La memoria de las cosas Capítulo 29 — Sonia Martín
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Capítulo 29 — Sonia Martín

Era la primera vez que no iba a trabajar desde que había empezado este proyecto.

Sonia lo pensó sentada en el sofá con el té entre las manos, mirando la pantalla del móvil sin ver nada en particular.

Un año. Hacía un año que Alex la había llamado para proponerle aquello, y en ese año no había faltado ni un solo día.

Ni cuando tenía fiebre. Ni cuando las cosas se complicaban.

Ni siquiera cuando Alex desapareció y durante varios días no supo si había sido una decisión suya o algo que ella había provocado.

Hoy no podía ir.

Boros la había llamado esa mañana. Le había dicho, con esa calma que siempre parecía contener más de lo que decía, que la policía había pedido el listado completo de empleados de Innova. Que él se encargaría de gestionar eso. Que de momento lo mejor era que ella no apareciese por el edificio.

Que ya la avisaría.

Sonia había asentido, había colgado, y luego se había quedado mirando el teléfono durante varios minutos intentando ordenar lo que sentía. No era miedo exactamente. Era algo más difuso. La sensación de que las piezas se estaban moviendo de formas que ella ya no controlaba del todo.

Hacía un año, cuando Alex la llamó, ella acababa de ser rechazada para una beca de investigación en la que había depositado muchas esperanzas.

No era la primera vez que pasaba algo así. Llevaba años en esa rueda, proyectos que prometían y no llegaban, oportunidades que se cerraban antes de que pudiera agarrarlas. Estaba algo deprimida, aunque entonces no lo habría llamado así.

Alex la conocía desde el instituto. En lugar de preguntarle cómo estaba la llamó y le habló del proyecto durante media hora.

De lo que estaban investigando, de las aplicaciones que podría tener, de la gente a la que podían ayudar.

Hablaba con la pasión que siempre había tenido para las cosas en las que creía de verdad, y Sonia, que llevaba meses sin creer en casi nada, se dejó llevar.

Siempre había querido hacer cosas por las que ser recordada.

El Proyecto Huella, le dijo él, era exactamente eso.

Al principio su papel era casi de secretaria.

Poco acceso, pocas responsabilidades científicas reales.

Pero Alex la hacía partícipe de todo. Le explicaba lo que iban descubriendo, le pedía su opinión, la incluía en conversaciones a las que técnicamente no debería haber tenido acceso.

Confiaba en ella como muy poca gente lo había hecho, y eso tenía un peso que era difícil de ignorar.

Cuando descubrieron la segunda capa del proyecto, la que iba más allá de las aplicaciones médicas declaradas, Alex empezó a dudar. A dar vueltas a preguntas de moral que a Sonia le parecían, en ese momento, un lujo que no podían permitirse.

Ella, en cambio, vio el potencial.

Si alguien quería llevar a cabo ese proyecto con todas sus implicaciones era porque de verdad podía hacer algo grande. Y los escrúpulos de Alex, por muy bien intencionados que fueran, estaban en el camino.

Fue entonces cuando encontró la lista.

Doce nombres. Tres con asterisco.

María Parra. Diego Herrera. Amaya Ruiz.

Alex llevaba semanas estudiando los tres casos. Sonia fue quien decidió hacerse una pregunta distinta.

¿Cuál de los tres estaba realmente a su alcance?

María estaba en Alemania. Diego era Yago Erre, trescientos veinte mil seguidores, un equipo entero alrededor, prácticamente inaccesible sin levantar sospechas.

Y entonces cruzó los datos con información actual y encontró a Amaya Ruiz. Kore Consulting. Planta cuatro del mismo edificio donde tenían el laboratorio.

Y en cuanto lo vio supo lo que había que hacer.

Decidió saltarse a Alex y fue directamente a Luis Boros.

Boros la recibió en su despacho con la actitud de quien siempre parece estar exactamente donde quiere estar.

Moreno, con ese aspecto de dinero que no necesita proclamarse, una forma de escuchar que hacía que uno quisiera seguir hablando aunque no tuviera más que decir.

Sonia le había tenido cierto miedo la primera vez.

Luego aprendió que el miedo y la admiración a veces eran difíciles de separar.

Le contó el plan. Que Amaya Ruiz era uno de los tres sujetos prioritarios. Que trabajaba a tres plantas de distancia. Que a estas alturas era ingenuo pensar que alguien iba a participar voluntariamente en un estudio, pero que si tenían acceso directo a ella podían observar desde primera línea.

