Capítulo 20 — Lo de siempre
Inés sonrió de forma genuina, con esa energía de cuando de verdad te alegra la persona que tienes delante.
—¿Me vas a dejar entrar o qué? —dijo Amaya—. Que esto se enfría.
Inés se apartó y la dejó pasar hacia la cocina. Luego la abrazó con fuerza, de las que duran un segundo más de lo habitual y dicen algo sin palabras.
Había querido pasar el día sola. No se había dado cuenta de las ganas que tenía en realidad de tener compañía.
—Sabía que me necesitabas —dijo Amaya, con su sonrisa amplia y sin pretensiones.
—No digas nada —dijo Inés.
—No digo nada.
Se pusieron a cenar en la isla de la cocina, sentadas en los taburetes altos con los envases de comida china entre las dos y esa calma particular que tienen las noches de entre semana cuando no hay nada urgente que resolver.
Hablaron del día sin entrar en detalles de otro tipo, de cosas de trabajo, de una serie que Amaya había empezado, de los planes que su madre tenía para Estambul que seguían evolucionando con cada llamada.
Era una cena más de las que tantas veces habían compartido. Y eso era exactamente lo que Inés necesitaba.
Estaban las dos con esa calma que precede a una tempestad cuando Amaya dejó los palillos sobre el envase y la miró.
—Yago me llamó —dijo.
Inés levantó la vista.
—Me contó la visita. —Amaya sonrió—. Me contó lo de la reunión, lo de la hora espejo, lo de los inspectores. Y luego me hizo la lectura numerológica de los dos.
—¿De los inspectores?
—De Moisés. —Amaya arqueó una ceja—. Sietes y doses, me dijo. Búsqueda y dualidad. De los que encuentran lo que buscan pero no siempre saben qué hacer con ello cuando lo encuentran.
Inés la miró.
—¿Y?
—Que cuanto más lo pienso más me gusta. —Amaya cogió un rollito—. Para ti, digo. No en general.
Las dos se rieron, de esa forma en que se ríen las amigas de toda la vida cuando una de las dos dice exactamente lo que la otra estaba pensando pero no iba a decir.
—Me gustaría conocer a Yago —dijo Inés cuando se le pasó la risa.
—En la universidad coincidisteis.
—Lo recuerdo vagamente. Pero no mucho.
Amaya la miró con cara de quien tiene un plan.
—Bueno, pues habrá que arreglarlo.
Pusieron Mamma Mia en la tele y así pasaron el resto de la noche, sin hacerle demasiado caso ni a la película ni al mundo exterior, que últimamente se estaba poniendo bastante raro.
El miércoles por la mañana se habría vuelto a quedar en casa, pero tenía una reunión de verdad, de las que venía el cliente en persona, y no podía ser.
Llegó a las nueve.
Parecía que su reloj interno de puntualidad estilo Inés estaba volviendo a la normalidad. Para rematar su ya conocida trayectoria entró en Origen a por el café, que si no llegaría tarde incluso para ella.
Esperó en la barra. Pablo estaba atendiendo una mesa del fondo y tardó unos minutos en aparecer. Cuando llegó empezó a preparar el café sin que Inés dijera nada.
—Lo de siempre —dijo Pablo—. Por cierto, hoy hay dónuts de canela.
Inés abrió los ojos.
—No debería.
—Pero sí —dijo Pablo, con la serenidad de quien sabe que ha ganado.
—Pero sí —confirmó Inés.
Pablo se rio y siguió con el pedido.
Inés se giró hacia la sala esperando y entonces lo vio.
El hombre del traje oscuro. Sentado en la mesa del fondo, la misma desde la que había venido Pablo, concentrado en el móvil con el gesto de quien piensa en algo que no tiene que ver con donde está.
A Inés le dio un vuelco el corazón.
Ese hombre últimamente estaba en todas partes. Recordó la visión, cómo él se giraba hacia el pasillo y la veía a ella. Sabía que ella existía. Sabía que había estado en la planta siete.
Pablo le dijo el precio. Inés tardó un momento en reaccionar, pagó, cogió el café y el dónut, y justo cuando estaba a punto de darse la vuelta para salir paró.
—Pablo —dijo, en voz baja.
—Dime.
—El señor de la mesa del fondo. El que acabas de atender. ¿Lo conoces? ¿Viene mucho? ¿Sabes si trabaja por aquí?
Pablo pareció contrariado. Miró de reojo al hombre, un gesto tan breve que Inés no lo captó, y luego volvió a ella con una expresión más neutra de lo habitual.
