La memoria de las cosas Capítulo 12 — La llave maestra
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Capítulo 12 — La llave maestra

Podía haber olvidado algo en la oficina. Trabajaba ahí. No pasaba nada por estar ahí a esas horas. Aunque nunca estuviera ahí a esas horas. Pero eso no era relevante. No era para nada sospechoso.

Antes de entrar se fijó en la cafetería.

Estaba cerrando. Tenía sentido, era una cafetería pegada a un edificio de oficinas, su misión era atender a la gente del edificio de al lado y la verdad es que la cumplía muy bien.

Dentro un chico limpiaba las mesas con esa energía de final de turno de quien solo piensa en llegar a casa. Inés pensó que se lo había ganado.

Entró al edificio.

El chico de seguridad de la entrada la saludó con un gesto y ella correspondió con naturalidad, con esa actitud de quien está exactamente donde tiene que estar, que era la actitud que había decidido llevar puesta toda la noche.

Ana no estaba a esas horas, claro. Solo quedaba el personal de seguridad, esos chicos que siempre estaban por ahí y en los que Inés raramente reparaba más allá de un saludo. Mientras se dirigía hacia los ascensores miró de reojo hacia la pequeña oficina que había dentro de recepción.

Dos hombres de espaldas mirando unos monitores.

Cámaras.

El pánico llegó frío y concreto.

Había cámaras en el edificio. ¿Cómo no había caído en eso? Aunque según tenía entendido solo había en la entrada, no en las plantas. Pero ¿y si no era así? ¿Por qué no lo había pensado antes? ¿Qué podía hacer ahora?

No se paró.

Pararse habría sido peor.

Siguió caminando hacia el ascensor con la misma naturalidad de antes, que ahora requería bastante más esfuerzo, y mientras esperaba tuvo una pequeña conversación interna que fue más o menos así: darse la vuelta e irse a casa sin más no era una opción llegados hasta aquí.

Sería rápido. Entraba, miraba, comprobaba si la tarjeta funcionaba y se iba.

No iba a entrar más allá de la primera puerta.

Igual la tarjeta no era de ahí. Igual la habían olvidado y era de otro sitio.

Igual no se estaba volviendo loca y veía imágenes en las cosas.

Se metió en el ascensor.

Tragó saliva.

Cerró los ojos y tocó el botón de la planta siete.

Esta vez no vio nada. Un simple botón frío y redondo. Lo de siempre.

Cuando se abrieron las puertas salió despacio y miró en todas direcciones buscando cámaras.

No vio ninguna. Lo cual no significaba que no las hubiera, pero decidió creer que era exactamente lo que significaba.

Si no lo veía no existía. Como cuando te autoengañas cuando tu novio llega tarde oliendo a perfume ajeno y con una excusa nueva cada vez.

La recepción estaba en orden. La silla en su sitio. Nada sobre el mostrador. El cartel con el nombre de la empresa y la frase de acceso restringido en letras pequeñas, anodino y silencioso.

Inés metió la mano en el bolsillo.

Vamos a ver si es verdad y me abres todas las puertas.

Se acercó al pasillo. Vio el lector junto a la puerta. Respiró hondo y pasó la tarjeta.

Un segundo.

La luz pasó de roja a verde con un pitido casi imperceptible.

Empujó la puerta con cuidado.

Nada más entrar había un despacho grande, bien iluminado, con el rótulo de Luis Boros en la puerta. El manda más de la empresa, supuso. La verdad es que no recordaba haber oído nunca ese nombre y mucho menos haberse cruzado con él.

Siguió adelante.

Al fondo había otra puerta. La empujó. No se abrió.

Inés, no seas tonta. Para algo está el lector.

Pasó la tarjeta. La luz verde. El pitido.

Entró.

Era un laboratorio.

Nunca había estado en uno así, así que tampoco sabía muy bien qué esperar.

Había unas neveras pequeñas zumbando suavemente, varios ordenadores apagados, aparatos que no habría sabido nombrar, probetas y tubitos que solo había visto en películas.

Supuso que todo eso era normal en un laboratorio.