Boros la escuchó sin interrumpir.

Y cuando terminó, sonrió de esa manera que siempre parecía contener algo más.

—Ya me preguntaba cuándo llegarías a esta conclusión —dijo.

Sonia tardó un momento en entender lo que eso significaba. Que él ya lo sabía. Que probablemente lo había sabido antes que ella. Y que de alguna forma había esperado a que ella lo dijera en voz alta.

Eso le produjo una incomodidad que decidió ignorar.

Boros movió unos hilos. En menos de dos semanas Sonia tenía una oferta de trabajo en Kore Consulting. Asistente de proyectos. Una posición discreta. Exactamente lo que necesitaba.

Amaya Ruiz era exactamente lo que los datos decían que era, y al mismo tiempo algo completamente distinto a lo que Sonia esperaba.

Tardó poco en hacer amistad con ella. Era de esas personas que irradian algo hacia lo que la gente se siente atraída de forma casi involuntaria.

Sonia, que siempre había creído que ese tipo de personas escondían algo detrás de tanta luz, tardó más de lo que le habría gustado en reconocer que en el caso de Amaya no era así.

Al principio coincidía con ella en la sala de descanso. Estaba con dos compañeras más, Inés y Sandra. Sonia no se interesó en ellas más allá de saber sus nombres. Su objetivo era Amaya.

El primer contacto real vino de una conversación con José, el becario, que un día se lamentaba de que alguien le seguía robando los yogures. Sonia inventó algo sobre un sueño, una chorrada de esas que suenan más profundas de lo que son, y lo dijo en voz alta porque sabía que Amaya estaba cerca.

Funcionó.

Amaya se incorporó a la conversación con su naturalidad de siempre y empezó a hablar de los sueños premonitorios.

Uno que había tenido ella hacía poco. Y cuando lo describió, algo en él le pareció a Sonia curiosamente concreto.

Demasiado concreto para ser coincidencia.

Había soñado que alguien la encontraba de forma insistente y estaba convencida de que ya se había cumplido.

José se fue mirándolas como si estuvieran locas.

Ellas siguieron hablando.

Al día siguiente ya tenían tema de conversación sin necesidad de buscarlo. Y Sonia, que había planeado cada paso de ese acercamiento con cuidado, se descubrió en algún momento sin haber planeado nada, simplemente hablando.

Eso no le gustó. Pero tampoco lo cortó.

Fue ella quien se encargó del fármaco. Primero en el café, diluido, en cantidades mínimas.

Luego, cuando eso dejó de ser cómodo, encontró otra forma.

Metió las pastillas en un bote genérico y lo deslizó entre las cosas del bolso de Amaya durante una de las veces que fueron juntas fuera del trabajo.

Dio por hecho que acabaría en el baño de su casa, junto a las otras pastillas que había visto en las estanterías. Y así fue.

La amistad avanzó.

Sonia lo informaba todo a Boros. Los avances, las observaciones, los cambios en el comportamiento de Amaya que podían ser relevantes.

Esos informes los guardaba con cuidado. Más tarde supo que Alex los había encontrado.

Se lo contó. Ella le quitó importancia. Alguien lo había hecho, sus motivos tendría.

Alex no estaba de acuerdo pero dejó el tema.

Boros estaba contento con cómo ella llevaba el asunto. Eso le hacía sentirse útil de una forma que era difícil de describir.

Durante las semanas anteriores a que todo se complicara, Alex había estado distante.

Hablaba menos. Hacía preguntas incómodas. Evitaba compartir información con la misma naturalidad de antes.

Y aquella noche, cuando fue al laboratorio a recoger unos documentos que había olvidado, lo encontró copiando archivos.

Lo vio antes de que él la oyera entrar. El USB conectado, las carpetas abiertas en la pantalla, la barra de progreso avanzando despacio. Y la forma en que se tensó cuando levantó la vista y la vio.

Le dijo que parara. Que si seguía así lo pillarían. Que todo lo que habían construido estaba en peligro.

Él no paró.

Habló con Boros.

Le pasaron las credenciales de acceso de Alex y le pidieron que lo monitorizara, que averiguara exactamente qué había copiado y qué sabía.

Unos días después, Alex desapareció.

Su teléfono se apagó. Nadie volvió a verlo.

Sonia llevaba semanas con esa imagen en la cabeza. La pantalla. El USB. La forma en que él la había mirado cuando se dio cuenta de que era ella.

