Capítulo 18 — Las pastillas azules
Moisés se fue a las seis de la tarde.
Inés lo vio bajar en el ascensor desde el marco de la puerta de Amaya con esa sensación extraña de que algo había cambiado en las últimas horas de una forma que todavía no sabía cómo medir exactamente.
Luego cerró la puerta y volvió al salón donde Amaya estaba recogiendo los vasos con su eficiencia de siempre.
—Bien —dijo Amaya, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
—Bien qué.
—Bien nada. Solo bien. —Pausa—. ¿Confías en él?
Inés se sentó en el sofá.
—Sí —dijo.
—¿Por qué?
Inés lo pensó un momento.
—No lo sé exactamente. Pero sí.
Amaya la miró entonces, con toda su atención, que no necesitaba preguntas para seguir.
—Te mira de una forma rara —dijo.
—¿Rara cómo?
—Como si ya supiera algo de ti que tú todavía no le has contado.
Inés no respondió a eso porque no tenía una respuesta que no fuera confirmar lo que Amaya acababa de decir.
—¿Y lo del estudio? —dijo Amaya, sentándose frente a ella—. Lo de la lista. ¿Crees que es malo?
—No lo sé.
—Porque una cosa es participar en un estudio universitario hace quince años y otra es que tu nombre aparezca en documentos relacionados con alguien que ha desaparecido. —Amaya se abrazó las rodillas—. Eso da miedo, Inés.
—Lo sé.
—¿Y Moisés cree que estoy en peligro?
—Dice que todavía no lo sabe.
—Eso no es tranquilizador.
—No —admitió Inés—. Pero es honesto.
Amaya la miró un momento más. Luego asintió, con esa forma que tenía de aceptar las cosas que no le gustan porque no le queda otra.
—¿Y Yago? —dijo Inés, cambiando el ángulo—. ¿Crees que Moisés podrá hablar con él?
Amaya se rio.
—Yago tiene representante, abogado y una lista de intermediarios antes de llegar a él.
Lo dudo. —Pausa—. Aunque a mí siempre me responde.
Lo llamaré para ayudar a Moisés si hace falta.
Yago con lo famoso que se ha hecho no se le ha subido a la cabeza.
De aquella época lo conservo a él y a ti como amigos, y eso dice mucho.
—¿Cómo era en la universidad?
—Excéntrico y brillante, igual que ahora pero sin el dinero. —Amaya sonrió—. Era de esa gente que ves y piensas que va a hacer algo raro con su vida pero que va a funcionar.
—¿Y lo del estudio? ¿Recuerdas más cosas de las que has dicho antes?
Amaya frunció el ceño levemente.
—Cuestionarios, preguntas raras. Lo de los sueños, las intuiciones. Y las pastillas esas azules que nos daban, que supuestamente eran para la concentración o la memoria. —Pausa—. En universitarios eso tiene lógica, la verdad. Estudios de ese tipo los hay.
Inés la miró.
—Nunca me hablaste del estudio.
Amaya frunció ligeramente el ceño.
—Supongo que porque nunca me pareció importante. Fueron un par de meses hace quince años y después seguí con mi vida.
—Sigue.
Y Amaya siguió, contando lo poco que recordaba con esa mezcla de borrones y detalles sueltos que ya habían establecido que era el patrón de todos los que habían pasado por aquello, mientras Inés escuchaba y pensaba en lo que había visto al tocar la carpeta.
Amaya guardando las pastillas. Azules. En un bote normal.
El domingo Amaya se levantó antes que ella, como siempre, y cuando Inés apareció en la cocina con el pelo revuelto y la expresión de quien no ha dormido suficiente, el café ya estaba hecho y había fruta cortada sobre la encimera.
—Me duele la cabeza —dijo Inés.
—¿Mucho?
—Bastante. No sé si es el estrés, que no he dormido bien, o las dos cosas.
—En el baño tengo Antalgin —dijo Amaya, vertiendo el café—. Pero primero desayuna. Con el estómago vacío no.
