La memoria de las cosas Capítulo 27 — Alex Duarte
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Capítulo 27 — Alex Duarte

La dirección era la misma que ya tenían en el expediente.

Chamberí. Tercero sin ascensor. El edificio con portería que olía a madera antigua y a vidas ordenadas, que Moisés recordaba con la precisión que tenía para los espacios.

Habían estado aquí semanas atrás, cuando el piso de Alex era un sitio al que alguien había vuelto a dejar un portátil, un USB y una nota de cuatro palabras.

Esta vez subieron sin saber qué iban a encontrar.

Llamaron.

Silencio.

Moisés miró a Gustavo. Gustavo miró la puerta.

Volvieron a llamar.

Esta vez sí. Pasos al otro lado, lentos, como de quien se lo piensa antes de moverse.

La puerta se abrió.

Moisés tardó un segundo.

Solo un segundo. El tiempo justo para que el cerebro procesara lo que estaban viendo los ojos y decidiera que era real.

El hombre que abrió podría haber sido Pablo.

Tenía la misma altura, el mismo pelo oscuro algo más largo de lo que se llevaría en una foto de expediente, los mismos ojos claros que contrastaban con el resto.

La misma forma de quedarse quieto en el marco de la puerta, evaluando.

Sin la camiseta azul de Origen. Sin la mochila.

Pero con la cicatriz en el nudillo del índice derecho, pequeña y antigua, exactamente donde Inés la había descrito.

—¿Alex Duarte? —dijo Moisés.

—Depende de quién pregunte.

—La policía.

—Entonces sí.

El piso era el mismo de siempre y no lo era.

Los libros seguían en las estanterías. Los platos apilados en el escurridor.

El orden particular que Moisés había registrado la primera vez que entró seguía ahí, pero superpuesto a señales de ocupación real.

Ropa doblada sobre una silla. Un portátil abierto con varias pestañas.

Folios con notas apilados junto a una taza de café que todavía echaba vapor.

Y en la pared del fondo, un panel.

—Siéntense —dijo Alex—. Voy a por café.

Gustavo miró a Moisés. Moisés ya estaba mirando el panel.

Se acercó despacio, como quien se acerca a algo que sabe que va a cambiar varias cosas a la vez y quiere tomarse el tiempo de verlo bien antes de que eso pase.

Era grande. Corcho y chinchetas, del tipo que se monta cuando llevas mucho tiempo pensando en algo y necesitas sacarlo de la cabeza para verlo desde fuera.

Fotos impresas, algunas tomadas a distancia, otras sacadas de fuentes públicas.

Recortes. Notas manuscritas con la letra apretada de quien escribe rápido para no perder el hilo.

Fechas. Nombres. Flechas que conectaban unas cosas con otras siguiendo una lógica que Moisés tardó un momento en seguir pero que, cuando la siguió, era sólida.

Reconoció a Boros en una foto tomada a distancia, entrando al edificio. Reconoció el logo de Innova Systems. Reconoció una copia de parte de la lista que habían encontrado en la carpeta de Amaya, con algunos nombres marcados en rojo.

Amaya Ruiz. Marcada.

Y debajo, en otro color, un nombre que no estaba en la lista original.

Inés García.

Moisés se quedó mirando ese nombre durante un momento que duró más de lo que debería.

A su lado estaban las tres fotos. Inés saliendo del edificio de oficinas. Inés en la cafetería con Sandra. Inés caminando por la calle con el bolso demasiado grande y la vista en el móvil. La última tenía una fecha escrita debajo. El día de su cumpleaños.

Alex volvió con dos tazas y las dejó sobre la mesa sin decir nada. Luego se sentó frente al portátil, cruzó los brazos y esperó.

—¿Por qué está ella aquí? —dijo Moisés, sin apartar la vista del panel.

—Porque nunca debería haber aparecido.

Nadie dijo nada.

Gustavo dejó de escribir.

Moisés sostuvo la mirada de Alex.

—Explíquese.

—Para eso necesitan escuchar la historia completa.

—Tenemos tiempo. —Moisés cogió la taza de café—. Empiece.

Alex miró el panel un momento. Luego a los dos inspectores.

—Llevan semanas siguiéndome la pista —dijo—. Yo llevo semanas siguiéndoles la suya.

—¿A nosotros? —dijo Gustavo.

—A la investigación. —Alex señaló una sección del panel donde había una línea de tiempo—. Cuando supe que había un USB en comisaría supe que era cuestión de tiempo. Solo necesitaba que tuvieran suficiente para actuar.

—Por eso dejó el segundo USB —dijo Moisés.

—Por eso dejé el segundo USB.

—¿Y el portátil?

—También.

—¿Y el camarero? —dijo Moisés—. Pablo.

Algo cambió levemente en la expresión de Alex. No era incomodidad sino el reconocimiento de quien sabe que ya no hay nada que esconder.

—Necesitaba estar cerca del edificio sin que nadie supiera quién era. El dueño de la cafetería es un amigo. Dos meses siendo Pablo me dieron acceso a todo lo que necesitaba sin levantar sospechas. Podía observar, reunirme con gente, controlar lo que pasaba.

—¿Controlar a Amaya Ruiz? —dijo Moisés.

Alex no respondió de inmediato. Miró el panel. Luego a Moisés.

—Amaya Ruiz estaba en peligro sin saberlo —dijo—. Alguien la había puesto ahí deliberadamente. Cerca de Innova. Cerca de la investigación.

—¿Quién?

Alex volvió a mirar el panel.

—Para eso necesitan escuchar la historia completa.

—¿Y el USB que cayó de su mochila? —dijo Moisés.

Alex no respondió.

Se limitó a mirar el panel.

—La historia empieza mucho antes de ese USB.

Moisés siguió su mirada hasta el panel. Hasta las fotos de Inés. Hasta su nombre escrito debajo de la lista de Amaya en un color diferente, como algo que no encajaba en el esquema original pero que alguien había añadido después porque no podía ignorarlo.

—¿Conoce a Inés García? —dijo.

La pausa fue breve. Pero existió.

—Sí —dijo Alex.

—¿Desde cuándo?

—Desde el día de su cumpleaños.

Moisés miró la fecha escrita debajo de la última foto. Luego miró a Alex.

—¿Y la tarjeta de acceso que encontró en el mostrador de Innova?

—La dejé yo.

Gustavo dejó de anotar un momento. Luego volvió a anotar.

Moisés miró el panel otra vez. Las fotos de Boros. Los nombres de la lista. Las imágenes de Inés en tres momentos distintos de su vida cotidiana sin que ella lo supiera. Su nombre escrito en un color diferente al resto. La fecha del cumpleaños.

—¿Cuánto tiempo lleva vigilándola? —dijo.

Alex sostuvo su mirada.

—No la estaba vigilando.

—Hay tres fotos suyas en su pared y su nombre en una lista donde no debería estar.

—Estaba protegiéndola. Hay una diferencia.

—No siempre —dijo Moisés, con la misma calma de siempre, que no nacía de la frialdad sino del método—. Y depende de a quién le preguntes.

Silencio en el piso.

Alex miró el suelo un momento. Luego levantó la vista.

—Si quieren entender todo esto —dijo— van a tener que escuchar la historia completa. —Pausa—. Y va a llevar un rato.

Moisés miró la taza de café encima de la mesa. Las notas apiladas. El portátil abierto. El panel con meses de trabajo de alguien que había desaparecido sin desaparecer, que había estado en el mismo edificio todas las mañanas sirviendo café mientras construía esto.

—Tenemos tiempo —dijo.

Y se sentó.