La memoria de las cosas Capítulo 26 — La dirección de Pablo
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Capítulo 26 — La dirección de Pablo

El cuerpo de Moisés lo hacía de forma automática desde hacía años. Sin alarma, sin transición brusca. Solo los ojos abriéndose en la oscuridad y la cabeza ya funcionando.

Se hizo un café en la cafetera, que esta mañana obedeció sin drama, lo cual agradeció en silencio.

Pensó en Inés peleándose con ella la mañana anterior, con esa expresión de concentración absoluta que ponía cuando algo no le salía, como si la cafetera fuera un cliente difícil al que había que convencer mediante la lógica.

Se echó a reír solo en la cocina, que era algo que no le pasaba con frecuencia.

Se tomó el café de pie mirando por la ventana y luego se cambió para salir a correr.

Hoy sin ruta. Solo el parque y media hora para despejarse, que era lo que necesitaba cuando tenía demasiadas piezas en la cabeza y no todas encajaban todavía.

Correr sin destino era su forma de ordenar sin intentar ordenar, dejar que las cosas encontraran su sitio solas mientras los pies hacían lo suyo.

Volvió, se metió en la ducha, y cuando salió encontró un mensaje de Gustavo en el móvil.

Solo una palabra: ¡Novedades!

Eran muchos años de compañeros. Con esa sola palabra ya sabía que era importante.

Eran las 7:30 cuando llegó a comisaría.

Ya estaban todos. Gustavo, Reyes e Iván. Miró a Iván con más atención. Tenía pinta de no haberse movido de ahí en toda la noche, con la misma ropa del día anterior y una hilera de vasos de café vacíos junto al teclado que contaban una historia sin necesidad de palabras.

Gustavo hizo un gesto teatral cuando lo vio entrar.

—Bella durmiente. Menos mal que nos honras con tu presencia.

—Los plebeyos sois los que trabajáis. Ya lo sabes.

Le guiñó un ojo.

Todos se echaron a reír. Era uno de esos momentos que destensaban una investigación en curso, de los que no se planean pero que necesitan existir.

Llevaban semanas con el caso encima y seguían tirándose pullitas unos a otros como si fuera el primer día.

Era una familia. Rara, disfuncional, con horarios incompatibles con cualquier vida social normal. Pero una familia.

Iván pasó unas imágenes a la pantalla principal y empezó.

Ramiro Núñez había sido el investigador principal del estudio universitario.

Lo que Iván había encontrado tras una noche entera de trabajo era el expediente completo, o lo más parecido a un expediente completo que existía de algo que claramente había sido diseñado para no dejar demasiado rastro.

El estudio original era genuinamente interesante desde el punto de vista científico.

Ramiro partía de una hipótesis que en su momento había generado cierto interés en círculos académicos: que determinados rasgos cognitivos de base genética permanecían latentes en la mayoría de las personas por falta de estimulación específica.

No habilidades sobrenaturales ni nada que se le pareciera, sino capacidades naturales del cerebro que la evolución había desarrollado pero que el entorno moderno raramente activaba.

Percepción ampliada, reconocimiento de patrones, consolidación de memoria asociativa.

El fármaco que habían usado en el estudio era un potenciador experimental.

No creaba nada. Amplificaba lo que ya estaba.

Y Ramiro creía que en pacientes con daño neurológico grave podría ayudar a recuperar funciones que el cerebro había perdido por lesión pero que seguían codificadas a nivel genético.

En papel era extraordinario. El tipo de investigación que gana premios y aparece en portadas.

—Hasta aquí, el hombre es un científico serio con una idea buena —dijo Iván—. Aquí empieza la otra historia.

Después del estudio universitario, una empresa había contactado con Ramiro para patrocinar la continuación de su investigación. Iván había tardado horas en llegar a ese nombre porque estaba sepultado bajo capas de sociedades instrumentales y participaciones cruzadas.

Innova Systems Engineering.

Ramiro había entrado como investigador principal. Tenía financiación, laboratorio, acceso a sujetos con perfiles específicos. Todo lo que necesitaba para llevar su hipótesis al siguiente nivel.