Inés asintió y fue al baño.
El armario del espejo tenía ese orden particular de Amaya, cada cosa en su sitio con una lógica que no era aleatoria. Inés buscó el Antalgin y en su lugar encontró un bote de pastillas sin marca visible, de los de farmacia genérica, con la tapa naranja de rosca.
Lo cogió.
Y antes de que los dedos terminaran de cerrarse alrededor del plástico llegó el tirón.
Conocido ya. Casi familiar. Pero esta vez con algo diferente, como un eco de algo que ya había visto antes.
El mundo se superpuso.
Amaya, más joven, en una sala que no era su casa. Con esa misma carpeta bajo el brazo, diciéndole a alguien que ya había completado todo. Recogiendo un bote del mismo tipo de una mesa. Metiéndoselo en el bolso sin mirarlo demasiado.
Luego nada.
El baño de Amaya. El bote en su mano.
Inés salió al pasillo con el bote y entró en la cocina.
—Esto no es Antalgin —dijo.
Amaya levantó la vista del café que estaba sirviendo y la miró.
—¿Qué?
Inés le puso el bote sobre la encimera.
Amaya lo miró. Lo cogió. Lo giró. Leyó lo que ponía, o lo que no ponía, con esa expresión de quien está procesando algo que no esperaba.
—Sí es —dijo—. Creo. —Pausa—. Es que estaban en un bolso viejo que no usaba hace tiempo. Las encontré y las dejé aquí. —Volvió a mirar el bote. Luego a Inés—. Pero no es ibuprofeno, ¿verdad?
Inés no respondió de inmediato.
Pensó en otro día, hacía unos meses, cuando le había dolido la cabeza en casa de Amaya y había hecho exactamente lo mismo: ir al baño a por una pastilla y coger lo que había. Sin mirar bien. Sin pensar.
—Amaya —dijo—. Tengo que contarte algo.
Amaya dejó el bote sobre la encimera con una calma que no era indiferencia sino la calma de quien lleva días esperando que llegue ese momento.
—Ya era hora —dijo—. Llevo días notando que algo pasa. —Pausa—. Mis sueños llevan semanas siendo raros. Más de lo habitual.
—¿Cómo de raros?
—Del tipo que cuando me despierto sé que han pasado cosas importantes aunque no recuerde los detalles. —Amaya se sentó.
Inés la miró.
Luego, con la curiosidad de quien conoce a alguien de toda la vida pero nunca se ha parado a preguntarle cómo funciona algo que siempre había dado por hecho, le preguntó por los sueños.
—¿Cómo son? Los que luego pasan.
Amaya pensó un momento.
—No veo cosas concretas. No sueño que el martes va a llover o que alguien va a llamar a las tres. Es más como… me levanto con una sensación. Como si durante la noche algo se hubiera asentado. Y cuando pasa, sea lo que sea, lo reconozco. Sé que era eso.
—¿Y siempre aciertas?
—Casi siempre. —Pausa—. El que tuve de ti la semana antes de tu cumpleaños. Que encontrabas algo y que te brillaban las manos. —Miró a Inés—. No supe lo que significaba hasta que te vi esa semana y noté que algo había cambiado.
Inés la miró en silencio un momento. Amaya siempre había sido así, desde que la conocía.
Esa percepción suya, esa forma de notar las cosas antes de que nadie se las dijera.
Era parte de ella, tan suya como el pelo rizado o la forma de reírse, e Inés nunca le había preguntado cómo funcionaba porque simplemente era Amaya.
Inés respiró.
Y lo contó.
No todo de golpe, sino de la forma en que se cuentan las cosas que llevas tiempo cargando sola: por partes, empezando por el principio, que era la taza de la cafetería el día de su cumpleaños, y siguiendo por la cuchara, la botella de Sandra, el botón del ascensor, la tarjeta de Innova, la carpeta en la oscuridad de la planta siete.
Amaya escuchó sin interrumpir, con una atención que no necesitaba gestos para ser completa.
