La memoria de las cosas Capítulo 13 — La carpeta
38%

Capítulo 13 — La carpeta

Las luces de emergencia se encendieron con ese tono anaranjado y tenue que tienen las luces de emergencia, suficiente para ver las siluetas pero no los detalles.

Moisés ya se estaba moviendo.

—Espera aquí —dijo.

Y salió hacia el pasillo con una mano en la chaqueta, donde Inés supuso que llevaba algo que ella prefería no visualizar demasiado.

Se quedó sola en el despacho.

Durante aproximadamente dos segundos.

Luego rodeó el escritorio, abrió el primer cajón y metió la mano hasta el fondo. Bolígrafos. Clips. Un bloc de notas. El desorden de quien ha tirado cosas encima a propósito. Los dedos buscaron más allá, hasta el borde de algo que cedía. Un panel. Una rendija.

El clic.

Sacó la carpeta.

—¿Cómo sabías que estaba ahí?

Inés se giró.

Moisés estaba en la puerta del despacho mirándola como quien ha visto muchas cosas en su vida pero reconoce cuando está viendo algo nuevo.

Ella sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Si te digo que lo he visto —dijo—, ¿con eso es suficiente de momento?

Una pausa.

Moisés la miró un segundo más. Luego asintió, no como quien acepta una respuesta sino como quien decide que hay preguntas que pueden esperar.

—Por ahora —dijo.

Y entonces llegó el ruido.

Sordo. Difícil de identificar. Algo al fondo del pasillo, detrás de la puerta del laboratorio.

Moisés sacó el arma.

—Quédate aquí —dijo, y esta vez lo dijo de una forma que no era una sugerencia.

Desapareció por el pasillo.

Inés se quedó quieta en el despacho en penumbra con la carpeta en las manos y el corazón a ciento cuarenta, escuchando. Pasos. Una puerta. Silencio. Más silencio. Luego la voz de Moisés, baja pero clara, hablando con alguien. No con ella.

Con un teléfono.

—Reyes. Planta siete. Sube.

Tardó tres minutos en volver. A Inés le parecieron quince.

—Nada —dijo cuando entró—. Pero salgamos de aquí.

Abajo, en la pequeña oficina de seguridad de recepción, Reyes estaba frente a los monitores cuando bajaron.

Inés lo reconoció de inmediato, era uno de los dos hombres de espaldas que había visto al entrar, los que miraban las cámaras y que le habían dado el pánico.

Así que eso era lo que hacían Moisés y Reyes en el edificio a esas horas. Mirando cámaras. Investigando.

Lo cual explicaba muchas cosas y generaba preguntas nuevas al mismo tiempo.

Reyes ya estaba avisando a central cuando llegaron, con esa eficiencia de quien tiene un protocolo y lo sigue, mientras Moisés se colocaba frente a los monitores y revisaba las grabaciones de los últimos veinte minutos.

Inés. Entrando a las 21:18, saludando al guardia, dirigiéndose a los ascensores. Todo perfectamente visible.

Tragó saliva.

Luego apareció él.

Un hombre con traje oscuro, saliendo por la puerta lateral del edificio a las 21:31. La cámara lo cogía de espaldas, en el ángulo menos útil posible. Nadie en la sala había reparado en él mientras salía.

—¿Lo conoces? —dijo Moisés.

Inés estudió la silueta. La postura. La forma de moverse.

Había algo familiar. Pero también algo que no cuadraba del todo. El hombre del traje de sus visiones tenía unos cincuenta años. Este parecía más joven. ¿O era el ángulo? ¿O era ella, que llevaba días viendo al mismo hombre en todas partes?

—No —dijo.

Y luego, porque era Moisés y porque la pregunta merecía una respuesta más honesta:

—No estoy segura. Podría ser más joven que el que… que alguien que he visto antes. No se le ve la cara.

Moisés asintió sin pedir más explicación.

—Vamos a comisaría —dijo.

El coche olía a café frío y a algo que Inés decidió no investigar más. Moisés conducía con una concentración que no necesitaba gestos, y durante los primeros minutos ninguno de los dos habló.

