Capítulo 28 — Desde el principio #2
—Porque Ramiro Núñez no era el que estaba detrás de todo aquello.
Era el investigador principal del estudio universitario, sí.
Diseñó el protocolo, supervisó las sesiones, firmó las asistencias.
Creyó en lo que hacía. —Alex miró sus manos—.
Pero cuando Innova lo contrató para continuar la investigación y él fue entendiendo qué querían hacer realmente con los resultados, lo dejó.
A los seis meses. Borró lo que pudo de los servidores, destruyó copias físicas, y desapareció con miedo de lo que le podían hacer si hablaba.
—¿Y tardó meses en contarle todo eso? —dijo Moisés.
—Al principio no quiso hablar conmigo. Tenía miedo, llevaba años intentando no existir para que Boros y su gente no lo encontraran.
Tuve que convencerle de que yo no era el enemigo, de que lo que yo tenía en los servidores demostraba que él había intentado parar aquello antes que nadie.
—Pausa—. Y cuando lo entendió, cuando vio que yo llevaba meses construyendo el mismo caso que él había intentado construir quince años atrás, cambió.
Me dijo que esta vez no iba a huir. Que si había alguien dispuesto a llevar esto hasta el final, él iba a ayudar.
—¿Dónde está ahora?
—Nos comunicamos cuando él decide. Es más seguro así. —Alex miró el panel—. Pero está disponible cuando lo necesiten.
Moisés miró el panel con todos esos datos, esas flechas, esos meses de trabajo silencioso.
—Pablo —dijo.
Alex lo miró.
—Necesitaba estar cerca del edificio sin que nadie supiera quién era.
Quería controlar que Amaya estuviera bien, que nadie de Innova se le acercara de una forma que pudiera alarmarla.
Y necesitaba un lugar para reunirme con Ramiro sin levantar sospechas.
Una cafetería pegada al edificio era perfecto. Nadie mira dos veces a un camarero.
—¿Y cómo lo compaginaba con Innova?
—Como investigador principal no tenía horario fijo.
A veces estaba quince horas seguidas en el laboratorio, a veces me conectaba desde casa con mis credenciales y nadie preguntaba nada.
Tenía una libertad de movimiento que el resto del equipo no tenía.
—Pausa—. El dueño de la cafetería es un amigo de hace años.
Le pedí ayuda. Empecé a ir a ratos, para que la gente del edificio me fuera conociendo como Pablo, para que me vieran como parte del paisaje.
Que un camarero aprenda rápido lo que piden los clientes no llama la atención. Es lo que se espera.
—¿Y cuándo se quedó solo?
—Su boda fue el momento perfecto. Se fue un mes a México.
Y yo ya llevaba suficiente tiempo para que nadie en el edificio cuestionara mi presencia.
—Pausa—. Desde la cafetería podía observar quién subía y quién bajaba, controlar los movimientos de Innova, y reunirme con Ramiro con total naturalidad.
Nadie sospecha de un camarero que toma café con un cliente en su hora libre.
—¿Y nadie en Innova lo notó?
—Me buscaron porque ese lunes tenía una reunión con Boros y no aparecí. Hasta entonces nadie había cuestionado nada.
Moisés procesó todo eso en silencio durante un momento.
—¿Quién sabía dentro de Innova que usted investigaba la lista?
Alex se quedó callado. Miró el panel. Luego la taza. Luego a Moisés.
Hubo algo en ese silencio que era distinto a los anteriores. Era el silencio de quien está a punto de decir algo que le cuesta no porque no quiera sino porque decirlo en voz alta lo vuelve definitivo.
—Hubo una noche —dijo finalmente— en que alguien entró al laboratorio cuando yo estaba haciendo copias de documentos. Era tarde. Creía que estaba solo.
—¿Qué pasó?
—Me vio. Vio lo que estaba haciendo, los archivos abiertos, el USB conectado.
Y me dijo que lo dejara. Con esas palabras exactas: que lo dejara, que si seguía así me iban a pillar.
—Pausa—. No me pareció una amenaza. Me pareció una advertencia de alguien que quería protegerme.
Alguien que sabía lo que yo estaba haciendo y prefería que parara antes de que las cosas se complicaran.
—¿Y paró?
—No. Seguí. Porque lo que había encontrado era demasiado importante para pararlo por miedo.
—¿Y esa persona lo delató?
—Dos días después de esa conversación supe que Boros sabía lo que yo había estado haciendo.
Que sabía que había copiado archivos, que había estado en carpetas a las que no debía tener acceso.
No me lo dijo directamente. Pero hubo cambios.
Cambios en mis permisos de acceso, reuniones que se cancelaron sin explicación, conversaciones que se cortaron cuando yo entraba.
—Pausa—. Ese lunes tenía una reunión con Boros. Supe que no podía ir.
—Y desapareció.
—Desaparecí esa misma noche. Cogí lo que tenía y me fui.
