La memoria de las cosas Capítulo 24 — La hoja de asistencia
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Capítulo 24 — La hoja de asistencia

Moisés y Gustavo iban en el coche analizando todo lo que les había dicho Inés sobre Pablo.

¿Era posible que Alex y Pablo fueran la misma persona?

Gustavo iba mirando los apuntes de su libreta, con todos los acontecimientos del caso anotados con su método sistemático de siempre, relatando en voz alta las partes que creía más relevantes.

Moisés escuchaba e intervenía de forma escueta cuando lo creía necesario, con la mirada fija en la carretera, mientras en su mente lo iba colocando todo en su lugar.

Llegaron a Origen.

Cerrada.

—Mierda —dijo Gustavo.

Había un cartel pegado en la puerta. Escrito a mano, sin más explicación: la cafetería permanecería cerrada tres días por motivos personales.

Era raro. Y Moisés no creía en las casualidades.

Se acercó al edificio de oficinas y le preguntó a la chica de recepción si sabía algo de la cafetería. Ana, así se llamaba. Había hablado con ella al principio del caso, fue la que les entregó el sobre con uno de los USB que ahora tenían en la investigación.

—Ayer estaba abierta —dijo con su acento asturiano—. Solo que cerró antes de lo de costumbre. Y el cartel lo he visto esta mañana al llegar a trabajar.

—¿Conoces a Pablo? ¿El camarero?

—Poco. Lleva poco tiempo. Es majo, aunque no muy hablador. Juan, el otro chico, da más conversación.

—¿Sabes cómo localizar a alguno de los dos?

Ana negó con la cabeza.

—No te preocupes —dijo Moisés.

Hizo un barrido visual por el vestíbulo antes de salir y cuando iba a darse la vuelta una silueta junto a los ascensores le saludó con la mano y se dirigió hacia él.

Tardó un segundo en darse cuenta de que era Amaya, que iba con otra chica.

La otra pasó por su lado sin pararse y salió a la calle mientras Amaya se detenía a hablar con él.

—Inspector. Espero que esté tratando bien a mi amiga.

—Tranquila. Está bien.

Amaya se relajó un poco. La forma de dirigirse a él había sido desenfadada, pero en ese gesto se podía adivinar que era un tanto impostado, una manera de que no se notase demasiado la preocupación. Moisés se había dado cuenta desde el principio y la volvió a tranquilizar.

Amaya asintió y se iba a ir, pero Moisés la paró para hacerle más o menos las mismas preguntas que a Ana.

Le preguntó por Pablo, por la cafetería, por Juan.

Las respuestas fueron parecidas a las de Inés.

Y en cuanto a que estuviera cerrada hoy, se quejó un poco porque iban a tener que ir más lejos a comer, a un bar de menú que había dos edificios más al fondo.

—¿Vas sola? —preguntó Moisés.

—No, con Sonia.

La buscó con la mirada pero no la vio. Había salido y Amaya no se había dado cuenta.

—Me estará esperando fuera —dijo, mirando hacia la calle. Y antes de irse se giró una última vez—. Cuídeme a Inés, inspector.

Y salió.

Moisés hizo otro barrido visual por la recepción y salió a la calle. Gustavo colgaba el teléfono en ese momento.

—El dueño de la cafetería es un tal Juan Sánchez.

Se ha casado y se ha ido de viaje de novios un mes.

Por eso metió a trabajar a ese Pablo, para que se encargara de la cafetería mientras él estaba fuera y para que Juan tuviera algo más de libertad.

Está en México. Me ha dicho que me manda ahora los datos de contacto de Pablo.

Moisés asintió.

—Pues vamos a comisaría. A ver si podemos sacar algo más de los vídeos y los comparamos con el retrato que ha hecho Rober.

Y llama al juez de guardia para pedir una orden de inspección a fondo de Innova Systems Engineering.

A ver si Boros nos oculta más cosas. Con las pruebas que ha sacado Iván del USB debería bastar para que nos la concedan.

Durante el trayecto a comisaría fueron en silencio. Pero se notaba que los dos iban encajando piezas, cada uno a su manera. Ninguno decía nada y aun así se podía sentir en el ambiente.

Al llegar había cierto revuelo en la comisaría.

Tanto los ciudadanos como los propios policías parecían emocionados. Desde fuera se veía bastante gente en una de las salas que normalmente usaban para reuniones, y en los alrededores la gente cuchicheaba e intentaba mirar hacia dentro.

—Sí, es él —escuchó decir a una de las policías de ventanilla.

—Es muy guapo —decía otra.

Moisés se abrió paso hacia el interior y se quedó casi en shock con lo que vio.

La sala estaba llena de gente que comentaba y miraba embobada a un Yago Erre con sus vaqueros caros, su camisa hawaiana con americana encima y sus gafas de cristales amarillos, escribiendo en una pantalla números que podrían parecer al azar.

