Capítulo 14 — Tortitas en Tía Mel
Inés no durmió.
No fue una decisión, fue el resultado inevitable de tener la mente haciendo inventario a las tres de la mañana, a las cuatro, a las cinco, pasando por los mismos puntos una y otra vez como quien da vueltas a una habitación esperando encontrar una puerta que no estaba antes.
La carpeta. La lista. Los doce nombres.
Y el séptimo.
Había hecho la foto en uno de los momentos en que Moisés había salido de la sala, con el móvil rápido y sin flash, y desde entonces había vuelto a ella más veces de las que podía contar.
Se paraba en cada nombre. Intentaba leerlos como datos y no como personas.
Intentaba recordar si alguno le resultaba familiar más allá de Amaya.
Siempre acababa volviendo al séptimo.
Amaya Ruiz. Ref. 0047-B.
Podría ser otra Amaya Ruiz. Era un nombre razonablemente común. No era descabellado pensar que en una lista de doce personas hubiera una Amaya Ruiz que no fuera su Amaya Ruiz. Las probabilidades no eran cero.
No se lo creía. Pero rezaba para que fuera así.
A las ocho de la mañana cogió el móvil.
—¿Te he despertado?
—Estaba haciendo yoga —dijo Amaya al otro lado, con esa voz que sonaba igual a las ocho de la mañana que a las ocho de la tarde, como si el cansancio fuera un concepto que no le aplicaba del todo.
—¿Te apetecen unas tortitas en Tía Mel?
Pausa de medio segundo.
—Nunca he rechazado unas tortitas —dijo Amaya—. ¿A las nueve y media?
—A las nueve y media.
Inés colgó, se duchó y se arregló con más cuidado del que un sábado por la mañana de tortitas requería estrictamente. Se dio cuenta a mitad de proceso y decidió que no era el momento de analizar eso.
Llegó antes que Amaya.
Definitivamente la semana más rara de su vida, y no por las visiones.
Era que estaba llegando pronto a todas partes.
Tres veces al trabajo. Antes que Sandra a la cafetería.
Y ahora a Tía Mel con diez minutos de antelación un sábado.
Eso era un indicador claro de que algo raro estaba pasando en su vida, más claro incluso que ver imágenes al tocar objetos.
Amaya llegó nueve minutos después con el pelo suelto y la energía de quien ha hecho yoga y ha ganado algo con ello que el resto de los mortales no tiene antes del café.
La vio sentada y sonrió.
—Madre mía —dijo—. Los treinta y ocho te han hecho puntual.
Se rio. Se dieron un abrazo largo. Se sentaron.
Pidieron las tortitas, las de siempre, con arándanos y sirope de arce, y durante los primeros minutos hablaron de cosas que no eran lo que Inés había ido a hablar. La exposición que Amaya quería ver. Un podcast que había empezado. El tiempo, que ese fin de semana por fin parecía de abril de verdad.
Inés escuchaba y participaba y esperaba el momento adecuado que no terminaba de llegar porque no había momento adecuado para lo que quería decir.
Pero entonces Amaya mencionó la semana.
Y claro, esa semana había sido rara. Y en el edificio estaban pasando cosas raras. Y el tema se abrió solo ante ella como esas puertas que no buscas y que aparecen de todas formas.
Hablaron de la policía. De Alex Duarte, del que Amaya solo sabía lo que circulaba por los pasillos. Y entonces Amaya dijo, con su naturalidad para soltar las cosas importantes entre las normales:
—Ese inspector tan guapo que ha estado rondando por la planta esta semana. ¿Sabes algo de él?
Inés sonrió.
—Moisés —dijo.
Amaya levantó una ceja.
—Moisés. ¿Y tú cómo sabes su nombre?
Inés se encogió de hombros con una ambigüedad que esperaba que fuera suficiente.
Amaya la miró un segundo más con la atención de siempre, que no necesitaba preguntas, luego sonrió y siguió.
Hablaron de Innova. De lo opaca que era la empresa, de los cristales demasiado oscuros, del cartel de acceso restringido. Y entonces Inés dijo, con cuidado, tanteando el terreno:
—¿Tú sabes algo de lo que hacen ahí arriba? ¿De sus estudios?
Amaya frunció levemente el ceño.
—¿Estudios?
—Médicos. Parece que hacen algo relacionado con la memoria, con investigación cognitiva.
