Capítulo 17 — Hora espejo
La dirección los llevó a Salamanca.
No al barrio en general sino a una de esas calles donde los portales tienen conserjería y los coches aparcados delante cuestan más que un piso en otros barrios de Madrid. Moisés aparcó y los dos se quedaron un momento mirando el edificio.
—¿Seguro que es aquí? —dijo Gustavo.
—Es la dirección que mandó Amaya.
—El influencer de la numerología vive en Salamanca.
—Aparentemente.
Gustavo miró el edificio un momento más.
—Bien —dijo, y abrió la puerta del coche.
El portero los anunció. Subieron al tercero. El ascensor era de esos silenciosos y rápidos que solo tienen los edificios que no necesitan presumir de nada porque ya lo dicen todo solos. Llamaron al timbre.
Nadie abrió.
Moisés miró el reloj. Las 8:03.
—¿Nos han dado plantón? —dijo Gustavo.
—Nos dijo las ocho y ocho.
—Son las ocho y tres.
—Ya lo sé.
Gustavo miró la puerta. Luego a Moisés.
—¿Y eso por qué?
—Por las horas espejo —dijo Moisés.
—¿Qué es una hora espejo?
—No lo sé todavía.
Esperaron.
A las 8:07 se oyeron pasos al otro lado. A las 8:08, con una puntualidad que no tenía nada de casual, la puerta se abrió.
Yago Erre tenía treinta y siete años, vaqueros oscuros de corte perfecto, una camisa hawaiana con flores tropicales en azul y verde sobre fondo blanco completamente abierta sobre una camiseta básica, y unas gafas con cristal ligeramente amarillo que no eran de sol sino de filtro de luz azul.
La ropa era cara de esa manera en que la ropa cara no necesita etiquetas visibles para serlo.
El pelo, castaño y algo largo, recogido de cualquier manera que había costado tiempo conseguir que pareciera de cualquier manera.
Sonrió cuando los vio.
—Inspectores. Pasen.
El piso era lo que el edificio prometía y algo más.
Techos altos, paredes blancas, muebles escasos y elegantes.
Nada de más. El tipo de decoración que no es vacía sino que ha decidido conscientemente qué merece estar y qué no.
Había plantas en las esquinas colocadas con una lógica que Moisés no entendía pero que tenía sentido visual.
Una pizarra grande en la pared del fondo, llena de números, flechas, fechas y secuencias que a primera vista parecían caóticas y que a segunda vista tenían demasiada estructura para serlo.
Gustavo la miró.
Moisés la miró.
—Feng shui —dijo Yago, señalando las plantas—. No porque lo crea a pies juntillas, sino porque hay estudios sobre cómo afecta la disposición del espacio a la concentración. Y la concentración me importa. —Señaló la pizarra—. Eso es otra cosa.
—¿Qué es? —dijo Gustavo.
—Patrones. —Yago lo dijo con la misma naturalidad con que otro habría dicho el tiempo—. ¿Café?
—Sí —dijeron los dos.
Fueron a la cocina, que era blanca y ordenada con la misma filosofía que el resto. Yago preparó el café con una cafetera italiana de las buenas sin decir nada más, y cuando lo sirvió se sentaron los tres en una mesa de madera clara junto a la ventana.
—Las ocho y ocho —dijo Gustavo—. ¿Por qué exactamente?
Yago lo miró con esa atención directa que tenía.
—¿No saben lo que es una hora espejo?
—No —dijo Moisés.
—Son las horas en que los dígitos se repiten.
Las once once, las doce doce, las ocho ocho.
—Pausa—. Hay culturas que las consideran momentos de alineación.
El universo diciéndote que estás donde tienes que estar.
Yo no soy tan esotérico como parezco, pero sí creo en los patrones.
Y fijo mis reuniones importantes en horas espejo desde hace doce años.
—¿Y funciona? —dijo Gustavo.
—Doce años sin una reunión importante que haya salido mal. —Yago cogió su taza—. Correlación no es causalidad, ya lo sé. Mi contable me dice que soy imbécil por hacer esto. Tiene razón en teoría. Pero lleva doce años viéndome ganar dinero y ya no discute tanto.
—¿Cuánto dinero? —dijo Gustavo.
Yago lo miró por encima de las gafas de cristal amarillo.
—Lo suficiente para que Hacienda me preste mucha atención. —Sonrió—. Y para que mi contable cobre muy bien a pesar de pensar que soy imbécil.
Moisés miró las gafas.
—¿Son para la luz azul?
—Sí. Las pantallas, el móvil, la luz artificial. Filtra el espectro que más cansa la vista. La gente cree que son decorativas. —Pausa—. Funcionan. Duermo mejor, me concentro más y además nadie olvida quién soy, que en mi negocio no está mal.
Gustavo anotó algo en su libreta. Moisés no supo qué.
—Señor Herrera —dijo Moisés.
Yago lo miró.
—Ya no soy ese.
—Su nombre legal es Diego Herrera.
