Capítulo 22 — El gemelo
Moisés estaba contrariado.
Hacía un momento se estaban besando. Y ahora Inés tenía un USB entre los dedos y decía que alguien era Alex Duarte.
Había visto el cambio. La había visto buscar frenéticamente en el bolso hasta sacar algo pequeño, apretarlo entre los dedos y quedarse como ausente durante unos segundos antes de volver en sí con esa expresión.
—Espera —dijo—. Inés, ¿qué pasa? Cuéntame. No entiendo.
Era una persona analítica. Calmada. Sabía leer personas y emociones mejor que nadie que conociera. Pero este cambio le había dejado descolocado de una forma que no esperaba.
Escuchó cómo Inés le relataba la visión. Despacio, con los ojos todavía un poco ausentes, como quien está describiendo algo que acaba de ver y no ha terminado de procesar. Y cuando terminó le puso el USB en la mano.
Moisés lo miró.
Era un USB estándar. Negro. Pequeño. Idéntico a los que tenían en comisaría siendo investigados por el caso de Alex Duarte.
Si lo que Inés decía era cierto, Alex había tenido este USB en las manos diciéndole al hombre del traje que ahí estaba todo lo que había reunido.
Hacía menos de una hora ella misma le había descrito una conversación entre él y Gustavo que no podría saber de ninguna otra forma. Una conversación que había ocurrido en un ascensor donde no había nadie más.
Se lo guardó en el bolsillo.
—¿De dónde ha salido esto? Cuéntame.
Inés le contó. El chico que había salido del portal de al lado de la cafetería, sudadera oscura, capucha, mochila abierta. Había andado delante de ella y cuando colgó el teléfono de hablar con él lo vio en el suelo. No sabía cómo, pero estaba segura de que era de ese chico.
Lo describió.
Y a Moisés le vino a la mente la grabación de la tienda. El comprador del portátil. El chico con gorra y sudadera del que no se veía bien la cara. La descripción encajaba, pero en aquella grabación había cinco chicos exactamente iguales en ese momento.
Malditas modas, pensó.
Y entonces le vino a la mente algo más. Gustavo diciéndole que había otras grabaciones de otro ángulo, que creía que en alguna se le veía mejor. No las había visto. Había estado tan ocupado con otras cosas que se le había pasado por completo.
Miró la hora.
Se había hecho tarde.
Dudó.
—Inés, te voy a llevar a casa. Yo tengo que hacer unas llamadas y el USB me lo quedo. Mañana no vayas a trabajar, te recogeré por la mañana e iremos a comisaría para que describas al chico de la sudadera y al hombre del traje. El USB se lo llevo a Iván esta noche para salir de dudas.
Ella asintió. Su rostro parecía preocupado y decidido al mismo tiempo. Luego lo miró de una forma que él no supo exactamente cómo clasificar.
—No quiero estar sola. Estoy…
—Preocupada —dijo él.
—Asimilando —dijo ella.
—¿Quieres que te deje en casa de Amaya?
Negó con la cabeza.
—¿Te quedas tú conmigo? Sé que has dicho que tenías que hacer unas cosas y estarás muy ocupado, además después de lo que acaba de pasar y de lo que acabo de hacer igual tienes una idea equivocada de lo que quiero en este momento, o madre mía te he besado, ¿por qué he sido yo?
Vale que no te has resistido pero ha sido cosa mía, no puedo creerme lo que acabo de hacer, tú también estás flipando, y después de lo que te he dicho que encima igual piensas que estoy loca, claro que igual sí lo estoy…
Moisés la miraba entre divertido y genuinamente curioso.
Madre mía lo que hablaba esa mujer.
—Inés.
Siguió.
—Inés.
—…porque en realidad no sé si…
—Inés.
Ella paró.
—Tranquila. No voy a pensar ni a no pensar nada. —Pausa—. En realidad vivo aquí al lado. Si quieres podemos subir y tomar un café mientras decidimos qué vamos a hacer y hago unas llamadas. Bueno, para ti una tila.
Inés se rio soltando todo el aire de golpe, como si lo hubiera estado aguantando dentro.
—Te he asustado, ¿verdad? A veces cuando me pongo nerviosa las palabras salen disparadas de mi boca sin control.
—Ya veo —dijo él.
Y sonrió con los ojos.
Fueron paseando en silencio hasta el edificio de Moisés, que resultó estar en la calle de al lado del taco francés.
—Vaya —dijo Inés—. Que sí que estabas al lado.
—Te lo dije. Esta es mi zona. Salgo a correr por el parque por donde paseábamos.
—Boxeo, running… haces de todo.
Moisés se puso muy serio y dijo con voz solemne:
—Algunos malos corren demasiado.
Eso sí que hizo reír a Inés de verdad, de esas risas genuinas que salen de dentro con un pequeño ruidito al final.
Subieron al piso riéndose.
Era un edificio bonito y viejo, pero al abrir la puerta todo hacía contraste.
Moderno, simple, ordenado. Más o menos igual que Moisés.
La reforma la habían hecho sus padres poco antes de irse a vivir a Málaga, así que el piso era heredado.
Lo único que había puesto él era la ducha, estilo lluvia con hidromasaje, que era lo más parecido a un lujo personal que se había permitido.
Dejó pasar a Inés delante y la observó dentro de su espacio. Le dijo que se sentara y le enseñó dónde estaba el baño. Recogió la mochila del gimnasio que había abandonado en la entrada para ir a cenar, se fue a la cocina a hacer café y la oyó salir a la terraza.
—Bonito, ¿verdad? —dijo cuando salió detrás.
—Mucho.
—Pero hace frío. Vamos dentro.
