La memoria de las cosas Capítulo 11 — Un viernes cualquiera
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Capítulo 11 — Un viernes cualquiera

Era viernes y los viernes solo trabajaba hasta las dos.

El plan era no pensar. Que pasaran las horas, entregar el informe final para la empresa de Toledo, y desaparecer hasta el lunes. Esa era la versión optimista.

La versión realista incluía averiguar si Sandra sabía algo ya de la tarjeta, mirar si ella misma podía averiguar algo de la tarjeta, ensayar frente al espejo cómo contarle a alguien lo que le estaba pasando sin que pensaran que necesitaba ayuda profesional de otro tipo. Lo típico de un viernes cualquiera.

Así fue el tercer día consecutivo que llegó pronto al trabajo.

Víctor la vio entrar y se quedó mirándola con una expresión de preocupación exagerada que no era del todo exagerada.

—¿Estás bien? —dijo—. ¿Tienes fiebre otra vez?

—No tenía fiebre la primera vez.

—Llevas tres días llegando antes que yo. Eso no es normal. Eso es síntoma de algo.

—Es síntoma de que soy una profesional.

—Eres una profesional que normalmente llega con nueve minutos de retraso. —Pausa—. ¿Seguro que estás bien?

—Siéntate y trabaja, Víctor.

Él se sentó. Pero siguió mirándola de reojo con esa mezcla de humor y algo que quizás era preocupación real, aunque ninguno de los dos iba a nombrarlo.

La reunión fue a primera hora. El director de operaciones de Toledo, Rodrigo, con su acento castellano cerrado y su costumbre de responder preguntas con preguntas, escuchó el informe final con más atención de lo que Inés esperaba y al terminar dijo que era exactamente lo que necesitaban. Sin más. Sin rodeos.

Era agradable saber que seguía siendo la mejor aunque todo lo demás estuviera patas arriba.

Al salir fue a la sala de descanso a por su café.

Y notó dos cosas al entrar.

La primera: el microondas, después de tres meses, por primera vez no olía a curry.

La segunda: Sonia estaba sentada frente a un café mirando por el ventanuco que daba al patio interior, con esa postura de quien está mirando sin ver nada en particular.

No se conocían mucho. Existían en la misma planta, se cruzaban, se saludaban.

No eran más que eso. Pero Inés se acordó de la sala de reuniones, de la voz de Sonia hablando de Alex con esa mezcla de preocupación y algo que no había sabido identificar, y no pudo evitar sentir algo parecido a la lástima.

La policía había hablado con ella varias veces. Tenía que ser duro pasar por eso. Por la desaparición de alguien cercano.

¿Eran amigos? ¿Eran algo más?

Inés no lo sabía y no sabía si debía preguntar.

Se sirvió el café y se sentó al otro lado de la mesa.

Sonia no la miró de inmediato. Siguió con los ojos en el ventanuco durante un momento más, y luego giró la cabeza despacio, como si volver al presente requiriera cierto esfuerzo.

—¿Cómo estás? —dijo Inés.

Sonia la miró. Una mirada larga, del tipo que evalúa antes de responder.

Luego asintió con la cabeza.

Un gesto pequeño. Sin palabras. Pero con algo dentro que Inés no supo leer del todo, no exactamente preocupación, no exactamente tristeza, algo más complicado que las dos cosas juntas.

Se quedaron en silencio un momento. No incómodo. Solo compartido.

Inés se terminó el café y volvió a su mesa sin haber dicho nada más. Algunas conversaciones no necesitan más que eso.

Sandra apareció junto a su mesa a la una menos cuarto.

—¿Comemos?

Inés lo interpretó correctamente como que tenía información. Sandra no proponía comer por hambre, proponía comer cuando tenía algo que decir en un sitio donde nadie pudiera oírla.

Bajaron a la cafetería.

Pablo las vio entrar y ya estaba girándose hacia la máquina. Inés pensó, no por primera vez, que ese hombre tenía un don también, aunque el suyo era bastante más útil en el día a día.

Cuando se sentaron Sandra sacó la tarjeta del bolsillo y la dejó sobre la mesa.

—No he sacado gran cosa —dijo—. La persona que me ayudó solo pudo determinar una cosa con lo que tiene.

—¿Qué cosa?

—Es una llave maestra. No da acceso a una sola puerta o a una sola zona. Da acceso a todo.

Inés miró la tarjeta.

—¿A toda la planta siete?

—Presumiblemente. —Sandra la miró—. Lo cual es mucho acceso para una tarjeta que alguien dejó olvidada en un mostrador.

—No la olvidaron.

—Ya. —Pausa—. ¿Y ahora qué?

Inés no respondió de inmediato porque estaba mirando la tarjeta con esa mezcla ya conocida de querer y no querer tocarla. Notaba el tirón incluso desde la distancia, o quizás era solo que su cuerpo ya había aprendido a anticiparlo.

Alargó la mano.