—Era mi nombre legal. —Pausa—. ¿No sabe que se puede cambiar el nombre de forma legal?
Debería saberlo, es inspector de policía.
—Se encogió de hombros—. De todas maneras nadie me llamaba Diego.
Siempre fui Yago. Y cuando empecé en las redes, Yago Erre vendía más que Diego Herrera. El mercado habló.
—¿Cuántos años tiene? —dijo Gustavo.
—Treinta y siete.
—Yago, entonces —dijo Moisés.
—Yago —confirmó él—. ¿Por dónde empezamos?
—Por el estudio —dijo Moisés—. Universidad Complutense. Hace aproximadamente quince años.
Yago asintió.
—Lo recuerdo.
—¿Lo recuerda bien?
—Mejor que la mayoría, creo. Aunque hay partes con borrones. Como cuando intentas recordar un sueño por la tarde. —Pausa—. ¿Quieren que les cuente lo que recuerdo o lo que sé?
Moisés lo miró.
—¿Hay diferencia?
—Siempre hay diferencia entre lo que uno recuerda y lo que sabe.
—Los dos —dijo Moisés.
Yago cruzó los brazos sobre la mesa.
—Éramos de distintas carreras. Nos juntaron a través de carteles en las facultades.
Cuestionarios, preguntas sobre intuiciones, sueños, percepciones.
Cien euros. —Pausa—. El que llevaba el proyecto era un hombre joven, treinta y pocos quizás, muy simpático.
Con aspecto de haber trabajado en algo serio antes de aquello.
Médico, investigador, no sé exactamente.
Pero no era académico de carrera, eso se notaba. Tenía otra forma de moverse.
—¿Recuerda su nombre?
—No. Pero recuerdo que nos trataba muy bien. Con mucho cuidado. Como si fuéramos importantes, no como sujetos de estudio sino como… no sé. Gente a la que no quería molestar más de lo necesario. Tenía esa manera de entrar en una sala y hacer que todo pareciera más tranquilo.
—¿Cuánto duró el estudio?
—Dos meses, aproximadamente. Al principio éramos diez o doce. Luego fuimos quedando tres o cuatro. El resto fue desapareciendo, supongo que porque no daban los resultados que buscaban.
—¿Y usted? —dijo Gustavo—. ¿Por qué se quedó?
Yago los miró a los dos.
—Supongo que daba los resultados que buscaban.
Moisés sacó la lista. La puso sobre la mesa sin decir nada.
Yago la miró. La recorrió con la vista despacio, con una atención distinta a la de la mayoría de la gente. Se paró en los asteriscos.
—Estos tres —dijo.
—¿Qué ve?
—Que alguien los marcó por alguna razón. —Pausa—. ¿Puedo? —Señaló el papel.
Moisés asintió.
Yago lo cogió. Lo giró ligeramente. Lo miró como si los nombres fueran números y los números tuvieran algo que decir.
—El 0047 es un patrón de cuatro, siete. Cuatro es estructura, siete es búsqueda. Alguien que construye y busca al mismo tiempo. —Miró a Moisés—. ¿Es una mujer?
Moisés no respondió.
—Es una mujer —dijo Yago, con seguridad—. El patrón lo dice.
Gustavo levantó la vista de la libreta.
—El 0081. Cero, ocho, uno. Inicio, infinito, unidad. Alguien que empieza cosas y las termina de formas que otros no anticipan. —Pausa—. Probablemente hombre. Seguramente con mucho carisma del tipo que no necesita demostrarse.
—¿Y el 0112? —dijo Moisés.
Yago miró el tercer número.
—Este es distinto. Uno, uno, dos. Duplicidad. Reflejo. Alguien que ve lo que otros no ven porque mira desde otro ángulo. —Se encogió de hombros—. O alguien que simplemente tiene suerte. Los números no son perfectos.
—¿Qué buscaban exactamente en el estudio? —dijo Moisés—. En su opinión.
Yago dejó la lista sobre la mesa.
—Cualidades —dijo—. No habilidades aprendidas sino cosas que ya estaban.
La intuición, los patrones, la percepción.
—Pausa—. Recuerdo que en algún momento alguien preguntó si alguno de nosotros había tenido la sensación de saber algo sobre un objeto.
No sobre una persona ni sobre el futuro, sobre un objeto concreto.
Moisés y Gustavo se miraron brevemente.
—¿Y? —dijo Moisés.
—Nadie respondió que sí. O al menos nadie en mi grupo.
—Yago cogió su taza—. Yo leo números. Siempre lo he hecho, desde pequeño, mucho antes del estudio.
El estudio lo hizo más nítido, eso sí lo noté.
Pero la base era mía. —Pausa—. Supongo que buscaban gente que ya tuviera algo y querían ver qué podían hacer con ello.
—¿Tomó pastillas?
—Sí. Azules. Para la concentración, dijeron.
No pregunté más. —Pausa—. Aunque luego pensé que igual eran un placebo.
El caso es que dos semanas después metí todos mis ahorros de estudiante, cuatrocientos euros, en una combinación de fechas que me pareció perfecta.
