Capítulo 30 — La memoria de las cosas
El audio de Amaya llegó mientras Inés miraba el panel.
Lo escuchó con el móvil pegado a la oreja sin apartar los ojos de las fotos.
La voz de Amaya, con su energía, que no bajaba ni cuando estaba en modo informativo:
—Oye, que siguen ahí arriba, en la planta siete.
Sandra al final ha ido, qué sorpresa. Las dos estamos haciendo teorías pero creo que Sandra sabe más de lo que nos dice.
Ya sé yo por qué. —Pausa breve—. Por otro lado, he tenido el mismo sueño de la otra vez.
El que tenía contigo. Con las manos brillando.
Igual que la primera vez. No sé qué significa pero ahí queda.
—Cambio de tono, más ligero—. Voy a llevarle el té a Sonia que está mala, pobrecita, y luego me paso por tu casa para cenar y darte un achuchón. Que te lo mereces. Besos.
Inés sonrió sin poder evitarlo y le escribió:
Estoy deseando verte. Y lo de Sandra tendremos que secuestrarla para que hable.
Mandó el mensaje, dejó el móvil sobre la mesa y volvió al panel.
El panel de la investigación era exactamente el tipo de problema con el que le gustaba trabajar.
No lo había pensado así hasta ese momento, pero era verdad.
Su vida siempre había sido como el cajón de los calcetines, ese cajón que existe en todos los pisos y que acumula cosas sin ningún criterio aparente y sin embargo siempre encuentra lo que busca cuando lo necesita.
Caótica por fuera, funcional por dentro.
Pero su trabajo era otra cosa. Su trabajo era optimizar, ver lo que la gente necesitaba antes de que ellos mismos lo supieran, encontrar las historias que había detrás de los procesos y de las personas que llevaban a las empresas a ser más efectivas, más rentables, más resolutivas.
Ver historias.
Y eso, pensó mirando el panel, era exactamente una historia.
Se rio sola.
Quién le iba a decir que entrar en los treinta y ocho iba a ser tan apoteósico. Empezaba a echar de menos los treinta y siete. Quizá si empezaba a mentir sobre su edad y quitarse un año todo volvería a la normalidad.
Se rio de sí misma, como hacía siempre.
Los tarareos de Iván la devolvieron a la realidad.
Trabajaba sin hacerle caso de una forma casi mecánica, concentrado en sus pantallas con su capacidad de estar en otro mundo mientras seguía en este. Inés lo observó un momento. Lo miraba a él, pero sus ojos se desviaban hacia los USB que tenía al lado del teclado.
Los dos USB.
Recordó lo que había pasado hacía un rato cuando los había cogido del suelo al mismo tiempo. Las dos memorias superponiéndose. La sensación de que los objetos contaban partes de la misma historia y que al tocarlos juntos la historia se completaba.
Hasta entonces siempre había pensado que las visiones eran accidentes. Algo que simplemente ocurría. Pero quizá no funcionaban así. Quizá las memorias no estaban aisladas. Quizá eran fragmentos de una misma historia, como fotografías rotas. Y quizá era posible aprender a reconstruirlas.
Ese pensamiento se apoderó de ella con una claridad que no esperaba.
Tenía que intentarlo.
Y tenía que empezar por volver a coger esos USB.
Los tenía al alcance de la mano. Iván trabajaba a dos metros. No podía simplemente alargar el brazo y cogerlos mientras él estaba mirando.
Pero el destino, seamos sinceros, llevaba semanas tratándola fatal. Ya tocaba que colaborara un poco.
Iván recibió una llamada. Se levantó, dijo algo en voz baja al teléfono y salió al pasillo.
Inés se quedó sola en la sala.
No lo pensó mucho.
Mirando hacia la puerta por donde había salido Iván, se acercó al escritorio y cogió uno de los USB.
El tirón llegó de inmediato. Pero no se superpuso nada todavía, solo el calor familiar del objeto en la mano y la sensación de que había algo esperando al otro lado que todavía no había llegado.
Y entonces escuchó voces acercándose por el pasillo.
Lo que hizo a continuación no fue exactamente lo más sensato que había hecho en su vida. Metió el USB en el bolsillo.
No supo muy bien por qué. Lo más sensato habría sido dejarlo otra vez en el escritorio. Pero su instinto, que claramente estaba defectuoso esa tarde, tomó la decisión antes de que el cerebro pudiera opinar.
Total, si desaparecía una prueba de un caso en una sala donde solo estaba ella, quién iba a sospechar.
Genial, Inés. Seguro que nadie sospecha de ti.
Se insultó a sí misma con notable creatividad mientras se giraba hacia las voces.
Gustavo entró primero, hablando por teléfono con la concentración de quien está recibiendo información importante y no puede perder ni una palabra. Moisés entró detrás.
E Inés sintió algo que no supo exactamente cómo nombrar.
Como si hubiera estado conteniendo la respiración con todo el cuerpo, con todos los músculos en tensión, desde hacía horas sin darse cuenta.
Y en el momento en que él entró en la sala algo se aflojó solo, sin que ella lo decidiera.
Su cuerpo supo de forma inmediata que ya estaba bien.