Estuvo fisgando por ahí sin saber muy bien qué estaba buscando, mirando sin tocar, con esa mezcla de curiosidad y la certeza de que no debería estar ahí.

Cuando se cansó pasó al siguiente despacho.

Este no tenía lector. La puerta estaba entreabierta.

Entró.

Y se paró.

Olía a café.

Y encima del escritorio había una taza blanca con una línea azul en el borde, a medio beber, con el café todavía reciente.

El corazón se le encogió.

No había visto a nadie. Pero alguien estaba ahí. O acababa de estar. O estaba a punto de volver.

Se giró para marcharse.

Y las luces se encendieron de golpe.

Inés se quedó quieta.

En la puerta del despacho, mirándola, estaba Moisés.

Hubo un segundo en el que ninguno de los dos dijo nada.

Luego él habló.

—Me pareció verla subir —dijo—. Pero pensaba que iría a su planta.

Pausa.

—¿Qué hace aquí, Inés?

Ella sonrió. Una sonrisa tímida, de las que aparecen cuando no hay ninguna otra opción razonable.

—¿Si te digo que me he perdido me creerías?

Moisés levantó una ceja. Y esperó.

Inés consideró sus opciones durante aproximadamente dos segundos. Luego optó por la verdad. Media verdad. O por lo menos no una mentira entera.

—Sentía curiosidad —dijo—. Y ya está.

Lo miró fijamente.

Él asintió despacio.

—Sigues diciendo que no conocías a Alex.

—No lo conocía.

Y era verdad. A fin de cuentas eso era verdad.

—Entonces ¿de qué sentías curiosidad?

—Nadie sabe muy bien a qué se dedica esta empresa. Con todo lo que se comentaba en la oficina me había hecho ideas muy raras sobre ellos y… —Hizo un gesto vago hacia el laboratorio—. Bueno. Aquí estoy.

Pausa.

—¿Me vas a detener?

—No —dijo Moisés—. Pero vamos a tener una conversación fuera de aquí.

Y entonces todo se apagó.

De golpe. Todo. Las luces del despacho, las del pasillo, la pequeña luz verde del lector de la puerta. Oscuridad completa.

Y en el silencio que siguió, el sonido inconfundible del ascensor parando en esa planta.

Moisés se movió sin pensarlo. Un paso adelante, instintivo, interponiéndose entre Inés y la puerta, acorralándola contra el escritorio en la oscuridad. Ella tuvo que apoyarse en la superficie para no perder el equilibrio.

Y la mano encontró la taza.

La maldita taza blanca con la línea azul.

El mundo se superpuso.

El hombre del traje oscuro. En este mismo despacho, con la luz encendida, dejando la taza sobre el escritorio con una precisión cuidada.

Luego se agachaba. Abría el primer cajón del escritorio y metía los dedos en el fondo, buscando algo que Inés no había visto antes.

Un panel, una rendija, algo que cedía con un clic apenas audible.

Un falso fondo. Metía una carpeta dentro con cuidado y luego dejaba caer de malas maneras unos bolígrafos y material de oficina encima, como quien desordena a propósito para que parezca un cajón normal.

Sacaba el móvil. Decía a alguien, en voz baja, que estaba listo.

Y luego se giraba hacia el pasillo.

Y la veía.

A ella. A Inés. Sola, asomándose desde la puerta del laboratorio, mirando hacia ese despacho exactamente como lo había hecho hacía cinco minutos.

Volvió a la realidad con el corazón disparado y la mano todavía sobre la taza.

La oscuridad. El calor de Moisés cerca, muy cerca. El silencio tras el ascensor que ya no se movía.

Eso acababa de ocurrir hacía minutos. El hombre del traje había estado en ese despacho mientras ella fisgaba por el laboratorio. La había visto. Sabía que estaba ahí.

Y si no hubiera aparecido Moisés, ¿qué habría pasado cuando se girara y lo encontrara delante?

Pero por otro lado.

¿Qué hacía Moisés ahí?

Y si la carpeta estaba en el falso fondo del cajón, significaba que seguía ahí. Que nadie la había recogido todavía.

Inés retiró la mano de la taza despacio, en la oscuridad, sin hacer ruido.

Y miró hacia donde sabía que estaba el escritorio.