Capítulo 16 — Mansión
Moisés dejó a Inés con Amaya.
No fue una decisión difícil. Esas dos mujeres tenían un vínculo que iba más allá de la amistad, de esos que se forjan durante años de conocerse y acaban siendo más parecidos a la familia que a cualquier otra cosa. Amaya necesitaba a Inés más que a él en ese momento, y él necesitaba pensar.
Bajó al coche.
Arrancó sin ir a ningún sitio todavía, con las manos en el volante y la cabeza empezando a repasar todo lo que tenía.
La lista. La carpeta de Amaya. Las pastillas azules que Inés había visto en aquella visión que no había explicado del todo pero que él había archivado sin presionar.
El nombre de Yago Erre en un contexto que nadie habría anticipado.
Cogió el móvil.
Llamó a Gustavo.
—Mansión —dijo.
Silencio de dos segundos.
—Quince minutos —dijo Gustavo.
Moisés colgó y puso rumbo a casa a por la bolsa de deporte.
Mansión era un gimnasio de boxeo en un bajo de Lavapiés que no tenía ningún aspecto de mansión y que llevaba ese nombre desde los años ochenta por razones que nadie recordaba del todo.
Moisés llevaba yendo años, desde que Gustavo lo había llevado por primera vez recién incorporado a la policía, con esa forma que tenía de presentar las cosas como si fueran sugerencias cuando en realidad eran instrucciones.
Pasaba dos veces por semana. Más cuando el caso lo requería.
Había descubierto con el tiempo que dejar de pensar era la única forma en que todo empezaba a encajar.
El cerebro necesitaba un momento de no hacer nada con la información para organizarla solo, sin que nadie le dijera cómo hacerlo.
El boxeo era bueno para eso porque requería una atención física tan completa que no quedaba espacio para nada más.
Gustavo ya estaba allí cuando llegó, con los guantes puestos y la cara de quien está calentando pero tiene algo que decir.
—¿Novedades? —dijo cuando lo vio.
—Luego —dijo Moisés.
Gustavo asintió y no preguntó más.
Estuvieron más de una hora. Comba primero, luego el saco, luego un combate técnico entre los dos que era más de intercambio de golpes controlados que de rabia, del tipo que necesitas cuando lo que quieres no es descargar sino pensar con el cuerpo mientras la cabeza hace otra cosa.
Cuando salieron de la ducha Moisés ya sabía qué pregunta quería responder a continuación, que era exactamente para qué servía Mansión.
El chino al lado del gimnasio se llamaba Dragón de Oro y tenía esa combinación particular de mesas de plástico y comida buena que hacía que uno no necesitara más. Se sentaron, pidieron, y mientras esperaban Gustavo desplegó sus notas sobre la mesa con su método sistemático y ligeramente excesivo.
—Iván avanza con el USB —dijo—. No ha podido abrirlo todavía pero dice que está cerca.
—¿Cuánto es cerca?
—No lo sabe. Pero cerca.
Moisés comió un momento en silencio.
—La lista —dijo—. He estado revisando los perfiles que hemos reunido. Hay un patrón claro. Todos participaron en estudios parecidos, todos tienen recuerdos borrosos de esa época, todos describen algún tipo de percepción o intuición que atribuyen a su forma de ser.
—¿Y los asteriscos?
—Tres nombres marcados. Amaya Ruiz, Diego Herrera y María Parra. —Pausa—. Creo que Alex los marcó porque fueron los únicos que mostraron algún tipo de resultado al fármaco. Los demás son más de lo mismo, participaron, tomaron las pastillas, no pasó nada especial o nada que ellos recuerden.
Gustavo lo miró.
—¿Y los otros de la lista?
—Que Reyes los investigue por si acaso. Pero creo que no van a dar nada que no tengamos ya.
Siguieron comiendo. Intercambiaron lo que tenían, lo que faltaba, lo que tenía sentido y lo que todavía no. A las once decidieron que ya era demasiado tarde para seguir y se fueron a dormir.
