La memoria de las cosas Capítulo 19 — Las 2121
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Capítulo 19 — Las 2121

El ascensor de la planta cuatro olía a fin de jornada.

Inés, Amaya y Sandra bajaron las tres juntas con esa energía particular de final de lunes que no es exactamente alivio sino más bien la rendición ordenada de quien ha llegado al límite razonable del día.

Eran las seis en punto y el edificio empezaba a vaciarse con esa eficiencia silenciosa de los lunes que se acaban.

—¿Tomamos algo? —dijo Sandra, antes de que las puertas del ascensor terminaran de abrirse.

—Sí —dijeron Inés y Amaya a la vez.

Cruzaron el vestíbulo, saludaron a la seguridad y salieron a la calle.

La cafetería Origen estaba cerrada.

Las tres se pararon delante un momento mirando la persiana a medio bajar y la silla volcada encima de la primera mesa, que era la señal universal de que el día había terminado para ese local.

—Qué raro —dijo Amaya—. Nunca está cerrada a esta hora.

—Tienen horario de edificio de oficinas —dijo Inés—. Igual han cerrado antes hoy.

—O igual ha pasado algo —dijo Sandra, con su forma de no dramatizar pero tampoco descartar nada.

Se miraron las tres durante un segundo. Luego Inés sacudió la cabeza.

—El bar de la calle Hermosilla —dijo—. Los calamares.

—Los calamares —confirmó Amaya.

Sandra ya estaba caminando.

El bar se llamaba La Tasca del Nueve y tenía esa combinación de luz cálida, mesas pequeñas y ruido de fondo que hacía que las conversaciones importantes sonaran más manejables que en otros sitios.

Pidieron tres cañas y una ración de calamares y se instalaron en el rincón del fondo con esa actitud de quien tiene cosas que decir y necesita espacio para decirlas.

Sandra esperó exactamente el tiempo que tardó en llegar la primera caña.

—La tarjeta —dijo, mirando a Inés—. La de Innova. Me dijiste que la tiene la policía. ¿Qué pasó exactamente?

Inés le contó.

No todo de golpe sino con el orden que tenía la historia, que era el de alguien que ha ido descubriendo cosas sin plan previo y que ahora las ve con más perspectiva de la que tenía mientras pasaban.

La planta siete. La visión del cajón. Moisés apareciendo en la oscuridad.

La carpeta con la lista. El nombre de Amaya en el séptimo puesto.

Sandra escuchó con la atención de quien procesa en tiempo real y va archivando cada dato en el sitio que le corresponde.

Amaya escuchó también, aunque partes de la historia ya las conocía, con esa expresión de quien las oye en voz alta por primera vez y entiende que suenan distintas así.

Cuando Inés terminó Sandra cogió un calamar y lo miró antes de comérselo.

—¿Y lo del estudio universitario de Amaya? —dijo.

—Eso te lo cuento yo —dijo Amaya.

Y lo contó. Los cuestionarios, las pastillas azules, los recuerdos borrosos. La carpeta que había encontrado en la caja del trastero. El nombre de Yago. La referencia 0047-B.

Sandra escuchó todo sin interrumpir.

Llegó la segunda ronda de cañas.

—Hay algo más —dijo Inés.

Las dos la miraron.

Inés cogió su caña. La dejó. La volvió a coger.

—Amaya y yo tenemos superpoderes —dijo.

Silencio de dos segundos.

—Yo veo cosas al tocar objetos —dijo Inés—. Recuerdos, momentos, fragmentos de lo que ha pasado. Y Amaya sueña cosas que luego pasan.

Sandra las miró a las dos.

—Ya —dijo.

—No nos estamos volviendo locas —dijo Amaya.

—No he dicho que os estuvierais volviendo locas —dijo Sandra.

—Tu cara decía algo —dijo Inés.

—Mi cara estaba procesando. —Pausa—. ¿Y si os dijera que tengo algo que contaros también?

Inés y Amaya se miraron.

—Como tú tienes lo tuyo con los ordenadores —dijo Inés—, podrías unirte a la liga de la justicia.

Sandra no sonrió exactamente. Pero algo cambió en su expresión.

—Venid a mi casa —dijo.

El piso de Sandra estaba en Lavapiés, en un tercero sin ascensor que olía a café y a algo que podría ser electrónica recalentada.

El salón tenía los muebles justos y necesarios y una habitación al fondo con la puerta entreabierta que Inés no había visto nunca porque Sandra nunca la abría cuando había gente.

Esta vez la abrió.

Entraron las tres.