Seis meses después de empezar, Ramiro dejó el proyecto.

Sin declaraciones públicas. Sin explicaciones registradas. Presumiblemente con un contrato de confidencialidad que le impedía hablar. Y con eso, desapareció del mapa científico durante años.

Seis años después apareció de nuevo, vinculado a un estudio con pacientes de Alzheimer en otra compañía. Trabajo discreto, sin publicaciones relevantes, sin apariciones en congresos. Como alguien que sigue en el sector pero ha decidido no llamar la atención.

—Y luego —dijo Iván— hace aproximadamente dos meses, empieza a aparecer cerca del edificio.

Pasó las imágenes.

Eran de las cámaras de la zona, extraídas con la autorización que habían conseguido días atrás. Ramiro Núñez cerca de la entrada principal. Ramiro Núñez en la cafetería de al lado. Ramiro Núñez en la esquina mirando hacia el edificio.

—No sabemos por qué volvió —dijo Iván—. Pero volvió exactamente cuando Alex Duarte llevaba ya tres meses trabajando en Innova. Igual vino por el estudio original. Igual vino por Alex. Igual las dos cosas.

—Hay que encontrarlo —dijo Moisés.

—Seguimos en ello —dijo Reyes—. La dirección que teníamos era de Barcelona y lleva dos meses sin aparecer por allí. Estamos mirando si tiene familia en Madrid, hoteles, cualquier cosa. Pero de momento nada.

Moisés asintió.

—¿Y los documentos de Boros?

Iván cambió de pantalla.

La documentación que habían sacado del registro de Innova era voluminosa y, en apariencia, impecable.

Boros había sido cooperativo de esa manera que siempre dejaba a Moisés con la sensación de que cooperaba exactamente en la medida en que no le quedaba otra opción.

Los papeles estaban en orden. El estudio oficial era el que ya conocían, pacientes con deterioro cognitivo, aplicaciones médicas declaradas, ensayos en fase preliminar.

Lo que Alex había descubierto no aparecía por ningún sitio.

Las personas del estudio universitario tampoco estaban en el expediente oficial. Solo el fármaco, las aplicaciones médicas, las proyecciones de resultados. Un estudio limpio, con muy buenas intenciones, del tipo que nadie cuestiona.

—Este hombre tiene todo cubierto —dijo Gustavo.

—De momento —dijo Moisés.

Alguien asomó la cabeza por la puerta.

—El señor Boros está aquí.

Luis Boros a las ocho de la mañana tenía exactamente el mismo aspecto que a cualquier otra hora.

Traje oscuro, camisa clara, el pelo con ese corte caro que no llama la atención precisamente porque está diseñado para no llamarla.

Se sentó al otro lado de la mesa con la postura de quien está acostumbrado a estas salas y ha decidido que no le van a incomodar.

Fue Gustavo quien llevó las preguntas, como habían acordado. Moisés se quedó al fondo, observando.

Boros respondió con esa fluidez de quien ha preparado las respuestas antes de que llegaran las preguntas. El estudio, los fondos, los protocolos. Todo en orden, todo documentado, todo disponible para cualquier revisión que la policía considerase necesaria.

—Necesitamos un listado completo de empleados —dijo Gustavo—. Actuales y de los últimos dos años.

Algo cambió en la cara de Boros. Solo un instante, tan breve que si no estuvieras mirando con atención te lo perderías. Una tensión mínima alrededor de los ojos. Una pausa de medio segundo antes de responder.

—Por supuesto —dijo—. Tendré que pedírselo a recursos humanos. Hay procedimientos de protección de datos que cumplir.

—Naturalmente. Para esta tarde estaría bien.

—Haré lo que pueda.

Cuando salieron de la sala Gustavo y Moisés se miraron sin necesidad de decir nada. Los dos habían visto la misma cosa.

—Ese hombre oculta algo —dijo Gustavo.

—Ese hombre oculta muchas cosas —dijo Moisés—. La pregunta es cuál de ellas es la que no quiere que veamos en ese listado.

