La memoria de las cosas Capítulo 23 — La historia
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Capítulo 23 — La historia

Moisés, Gustavo y Rober se giraron hacia ella al mismo tiempo.

Inés no se había dado cuenta de que estaba pensando en voz alta. En bajito, pero fuera de su cabeza al fin y al cabo.

—¿Qué acabas de decir? —dijo Moisés—. ¿Has dicho Pablo? ¿Lo conoces? ¿Quién es Pablo?

Eran muchas preguntas. Tantas que ni ella misma estaba segura de por dónde empezar.

—No le conozco. Bueno, sí. No sé. Eso creo.

—No decías que no conocías a Alex —dijo Gustavo.

—Y no le conozco. Pero ese no es Alex. Es Pablo. O sí lo es.

Se giró hacia el tablón donde el dibujante había colgado hacía un momento el retrato del hombre del traje oscuro. Buscó la foto de Alex Duarte, que suponía que debería estar también, y ahí estaba. Se acercó a observarla mientras Gustavo seguía haciéndole preguntas que no escuchaba del todo.

Moisés, fiel a su forma de ser, guardó silencio. Se limitó a asentir cuando ella se giró un segundo antes de dirigirse al tablón y quedarse ahí delante un buen rato, mirando la foto, comparando, convenciéndose.

Sí. Podían ser la misma persona.

Se giró cogiendo aire y empezó a contestar las preguntas que intuía que Gustavo había estado formulando.

—El chico del vídeo es Pablo. Trabaja en Origen, la cafetería que hay al lado de mi trabajo.

No llevará mucho, un par de meses como mucho.

Están él y otro chico, no recuerdo su nombre.

El otro lleva desde que yo empecé a trabajar en Kore, es majo pero menos hablador.

Quizá por eso con Pablo sí que hablo más.

Y enseguida se aprendió lo que tomaba. Juan, así se llama el otro.

Juan ya se lo sabía de tanto tiempo. Pero Pablo se lo supo desde el primer día.

Supongo que Juan se lo diría. —Pausa—. El caso es que sí se parecen. Pablo y Alex.

Moisés estudió su rostro un momento. Ella pudo notarlo pero no dudó más.

Él se giró hacia Iván y le pidió las imágenes del edificio de Alex, de la última vez que lo habían visto.

Inés se quedó escuchando cómo se daban órdenes y se montaba una secuencia de actuaciones que no llegaba del todo a entender.

—¿Cómo es posible? —preguntó—. ¿Son la misma persona? ¿Son gemelos?

Notó en un instante cómo la habitación entera aguantaba la respiración después de su pregunta. No sabía muy bien el motivo, pero eran de esas cosas que no pasaban inadvertidas.

Iván y Moisés cruzaron una mirada. Creyó ver cómo Iván asentía antes de lanzarse frenéticamente sobre el teclado.

—¿Me vais a decir qué pasa? —preguntó Inés.

Gustavo ya estaba al teléfono. Moisés se acercó a ella y la hizo sentarse delante de la pantalla de un ordenador con unas imágenes ya en marcha. Eran imágenes de Alex saliendo del edificio.

Fijó los ojos en la pantalla porque parecía lógico que eso era lo que tenía que hacer. Y sí, definitivamente podría ser Pablo. Con esas pequeñas diferencias que había notado antes, otro corte de pelo, algo más delgado, los ojos quizás más claros. Pero podría ser.

Asintió.

Y entonces le contó a Moisés con más detalle todo lo que sabía de Pablo, que no era mucho, y todas las interacciones que habían compartido que ahora le resultaban más extrañas.

Siempre había sido majo, conversación trivial, pero desde su cumpleaños parecía que la observaba más.

O quizá era ella, que ahora que sabía que algo pasaba creía que todo era sospechoso.

—Vale —dijo Moisés—. Inés, te quedas aquí. Gustavo y yo vamos a ir a la cafetería a hablar con tu Pablo.

Inés asintió.

Agradeció a Rober el café que le dejó delante en ese momento. No había notado cuándo había salido el dibujante de la sala, ni tampoco cuándo había vuelto. Le echó el sobre de azúcar y vio cómo Moisés hablaba con Iván en voz algo más baja. Luego volvió a ella y le dijo:

—No te preocupes. Aquí te cuidarán bien.

Y como acto reflejo le apretó la mano.

Fue un gesto leve y sin importancia. Pero para ella fue suficiente.

Inés los vio desaparecer por la puerta y se quedó un momento más mirando el tablón mientras removía el café.

Rober salió de la habitación sin hacer ruido.

