La memoria de las cosas Capítulo 28 — Desde el principio
77%

Capítulo 28 — Desde el principio

Moisés cogió el café.

Estaba caliente. Lo cual significaba que Alex lo había preparado hace poco, que había sabido que iban a llegar en ese momento concreto, o que llevaba suficiente tiempo esperándolos como para tener el café listo cuando llamaran.

Ninguna de las dos opciones le resultaba especialmente tranquilizadora.

Se sentó. Gustavo también. Alex seguía frente al portátil, con esa calma de quien ha ensayado esta conversación muchas veces y sabe que no hay forma de que sea corta.

—Empiezo por el principio —dijo Alex.

—Empiece por donde quiera —dijo Moisés—. Pero no se deje nada.

Alex asintió.

Y empezó.

Había entrado en Innova Systems Engineering hacía seis meses. Aunque el proyecto en sí llevaba un año, con otro nombre y en otra sede antes de convertirse en Innova y mudarse a ese edificio.

—Al principio no le di más importancia al cambio —dijo Alex—. Las instalaciones eran mejores, el laboratorio más completo. Me pareció lógico. Fue después cuando entendí por qué ese edificio en concreto.

Ingeniero biomédico, especialidad en modelado computacional de sistemas biológicos.

El trabajo era exactamente lo que decía la oferta: investigación en aplicaciones cognitivas, desarrollo de un compuesto para mejora de memoria en pacientes con deterioro neurológico.

Alzheimer en fases tempranas. Amnesia postraumática.

El tipo de investigación que uno hace porque quiere hacer algo que importe.

Durante los primeros tres meses no vio nada que no encajara.

El laboratorio era bueno. El equipo era serio.

Boros aparecía de vez en cuando con la actitud de quien supervisa sin ensuciarse las manos y dejaba que los investigadores hicieran su trabajo.

La documentación estaba en orden. Los protocolos eran correctos.

Todo parecía exactamente lo que decía ser, y Alex lo había creído porque quería creerlo, porque tenía veintitantos años y un trabajo que podía significar algo.

—¿Cuándo cambió? —dijo Moisés.

—Cuando empecé a tener acceso a los servidores principales.

—Alex miró el panel—. Al principio solo trabajaba con los datos que me asignaban directamente.

Parcelas concretas, resultados acotados.

Pero a los cuatro meses me dieron acceso ampliado para un proyecto paralelo que supuestamente requería contexto histórico.

Y en ese acceso había carpetas que no deberían estar ahí.

—¿Qué tipo de carpetas?

—Archivos del estudio universitario. El original, el de hace quince años. —Pausa—. Lo primero que pensé fue que era exactamente lo que me habían dicho, material de archivo para entender la base del fármaco. Empecé a leerlo como haría con cualquier documento de contexto. Y entonces algo no cuadró.

—¿Qué no cuadraba?

—Los nombres. —Alex se levantó y señaló la lista que colgaba en el panel—.

En los archivos del estudio había doce participantes.

Datos cognitivos, resultados de las pruebas, valoraciones del investigador responsable.

Pero tres de ellos tenían una carpeta separada.

Más densa. Con seguimiento posterior, con actualizaciones recientes.

—Hizo una pausa—. Actualizaciones de hacía tres meses. No de hace quince años.

Gustavo levantó la vista de la libreta.

—Alguien había estado siguiendo a esas tres personas —dijo Moisés.

—Alguien había estado siguiendo a esas tres personas durante quince años sin que ellas lo supieran. Y yo acababa de tener acceso accidental a esa información.

El silencio duró lo necesario.

—Cuénteme los tres —dijo Moisés.

Alex volvió a sentarse.

—La primera es María Parra. Vive en Alemania desde hace años, en Röttingen, un pueblo pequeño cerca de Würzburg.

Casada con un alemán, vida tranquila, completamente alejada de todo esto.

—Pausa—. Su rasgo es la intuición con las personas.

Sabe quién va a llamar antes de que suene el teléfono.

Percibe el estado emocional de alguien en cuanto entra en una habitación, antes de que esa persona diga una sola palabra.

Siempre ha sido así, desde antes del estudio.

—¿Y el fármaco la afectó?

—Según los datos, moderadamente. De los tres es la que menos potencial mostraba, o al menos la que menos resultados medibles generó en las pruebas.

Y al estar en Alemania era prácticamente imposible acercarse a ella de forma sutil sin levantar sospechas.

—Alex abrió las manos—. La descartaron relativamente pronto.

Está en los archivos pero nadie la ha contactado activamente desde hace años.

Moisés anotó mentalmente que Reyes había hablado con ella por videoconferencia semanas atrás. Que había contado lo mismo que los demás, el estudio, las pastillas azules, los cuestionarios. Que su marido llevaba veinte años diciéndole que daba miedo de lo bien que intuía las cosas.

—El segundo —dijo.

Alex miró el panel.

—Diego Herrera. —Una pausa—. Yago Erre.

—El influencer —dijo Gustavo, sin levantar la vista.