—Ah. —Amaya cogió su taza—. La verdad es que no. Aunque… —Pausa—. En la universidad participé en algo parecido. Un estudio, no sé de qué empresa era. Me pagaron cien euros. —Se rio—. No recuerdo muy bien para qué era.
Inés dejó de respirar durante un segundo.
—¿Cuándo fue eso?
—No sé. Segundo o tercero de carrera. —Amaya pinchó un trozo de tortita—. Te pedí que vinieras, ¿no te acuerdas? Pero no quisiste.
Y entonces Inés sí lo recordó. Vagamente. Un mensaje de Amaya diciéndole algo de un estudio, de que pagaban bien, de que era solo unos cuestionarios. Ella había dicho que no por alguna razón que ahora no recordaba.
—¿Y qué hacían exactamente?
—Cuestionarios, algunas pruebas. Algo sobre la memoria, creo. —Amaya se rio—. Cosa que no debió de funcionar muy bien porque no recuerdo prácticamente nada de aquello.
—Lo raro es que recuerdo haber ido más de una vez.
Inés levantó la vista.
—¿Más de una?
—Creo que sí. No estoy segura. —Amaya se quedó pensativa un momento, con la taza en la mano—. Recuerdo la primera cita. Pero después todo está como borroso. Como si alguien hubiera mezclado varios recuerdos y hubiera tirado la mitad.
Lo dijo sin darle más importancia. Como quien menciona que no recuerda bien una película que vio hace años.
Inés miró su café.
Por debajo de la mesa, sin que Amaya lo viera, sacó el móvil y abrió la foto de la lista.
Las fechas estaban ahí. Junto al nombre de Amaya, junto a la referencia 0047-B.
Coincidían.
Guardó el móvil.
Amaya ya estaba hablando de la exposición y de que el martes era perfecto si Inés no tenía nada. Inés dijo que el martes era perfecto y prometió ir aunque en ese momento no habría sabido decir de qué exposición se trataba.
Se despidieron en la puerta.
Se abrazaron.
Amaya tardó un segundo más de lo normal en soltarla.
—¿Qué? —dijo Inés.
—Nada.
Frunció ligeramente el ceño.
—Tengo una sensación rara.
—¿Qué tipo de sensación?
Amaya frunció el ceño levemente, como quien intenta atrapar algo que se escapa.
—No sé. Como si estuviera olvidando algo. O como si algo fuera a pasar. —Pausa—. No sé cómo explicarlo.
Sonrió.
—Ya sabes cómo soy.
La vio alejarse por la calle con su energía de sábado por la mañana y pensó que había algo cruel en saber cosas de la gente que quieres que ellos no saben de sí mismos.
Decidió caminar para aclarar la cabeza.
No funcionó del todo, pero el aire fresco de abril ayudó lo suficiente como para que cuando llegó al parque al final de la calle supiera lo que iba a hacer antes de sacar el móvil.
Lo llamó sin pensarlo más.
Contestó al tercer tono.
—He hablado con Amaya —dijo Inés, sin preámbulo.
—¿Le has contado algo?
—No. Nada. Solo hablamos de la semana, de Innova, de lo que se comentaba por el edificio.
—Pausa—. Y entonces ella sola mencionó un estudio en el que participó en la universidad.
Cuestionarios, pruebas de memoria. Cien euros.
Y dice que no recuerda bien cuántas veces fue. Que tiene los recuerdos borrosos.
Silencio al otro lado.
—Las fechas coinciden con la lista —dijo Inés.
—No eres la única persona que ha hablado con alguien de esa lista hoy.
Inés se paró en mitad de la acera.
—¿Has encontrado algo?
—He encontrado algunas coincidencias.
—¿Qué tipo de coincidencias?
—Todos participaron en estudios parecidos en distintos momentos. —Pausa—. Hay más cosas, pero necesito contrastar antes de decirte nada.
Inés procesó esto caminando despacio.
—¿Café? —dijo Moisés.
—¿Ahora?
—Si tienes tiempo.
Tenía tiempo. Tenía todo el sábado y una cabeza que necesitaba a alguien con quien pensar en voz alta.
—Dime dónde.
La cafetería que eligió Moisés no era Origen. Era un sitio más pequeño, más alejado del edificio, de los que tienen tres mesas y una barra y el ruido justo para que una conversación no llegue a los oídos de nadie.