Madre mía qué silencioso era ese hombre, y eso que era un tío grande de los que miden como un edificio y podrían levantar un camión a pulso tranquilamente.

La verdad es que si hubiera entrado en la comisaría por cualquier otro motivo jamás se habría imaginado que ese hombre era el dibujante.

Y uno realmente bueno. Ese retrato era exactamente el hombre del traje oscuro que había visto tantas veces.

A él lo tenía más fresco en la memoria que a Alex, pues sí que lo había llegado a ver en persona y no solo en visiones.

Iván trabajaba al lado tarareando una canción de Estopa.

Le parecía raro que alguien trabajase tan concentrado y tan rápido mientras cantaba, pero bueno, era una canción pegadiza. Miró por encima del hombro la pantalla de Iván sin levantar mucho la vista, intentando disimular que estaba mirando.

Iván se dio cuenta y se rio.

—Tranquila. Puedes mirar. A no ser que seas una friki como yo no vas a entender nada.

Inés soltó un suspiro de incomodidad al darse por descubierta y sin saber muy bien por qué le preguntó por Sandra.

—¿Sandra trabaja con vosotros?

—¿Vosotros? —preguntó Iván levantando una ceja.

—Vosotros. La policía. —Hizo un gesto con los brazos abarcando la sala.

—Imagino que ella ya te habrá dicho algo si lo preguntas.

—O sea que es verdad.

—Es muy buena. —Pausa—. No tanto como yo, pero casi.

Inés se rio dándose por enterada. Iván volvió la vista a la pantalla y a su canción, dando así por zanjada la conversación.

Inés recordó que tenía el móvil en silencio y fue a buscarlo al bolso que tenía abandonado en la silla. Al encontrarlo vio que tenía varios mensajes acumulados.

Uno de su jefe diciéndole que si necesitaba algo le avisase y que el día siguiente lo tenía libre por todo lo que pasaba con la policía. Ella solo le había dado una escueta explicación pero se ve que para él era más que suficiente.

Un mensaje de su madre preguntando por qué no había estado en casa cuando fue anoche a llevarle las lentejas.

Y un audio de Amaya.

Se puso el teléfono en la oreja.

La voz entusiasta de su amiga llenó el auricular.

—He tenido un sueño muy raro. Me buscan. No sé nada más, pero tengo la sensación de que era por algo importante. Cuando puedas llámame para saber que estás bien. Aunque también soñé que estabas contenta, así que bien por ti.

Esto último lo dijo con más alegría, con ese cambio de registro suyo que en ella quedaba siempre bien.

—Voy a comer con Sonia, ya que ni tú ni Sandra estáis disponibles. Creo que tiene algo que pedirme. Te quiero mil. Llámame.

Inés bajó el teléfono.

Desde que sabía lo del estudio los sueños de Amaya le parecían más reales, algo a lo que deberían prestarle más atención. Le gustó que estuviera acompañada.

A su espalda Iván maldijo en voz baja.

Se había tirado café encima.

Al echarse para atrás para huir de sí mismo había tirado los USB que descansaban junto al teclado. Inés se acercó con las servilletas que había encima de la mesa para ayudarle a limpiar, se agachó a recoger los USB del suelo, uno en cada mano, y entonces pasó algo extraño.

El mundo se superpuso.

Pero no como las otras veces. Era algo más intenso, más lleno, más rápido, como si dos conversaciones empezaran a hablar al mismo tiempo y el cerebro pudiera escucharlas a las dos. Venía de los dos objetos a la vez.

Y vio.

Vio a Alex hablando con el hombre del traje oscuro, la misma escena de siempre pero más nítida, más completa.

Vio a Pablo saliendo del portal de al lado de la cafetería, la capucha puesta, la mochila abierta, soltando el USB en el suelo con un gesto que no era un accidente.

Deliberado. Calculado. Y vio el otro USB encima de un portátil nuevo, reluciente, mientras alguien escribía una nota para dejarla junto a él.

Para que la encontraran. Para que la encontrara la policía.

Luego nada.

Iván terminaba de limpiar el café a su lado.

Inés tenía los dos USB en las manos.

Los dejó despacio sobre la mesa sin hacer ruido. Iván los recogió sin darse cuenta de nada, volvió a colocarlos junto al teclado y siguió con lo suyo.

Inés se quedó quieta mirando los objetos.

Se habían superpuesto las memorias de las dos cosas a la vez. Como si los dos objetos contaran partes de la misma historia y al tocarlos juntos la historia se completara.

¿Contaban los objetos una historia?

Y si era así, ¿qué le querían decir?

Cogió el café.

Y esperó.