Inés llegó a las 9:06.

Moisés la vio entrar desde el pasillo y fue hacia ella.

—Llegas tarde.

—Ya te dije que lo haría.

—Dijiste nueve y dos.

—El Uber tardó más de lo previsto. Es culpa del universo, no mía.

—Lo anotaré.

Inés sonrió. Él también, pero solo con los ojos.

La llevó al despacho y le contó lo que tenían.

El expediente de Ramiro, los seis meses en Innova y la desaparición, los años de silencio y la vuelta repentina dos meses atrás.

Inés escuchaba con una atención que procesaba rápido y hacía pocas preguntas porque las buenas preguntas llegaban después de haber escuchado todo.

Luego Iván les pasó las imágenes de Ramiro cerca del edificio.

Inés las fue mirando una a una en silencio.

Y entonces se paró.

—Espera.

Señaló una imagen. Ramiro en la entrada del edificio, de espaldas, mirando hacia dentro. Y en el borde izquierdo del fotograma, entrando a la cafetería sin reparar en nada, una mujer con el pelo recogido y un bolso demasiado grande.

—Esa soy yo —dijo Inés.

—Sí —dijo Moisés.

—Estábamos en el mismo sitio al mismo tiempo y yo no lo vi.

—No tenías razón para buscarlo.

—Pero él sí me vio a mí. —Inés apartó la vista de la pantalla—. Lo vi en la visión. Se giró hacia el pasillo y me miró. Sabía quién era yo.

Moisés asintió, callado.

—¿Crees que soy un objetivo? —dijo Inés.

—Creo que eres alguien que sabe demasiado para que cierta gente esté cómoda. —Pausa—. Por eso no quiero que vayas sola a ese edificio hasta que sepamos más de dónde está Ramiro.

Inés lo miró un momento.

—De acuerdo —dijo.

En ese momento le vibró el móvil. Lo miró y sonrió con esa sonrisa de quien recibe exactamente lo que necesitaba en el momento adecuado.

—Es Amaya.

Lo puso en alto sin que Moisés pudiera decir nada.

La voz de Amaya llenó el despacho con su energía de siempre.

—Inés, hay policía desmantelando Innova, ¿estás bien?

Hoy como no habéis venido ni tú ni Sandra ni Sonia estoy sola con Víctor y no tengo suficiente para cotillear.

He intentado sacarle algo pero me quiere vender su programa de entrenamientos.

Le he dicho que cuando sea yoga o meditación hablamos.

—Una pausa—. Llámame cuando puedas. Te quiero.

El audio terminó.

Moisés miraba el móvil con una expresión que Inés no supo exactamente cómo clasificar, entre la concentración habitual y algo que podría haber sido diversión contenida.

—Tu amiga —dijo.

—Mi amiga —confirmó Inés.

—¿Siempre es así?

—Siempre. —Pausa—. ¿Lo guardas para la investigación o puedo llamarla ya?

—De momento mejor espera.

—Lo imaginaba.

Moisés le contó entonces lo del registro. Que se estaban llevando todo, incluida la documentación del fármaco y los servidores. Que Boros ponía cara de colaborar pero no se le veía cómodo, que cooperaba exactamente en la medida en que no le quedaba otra opción y no un milímetro más.

Inés escuchaba y asentía, y Moisés pensó que había algo muy específico en la forma en que ella procesaba la información, algo que no era solo inteligencia sino una especie de capacidad para ver el mapa completo mientras seguía los detalles, que probablemente tenía que ver con años de consultoría y probablemente también con otras cosas.

La puerta se abrió.

Gustavo entró con la cara de quien trae algo gordo y sabe que lo es.

—Juan ha mandado los datos de Pablo. El camarero.

Moisés lo miró.

—¿Y?

Gustavo sonrió.

—¿A que no sabes qué?

—Gustavo.

—La dirección que ha dado Pablo. —Hizo una pausa que duró exactamente lo suficiente—. Es la casa de Alex Duarte.