Llegaron casi a la vez.
Pidieron. Se sentaron. Y durante un momento ninguno dijo nada, que con Moisés ya empezaba a resultar cómodo de una forma que Inés no había esperado.
—Ha estado en esa lista desde el principio —dijo Inés—. Y ella no lo sabe.
—No lo sabe —confirmó Moisés.
—¿Está en peligro?
—No lo creo. Todavía. —Pausa—. Pero necesito hablar con ella. Oficialmente.
Inés miró su café.
—Ella va a asustarse.
—Sí.
—¿Y no hay forma de…?
—No —dijo Moisés, con esa calma que no era frialdad sino precisión—. Necesito saber lo que recuerda de ese estudio. Lo que le hicieron. Si ha notado algo diferente desde entonces.
Inés pensó en Amaya y sus cristales y sus sueños y su chakra del corazón y la forma en que siempre sabía las cosas antes de que nadie se las dijera.
—Ella siempre ha sido así —dijo—. Desde que la conozco. Esa percepción que tiene, esa forma de notar las cosas.
—¿Desde antes del estudio?
Inés lo miró.
No lo sabía. No podía saberlo. Amaya era Amaya desde siempre en su memoria, sin un antes y un después que pudiera identificar.
—No lo sé —dijo.
Moisés asintió. No como quien acepta la respuesta sino como quien la guarda.
Estuvieron un rato más hablando, con esa mezcla de información y silencios que empezaba a ser su forma natural de estar en el mismo sitio.
Inés contó más detalles del desayuno. Moisés escuchaba y de vez en cuando decía algo concreto, lo justo para que ella supiera que estaba procesando sin revelar más de lo que quería revelar.
Había algo cómodo en eso. En no tener que explicar demasiado. En que el otro ya tuviera parte del contexto.
El móvil de Inés sonó.
Amaya.
Lo miró. Luego a Moisés. Luego contestó.
—Oye —dijo Amaya, y había algo diferente en su voz, algo más quieto que de costumbre—. Sé que acabo de dejarte hace un rato pero ha pasado una cosa rara.
—¿Qué ha pasado?
—Después de hablar contigo me acordé de aquello de la universidad. Me dio curiosidad. He bajado una caja de apuntes del trastero a ver si había algo. —Pausa—. Y he encontrado una carpeta. Con unos papeles que no recordaba tener.
Inés se quedó muy quieta.
—¿Qué tipo de papeles?
—Consentimientos. Formularios. Resultados de algo, no sé muy bien de qué. No entiendo la mitad. Pero arriba pone algo de un proyecto y hay una referencia que… Inés, la referencia es la misma que el número que aparecía en una cosa que firmé entonces. Lo tengo porque guardo todo, ya sabes cómo soy.
—Amaya.
—¿Puedes venir?
Inés miró a Moisés.
—Voy ahora —dijo—. No toques nada más.
Colgó.
—Era Amaya.
—Lo he oído.
—Ha encontrado algo. Una carpeta con papeles del estudio. Consentimientos, resultados, una referencia que coincide.
Moisés ya estaba recogiendo.
Fueron en el coche de Moisés. Inés le fue contando lo que Amaya había dicho por el camino. Cuando llegaron al portal, Moisés se paró.
—Entro yo sola primero —dijo Inés.
Él la miró.
—Cinco minutos —dijo.
Inés subió. Amaya abrió la puerta antes de que llamara, con esa carpeta en la mano.
Más delgada que la de Innova pero con el mismo tipo de papeles, el mismo lenguaje a medias técnico a medias médico.
Consentimientos firmados. Formularios con fechas.
Resultados de pruebas con terminología que Inés no entendía del todo.
Y arriba, en la primera página, en letras pequeñas y sin dramatismo ninguno:
Proyecto Huella. Ref. 0047-B.
Amaya la miraba.
—¿Sabes lo que es esto? —dijo.
Inés miró la carpeta. Luego a Amaya.
—Creo que sí —dijo—. Y creo que hay alguien que necesita verlo. —Sacó el móvil y escribió un mensaje—. No te asustes. Es de confianza.
Amaya sostuvo la carpeta contra el pecho.
Sonó el timbre.
Por primera vez desde que había llegado, Amaya parecía realmente asustada.
Volvió a sonar el timbre.
Inés se acercó a la puerta.
Miró una vez más a Amaya.
Y abrió.