Inés miraba por la ventana con la carpeta en el regazo y la cabeza haciendo cuatro cosas a la vez. Pensaba en el cajón. En el falso fondo. En el hombre de la pantalla. Pensaba en qué iba a decir cuando llegaran a comisaría. Pensaba en cómo no parecer completamente loca mientras lo hacía.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —dijo Moisés.

—¿El qué?

—Meterte donde no te llaman.

Inés lo miró de reojo.

—Es una habilidad que he ido desarrollando con los años.

Él no sonrió exactamente, pero algo cambió levemente en su expresión.

—¿Cuántos años?

—Los suficientes.

—¿Treinta y ocho?

—Treinta y ocho —confirmó Inés—. Y oye, ¿podemos tutearnos? Me hace sentir vieja eso del usted.

Moisés la miró un segundo.

—No pareces vieja.

Lo dijo de forma completamente neutral. Como un dato. Sin inflexión, sin intención aparente.

Inés lo miró.

Él tenía los ojos en la carretera.

Ella decidió que ese comentario era información que procesaría más tarde, cuando tuviera menos cosas en la cabeza, que era probablemente nunca.

Lo observó de reojo durante un momento sin que él se diera cuenta, o eso esperaba.

La línea de la mandíbula. La forma en que sostenía el volante con esa calma que tenía para todo.

Había algo en él que iba más allá de lo evidente, una presencia, la sensación de que cuando Moisés Vera estaba en una habitación la habitación lo sabía sin necesitar que nadie se lo dijera.

Volvió a mirar por la ventana.

Eso también era información para más tarde.

La comisaría a esas horas tenía esa energía particular de los sitios que nunca duermen del todo. Moisés la llevó a una sala pequeña, le trajo un café que era considerablemente peor que el de Pablo pero que agradeció igual, y dejó la carpeta sobre la mesa entre los dos.

—Cuéntame qué pasó —dijo.

E Inés contó. Lo que podía contar. La curiosidad sobre Innova, la tarjeta que había encontrado en el mostrador días atrás, la decisión de volver esa noche a comprobar si funcionaba.

Moisés escuchaba sin interrumpir, sin anotar, con una atención que hacía que cada palabra quedara registrada en algún sitio aunque no hubiera papel de por medio.

—Ábrela —dijo cuando ella terminó, señalando la carpeta.

Las primeras páginas eran el proyecto oficial. El lenguaje limpio y razonable de siempre. Luego venía otra cosa.

Resultados de pruebas. Tablas. Una terminología que mezclaba lo neurológico con algo que sonaba más a genética.

—El fármaco no crea nada nuevo —dijo Moisés, señalando un párrafo—. Potencia algo que ya existe.

Inés leyó en voz baja.

—Resultados preliminares sugieren que el compuesto actúa como amplificador de capacidades latentes de base genética. No genera habilidades inexistentes. Identifica y potencia patrones ya presentes en el sujeto.

—Habilidades que ya están —dijo.

—De forma genética —confirmó Moisés.

Siguieron pasando páginas.

Y entonces encontraron las que faltaban. Páginas arrancadas, con el borde dentado todavía visible. La segunda capa, lo que explicaba para qué servía todo en realidad, estaba incompleta.

Al final de lo que quedaba había una lista.

Nombres. Doce en total, con fechas y referencias numéricas.

Inés los recorrió con la vista.

El séptimo nombre.

Amaya Ruiz. Ref. 0047-B.

El mundo se redujo durante un segundo a ese nombre en esa página.

Amaya. Con sus cristales y sus sueños que avisaban. Amaya que había soñado con luz alrededor de las manos de Inés la noche antes de que todo empezara. Amaya que notaba las cosas antes de que nadie se las dijera.

Amaya que también tenía ese toque.

Inés no dijo nada. No pudo.

Moisés levantó la vista y la miró. No preguntó qué había visto. Simplemente desplazó la carpeta ligeramente hacia ella y dejó que el silencio hiciera lo que el silencio sabe hacer cuando alguien necesita un momento.

La puerta se abrió.

Un compañero asomó la cabeza.

—Las imágenes del portátil. Iván dice que hay ángulo nuevo, más nítido. Y Boros está aquí, lo hemos llamado por lo de esta noche.