Cuando Inés llegó a la parte de Sandra y Víctor, Amaya no pudo evitarlo.
—¿Sandra y Víctor? —dijo.
—Sandra y Víctor.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé exactamente. Pero ella me lo confirmó.
—¿Y cómo lo descubriste?
—Toqué la botella térmica de Sandra sin querer y los vi en la cocina.
—¿Haciendo qué?
—Mirándose.
—¿Solo mirándose?
—Te sorprendería lo mucho que se puede decir solo mirando.
Amaya se quedó mirándola durante un momento.
—Eso es lo más romántico que he oído en semanas —dijo.
—No fue solo eso.
—¿No?
—Si te fijas en ellos se nota. En cómo se miran. En cómo se buscan cuando creen que nadie los está viendo.
Amaya arqueó una ceja.
—Tú ves recuerdos escondidos en objetos y aun así has tardado semanas en darte cuenta.
Inés le sacó la lengua.
—No estaba investigando romances.
—Claramente.
Inés siguió. Y cuando llegó a la parte de por qué confiaba en Moisés, Amaya la miró con esa expresión de quien ya lo había sospechado pero necesitaba oírlo.
—Cuando me vio salir de aquella planta con la carpeta en la mano no me preguntó qué hacía allí.
No me acusó. No intentó asustarme. Simplemente asumió que tendría una razón —dijo Inés—.
No le he contado nada de las visiones, nada de nada.
Pero actúa como si confiara en mí de todas formas.
Como si supiera que hay algo más sin necesitar que se lo explique.
—O simplemente le gustas y eso nubla el juicio —dijo Amaya.
—Amaya.
—Es una hipótesis válida.
—La hipótesis válida es que confía en mí sin razón aparente y eso me parece relevante en el contexto de todo lo que está pasando.
—Y también le gustas —dijo Amaya.
Inés no respondió.
Lo cual era, en sí mismo, una respuesta.
Luego Inés cogió el bote de pastillas de la encimera y lo miró.
—He tomado estas pastillas en tu casa antes —dijo—. Pensando que eran para el dolor de cabeza.
Amaya la miró.
—Espera.
Amaya volvió a coger el bote.
—Si esto son las pastillas del estudio…
Inés no dijo nada.
—Y yo las tenía guardadas en un bolso desde entonces…
—Sí.
—Y tú has tomado alguna pensando que era ibuprofeno.
—Sí.
Amaya la miró.
—Entonces las dos hemos tomado estas cosas.
Silencio.
—¿Cuántas veces?
—Una vez. Quizás dos.
Amaya miró el bote. Luego a Inés. Luego el bote otra vez.
—Creo que las dos estamos metidas en esto. Si las dos hemos tomado esas pastillas y las dos sabemos cosas que no sabemos explicar, ya no me parece una coincidencia. —Pausa—. ¿Crees que estamos en peligro?
—Todavía no lo sé.
Se miraron. Y luego, porque era lo único que les quedaba hacer con toda esa información encima de la mesa, se echaron a reír.
No una risa de alivio ni de nervios exactamente. Esa risa particular que sale cuando la situación es demasiado absurda para abordarla de otra forma.
—Tenemos superpoderes —dijo Amaya.
—Yo veo cosas al tocar objetos y tú sueñas el futuro —dijo Inés—. Básicamente sí.
—Vamos a montar una liga de la justicia.
—Con sede en esta cocina.
—Y uniformes a medida.
—Habla por ti.
Se rieron otra vez, y esa vez fue más larga y más necesaria, y cuando terminaron las dos estaban un poco menos asustadas que antes.
—Necesitamos saber cómo funciona —dijo Inés—. Lo nuestro. Si podemos aprenderlo, controlarlo.
—Yo llevo años sin intentar controlarlo porque pensaba que era solo mi forma de ser —dijo Amaya.
—Y yo llevo semanas intentando entenderlo sin saber qué es.
—Entonces empezamos desde cero las dos.
—Desde cero las dos —confirmó Inés.