El tirón llegó en cuanto los dedos rozaron el plástico. Lo soltó inmediatamente, antes de que llegara ninguna imagen.

Sandra seguía hablando. No había notado nada.

Inés la miró hablar durante un momento sin escuchar del todo lo que decía. Miraba la tarjeta. Tenía ganas de tocarla, pero no ahí. Necesitaba tiempo. Tranquilidad. Quería abandonarse a la visión, saber hasta dónde podía llegar si lo intentaba de verdad.

La cogió rápidamente y la metió en el bolso casi sin tocarla. La mano le hormigueó igual. Era como si la tarjeta tuviera prisa por enseñarle algo.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Sandra.

Pablo llegó con los cafés. La taza blanca con la línea azul, igual que siempre. Inés la miró con algo que ya no era exactamente aprensión sino algo más cercano al reconocimiento. Empezaba a tenerle aprecio a esas tazas. Quizás le pediría a Pablo una de regalo para casa.

Se rio de su propio pensamiento.

—¿Qué? —dijo Sandra.

—Nada. —Cogió la taza—. Me voy a casa.

Y eso hizo.

Llegó a casa a las dos y media.

Dejó el bolso encima de la mesa del salón y lo vació con cuidado, poniendo cada cosa en su sitio, consciente de dónde estaba la tarjeta en todo momento para no rozarla sin querer. Apareció casi escondida dentro de un paquete de toallitas a medio cerrar.

Miró el bolso vaciado.

Quizás debería ordenarlo más. Cuidar esos detalles igual que cuidaba los procesos de sus clientes. Igual que optimizaba los flujos de trabajo de empresas que no funcionaban bien. Igual que llegaba antes que nadie a las reuniones y entregaba los informes antes de la fecha límite.

Mientras su bolso era un ecosistema de caos autónomo.

En fin.

Cogió la tarjeta.

El tirón llegó de inmediato, familiar ya, casi reconocible, como el primer sorbo de un café al que te has acostumbrado.

Pero esta vez Inés no se dejó llevar sin más.

Esta vez lo esperaba. Parpadeó. Respiró hondo.

Y cogió la tarjeta con más fuerza, de forma deliberada, sin rozarla de lado sino sujetándola, buscando algo en lugar de simplemente recibirlo.

La imagen llegó más lenta. Más controlada.

La cicatriz en el nudillo del índice. La mano de Alex.

Esta vez Inés no se sorprendió. Observó.

Alex estaba sentado frente a un ordenador. La tarjeta estaba sobre la mesa junto a él. En la pantalla había una barra de progreso, lenta, copiando algo a un USB que sobresalía del lateral. En la esquina superior de la pantalla, antes de que la imagen se moviera, Inés creyó leer dos palabras.

Proyecto Huella.

Alex miraba la puerta. Luego la pantalla.

Luego la puerta otra vez, con esa tensión de quien sabe que el tiempo se acaba y no puede hacer nada para que vaya más rápido.

El móvil que estaba junto a la tarjeta vibró.

Él lo miró. Un mensaje. Inés no pudo leer el texto completo pero vio suficiente para entender que alguien le avisaba de que en cinco minutos no estaría solo.

La barra de progreso seguía avanzando despacio.

Alex miraba la puerta.

Y entonces alguien entró.

Inés intentó ver quién era, girar con él, seguir la imagen hacia la puerta, pero en ese momento todo desapareció.

La mesa. El salón. La tarjeta en su mano.

Respiró.

Volvió a concentrarse. Cogió la tarjeta otra vez. El tirón llegó. La imagen llegó.

Alex mirándose hacia la puerta.

Siempre la misma fracción de segundo. Siempre antes de que apareciera la cara.

Lo intentó cuatro veces más. Siempre el mismo resultado. La misma escena hasta el mismo punto y luego nada.

Dejó la tarjeta en la mesa.

¿Cada objeto tenía un número limitado de cosas que mostrar? ¿O era ella la que todavía no sabía cómo buscar más allá de lo que el objeto quería dar?

Miró la mesa.

Junto a la tarjeta de Innova estaba la otra. La blanca. La de Moisés Vera, inspector, con un número de teléfono y sin nada más.

Lo que ella había visto, ¿le ayudaría a él? El USB copiando. Las palabras en la pantalla. El mensaje de aviso. Alguien que entraba justo cuando Alex estaba haciendo algo que no debería.

¿Podría contárselo?

¿Y qué le iba a decir exactamente?

Cogió el móvil. Abrió los contactos. Memorizó el número de la tarjeta y lo guardó antes de dejarla sobre la mesa.

Luego miró la tarjeta de Innova.

Una llave maestra de la planta siete. Y eran casi las nueve de la noche de un viernes. A esta hora no había casi nadie en el edificio.

Cogió el bolso.

Necesitaría una excusa por si alguien la veía.

Inés se animó mentalmente y dejó de pensar. Si lo pensaba mucho no iría. Y ella iba a hacerlo. Quería saber.