Era un despacho.

No el tipo de despacho que tiene la gente que trabaja desde casa, con una mesa y un portátil y quizás una estantería.

Era otra cosa. Tres monitores en disposición de arco sobre una mesa que ocupaba casi toda la pared del fondo.

Aparatos que Inés no habría sabido nombrar con luces parpadeando en varios colores.

Y en la pared de la izquierda, un panel, del tipo que Inés solo había visto en series de policías, con fotos, nombres, fechas y flechas conectando unas cosas con otras en una lógica que era densa pero claramente tenía estructura.

En el centro del panel, una foto de Alex Duarte.

Inés y Amaya se quedaron en la puerta mirando sin decir nada durante un momento que se alargó más de lo esperado.

—Sandra —dijo Inés finalmente.

—Sí.

—¿Esto qué es?

Sandra entró al despacho con la naturalidad de quien está en su territorio y se sentó en la silla frente a los monitores.

—La desaparición de Alex me llamó mucho la atención desde el principio —dijo—. Cuando tú y yo empezamos a investigar por curiosidad encontré cosas que no tenían ningún sentido. Así que fui un paso más allá.

—¿Cuántos pasos más allá? —dijo Amaya, mirando el panel.

—Los suficientes para que un compañero de la facultad que ahora trabaja en ciberdelitos de la Policía Nacional me pidiera que le ayudara de forma no oficial. Se llama Iván. —Pausa—. No es la primera vez que lo hago. De vez en cuando trabajo como asesora externa para ellos.

Inés la miró sin decir nada.

Sandra giró levemente la silla hacia el panel.

—He investigado por mi cuenta todo lo que he podido encontrar sobre Innova y sobre Alex.

—Señaló una sección del panel—. Parte de lo que hay aquí lo viste tú cuando subimos a la planta siete.

Pero he ido más lejos. El estudio universitario de hace quince años era la fase inicial de algo más grande.

Buscaban personas que tuvieran de forma natural rasgos cognitivos desarrollados.

No inventados, no inducidos. Ya presentes.

—Las pastillas —dijo Amaya.

—Las pastillas eran un potenciador experimental.

No para crear nada nuevo sino para amplificar lo que ya estaba.

Atención, consolidación de memoria, reconocimiento de patrones, sensibilidad a estímulos.

—Pausa—. La aplicación médica declarada era recuperar recuerdos perdidos, ayudar a pacientes con daño neurológico.

Pero según lo que he podido reconstruir, en la mayoría de los participantes no pasó gran cosa.

Solo en tres de ellos sí ocurrió algo distinto.

Y esos tres son los que tienen asterisco en la lista que encontrasteis.

Amaya miró a Inés.

Inés miró el panel.

Las dos ya sabían quiénes eran esos tres.

—No sé qué me parece más asombroso —dijo Inés finalmente—. Lo que acabas de contar o que en tu tiempo libre seas investigadora de la policía.

—Las dos cosas son igualmente razonables —dijo Sandra, con toda la seriedad del mundo.

Estuvieron en el despacho un rato más, las tres haciendo hipótesis sobre lo que significaba todo aquello, sobre qué implicaba para Amaya, sobre si el fármaco había tenido algo que ver con lo que le pasaba a Inés aunque ella no hubiera participado en el estudio oficial.

Sobre las pastillas azules que Inés había tomado en casa de Amaya sin saberlo.

Sobre si Alex había encontrado lo mismo que Sandra o algo más.

—¿Todo esto lo sabe la policía? —dijo Inés.

—Si yo he podido llegar hasta aquí —dijo Sandra—, Iván ya habrá informado de lo mismo. Probablemente tiene más información que yo.

Inés cogió el móvil.

Le mandó un mensaje a Moisés. Solo eso: Llámame cuando puedas.

No era urgente. O sí lo era pero no de esa forma. Era más bien la necesidad de que alguien con quien hablar de esto supiera que ella seguía pensando.

La noche llegó. El efecto de las cervezas se fue diluyendo con la conversación y con el tiempo, y cuando Inés llegó a casa era tarde y tenía la cabeza llena de demasiadas cosas para ordenarlas todas esa noche.

Se fue a dormir sin respuesta de Moisés.

El martes por la mañana no tenía reuniones urgentes.

Llamó a Marcos a las nueve y le dijo que teletrabajaría. Marcos no puso ninguna pega, a veces lo hacía y siempre tenía todo listo cuando hacía falta, así que era un sistema que funcionaba para los dos.

La verdad era que no quería ver a nadie.

