Capítulo 15 — Ref. 0047-B
Amaya sostuvo la carpeta contra el pecho.
La puerta se abrió.
Moisés estaba en el marco con el abrigo puesto y una postura que ocupaba el espacio sin necesitar más del que le correspondía. Miró a Amaya. Luego a Inés. Luego otra vez a Amaya.
—Amaya —dijo Inés—, este es Moisés Vera. Inspector de la Policía Nacional.
Amaya lo miró.
Luego miró a Inés.
—Es policía —dijo.
—Inspector —dijo Moisés.
—Inspector. —Amaya asintió despacio—. Un inspector de policía está en mi puerta un sábado.
—¿Puedo pasar? —dijo Moisés.
Amaya se apartó sin decir nada más y los tres entraron al salón.
Se sentaron. Amaya en el sofá con la carpeta todavía en el regazo, Inés a su lado, Moisés en la silla de enfrente con la actitud de quien está cómodo en cualquier sitio aunque no lo parezca.
—¿Qué está pasando exactamente? —dijo Amaya.
Inés respiró.
—Alex Duarte, el chico que desapareció del edificio, estaba trabajando en algo relacionado con la empresa de la séptima planta. Hemos encontrado documentos de una investigación. Y en esos documentos apareció una lista con nombres. —Pausa—. Tu nombre estaba en esa lista.
Silencio.
Amaya se quedó muy quieta.
—¿Mi nombre?
—Sí.
—¿En una lista relacionada con la desaparición de alguien?
—En una lista relacionada con una investigación que ese alguien estaba haciendo —dijo Inés, eligiendo las palabras con cuidado—. No sabemos exactamente qué significa todavía. Por eso está aquí Moisés. Necesitamos entender qué tiene que ver esa carpeta que has encontrado con todo lo demás.
Amaya miró la carpeta en su regazo.
Una cosa era tener un recuerdo borroso de un estudio universitario. Otra era que un inspector de policía apareciera en tu casa un sábado por la mañana con esa información.
—Está bien —dijo, con una voz que intentaba ser más tranquila de lo que era—. Está bien. Mírala.
La carpeta tenía más páginas de lo que parecía desde fuera.
Moisés las fue pasando despacio, sin tocar más de lo necesario. Inés miraba desde su lado. Amaya desde el otro, con los brazos cruzados y esa postura de quien está intentando no asustarse más de lo que ya está.
Consentimiento informado. Fechas. Un protocolo de evaluación con terminología que mezclaba lo psicológico con algo más técnico. Resultados de pruebas que no decían claramente qué habían medido ni qué habían encontrado.
Y entonces Moisés paró.
—¿Qué es esto?
Era una hoja diferente. Una evaluación. Preguntas en columnas con casillas de respuesta, del tipo de los formularios que parecen inocuos hasta que te fijas en lo que preguntan.
Amaya se inclinó para leer.
¿Ha experimentado sueños que luego se verifican total o parcialmente?
¿Percibe el estado emocional de otras personas sin información previa?
¿Tiene intuiciones frecuentes sobre eventos futuros que luego resultan correctas?
¿Ha tenido la sensación de saber algo sin poder explicar cómo lo sabe?
Amaya dejó de leer.
Se quedó mirando la hoja durante un momento que se alargó más de lo esperado.
—Esas preguntas.
—¿Las recuerdas? —dijo Moisés.
—No. —Pausa—. Pero las describen. —Levantó la vista—. Describen exactamente lo que me pasa. Lo que siempre me ha pasado.
Inés no dijo nada.
Moisés siguió pasando páginas hasta que se paró en una columna lateral con letra pequeña que no encajaba con el resto del documento.
—Aquí hay otro nombre —dijo—. Ref. 0081-C. Diego Herrera.
Amaya frunció el ceño.
—Diego Herrera. —Lo repitió despacio, como si estuviera buscando algo dentro—. No me suena.
Moisés anotó el nombre sin comentario.
—¿Segura? —dijo Inés.
—Segura. Diego Herrera no… —Y entonces se paró.
Se quedó con la boca ligeramente abierta durante un segundo.
—Ostras —dijo—. Claro. Yago.
—¿Yago? —dijo Moisés.
—Diego nadie le llamaba así. Era Yago. Yago Herrera.
Íbamos juntos a Economía. —Amaya se incorporó ligeramente en el sofá—.
Nos apuntamos al estudio juntos. Lo vimos en un cartel en la facultad, pagaban cien euros por unos cuestionarios y probar unas pastillas, algo de estudiar la memoria.
Yago quería el dinero para un concierto.
—Se rio sola—. Por eso no lo había ubicado. Diego. Claro que es él.
Inés lo recordaba vagamente ahora que Amaya lo decía. Un nombre, una cara sin demasiado contexto, alguien de la órbita de Amaya en aquella época.
