Capítulo 25 — Ramiro Núñez
Inés miraba los dos retratos colgados en el tablón.
El dibujado por Rober esa misma mañana a partir de su descripción. Y la foto de archivo envejecida digitalmente que Iván acababa de imprimir.
El mismo hombre.
Llevaba semanas viéndolo en visiones. Lo había visto en la cafetería, sentado al fondo con un café a medio beber que alguien había recogido antes de que llegara nadie.
Lo había visto en su propia visión dejar la tarjeta de acceso en recepción.
Lo había visto girarse hacia el pasillo y mirarla a ella.
Y ahora tenía su nombre.
Ramiro Núñez.
No era un fantasma. No era una figura de sus visiones que solo existía en la memoria de los objetos. Era un hombre real con nombre y apellido y un artículo en una revista de divulgación científica donde sonreía a la cámara con esa amabilidad estudiada suya.
Había estado ahí desde el principio.
Y ella también había estado ahí desde el principio para él.
Eso era lo que más le costaba procesar. Que la dirección no era solo de ella hacia él. Que en la visión de la taza él la había visto pasar. Que sabía que ella existía, que frecuentaba ese edificio, que subía a la planta siete.
¿Qué más sabía?
—Inés.
Moisés estaba a su lado. No había notado cuándo había llegado, que últimamente era un patrón preocupante, pero con él era diferente al resto. Con el resto era distracción. Con él era que su presencia resultaba tan natural que el cerebro dejaba de registrarla como novedad.
—¿Estás bien?
—Estaba pensando en que él me ha visto —dijo ella—. En las visiones siempre soy yo la que ve. Pero en la de la taza él se giró y me miró. Me vio pasar por ese pasillo.
Moisés no respondió de inmediato. Procesaba, que era lo que hacía cuando algo era importante.
—Lo sé —dijo—. Y quiero que te quedes aquí mientras Gustavo y yo gestionamos lo de la orden de registro.
—¿Cuánto tardará?
—Unas horas. El juez de guardia ya tiene el expediente.
—¿Y Boros?
—Cuando tengamos la orden, Boros no va a poder hacer nada. —Pausa—. ¿Tienes hambre?
Inés se dio cuenta de que sí. No había comido nada desde el café de la mañana.
—Un poco.
Moisés hizo un gesto a uno de los agentes de la sala y dijo algo en voz baja. Cinco minutos después apareció un bocadillo de tortilla y un zumo de naranja que Inés no había pedido pero que era exactamente lo que habría pedido.
Lo miró.
Luego lo miró a él.
Él ya había vuelto a sus papeles.
Las horas siguientes fueron de esa espera activa que Inés había aprendido a gestionar en los últimos días. Actividad a su alrededor, conversaciones a medias, el ir y venir de Gustavo e Iván con novedades que no terminaba de escuchar completas.
Se puso a trabajar en el portátil que alguien le había prestado.
Respondió correos, revisó el informe de Toledo, contestó a su madre con un mensaje tranquilizador que era verdad a medias.
Le mandó un audio a Amaya diciéndole que estaba bien y que luego le contaba, que no saliera sola si podía evitarlo.
Amaya le respondió con un emoji de detective y otro de corazón, que era su forma de decir que lo había entendido todo.
En algún momento Sandra le escribió: ¿Estás en comisaría? Iván me ha dicho que sí. ¿Necesitas algo?
Estoy bien, le contestó. Pero gracias.
A las cuatro de la tarde Moisés entró en la sala con la orden de registro en la mano y una expresión que Inés ya sabía leer.
—Tenemos la orden.
Gustavo ya estaba recogiendo.
—¿Y yo? —dijo Inés.
—Tú te quedas con Iván.
—Moisés.
Él la miró.
—Va a ser rápido —dijo—. Y quiero que estés aquí cuando volvamos. —Pausa, y luego en voz algo más baja—. ¿De acuerdo?
Inés sostuvo su mirada un momento.
—De acuerdo —dijo.