El domingo lo pasó en casa.
Aislado, pero trabajando. Con el portátil y los archivos y su capacidad de estar físicamente quieto mientras la cabeza se movía.
Leyó todo lo que tenían sobre el estudio original, sobre Innova, sobre Alex.
Buscó conexiones que todavía no veía. Encontró algunas que quizás significaban algo y otras que probablemente no significaban nada pero que anotó de todas formas porque nunca se sabía.
No llamó a nadie.
No pensó en nada que no fuera el caso, o eso se dijo.
El lunes fue de los primeros en llegar.
Se encerró en la sala de la pizarra con el café y los archivos y la lista, que a estas alturas empezaba a tener el aspecto de algo que había sido revisado muchas veces y que guardaba todavía más de lo que mostraba.
Había reunido con Gustavo perfiles de casi todos los nombres.
Los cuestionarios de la carpeta de Amaya habían dado una plantilla clara de lo que habían evaluado, los sueños, las percepciones, las intuiciones, y ese patrón se repetía en todos los que habían podido contactar.
Todos lo describían como algo que siempre habían tenido, sin un antes y un después claro, sin poder decir si el estudio había cambiado algo o si simplemente habían sido seleccionados precisamente por eso.
Los tres asteriscos seguían siendo la clave.
Amaya, sí. Yago Erre, en proceso pero complicado. Y María Parra, con quien todavía no habían podido hablar.
La localizaron entrada la tarde.
Vivía en Röttingen, un pueblo pequeño en el sur de Alemania, con su marido alemán y una vida que desde fuera parecía completamente ordinaria.
Cuando Reyes la llamó accedió a una videollamada sin demasiados problemas, con esa actitud de quien no tiene nada que esconder aunque tampoco entiende del todo por qué la policía española la llama un lunes por la tarde.
Moisés llevó la conversación.
Lo mismo que los demás. Los cuestionarios, las pastillas, el estudio universitario que no recordaba con demasiada claridad. Y luego, casi de pasada, como si fuera una anécdota:
—Siempre he tenido mucha intuición con la gente. Sé quién va a llamar antes de que suene el teléfono. Sé cómo está alguien en cuanto entra en una habitación. Mi marido lleva veinte años diciéndome que doy miedo.
Lo dijo riéndose.
Moisés anotó y agradeció y colgó.
Se quedó mirando la pizarra.
Personas seleccionadas por algo que compartían.
Estudiadas durante meses.
Y tres de ellas señaladas años después por Alex.
Reyes entró.
—La última de la lista —dijo—. Igual que los otros. No encaja con los asteriscos. El influencer sigue siendo misión imposible, representante, abogado y una lista de intermediarios antes de llegar a él.
—Ya —dijo Moisés.
Moisés volvió a mirar la lista.
Doce nombres.
Tres asteriscos.
Alex había pasado meses investigando aquello.
Y sin embargo, de todas las personas marcadas, la única que trabajaba en el mismo edificio que él era Amaya Ruiz.
Esa coincidencia seguía sin gustarle.
Sonó el móvil.
Un audio. De Amaya.
Lo escuchó.
La voz de Amaya, con su energía intacta incluso en un mensaje de voz, diciéndole que había hablado con Yago, que los vería al día siguiente. Y luego, casi al final, con total naturalidad:
—A las ocho y ocho de la mañana. Dice que es hora espejo y que las energías están alineadas para conversaciones importantes. No sé, es Yago, ya lo conoceréis.
Moisés bajó el móvil.
Miró a Reyes.
Reyes lo miraba de vuelta con esa expresión de quien está esperando una reacción y no sabe cuál va a ser.
—Mañana a las ocho y ocho —dijo Moisés.
—¿Por qué a las ocho y ocho?
—Horas espejo.
Pausa.
—¿Qué es una hora espejo?
—No lo sé —dijo Moisés—. Pero supongo que mañana nos lo explican.