—El influencer. —Alex asintió despacio—.

Él fue por quien me di cuenta de que el estudio podía haber funcionado de verdad.

Cuando encontré sus datos y empecé a rastrear lo que había desarrollado después del estudio…

—Se detuvo un momento, como buscando cómo explicar algo que le sigue pareciendo extraordinario aunque lo haya procesado muchas veces—.

Los resultados financieros que tiene no son suerte.

Son algo muy específico y muy consistente.

La forma en que lee patrones en secuencias numéricas que nadie más percibe, la velocidad a la que procesa relaciones entre datos que aparentemente no tienen conexión. Es real. Está documentado.

—¿Lo investigó usted personalmente? —dijo Moisés.

—Durante meses fue mi principal objeto de estudio dentro del proyecto.

—Alex cogió la taza—. Era el que mayores resultados mostraba de los tres.

De lejos. El más interesante desde el punto de vista de lo que el fármaco podría haber amplificado.

Si querías demostrar que el compuesto funcionaba en condiciones reales, Yago Erre era tu mejor argumento.

—¿Y? —dijo Moisés.

—Y trescientos veinte mil seguidores. Apariciones públicas constantes.

Un equipo de comunicación, un representante, un abogado.

—Pausa—. Acercarse a él de forma sutil era casi imposible.

Cualquier contacto relacionado con Innova habría levantado una bandera de inmediato.

Y Yago es inteligente. No del tipo que se deja llevar fácilmente.

—¿Habló con él?

—En alguna ocasión. Sin revelar nada, claro.

Conversaciones cortas, de las que uno tiene aparentemente sin motivo.

—Alex lo dijo con la incomodidad de quien reconoce que se movió en terreno gris—.

Es un tipo curioso. Muy real debajo de todo lo que construye hacia afuera.

Carismático de una forma que no necesita esfuerzo.

—Eso —dijo Gustavo— es exactamente lo que pensé yo también.

Moisés lo miró.

Gustavo encogió un hombro y volvió a la libreta.

—No era fácil seguirle la pista sin que lo notara —continuó Alex—. Así que volví a los datos. Y fue entonces cuando me fijé con más atención en el tercer nombre.

—Amaya Ruiz —dijo Moisés.

—Amaya Ruiz. —Alex se levantó otra vez y señaló el panel—.

De los tres es la más difícil de medir. Según los informes del estudio, tiene episodios oníricos recurrentes que solo adquieren significado después.

Sueña escenas, personas o conversaciones aparentemente inconexas y, días o semanas más tarde, reconoce que aquello ya había pasado por su cabeza.

—¿Premoniciones? —preguntó Gustavo.

—No exactamente. No puede anticipar nada de forma útil. No sabe qué está viendo cuando sueña ni cuándo ocurrirá. Solo lo identifica cuando sucede de verdad. Como si su memoria funcionara en dos direcciones distintas.

Alex hizo una pausa.

—Y según las evaluaciones posteriores al ensayo, el compuesto no creó esa capacidad. Ya estaba ahí. Lo único que hizo fue aumentar la frecuencia con la que ocurría.

—¿Y usted cómo lo confirmó? —dijo Moisés.

—Observándola. Desde la cafetería, desde el edificio. Durante semanas. —Alex no lo dijo con orgullo sino con la incomodidad de quien sabe que lo que hizo tiene un coste—. Es exactamente lo que dicen los datos. Pero verlo en una persona real es distinto a leerlo en un informe.

Moisés asintió despacio.

—Cuando empecé a investigarla de forma más sistemática, cruzando los datos del estudio con información actual, fue cuando encontré algo que no esperaba. Amaya Ruiz trabajaba en Kore Consulting. Planta cuatro del mismo edificio donde Innova tenía su laboratorio.

—Y eso no fue casual.

—No. —Alex lo dijo con una contundencia que no necesitaba más palabras—.

Alguien sabía que ella estaba ahí. Alguien eligió ese edificio precisamente por eso.

Las mejores instalaciones, el mejor laboratorio, todo eso era real.

Pero el motivo real era Amaya. Y cuando lo entendí supe que no estaba solo investigando el proyecto por mi cuenta.

Alguien dentro de Innova ya sabía lo que yo había tardado meses en descubrir.

—¿Quién? —dijo Moisés.

Alex se quedó callado un momento. Miró el panel. Luego la taza.

—Eso fue lo que me llevó tiempo entender —dijo—. Al principio pensé que el responsable era el investigador original. El que había diseñado el estudio universitario. Su nombre aparecía en todos los archivos como supervisor. Era el más obvio.

—Ramiro Núñez —dijo Moisés.

—Ramiro Núñez. —Alex asintió—. Estuve meses buscándolo.

Cruzando datos, rastreando publicaciones, buscando cualquier huella digital que hubiera dejado después del estudio.

No era fácil. Había desaparecido del circuito científico casi sin rastro.

—Pausa—. Pero lo encontré. Y cuando lo encontré y pude hablar con él entendí que me había equivocado completamente.

—¿Por qué?