—¿Quién entró esa noche al laboratorio? —dijo Moisés.
Alex cerró los ojos un instante.
—Alguien que llevaba en el proyecto desde el principio.
Que entró a trabajar ahí porque yo lo pedí.
Que creía en ello, que creía de verdad que el fármaco podía hacer cosas extraordinarias y que los medios eran secundarios comparados con eso.
—Una pausa larga—. Éramos amigos del instituto. La conocía desde los dieciséis años.
Gustavo dejó de anotar.
Moisés esperó.
—Me decepcionó —dijo Alex, con esa quietud de quien ha procesado algo durante mucho tiempo y ya no le queda rabia, solo el peso—. No voy a decir que no me decepcionó. Confiar en alguien durante años y descubrir que en el momento en que más importaba eligió otra cosa.
—¿Un nombre? —dijo Moisés.
Alex abrió los ojos.
—Sonia Martín.
El nombre quedó flotando en el aire del piso.
Moisés pensó en Sonia. En la mujer que había interrogado semanas atrás cuando todo empezaba.
Que cuando le preguntó por Alex parecía más distraída que rota, más pendiente de otra cosa que de la desaparición de alguien que supuestamente era su amigo.
En la que ayer, cuando habló con Amaya en el vestíbulo del edificio, se había ido sin pararse ni mirar atrás.
Y que según el audio que Inés había escuchado esa mañana, hoy tampoco había ido a trabajar.
—¿Y sigue pensando eso? —dijo—. ¿Que el fin justifica los medios?
—No lo sé —dijo Alex—. Y eso también me preocupa.
—¿Y usted?
Alex tardó unos segundos.
—Yo dejé de pensar que el fin justificaba los medios cuando empecé a ver nombres en una lista en lugar de sujetos de estudio.
Silencio.
—¿Sonia sabe dónde está usted? —dijo Moisés.
—No.
—¿Y sabe lo de Inés García?
Alex sostuvo su mirada.
—Eso es lo que no sé. Y es lo que más me preocupa.
Nadie habló durante unos segundos.
Moisés volvió a mirar las fotografías de Inés pegadas al corcho.
—¿Por qué está ella en ese panel? —dijo—. No estuvo en el estudio original. No hay nada de ella en ningún archivo. No debería estar ahí.
—No debería —dijo Alex—. Eso es exactamente el problema. —Se levantó y se acercó al panel—. Inés García no participó en el estudio universitario. No hay registros de ella en ninguno de los archivos del proyecto. Nunca estuvo expuesta al fármaco de forma oficial. Y sin embargo…
—Sí estuvo —dijo Moisés.
Gustavo levantó la vista de golpe.
Moisés le hizo un gesto discreto con la mano. Tranquilo. Luego miró a Alex.
—¿Cómo es posible? —dijo Alex, con genuina sorpresa—. No aparece en ningún sitio.
—Las pastillas del estudio. Amaya las guardó sin saber muy bien por qué. Las tenía en el baño. Inés las tomó en varias ocasiones pensando que eran para el dolor de cabeza.
Alex permaneció inmóvil durante varios segundos.
—Entonces sí estuvo expuesta —dijo por fin—. No dentro del ensayo. No con dosis controladas. Pero estuvo expuesta.
—Eso parece.
Alex se acercó al panel.
—Si lo que sabemos sobre María, Diego y Amaya es correcto, el compuesto nunca creó capacidades nuevas. Solo intensificó algo que ya existía.
Miró a Moisés.
—Y si lo que le está ocurriendo a Inés empezó después de esa exposición accidental… entonces quizá también había algo previo en ella.
—¿Algo genético? —preguntó Gustavo.
—O hereditario. O algún marcador que nunca aprendimos a identificar. No lo sé. Pero si cualquier persona reaccionara así, Innova habría podido reproducir el efecto hace años. —Hizo una pausa—. Y por lo que he leído en los archivos, nunca pudieron hacerlo.
Moisés recordó las pastillas guardadas en el baño de Amaya. Inés las había tomado en varias ocasiones sin saber lo que eran.
Y sin embargo Alex tenía razón.
Si aquello bastara para provocar el efecto, Innova habría podido reproducirlo hacía años. No. Tenía que haber algo más. Un rasgo común que compartían María, Diego, Amaya e Inés y que nadie había sabido reconocer hasta ahora.
—¿Y eso qué significa? —dijo Moisés.
Alex negó despacio con la cabeza.
—Que Inés no cambia lo que creíamos saber sobre el compuesto.
—¿Entonces?
—Cambia lo que creíamos saber sobre las personas capaces de responder a él.
El silencio llenó el piso.
Alex apartó la mirada del panel y volvió a sentarse.
—Durante quince años hemos intentado perfeccionar una sustancia —dijo en voz baja—. Y quizá lo que nunca entendimos fue a las personas que la recibieron.