Los vio salir. La sala quedó más silenciosa. Iván seguía trabajando con su música de fondo y su café eterno, e Inés se quedó mirando el tablón donde los dos retratos de Ramiro Núñez seguían colgados uno al lado del otro.
Para encontrar cosas que la gente no sabe que tiene.
Eso había dicho, según Yago. Hacía quince años. A un grupo de universitarios que habían firmado una hoja de asistencia sin saber muy bien para qué.
Se preguntó qué habría hecho si hubiera ido ella también al estudio. Si Amaya hubiera conseguido convencerla aquella vez. Si hubiera tomado las pastillas azules de forma oficial y no por error en el baño de su amiga.
¿Habría pasado lo mismo? ¿O el don era independiente de todo eso?
¿Era un don, siquiera?
—Iván —dijo.
—Dime.
—Las pastillas del estudio. El potenciador cognitivo. ¿Podría haber tenido efecto en alguien que las tomara sin saber que las tomaba?
Iván giró la silla despacio.
La miró como quien evalúa cuánto sabe ya la persona que tiene delante antes de responder.
—Depende de si la persona tenía el rasgo genético previo —dijo—. Sin el rasgo, el fármaco no hace nada. O eso decían los datos que he visto. —Pausa—. ¿Por qué lo preguntas?
Inés miró el tablón.
—Por nada concreto —dijo.
Iván la miró un segundo más. Luego volvió a su pantalla.
—Claro —dijo, con el tono de quien no se cree nada pero tampoco tiene tiempo para insistir.
Moisés y Gustavo volvieron a las siete y media.
Inés lo supo antes de verlos por el sonido de la puerta y por algo en el ambiente de la comisaría que cambió cuando entraron, ese movimiento sutil que tiene la gente cuando los que mandan vuelven con noticias.
Moisés entró primero. La vio y asintió levemente, un gesto que no era acuerdo sino registro, y fue directo al despacho. Gustavo entró detrás con una caja de documentos y cara de haber encontrado cosas.
Media hora después Moisés salió y se acercó a ella.
Se sentó en la silla de al lado. No en la de enfrente, sino al lado, lo cual Inés registró sin analizarlo demasiado.
—¿Cómo ha ido? —dijo ella.
—Bien. —Pausa—. Boros coopera exactamente lo que tiene que cooperar, como siempre. Pero hemos encontrado documentación que Iván va a necesitar tiempo para procesar. —Otra pausa—. Y el despacho del fondo, el que tenía la taza.
—¿Qué pasa con él?
—Estaba vacío. Completamente vacío. Ni un papel, ni un objeto personal. Como si nadie hubiera trabajado ahí nunca.
Inés pensó en el café a medio beber. En el olor cuando entró esa noche.
—Alguien lo limpió.
—Sí. —Moisés la miró—. Lo cual significa que alguien sabía que íbamos a ir.
El silencio que siguió no era cómodo. Era del tipo que se instala cuando dos personas llegan a la misma conclusión al mismo tiempo y ninguna de las dos quiere decirla en voz alta todavía.
—Ramiro Núñez sabía que iban a ir —dijo Inés finalmente.
—Eso parece.
—¿Y eso qué significa?
—Que tiene información de dentro. O que es muy bueno anticipando movimientos. —Pausa—. O las dos cosas.
Inés miró el tablón desde donde estaba. Los dos retratos seguían ahí.
—Yago —dijo—. Lo que me dijo al salir.
—Lo escuché.
—¿Crees que tiene razón?
Moisés tardó un momento en responder.
—Creo que Yago ve cosas —dijo—. Y creo que lo que ve suele tener base, aunque use un lenguaje para describirlo que a mí me cuesta seguir. —Pausa—. ¿Tú qué crees?
Inés pensó en las pastillas. En la pregunta que le había hecho a Iván. En el rasgo genético previo.
—Creo que hay cosas que ya estaban —dijo—. Y que alguien las encontró antes de que yo supiera que las tenía.
Moisés la miró. Uno de esos segundos de más que ya le resultaban familiares.
—¿Tienes hambre? —dijo.
Inés se rio. Una risa pequeña y genuina.