Pero si Moisés había aprendido algo de su breve encuentro anterior con él, era que nada de lo que Yago hacía era al azar, por mucho que su intención fuera que lo pareciera.

Entonces Yago se giró hacia María, una de las inspectoras, y le señaló los números de la pantalla.

—Tu fecha suma un tres elevado por un ocho. Creatividad sostenida por ambición. Eres de las que resuelven el caso y encima redactan bien el informe. Pero el dos final te delata: te cuesta delegar. Trabaja eso.

María asintió despacio, con la expresión de quien acaba de ser leída en voz alta delante de veinte compañeros y no sabe si denunciarlo o pedir cita.

Moisés lo observó hacer aquello y carraspeó.

Todo el mundo se giró hacia él y enmudeció de golpe.

Yago se volvió con la sonrisa de quien sabe que ha conseguido exactamente lo que esperaba. Miró su reloj.

—Inspector. Ha llegado.

Moisés no pudo evitar mirar su propio reloj a la vez que lo hacía Yago.

Las 14:14.

Joder. ¿Cómo hacía eso?

—Señor Erre. ¿A qué debemos el placer?

—Yago, por favor.

—Yago.

—Me dijo que le informase si encontraba algo.

—¿Ha encontrado algo?

—Vamos. Acompáñeme.

Y se lo llevó a su despacho como si la comisaría fuera suya, lo cual a esas alturas y a juzgar por el público, no era del todo inexacto.

Al pasar por delante de la sala donde trabajaban el caso, Moisés vio a Inés sentada de espaldas con el móvil en las manos. Se giró un segundo al verle pasar y sonrió. Él le devolvió el gesto de forma automática.

—Yago —dijo Moisés señalándole la silla al otro lado de la mesa mientras él se sentaba. Gustavo entró detrás y cerró la puerta.

—He encontrado una carpeta. Ya sabe, lo del estudio que hablamos.

—¿Puedo verla?

—No la he traído.

Moisés levantó la vista hacia Gustavo, que lo miró con la expresión universal de entonces qué hace aquí.

—No la he traído porque no es relevante —continuó Yago, imperturbable—. Era lo mismo que encontraron en la de Amaya. Consentimientos, formularios, resultados que no dicen nada. —Pausa—. Pero esto no estaba en la de ella.

Sacó un papel doblado del bolsillo y se lo entregó.

Moisés lo desdobló mientras Yago seguía hablando.

—Le dije que el investigador era amable. Joven, treinta y pocos, con esa forma de tratarnos como si fuéramos importantes. De los que entran en una sala y la sala se calma sola. Nunca supe su nombre. O nunca me lo aprendí, que viene a ser lo mismo pero con menos mérito.

Moisés miró el papel.

Era una hoja de asistencia. Nada más. De esas que se firman en la universidad para registrar quién ha ido a clase. Una tabla con nombres, fechas y firmas.

—Esto es una hoja de asistencia —dijo.

Recorrió los nombres. Algunos los reconocía. Amaya Ruiz. Diego Herrera. María Parra.

—Exacto —dijo Yago, asintiendo con su sonrisa de siempre—. Ahí firmábamos la asistencia, igual que en cualquier otra clase de las optativas. Y ese investigador tan amable firmaba la asistencia de todo el mundo. Cada sesión. Con su nombre.

Moisés abrió los ojos.

Paseó la vista por la hoja hasta el final del todo, donde una línea separada del resto, escrita con letra apretada y vertical, decía:

Supervisor: Ramiro Núñez.

Moisés leyó el nombre dos veces.

Quince años buscándose un hueco en esta investigación y ahí estaba, en la última línea de una hoja de asistencia universitaria que había sobrevivido en una caja de un loft de Salamanca porque a Yago Erre no le gustaba tirar papel.

—¿Le suena este nombre? —dijo—. ¿Ramiro Núñez?

—Ya le dije que nunca me lo aprendí. —Yago se encogió de hombros—. Pero la gente que firma cosas deja rastro. Por eso yo no firmo casi nada.

—¿Recuerda algo más de él? Lo que sea.

Yago se quedó pensando un momento, con una quietud que no era duda sino búsqueda.

—Una cosa —dijo—. Una vez le pregunté para qué era el estudio de verdad. Era joven y un poco impertinente, qué quiere que le diga. Y él me sonrió y me dijo: para encontrar cosas que la gente no sabe que tiene. —Pausa—. En su momento me pareció una respuesta bonita. Ahora no sé qué me parece.

Moisés y Gustavo cruzaron una mirada.

—Gracias por venir, Yago.

—No me las dé todavía. —Se levantó con su fluidez habitual y se ajustó las gafas amarillas—. Démelas cuando lo encuentren. Y ahora si me disculpan, tengo un directo a las cinco y cinco.

—¿A las cinco y cinco?