Era el año fiscal número siete de una empresa cuyo nombre sumaba once.
—Se recostó en la silla—. Mi contable todavía habla de eso. Dice que fue pura suerte.
—¿Y usted qué dice? —dijo Gustavo.
—Que duplicamos el análisis en cinco operaciones seguidas. Y en la sexta. Y en la décima. —Yago cogió su taza—. En algún punto dejé de llamarlo suerte porque la palabra ya no tenía sentido estadístico.
—¿Cuánto ganó? —dijo Gustavo, con la expresión de quien pregunta por curiosidad profesional pero en realidad quiere saber.
—Los cuatrocientos se convirtieron en cuatro mil en seis meses. Que luego se convirtieron en cuarenta mil. Que luego… —Hizo un gesto vago—. Mi contable tiene el número exacto. Yo tengo el método. Hacienda tiene una opinión muy formada sobre los dos.
—¿Tiene algo de aquella época? Documentos, consentimientos.
—Guardo todo. Soy caótico con el papel pero no tiro nada. —Pausa—. ¿Por qué me pregunta un inspector de policía por un estudio de hace quince años?
—Porque hay una persona desaparecida que lo estaba investigando —dijo Moisés—. Y su nombre aparece en documentos relacionados.
Silencio.
Yago procesó esto con la calma de quien coloca una pieza en un sitio donde ya había un hueco esperando.
—Lo sabía —dijo.
—¿Qué sabía?
—Que aquello iba a volver. No como un dato. Como una sensación. —Pausa—. Hay cosas que dejan una huella aunque no recuerdes haberlas vivido.
—¿Está en contacto con alguien del estudio?
—No. —Pausa—. Bueno. Amaya. Pero ya lo saben.
—Busque esas cajas —dijo Moisés—. Si encuentra algo mándemelo. Y de momento no comente esto con nadie.
—Por supuesto. —Pausa—. ¿Estoy en peligro?
—No lo creo.
—¿Pero no lo sabe?
—Todavía no.
Yago asintió. Luego miró a los dos con esas gafas de cristal amarillo y esa atención que tenía de leer cosas donde otros no leían nada.
—Ustedes dos —dijo.
—¿Nosotros? —dijo Gustavo.
—Tienen patrones interesantes. El suyo —miró a Gustavo— es muy estable. Mucho cuatro, mucho seis. Estructura y armonía. De los que hacen las cosas bien y no necesitan que se lo reconozcan.
Gustavo lo miró.
—Y el suyo —dijo Yago, mirando a Moisés— es todo sietes y doses. Búsqueda y dualidad. —Pausa—. De los que encuentran lo que buscan pero no siempre saben qué hacer con ello cuando lo encuentran.
Silencio.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo Moisés.
—Puede intentarlo.
—¿Cree en las coincidencias?
Yago recogió su taza.
—En mi trabajo no.
—En el mío tampoco —dijo Moisés.
Yago sonrió.
—Entonces nos entendemos.
En el coche, de vuelta a comisaría, Gustavo condujo en silencio durante casi cinco minutos.
—Estructura y armonía —dijo finalmente.
—Sí —dijo Moisés.
—No está mal.
—No.
Otro silencio.
—Lo de leer personas en números —dijo Gustavo—. ¿Crees que funciona de verdad?
Moisés miró por la ventana.
—Creo que Yago Erre vive en un piso de trescientos metros en Salamanca vendiendo exactamente eso —dijo—. Así que algo funciona.
—Correlación no es causalidad —dijo Gustavo.
—Ya —dijo Moisés—. Pero tampoco voy a cambiar el método.
Gustavo lo miró.
Moisés tenía los ojos en la carretera.
—Lo de leer objetos —dijo Gustavo—. Dijo que lo preguntaron en el estudio y que nadie respondió que sí.
—Sí.
—¿Crees que alguien podría tener eso de verdad?
Moisés no respondió de inmediato.
—Creo que Yago Erre gana dinero leyendo patrones que otros no ven —dijo—. Y que Amaya sueña cosas que luego pasan. —Pausa—. Así que no descarto nada.
Gustavo asintió despacio.
—El hombre que llevaba el estudio —dijo—. Joven, simpático, con aspecto de investigador serio. Hay que encontrarlo.
—Sí —dijo Moisés.
Y mientras Gustavo conducía, Moisés pensó en esa descripción.
Treinta y pocos años hace quince. Lo que significaba que ahora tendría unos cuarenta y cinco, cincuenta.
Un hombre que había estudiado habilidades latentes en sujetos jóvenes, que los había tratado con cuidado, que había desaparecido sin dejar rastro oficial cuando el estudio terminó.
Y que quizás no había desaparecido del todo.
Pensó también en lo que Yago había dicho. Que preguntaron si alguien había tenido la sensación de saber cosas sobre objetos. Que nadie respondió que sí.
Miró por la ventana.
Nadie en el estudio. Pero quizás alguien que no estuvo en el estudio.