Cuando la policía fue a hablar con ella por la desaparición de Alex, Amaya estaba ahí también.

La consoló. Le dijo que lo sentía, que seguro que aparecía, que estas cosas a veces tenían una explicación sencilla.

Sonia dejó que la abrazara.

Lo que Amaya no sabía era que quizá estaba abrazando a la persona que había empujado a Alex a desaparecer.

Sonia correspondió al abrazo.

Y odió descubrir que necesitaba aquel gesto más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Siguió dejando que Amaya la consolara. Le daba un motivo para estar cerca, para mantener la apariencia de normalidad mientras Innova decidía cuál era el siguiente paso.

Amaya nunca preguntaba demasiado. Simplemente estaba.

A veces Sonia pensaba en preguntarle qué soñaba últimamente.

Nunca lo hacía.

Le inquietaba descubrir que en alguno de esos sueños aparecía ella.

La cafetería del edificio era el único sitio al que se había negado a ir.

Una vez, al principio, había entrado a pedir un café.

El camarero apenas se volvió cuando le habló. Llevaba gorra, barba de varios días y unas gafas de montura oscura que le ocultaban parte del rostro. Contestó lo justo, evitando mirarla demasiado tiempo.

Sonia salió con una sensación extraña.

No la de haber reconocido a alguien, sino la de haber estado delante de una persona que hacía un esfuerzo deliberado por no ser vista.

La sensación le resultó incómoda durante unos minutos, pero terminó apartándola. En aquel momento todavía pensaba que Alex seguía trabajando tres plantas más arriba.

No volvió.

Amaya llevaba semanas intentando convencerla. Que era buena, que el café, que el ambiente. Sonia siempre encontraba una excusa. Hasta que un día Amaya insistió tanto que dijo que sí, que iría, solo para cerrar el tema.

Y entonces estaba cerrada.

Eso, por una vez, le pareció una señal.

El día que iban a ir por fin la policía se presentó en el edificio. Sonia vio desde el pasillo cómo el inspector hablaba con Amaya en el vestíbulo. Pasó por su lado sin pararse. No quería que reparara en ella. Ya habían hablado dos veces y empezaba a sentir que una tercera vez algo iría mal.

No la pararon.

Luego Amaya le contó que el inspector y la chica de la planta cuatro, Inés, hacían buena pareja. Lo dijo con la naturalidad de quien observa las cosas y las nombra sin darles más importancia de la que tienen.

Sonia no había prestado mucha atención a Inés hasta ese momento. Era la compañera de Amaya, la que siempre llegaba tarde con el café, la que hacía comentarios irónicos en la sala de descanso. Nada que la hiciera especialmente relevante.

Pero si la policía confiaba en ella de esa forma, quizá Inés llevaba tiempo aportando información sin ser consciente de ello.

Sonia decidió que sería mejor escuchar con más atención cada vez que hablase.

Ese día no fue a trabajar. Llamó a Kore para decir que estaba enferma.

Amaya la había llamado también. Le había dicho que ninguna de sus amigas había ido hoy y que se sentía sola. Que pasaba por su casa a llevarle un té que curaba todo.

Sonia le dijo que sí sin pensarlo mucho.

Ahora estaba sentada en el sofá preguntándose si había cometido un error.

No con el proyecto. Con Amaya.

Ella no era de las que se encariñaban. No era de las que dejaban que las personas entraran de esa forma. Era metódica, capaz de mantener la distancia necesaria para hacer lo que había que hacer.

Y sin embargo.

Amiga. La palabra le resultaba incómoda. Y al mismo tiempo se daba cuenta de que era exactamente lo que era.

Se levantó cuando oyó el ascensor. Fue hasta la puerta. Se quedó parada delante de ella con la mano en el pomo.

Si Amaya lo supiera todo. Si supiera lo que Sonia había hecho estos meses, lo que había puesto en su café, lo que había metido en su bolso, lo que había contado a Boros.

¿Estaría dispuesta a ayudar de todas formas?

La pregunta la sorprendió.

No era eso lo que había querido pensar.

Llamaron a la puerta.

Sonia abrió.

Amaya sonrió y levantó ligeramente el termo.

—He traído el té milagroso —dijo.

Sonia pensó que aquella era probablemente la única persona que habría seguido llamando a su puerta incluso después de conocer toda la verdad.

Y por primera vez en mucho tiempo deseó no haber hecho méritos para perderla.

Precisamente por eso no supo cómo devolverle la sonrisa.