decisiones que hacía mucho tiempo había dejado de comprender.

Salió de la visión de golpe.

Parpadeó varias veces. Moisés y Gustavo la miraban en silencio, sin moverse, esperando.

—Sé dónde están las pruebas que necesitáis —dijo.

Su voz sonó más tranquila de lo que esperaba.

—Hay un sobre y un USB. Boros se los dio a alguien antes de que llegaseis. Le pidió que los guardara en su despacho. Documentos, datos borrados de los servidores. Están fuera de Innova.

—¿La has visto? —dijo Gustavo—. ¿A quién se los dio?

—La he visto —dijo Inés.

Levantó despacio la vista.

—Sonia.

El silencio cayó sobre la sala.

Gustavo fue el primero en reaccionar.

—¿Estás segura?

Inés asintió.

Y entonces recordó el audio de Amaya.

El termo.

El té milagroso.

La sonrisa con la que había dicho que iría a verla.

Notó un vuelco en el estómago.

—Amaya está con ella.

Moisés ya se estaba levantando de la silla.