—Hora espejo invertida. Para cerrar ciclos. —Lo dijo con total seriedad—. Funciona.

Gustavo le abrió la puerta sin intentar entender nada, que a esas alturas era la estrategia más sensata.

Yago salió al pasillo con esa forma de caminar como si el edificio entero fuera un plató. Las cabezas de media comisaría lo siguieron. Y al pasar por delante de la sala del caso, donde Inés seguía sentada con el móvil en las manos, se detuvo.

Un segundo.

Inés levantó la vista.

Yago la miró por encima de las gafas amarillas. Ladeó levemente la cabeza, como quien reconoce algo que no esperaba encontrar en ese sitio, y algo cambió en su expresión. No sorpresa exactamente. Reconocimiento.

—Uy, querida —dijo—. Tú también lo tienes.

Y siguió andando hacia la salida sin esperar respuesta, sin explicar nada, con las manos en los bolsillos y la tranquilidad de quien acaba de decir algo enorme con el tono de quien comenta el tiempo.

Inés se quedó con la boca entreabierta mirando el hueco de la puerta por donde había desaparecido.

Moisés, desde el pasillo, lo había visto todo.

No dijo nada. Pero lo guardó.

—Iván.

—Dime.

Moisés dejó la hoja de asistencia junto a su teclado.

—Ramiro Núñez. Búscalo.

Iván cogió la hoja, leyó el nombre, miró las firmas, y se giró hacia sus monitores con su energía de sabueso digital. Gustavo acercó una silla. Inés se levantó de la suya y se acercó también, y nadie le dijo que no lo hiciera, lo cual a esas alturas era su acreditación oficial.

Durante un par de minutos solo se oyó el ruido de las teclas y el tarareo bajo de Iván, que aparentemente era incapaz de trabajar sin banda sonora propia.

—Ramiro Núñez —dijo finalmente—. Hay unos cuantos en España. Pero atentos a este.

Abrió un artículo en el monitor grande.

Era una pieza de una revista de divulgación científica de hacía más de quince años, de esas que ya no existían en papel.

Un perfil breve, dos columnas, sobre un investigador que había dejado la sanidad militar para dedicarse a la investigación cognitiva en el ámbito civil.

El texto hablaba de sus años como médico investigador en el ejército, de su especialización en memoria y percepción bajo condiciones extremas, de su salto a la colaboración con universidades.

Y citaba una frase suya que Iván leyó en voz alta:

—“Lo que me interesa no es lo que el cerebro hace, sino lo que podría hacer y no sabemos. Hay capacidades que solo aparecen cuando alguien las busca.”

Silencio en la sala.

—Hay foto —dijo Gustavo.

Iván bajó el cursor.

La foto mostraba a un hombre de unos treinta y cinco años. Pelo oscuro, abundante. Sonrisa amable, de las que se entrenan o se tienen. Bata blanca sobre camisa clara, posando en lo que parecía un laboratorio universitario.

Inés se inclinó hacia la pantalla.

Había algo. En la forma de la mandíbula. En cómo miraba a la cámara, con esa serenidad de quien está acostumbrado a caer bien y a que eso le funcione.

—Será posible —dijo Gustavo en voz baja.

—Espera —dijo Iván—. Vamos a salir de dudas.

Capturó la foto y la metió en otro programa. Empezó a teclear parámetros con una velocidad que hacía difícil seguir lo que hacía.

—Envejecimiento facial proyectado —explicó sin que nadie preguntara—. Le sumamos quince años y vemos qué nos da.

En la pantalla, el rostro del Ramiro Núñez del artículo empezó a transformarse despacio.

Las líneas de la frente se marcaron. Los surcos a los lados de la boca se hicieron más profundos.

El pelo retrocedió ligeramente y fue perdiendo color, primero en las sienes, luego hacia atrás, hasta quedarse en un entrecano peinado hacia atrás.

Inés sintió que se le erizaba la piel de los brazos antes de que el programa terminara.

Porque ya lo sabía.

Lo sabía desde la mandíbula.

El programa terminó de procesar y congeló la imagen final.

Iván la imprimió sin decir nada, se levantó con el papel todavía caliente y lo colgó en el tablón. Justo al lado del retrato que Rober había dibujado esa misma mañana a partir de la descripción de Inés.

Los dos rostros quedaron uno junto al otro.

El mismo pelo entrecano peinado hacia atrás. La misma mandíbula. La misma expresión serena de quien sabe esperar.

Nadie dijo nada durante un segundo largo.

—¿Sabéis qué? —dijo Gustavo finalmente.

—Que son la misma persona —dijo Moisés.

El hombre del traje oscuro tenía nombre y apellido.

Ramiro Núñez. Médico. Investigador militar. Supervisor del estudio que había empezado todo hacía quince años.

Y llevaba semanas paseándose por delante de todos ellos.