Moisés estaba muy concentrado en lo que Gustavo le decía. Pero al entrar en la habitación y verla, su expresión cambió un segundo. Hubo apenas un destello, una sonrisa de las que llegan a los ojos, algo tan fugaz que si no hubiera estado mirándolo fijamente habría pasado desapercibido.
Gustavo terminó la llamada. Moisés se acercó a ella.
—¿Cómo estás? ¿Qué tal ha ido el día?
Eran seguramente preguntas protocolarias. Algo típico que se dice en los momentos de tensión para introducir a alguien en un tema que sin duda iba a ser algo más incómodo. Y sin embargo sonó a interés sincero.
Antes de que pudiera responder, Gustavo también se acercó y la invitó a sentarse en la mesa de reuniones con un gesto amable.
Eso activó algo dentro de Inés.
Gustavo siempre se había comportado con ella de forma correcta, pero había algo en su actitud en ese momento que era diferente. No sabía exactamente qué, pero lo notaba. Una amabilidad excesiva, del tipo que la gente despliega cuando va a decir algo difícil y quiere amortiguar el golpe de antemano.
Miró a Moisés buscando alguna pista de lo que estaba a punto de pasar.
Él la miraba a ella. Como siempre, con esa atención que registraba todo sin revelar nada. Era imposible saber qué pasaba por la mente de ese hombre.
Y aun así los nervios se disiparon levemente.
Los tres se sentaron a la mesa.
Al segundo entró una policía que Inés no había visto nunca con tres cafés y los dejó delante de cada uno con esa eficiencia silenciosa de quien ha hecho ese mismo gesto cientos de veces. También dejó una carpeta en el centro de la mesa. Luego se fue casi sin hacer ruido.
Inés miró el café. Luego la carpeta. Luego a Moisés.
Fue Gustavo quien habló primero.
—Inés. Quiero que sepas que estás a salvo. Y que lo tenemos.
Inés pensó automáticamente en el hombre del traje oscuro. Bueno, en Ramiro. Ahora que ese hombre tenía por fin un nombre y un rostro que no era solo el de sus visiones. Algo dentro de ella se relajó.
—¿Ramiro? ¿Lo habéis detenido?
Moisés puso cara de confusión un momento y entonces se dio cuenta de que Inés todavía no sabía el verdadero papel de Ramiro en toda esa historia.
—No —dijo—. Ramiro todavía está desaparecido.
Inés volvió a tensarse.
—Tranquila —dijo Gustavo—. No es un peligro.
Y empezó a hablar.
Gustavo le contó lo esencial.
Que Pablo y Alex eran la misma persona. Que Alex llevaba meses investigando por su cuenta lo que había descubierto sobre Huella, compaginándolo con su trabajo en Innova y con ser Pablo en la cafetería para estar cerca de todo sin levantar sospechas.
Que el proyecto había empezado en otra sede, con otro nombre, y que solo más tarde comprendió por qué lo habían trasladado a ese edificio.
Que Ramiro no era el responsable de lo que ocurría, sino el primero que había intentado impedirlo.
Que había destruido parte de la investigación, desaparecido por miedo, y que cuando Alex lo encontró decidió ayudarle.
Y que llevaba un par de semanas desaparecido, desde la noche en que supo que Boros sabía lo que estaba haciendo.
Inés escuchó todo sin interrumpir.
Cuando Gustavo terminó se quedó un momento procesando.
Ramiro sabía quién era ella. La había visto pasar por el pasillo de la planta siete esa noche.
Había estado en la cafetería, en el ascensor, cerca de ella más veces de las que sabía.
Y nunca le había hecho daño. Al contrario, había dejado la tarjeta de acceso para que la encontrara.
La había guiado sin que ella lo supiera.
—¿Cómo sabéis todo esto? —dijo.
—Porque hemos hablado con Alex —dijo Moisés—. Está en su piso. Tiene documentación, registros, todo lo que necesitamos.
—¿Y las fotos? —dijo entonces.
Moisés la miró.
—En el panel de Alex había fotos tuyas —dijo, con la calma de siempre, que no tenía nada de frío y sí mucho de exacto—. Tres. En distintos momentos. La primera es del día de tu cumpleaños.
Inés no dijo nada durante un momento.
El día de su cumpleaños. El día de la taza. El día en que todo empezó.
—Me estuvo observando —dijo.
—Sí. —Moisés no lo suavizó—. Vio lo que te pasó al tocar la taza y decidió que podías ser la pieza que necesitaba para que las pruebas llegaran a nosotros. La tarjeta, el USB, todo fue deliberado.
—¿Por qué yo?
—Alex tiene una teoría —dijo Moisés—. Cree que tenías algo previo.
Un rasgo genético o hereditario que hizo posible que el fármaco actuara aunque la exposición fuera accidental.
Si cualquier persona hubiera tomado esas pastillas de Amaya sin saberlo, no habría pasado nada.
Pero en ti sí. —Pausa—. No puede confirmarlo.
Pero encaja con todo lo que saben sobre cómo funciona el compuesto.
Inés miró la mesa.
Pensó en su madre. En esa percepción de las personas que siempre le había parecido simplemente parte de su carácter.
Pensó en los dos USB que llevaban un rato esperando en su bolsillo.
—Hay algo que quiero intentar —dijo.
Moisés la miró.
Pero antes de que pudiera continuar, Gustavo empezó a hablar de nuevo.