Moisés se levantó.

—Las imágenes en cinco minutos. Primero Boros.

Salió.

Inés se quedó sola con la carpeta y el nombre de Amaya mirándola desde la página.

Moisés entró y salió de la sala varias veces durante la siguiente hora.

La primera, para decirle que Boros estaba siendo atendido y que en un momento verían las imágenes. La miró un segundo antes de salir, con esa mirada que registraba sin preguntar.

La segunda, para decirle que Boros negaba que hubiera pasado nada, que según él todo estaba en orden cuando llegaron sus empleados, que no entendía a qué venía tanto revuelo. Otro segundo de mirada antes de salir.

La tercera, para decirle que Reyes había subido a la planta siete y que no había encontrado nada fuera de sitio. Sin taza. Sin nada. Como si nadie hubiera estado ahí.

Inés pensó en el café a medio beber. En el olor cuando entró. En la certeza de que alguien había estado ahí hacía minutos.

Alguien había recogido la taza antes de que llegara nadie.

La cuarta vez que Moisés entró no dijo nada de inmediato.

La miró.

Inés tenía las manos sobre la mesa y miraba la carpeta sin verla.

No sabía exactamente qué cara tenía en ese momento pero sí sabía que llevaba un rato sin poder controlarla del todo, que el nombre de Amaya en esa lista seguía ocupando demasiado espacio en su cabeza, que la adrenalina de las últimas horas empezaba a dejar paso a algo más pesado.

—Te llevo a casa —dijo Moisés.

El coche de vuelta olía igual que antes.

—Amaya es amiga tuya —dijo Moisés.

—Desde la universidad.

—¿Sabe algo de todo esto?

—No. —Pausa—. Todavía no.

—No la llames esta noche.

—¿Por qué?

—Porque necesito saber más de esa lista antes de que nadie haga nada con esa información. —Pausa—. Y porque son las doce de la noche de un viernes y si la llamas ahora va a asustarse antes de que haya nada concreto que contarle.

Inés miró por la ventana.

Tenía razón. Las dos cosas.

—¿Crees que está en peligro?

—Creo que hay cosas que no sabemos todavía —dijo—. Y que es mejor saberlas antes de actuar.

No era tranquilizador. Pero era honesto.

Silencio durante un par de minutos. Solo el ruido del coche y las luces de la ciudad pasando.

—Moisés.

—Dime.

Inés miró sus manos en el regazo.

—Llevo unos días… —Empezó y paró. Lo intentó de otra forma—.

No sé si es estrés. No sé si me estoy volviendo loca.

Probablemente las dos cosas. Pero sé cosas que no debería saber.

Y cuando las compruebo resulta que son verdad.

—Pausa—. Y no sé qué hacer con eso. Pero necesito ayudar.

Y necesito respuestas. Y no sé cómo pedir ninguna de las dos cosas sin parecer que necesito otro tipo de ayuda.

Moisés no respondió de inmediato.

El coche siguió moviéndose.

—¿Y si no necesitas explicarlo todavía? —dijo—. ¿Y si por ahora es suficiente con que yo sepa que ves cosas?

Inés lo miró.

—¿Me crees?

Una pausa pequeña.

—Creo que sabías que la carpeta estaba en ese cajón —dijo—. Y que eso no tiene una explicación que yo sepa dar todavía. —Pausa—. Así que sí.

Inés asintió despacio.

El coche paró frente a su edificio.

Ella no se movió de inmediato. Miraba la fachada con esa sensación de que el piso de arriba era el mismo de siempre y sin embargo algo había cambiado en las últimas horas de una forma que todavía no sabía cómo medir.

Abrió la puerta.

—Buenas noches, Moisés.

—Buenas noches.

Se bajó. Cerró la puerta. Caminó hacia el portal sin girarse.

Y cuando llegó al ascensor y las puertas se cerraron se dio cuenta de que llevaba la tarjeta de Moisés en la mano sin recordar haberla sacado del bolsillo.

La miró.

Moisés Vera. Inspector.

No estaba en ninguna lista.

Pero estaba en su cabeza de una forma que empezaba a ser difícil de ignorar.