Y desayunaron, que era lo más sensato que podían hacer.
El lunes llegaron juntas al trabajo antes que nadie.
Entraron en la cafetería con esa energía de quien necesita café antes de enfrentarse al día y a todo lo que el día podía traer. Eran las ocho y cuarto y el local estaba casi vacío, con la luz de primera hora y el olor a café recién hecho.
—Quiero una taza blanca con la línea azul —dijo Inés.
Pablo las miró desde la barra.
—Café —dijo Inés.
Pablo asintió y empezó a prepararlo.
Inés miró las tazas que sacó. Azules con línea blanca. Las otras que tenían, perfectamente válidas para tomar café, completamente inútiles para lo que Inés tenía en mente.
Se sentaron a esperar. Inés miró las mesas alrededor. En la mesa de al lado había dos personas terminando su café con prisa de lunes. Dos tazas blancas con línea azul.
Las personas se levantaron, recogieron sus cosas y se fueron.
Las tazas se quedaron.
Inés se levantó despacio, fue hasta la mesa y puso la mano sobre una de ellas.
Cerró los ojos.
Nada.
Tocó la otra.
Nada.
Abrió los ojos.
Pablo estaba a dos metros con una bandeja en la mano mirándola fijamente con esa expresión de quien ha visto muchas cosas en muchos años detrás de una barra pero esto era nuevo.
—Si pretendes quitarme trabajo —dijo— tengo una bandeja para ti.
Inés sonrió.
—Solo miraba —dijo.
—Claro —dijo Pablo, con el tono de quien no se cree nada pero tampoco tiene tiempo para esto.
Volvió a la mesa de Amaya, que lo había observado todo con su atención de siempre.
—Creo que Pablo cree que estás loca —dijo Amaya—. Te miraba sin pestañear.
—Igual tiene razón —dijo Inés—. Me estoy volviendo loca.
Se rieron de esa forma incómoda pero necesaria que a veces ayuda más que cualquier otra cosa.
Cuando estaban a punto de irse la puerta de la cafetería se abrió y entraron Ana y José. Juntos. Con esa energía particular de dos personas que todavía están en esa fase en que todo lo que comparten parece nuevo aunque sea solo el café de los lunes.
Inés los miró. Sonrió.
—¿Recuerdas el incidente del yogur? —le dijo a Amaya en voz baja.
—El de Ana y los yogures de José.
—Creo que me tienen que dar las gracias.
Le guiñó un ojo.
Amaya la miró.
—¿Qué hiciste?
—Le dije a José que bajara a la cafetería un día que no tenía almuerzo.
Amaya la miró un momento más.
—Eres la celestina más accidental de Madrid —dijo.
Subieron.
El día fue raro pero normal, que era la combinación que Inés estaba aprendiendo a manejar. Trabajo real, correos, una llamada con un cliente de Valencia que tenía preguntas sobre el informe. Y en paralelo, la mano rozando objetos de vez en cuando, casi sin querer, esperando el tirón que no llegaba.
El bolígrafo. El teclado. El vaso de agua. El archivador del cajón.
Nada.
Empezaba a frustrarse con una intensidad que no esperaba, como cuando buscas algo que sabes que tienes y no aparece.
A media mañana Sandra se acercó a su mesa con el aire de quien tiene una pregunta pendiente.
—La tarjeta —dijo—. La de Innova. ¿Qué hiciste con ella?
—La tiene la policía —dijo Inés.
Sandra asintió despacio.
—¿Voluntariamente?
—Más o menos.
—¿Más o menos cómo?
—Larga historia.
Sandra la miró con esa expresión de quien acumula datos para procesarlos después y luego volvió a su mesa.
Inés estaba a punto de volver a la pantalla cuando Amaya apareció en la entrada de la isla con el móvil en la mano y esa expresión de quien trae información.
—Hablando de policía —dijo—. He hablado con Yago.
Sandra levantó la vista.
Inés esperó.
—Mañana los recibirá —dijo Amaya—. A las ocho y ocho.