Capítulo 21 — Taco francés
Inés tenía el móvil en la mano con el mensaje de Moisés en pantalla.
Lo leyó dos veces. Luego escribió:
La comida basura siempre está bien. Pero creo que aún necesito más. ¿Te apetece un taco francés?
Lo envió antes de pensarlo demasiado.
Y en el momento exacto en que el mensaje aparecía como enviado se arrepintió.
¿Y si no contestaba? ¿Y si decía que no? ¿Y si decía que sí? No había pensado bien lo que acababa de hacer ni las posibles consecuencias de ninguno de los escenarios posibles, que eran varios y todos igual de complicados a su manera.
Se quedó un rato mirando la pantalla.
Nada.
Guardó el móvil en el bolso y empezó a caminar hacia el metro.
Pasó por delante de Origen, que seguía cerrada, y no le dio más vueltas porque tenía otras cosas en las que no pensar. Justo cuando llegaba a la altura de la puerta un chico salió del portal de al lado, sudadera oscura, capucha puesta, mochila al hombro. Empezó a andar delante de ella.
Inés lo observó un momento. Le resultaba vagamente familiar, pero la verdad es que últimamente todos los chicos entre dieciséis y treinta iban exactamente igual. Era un uniforme generacional.
Estaba a punto de adelantarlo cuando el móvil le sonó dentro del bolso.
Se paró para buscarlo. Tardó más de lo que debería porque el bolso era lo que era. Cuando lo encontró era Moisés.
Tragó saliva antes de contestar.
—Hola.
—Hola. —Pausa—. Estoy saliendo de Mansión.
Inés dudó un segundo.
—¿Debería preguntar?
—Es un gimnasio de boxeo.
—Vale, vale. Si tú lo dices.
Notó que sonreía al otro lado del teléfono.
—Tengo que serte sincero —dijo él—. Nunca he probado el taco francés.
—¿En serio?
—En serio.
—Pues no debes pasar un día más sin hacerlo.
—Me has convencido.
Le dio la dirección de un sitio que resultó estar cerca de casa de Moisés, aunque ella no lo sabía. Colgó y abrió la aplicación del Uber.
Fue entonces cuando lo vio.
En el suelo, junto a la acera, un USB. Pequeño, negro, del tipo que podría ser de cualquiera. Pero algo en su mente lo había registrado al pasar el chico de la mochila, que la llevaba abierta.
Inés lo miró durante un segundo.
Luego lo cogió.
El tirón llegó antes de que terminara de cerrar los dedos.
Dos hombres. Uno más mayor, sosteniendo una taza blanca con una línea azul en la mano derecha. Otro más joven, con el USB en la mano, diciéndole al mayor que ahí estaba todo lo que había reunido. El mayor respondía en voz baja, con esa seriedad de quien dice algo importante:
Si alguien averigua lo que hemos hecho estamos perdidos. Tenemos que tener cuidado. Tú tienes que tener cuidado.
Y luego nada.
El Uber paró junto a la acera.
Inés se subió con el USB en la mano y parpadeó varias veces intentando procesar lo que acababa de ver.
Esa visión ya la había tenido. El día de su cumpleaños, al tocar la taza de la cafetería.
El hombre mayor era el mismo, el del traje oscuro.
Pero esta vez había visto también al más joven.
Al que sostenía el USB. Y no había llegado a verle la cara, había estado demasiado en el shock de reconocer la misma escena desde otro ángulo.
¿Quién era el chico de la mochila?
¿Y qué estaba haciendo ese USB en el suelo?
Llegó al bar con más preguntas de las que había salido de la oficina, lo cual era decir bastante.
Moisés ya estaba en la puerta.
Inés se armó de valor mientras bajaba del coche. Quizás era cada vez más necesario contarle lo que le pasaba. Ella no sabía qué significaban muchas de las cosas que veía. Quizás él sí.
—No entiendo por qué en estos sitios nunca tienen vasos con hielo —dijo Moisés en cuanto se sentaron.
Inés se echó a reír porque era exactamente lo mismo que le decía siempre a Amaya.
—Verdad que sí —dijo—. Tienen algo en contra del agua congelada.
Y ahí desapareció la tensión que había acumulado desde que había enviado el mensaje.
Pidieron en la barra. Moisés miró el menú con la atención de quien evalúa cualquier cosa que se le pone delante, eligió, y cuando llegaron los tacos los analizó con una seriedad que no era exagerada sino simplemente la que él ponía en todo.
—Bien —dijo, después del primero.
—¿Solo bien?
—Bien es mucho en mi vocabulario.
—En el mío también —dijo Inés.
Comieron con una conversación ligera, con esa comodidad que se instala entre dos personas cuando ya han pasado suficientes cosas juntos como para no necesitar llenar todos los silencios.
En algún momento Moisés dio un veredicto definitivo sobre los tacos franceses que era favorable aunque no entusiasta, lo cual Inés anotó mentalmente como progreso.
Salieron a la calle después de cenar.
—¿Te apetece pasear? —dijo ella.
—Sí.
Caminaron. Y entonces Inés se armó de valor y empezó a hablar.
Empezó por Amaya. Por sus intuiciones, por los sueños que se cumplían, por esa percepción que siempre había sido parte de ella sin que nadie le prestara demasiada atención. Le preguntó qué pensaba él al respecto.