No quería pensar en el Proyecto Huella ni en las pastillas azules ni en la lista ni en lo que significaba que Alex hubiera marcado con un asterisco exactamente a tres personas.

Quería pasar un día normal. Comida basura y una serie que no le hiciera pensar.

Era absurdo querer esconderse en una situación así, pero lo necesitaba, y llevar cuatro años siendo consultora senior le había enseñado que ignorar lo que el cuerpo pide tiene un coste mayor que atenderlo.

Mandó un par de emails del trabajo mientras se tomaba el café. Contestó con un emoji de palomitas a los mensajes de Sandra y Amaya, que preguntaban cómo estaba.

A las once sonó el móvil.

Moisés.

—Hola —dijo ella.

—Vi tu mensaje anoche. ¿Estás bien?

—Sí. —Pausa—. Más o menos.

—Voy hacia comisaría pero si te apetece un café me acerco al trabajo.

—Estoy en casa —dijo—. Teletrabajando.

—Paso cerca de camino. ¿Diez minutos?

Inés miró el piso en pijama, el portátil abierto en la mesa del salón, el desayuno a medias.

—Sí —dijo.

Se sentaron en la cafetería de la esquina a las 11:11.

Inés lo notó al mirar el reloj y pensó que Yago sin duda tendría una explicación muy concreta para eso.

Pidieron. O más bien Moisés fue a la barra a pedir antes de que Inés pudiera decir nada. Volvió dos minutos después, dejó el café delante de ella y dijo:

—Bebida de avena y azúcar moreno. ¿Verdad?

Inés lo miró. Solo habían tomado café juntos una vez.

Asintió.

—Gracias —dijo.

—Yago Erre —dijo Moisés, sin más preámbulo.

—¿Cómo fue?

—Inesperado. —Pausa—. Interesante.

Le hizo un resumen de lo que podía contar, que no era todo pero era suficiente para que Inés entendiera el cuadro general.

Y luego Inés le contó lo de Sandra, sin dar su nombre, sin dar detalles que pudieran meterla en un lío, solo el marco: que alguien de confianza había llegado a información similar por otro camino.

Moisés la escuchó.

—Iván —dijo cuando ella terminó.

—No he dicho ningún nombre.

—No hace falta. —Pausa—. Iván ya nos había dado esa información desde el principio.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Moisés la miró.

—Es una investigación en curso —dijo—. Pero me alegra que tú también lo compartas conmigo.

Inés lo miró. Había algo en esa frase que era más de lo que parecía, no un reproche sino algo más cercano al reconocimiento, del tipo que no necesita elaborarse para que los dos entiendan lo que significa.

La conversación derivó, como derivaban las conversaciones con él, hacia otros sitios. Inés acabó confesando que había llamado a Marcos para teletrabajar porque necesitaba un día normal, comida basura y una serie sin pensar.

—¿Tiene sentido eso? —dijo, más para sí misma que para él.

—Sí —dijo Moisés.

Lo dijo con una simplicidad que no necesitaba más palabras. Y lo curioso era que parecía que lo entendía de verdad, no como quien dice lo que toca decir sino como quien reconoce algo que él también habría hecho.

Se quedaron un momento en silencio mirando por la ventana. No era un silencio incómodo. Era el tipo de silencio que se construye cuando dos personas están en el mismo sitio y no necesitan llenarlo todo.

Luego sonó el móvil de Moisés.

Lo miró.

—Hora de volver —dijo.

Se levantó, dejó el dinero en la mesa antes de que ella pudiera decir nada, y con ese gesto con la cabeza que ya le resultaba familiar se fue.

Inés se quedó con el café a medias y la ventana delante.

Pensó en él caminando hacia comisaría. En la forma en que había dicho me alegra que tú también lo compartas conmigo sin darle más importancia de la que tenía. En el silencio que habían compartido mirando por la ventana como si fuera lo más natural del mundo.

Acabó el café.

Volvió a casa.

Trabajó más de lo que había planeado, porque resultó que mantenerse ocupada ayudaba más que cualquier serie, y cuando llegó la tarde sin haberse dado cuenta había resuelto tres cosas pendientes y respondido todos los correos atrasados.

A las 21:21 estaba mirando la nevera en busca de algo de comer, evaluando las posibilidades con el mismo entusiasmo con que se evalúa una propuesta de reforma estructural sin presupuesto, cuando llamaron a la puerta.

Fue a abrir.

Y ahí estaba.

Con una bolsa de comida china en una mano y una bolsa de espaguetis de pica pica en la otra.