—¿Siempre respondes las preguntas difíciles preguntando si tengo hambre?
—Solo cuando creo que la respuesta puede esperar y la cena no.
Salieron de comisaría a las nueve menos cuarto.
La noche de Madrid tenía esa temperatura de abril que no es cálida del todo pero promete, con el aire limpio de después de varios días de lluvia y las calles con menos gente de lo habitual para un jueves.
Caminaron sin un destino muy concreto durante un par de manzanas, con esa comodidad que se había instalado entre los dos desde la noche anterior y que ninguno había nombrado todavía porque nombrarlo habría requerido una conversación que ninguno de los dos parecía tener prisa en tener.
—Moisés —dijo Inés.
—Dime.
—Lo de anoche.
Él la miró de reojo mientras seguían andando.
—¿Qué pasa con lo de anoche?
—Nada. Solo que… —Inés se paró un momento, buscando las palabras con su precisión de consultora que a veces la abandonaba en los momentos menos oportunos—. No sé muy bien qué es esto. Lo que sea que está pasando entre nosotros. Y normalmente cuando no sé lo que es algo me pone nerviosa.
—¿Y ahora?
—Ahora también me pone nerviosa. Pero de otra manera.
Moisés siguió andando unos pasos antes de responder.
—Yo tampoco sé muy bien qué es —dijo—. Pero sé que me alegra que esté pasando.
Inés lo miró.
Él tenía los ojos al frente, con su postura de siempre, pero algo en la forma en que lo había dicho, sin adornos, sin rodeos, con la misma economía de palabras que ponía en todo, hizo que a Inés le resultara más que suficiente.
—A mí también —dijo.
Siguieron andando.
En algún momento él le cogió la mano, con la misma naturalidad de la noche anterior, como algo que tenía sentido hacer y por eso lo hacía. Y esta vez no hubo visiones ni USB ni revelaciones que lo interrumpieran.
Solo la calle y el aire de abril y los dos andando sin prisa hacia ningún sitio en particular.
Encontraron un sitio pequeño con mesas en la acera, con estufas de gas y una pizarra con el menú escrito a mano.
Pidieron vino y algo de comer y se quedaron un rato así, hablando de cosas que no eran el caso, de Yago y sus horas espejo, de la cara de la inspectora María cuando le leyó la numerología delante de todos, de la cafetera de Moisés y la opinión de Inés al respecto, que era mala.
—No le has dado una oportunidad —dijo él.
—Le he dado tres intentos. Eso es más que suficiente.
—Tres intentos en quince minutos no es una oportunidad, es un interrogatorio.
—Soy consultora. Evalúo rápido.
—La cafetera no ha cometido ningún delito.
—Todavía —dijo Inés.
Moisés se rio. De verdad, de las pocas veces que lo hacía del todo, con algo que le cambiaba la cara entera y que Inés decidió que era información que quería guardar.
Volvieron andando cuando ya era tarde. En el portal de Inés se pararon, como la noche anterior pero sin la urgencia de la noche anterior, sin USB ni revelaciones de por medio.
Solo los dos en la acera con el portal iluminado detrás.
Moisés la miró.
—Mañana necesito que vengas a comisaría por la mañana. Tenemos que repasar todo lo que Iván haya podido sacar esta noche de los documentos de Innova.
—¿A qué hora?
—A las nueve.
—Llegaré a las nueve y dos.
—Lo anotaré.
Inés sonrió. Él también, aunque el suyo era de los pequeños, de los que cambiaban solo un poco la comisura.
Se inclinó hacia ella y la besó. Despacio, sin la urgencia de la primera vez, de la forma en que se besa cuando ya no hay nada que demostrar sino algo que confirmar.
Cuando se separaron Inés se quedó un momento con los ojos cerrados.
—Buenas noches, Moisés.
—Buenas noches.
Subió. Y mientras el ascensor subía pensó que había días que empezaban de una forma y terminaban de otra completamente distinta, y que a veces esa diferencia era exactamente lo que necesitabas aunque no lo supieras al principio.