—¿Mantienes el contacto con él? —dijo Moisés—. ¿Sería fácil localizarlo?
Amaya lo miró. Y luego sonrió de una forma que no era exactamente la situación más apropiada pero que era completamente Amaya.
—Difícil es Yago Erre… —empezó.
Moisés la miró extrañado.
Amaya reaccionó.
—¿El influencer? —dijo Moisés.
Inés abrió la boca.
—¿El influencer de las inversiones basadas en numerología?
Amaya asintió con esa expresión divertida de quien lleva años conviviendo con una información que los demás encuentran absurda.
—Éramos almas gemelas —dijo.
Moisés la miró un momento. Luego miró sus notas. Luego volvió a mirarla.
—Trescientos mil seguidores —dijo, más para sí mismo que para nadie.
—Trescientos veinte —corrigió Amaya—. Ha crecido mucho este año.
Inés se mordió el labio para no sonreír. Había algo en la expresión de Moisés procesando que tenía que ir a hablar con un influencer místico de las finanzas que era difícil de ignorar.
Pero entonces Amaya cambió el semblante.
La diversión desapareció y en su lugar quedó algo más quieto, más serio, del tipo de seriedad que aparece cuando alguien para de bromear porque se da cuenta de que la situación lo requiere.
—¿Qué significa todo esto? —dijo—. En serio. ¿Qué tiene que ver un estudio de hace quince años con que alguien haya desaparecido?
Nadie respondió de inmediato.
—Eso es lo que estamos intentando entender —dijo Moisés.
Amaya los miró a los dos. Luego se levantó.
—Voy a por agua —dijo.
El salón se quedó en silencio.
Inés miró la carpeta abierta sobre la mesa. La cogió y empezó a repasar despacio, pasando el dedo por los encabezados, por las fechas, por los nombres de los apartados, buscando algo que todavía no sabía exactamente qué era.
Y entonces llegó el tirón.
Conocido ya. Casi familiar. Pero esta vez más suave, como si la carpeta tuviera algo que mostrar pero no tuviera prisa en hacerlo.
Cerró los ojos un segundo.
El mundo se superpuso.
Amaya. Más joven, con el pelo recogido de otra forma, en una sala que Inés no reconocía.
Hablaba con alguien fuera del campo de visión, con su energía de siempre pero más nerviosa, más contenida.
Decía que ya lo había cumplimentado todo.
Cerraba una carpeta, se la metía debajo del brazo.
Y luego recogía algo de la mesa, un bote pequeño, de esos de plástico con tapa naranja, con pastillas dentro.
Azules. Pequeñas. Del tipo que podría ser cualquier cosa, ibuprofeno, anticonceptivos, algo para la migraña.
Lo metía en el bolso sin mirarlo demasiado.
Y luego se iba.
Luego nada.
La carpeta en sus manos. El salón de Amaya.
—¿Estás bien?
La voz de Moisés, cerca. Inés levantó la vista. Él estaba a su lado mirándola con una atención que no era intrusiva pero tampoco era fácil de ignorar.
—Parece como si te hubieras ido —dijo.
Inés asintió despacio.
—Estoy bien —dijo—. Solo… estaba pensando.
Moisés la miró un momento más. No dijo nada más. Pero tampoco apartó la vista de inmediato, y en ese segundo de más había algo que era más pregunta que observación.
Inés dejó la carpeta sobre la mesa.
—Luego te cuento —dijo, en voz baja.
Él asintió.
Y en ese momento volvió Amaya con tres vasos de agua.
Se sentó. Miró la carpeta cerrada sobre la mesa. Luego a Moisés. Luego a Inés.
—¿Y ya está? —preguntó.
Moisés apoyó una mano sobre la tapa.
—No.
—¿Entonces?
—Ahora sabemos que no eras la única —dijo Moisés—. Hay más personas que participaron en estudios parecidos. Más personas que aparecen relacionadas con la investigación de Alex.
—¿Y qué significa eso?
—Todavía no lo sé.
Amaya lo miró durante un momento largo.
—¿Estoy en peligro?
Moisés no respondió de inmediato. Y eso, en sí mismo, era una respuesta.
—De momento lo más importante es que no comentes esto con nadie —dijo—. Y que si recuerdas algo más, cualquier detalle del estudio, cualquier cosa que te parezca rara aunque no sepas por qué, me lo dices.
Le dejó su tarjeta sobre la mesa.
Amaya la miró. Luego miró a Inés.
Inés le sostuvo la mirada sin decir nada.
Amaya asintió despacio.
Y por primera vez desde que habían llegado, el salón se quedó en un silencio que no era de procesamiento sino de algo más pesado. El tipo de silencio que se instala cuando las preguntas ya están todas encima de la mesa y las respuestas todavía no han llegado.