—Hay gente que suele acertar —dijo Moisés—. Normalmente es porque se fijan en las cosas más de lo que creen.
Vale, por ahí no es, pensó Inés.
Tiró por Yago. Por su forma de leer patrones, por los resultados que tenía, por esa manera de ver el mundo que no encajaba en ninguna categoría conocida pero que claramente funcionaba.
—Yago es más empresario que místico —dijo Moisés—. No es una crítica. Es una observación. Sabe ver cosas que otros no ven aunque use un lenguaje distinto para describirlas. Sus resultados son reales.
Inés asintió.
Y entonces dio el paso.
Le habló del día que la encontró en la planta siete. Pero empezó por las pastillas, por los resultados que según la investigación decían que podían tener, por el bote que había encontrado en casa de Amaya y lo que había visto al tocarlo. Le dijo que igual se estaba volviendo loca.
Moisés no se alteró.
—Sabes cosas —dijo—. Y no sabes cómo. —Pausa—. Si estás loca o no es pronto para determinarlo.
No parecía que la creyera del todo. Pero tampoco que la pusiera en duda. Era una tensión cómoda, del tipo que se instala cuando dos personas están procesando algo juntas sin saber todavía adónde va a llevarlas.
Y entonces Inés se acordó de la visión del ascensor.
La describió con todo el detalle que recordaba.
Gustavo señalando hacia algo fuera del encuadre.
La voz diciendo que había cosas que Boros no les estaba contando.
Moisés respondiendo que la documentación estaba en regla.
Gustavo diciéndole que después de lo que había encontrado Iván esa información no era del todo cierta.
Moisés se paró.
No del todo, siguió caminando, pero algo cambió en su postura. Inés reconoció el momento en que su cara pasó de la escucha atenta a algo más, el momento en que un investigador empieza a hacer preguntas porque ya no puede no hacerlas.
—¿Cómo sabes eso? —dijo.
—Te lo acabo de decir.
—Nadie más estaba en ese ascensor.
—Lo sé.
—Y yo no te lo he contado.
—También lo sé.
Moisés la miró.
Inés le sostuvo la mirada.
—¿Podrías describir al hombre mayor? —dijo él—. ¿Con suficiente detalle para un dibujante?
Inés asintió.
Y supo en ese momento que la creía.
Siguieron caminando. Un silencio distinto al de antes, más denso, del tipo que se instala cuando dos personas acaban de cruzar un umbral sin anunciarlo.
Fue Moisés quien habló primero.
—¿Estás bien?
—Sí —dijo Inés—. Creo que sí.
Y en ese momento él la cogió de la mano.
No fue un gesto elaborado. Fue simplemente eso, coger su mano mientras caminaban, con la misma naturalidad con que había dejado el dinero en la mesa antes de que ella pudiera decir nada. Como algo que tenía sentido hacer y por eso lo hacía.
Inés miró hacia delante.
A esa distancia notó el olor de su colonia, algo discreto y limpio que no había registrado antes, o quizás sí pero no de esta forma. Se fijó en su perfil, en que sus ojos eran aún más oscuros de lo que parecían a distancia, en esa postura de alguien que sabe sin necesidad de demostrarlo.
Se quedó unos segundos observando cómo respiraba.
Quizás unos segundos más de la cuenta.
Y entonces lo besó.
Se acercó a sus labios con la respiración entrecortada, poniéndose un poco de puntillas porque de otra manera no llegaba a su altura.
La mano que él había cogido se deshizo de sus dedos y se aferró a su pelo mientras cerraba los ojos.
Él le devolvió el beso con la misma calma con que había escuchado sus relatos, agachándose ligeramente para estar a su altura, atrayéndola hacia él con una mano en su espalda.
Era un beso que se sentía natural. Su cuerpo reconociendo a otro cuerpo con el que podía no fingir.
Él hizo el beso más intenso y ella se agarró a las trabillas de sus vaqueros.
Cuando se separaron apenas unos centímetros, Inés tardó un momento en volver a respirar con normalidad.
Moisés sonrió.
—¿Qué?
Ella negó con la cabeza.
—Nada.
Pero no era verdad.
Porque algo acababa de cruzar por su mente.
El USB.
La conversación.
La taza blanca con la línea azul.
La sensación de que había pasado por alto algo importante.
Se quedó quieta.
—¿Qué pasa? —preguntó Moisés.
Inés abrió el bolso sin responder.
—Inés.
Buscó entre las llaves y la cartera hasta encontrar el USB.
Lo sostuvo unos segundos entre los dedos.
Y volvió a tocarlo.
El tirón llegó de inmediato.
La habitación.
El hombre del traje oscuro.
La taza.
La advertencia.
Tú tienes que tener cuidado.
Y el joven frente a él.
Esta vez la imagen no se rompió enseguida.
Pudo verlo mejor.
La forma de moverse.
La postura.
La mano sujetando el USB.
La cicatriz en el nudillo.
Inés sintió un vuelco en el estómago.
Ya había visto esa mano.
Ya había visto esa cicatriz.
Y entonces el joven levantó la cabeza.
La visión desapareció.
Inés abrió los ojos de golpe.
Durante unos segundos se quedó inmóvil.
Moisés la observaba sin decir nada.
—Inés.
Ella levantó la vista.
Todavía sujetaba el USB entre los dedos.
—Es él.
—¿Quién?
Inés sintió un escalofrío.
—Alex Duarte.