Se sentaron en el sofá con el café e Inés empezó a contarle. Esta vez desde el principio. Desde el día de su cumpleaños. La taza de la cafetería, la cuchara, la botella de Sandra, el botón del ascensor, la carpeta, la planta siete. Todo.
Moisés escuchaba y tomaba notas mentales, evaluando qué necesitaría después, qué podía contrastar, qué tenía sentido en el contexto de lo que ya sabían.
Le sonó el móvil. Le había mandado un mensaje a Gustavo para que le llamara cuando estaba haciendo el café.
Se levantó.
—¿Qué pasa?
—Las grabaciones del chico del portátil —dijo Moisés—. Las nuevas. ¿Las llegaste a ver?
—La verdad que no. Se me pasó por completo.
—Pues hay algo nuevo. Mañana hay que ponerse con ellas. Y tengo un USB para Iván.
—Madre mía, va a estar encantado.
Colgaron.
Cuando volvió al salón Inés estaba dormida en el sofá.
Moisés la miró un momento. Luego fue al dormitorio a por un par de mantas, le echó una por encima con cuidado y se tumbó en el chaiselongue con la otra. Se quedó dormido mientras repasaba datos, que era básicamente su forma de descansar.
Se despertó a las seis y media. Su cuerpo lo hacía de forma automática, eran años de disciplina.
Inés seguía dormida.
Se levantó, se metió en la ducha y cuando salió ya vestido pero con el pelo todavía húmedo se encontró a Inés en la cocina peleándose con la cafetera con una expresión de concentración que no auguraba nada bueno.
—Por dios, Inés. Quiero mucho esa cafetera.
Ella levantó las manos en señal de rendición.
—De acuerdo. Haz el café tú.
Él suspiró e hizo el café.
—Voy a llamar al trabajo para decir que la policía me va a interrogar —dijo Inés—. A ver si da pena. —Pausa—. ¿Puedo pasar por casa antes de ir a comisaría? Necesito cambiarme.
—Claro.
Fueron en coche. Ella subió y él se quedó esperando. A los quince minutos bajó oliendo a ducha, a algo que era pera o algo parecido. Lo anotó mentalmente sin saber exactamente por qué.
Al subirse al coche le apretó la pierna de forma inconsciente antes de arrancar.
La comisaría estaba a tope de actividad.
Dejó a Inés con Rober, que era el dibujante, y fue a buscar a Iván. Gustavo ya estaba allí.
—Llegaste —dijo Gustavo levantando los brazos—. Yo tenía razón. Lo que decía Boros no cuadraba.
—Eso es que hemos tenido suerte con el USB —dijo Moisés, dirigiéndose a Iván.
Iván sonrió con aire de victoria. Pero antes de que pudiera explicarse Moisés dejó el segundo USB sobre el teclado.
Iván lo miró. Luego miró a Moisés. Luego otra vez el USB.
—¿Por qué me odia, inspector?
Moisés se encogió de hombros.
Iván cogió el USB y empezó a inspeccionarlo dejando a los dos inspectores sin explicación durante un momento que Gustavo aprovechó para mirar a Moisés con su habitual paciencia calculada.
—Vale —dijo Iván finalmente—. Este sí es el gemelo del encriptado.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Gustavo.
—Que tiene el mismo cifrado que el otro. Ahora que ya tengo el otro libre, este es pan comido. Me apuesto lo que queráis a que es exactamente lo mismo.
—Hablando de eso —dijo Moisés—. ¿No ibas a contarnos algo?
—Cierto.
Y entonces Iván les contó lo que había en el USB original.
La investigación completa de Alex. El Proyecto Huella en su segunda fase, lo que Innova pretendía hacer realmente con los resultados del estudio universitario.
Cómo lo que Alex había creído que era investigación médica para recuperar memoria en pacientes con daño neurológico había derivado hacia algo mucho más específico y mucho menos altruista.
Sistemas de reconocimiento. Extracción de información.
Aplicaciones que en manos equivocadas no tenían nada de médico.
—Todo empieza siendo muy bueno —dijo Iván cuando terminó—. Siempre hay alguien que encuentra otros fines.
—Entonces si Alex creía que era para una cosa y luego descubrió que no era tan inocente… —empezó Moisés.
—O desapareció —dijo Gustavo— o alguien hizo que desapareciera.
Se quedaron conjeturando durante un momento.
—Pero alguien nos dejó los USB en un portátil nuevo para asegurarse de que los encontráramos —dijo Moisés—. Por cierto, este segundo USB salió de la mochila de un chico con la misma descripción que nuestro comprador de portátil. ¿Dónde están las imágenes de la tienda?
Iván las pasó al monitor que había al lado de la pizarra de pruebas. Empezaron el visionado buscando el ángulo nuevo, el que según Gustavo se veía mejor.
La puerta se abrió.
Rober entró con Inés detrás.
—Ya tengo todo lo que necesitaba —dijo Rober, y pegó en la pizarra un retrato. Un hombre de unos cincuenta años, pelo entrecano peinado hacia atrás, mandíbula definida, expresión seria. El tipo de cara que uno no olvida fácilmente una vez que la ha visto.
Moisés hizo un gesto a Inés para que se acercara mientras seguían avanzando el vídeo buscando el fotograma.
Y entonces Gustavo paró la imagen.
En el centro de la pantalla, captado desde un ángulo lateral que dejaba ver algo más que una capucha y una gorra, estaba el misterioso comprador del portátil.
—No me jodas —dijo Moisés.
—Es Alex Duarte —dijo Gustavo.
La frase quedó flotando en el aire de la sala.
E Inés, que había estado mirando la pantalla con los ojos cada vez más abiertos, dijo en voz muy baja:
—¿Pablo?