—Viene de vez en cuando —dijo—. Pide café solo y galletas de chocolate. Yo en realidad no me fijo mucho en la gente, solo en lo que piden. —Pausa—. ¿Por qué? ¿Tiene interés?
Inés cayó en que ahora podía ser ella la interrogada.
—No, nada —dijo—. Es que lo he visto varias veces últimamente y pensé que igual habían abierto alguna empresa nueva en el edificio. Como no lo conocía de antes.
Pablo asintió sin añadir nada más.
Inés salió a la calle con el café en la mano y la sensación de que había algo que se le escapaba. Algo en la reacción de Pablo que no era exactamente normal pero que no sabía cómo nombrar.
Entró al edificio. Saludó a Ana. Se metió en el ascensor.
Cuando llegó a su mesa Víctor levantó la vista, miró la hora con expresión teatral y dijo:
—Por fin. Se te ha pasado la gripe. Me alegra que vuelvas a ser tú.
Y le guiñó un ojo.
Inés no pudo evitar reírse.
La reunión fue bien. El cliente de Toledo, Rodrigo, con su acento castellano y sus preguntas respondidas con preguntas, quedó satisfecho y eso era lo que importaba.
Cuando salió fue a la sala de descanso a por un café de máquina que no iba a ser tan bueno como el de Pablo pero que era lo que había.
José estaba sentado en una mesa comiéndose un yogur y mirando el móvil con cara de tonto, del tipo específico de cara de tonto que pone la gente cuando está leyendo algo que le ha mandado alguien que le gusta.
Sonia entró detrás de Inés, hablando con Amaya.
Inés las observó un momento mientras esperaba que el café terminara de salir de la máquina.
Pensó que Sonia debería estar preocupada por su amigo, pero aun así no había faltado ningún día al trabajo.
Llevaría unos cuatro meses trabajando allí y no es que tuvieran trato, solo el necesario, el de dos personas que comparten planta y se saludan al cruzarse.
Pero con Amaya era diferente. Las había visto hablar muchas veces, incluso habían quedado fuera del trabajo.
Tenía sentido, Sonia era de las que también creían en las energías y en esas cosas que a Amaya tanto le gustaban, y Amaya estaba encantada de tener a alguien que no le dijera que el esternón no era un chakra.
Aunque siempre parecía que era Amaya la que hablaba.
Cogió el café y las saludó con la mano al salir.
El resto del día pasó entre trabajo y charlas de oficina con esa normalidad que a Inés le seguía pareciendo rara aunque fuera exactamente lo que había pedido el día anterior.
A media tarde le llegó un audio de su madre anunciando que le llevaría unas lentejas por la noche porque sabía que le encantaban y que ella no cocinaba nunca.
Inés se rio sola delante de la pantalla.
El mundo seguía siendo igual mientras ella tocaba objetos con la esperanza de ver la solución a algo que no sabía ni lo que era.
A las seis en punto se metió en el ascensor.
Estaba sola.
Sin pensarlo demasiado pasó los dedos por el panel de botones, despacio, como quien comprueba algo sin querer admitir que lo está comprobando.
El tirón llegó en el botón de la planta siete.
Cerró los ojos.
No era su mano. Era una mano grande, de hombre, de unos cincuenta años, señalando hacia algo fuera del campo de visión mientras hablaba con alguien. Una voz que reconoció antes de ver la cara.
Gustavo.
—Hay cosas que el señor Boros no nos está contando —decía la mano, que era Gustavo, dirigiéndose a alguien que estaba fuera del encuadre.
Y entonces la imagen se movía y aparecía Moisés. De pie, con la misma postura de siempre, mirando algo que Inés no podía ver.
—La documentación está en regla —decía Moisés.
—Después de lo que encontró Iván —decía Gustavo— esa información no es del todo cierta.
Las puertas del ascensor se abrieron en la planta siete.
Inés abrió los ojos. Pulsó la planta baja.
Las puertas se cerraron.
Mientras el ascensor bajaba una duda recorrió su mente con más claridad que nunca. Debería contarle a Moisés lo que le pasaba con los objetos. Había investigado a Amaya, a Yago, sabía lo del estudio. Parecía que confiaba en ella sin necesitar explicaciones. Parecía que no la juzgaba.
Quizás era el momento. Dejar de quedarse esa parte para ella sola. Contar con alguien más.
Salió del edificio y sacó el móvil.
Y entonces le llegó un mensaje.
Solo una línea.
Solo quería saber cómo te fue con la comida basura.
Inés miró el mensaje durante un momento.
Y supo que sí. Que debería contarle todo. Aunque no la creyera.