La memoria de las cosas Capítulo 10 — Lo que queda en la mesa
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Capítulo 10 — Lo que queda en la mesa

Sandra guardó el móvil.

—¿Qué haces aquí dentro?

—Nada —dijo Inés.

Y esa era exactamente la respuesta correcta.

Porque no podía decir:

He visto al hombre que aparece en mis visiones.

Creo que dejó la tarjeta.

Y llevo una credencial restringida en el bolsillo desde hace diez minutos.

La rozó sin querer.

Seguía ahí.

Fría.

Real.

Entonces llegó el pensamiento.

Pequeño.

Silencioso.

Terrible.

Quizás el problema no era que estuviera encontrando cosas.

Quizás era que alguien quería que las encontrara.

Sandra miró la mesa vacía. Luego a Inés.

—Bueno —dijo, con la practicidad que le aparecía exactamente cuando hacía falta—. En lugar de no hacer nada, ¿por qué no comemos algo? Lo necesito.

—Yo también —admitió Inés.

Se sentaron junto a la ventana y Pablo las vio instalarse con esa atención silenciosa que tenía, la de quien lleva suficiente tiempo detrás de una barra como para leer a la gente sin necesitar que le hablen. Les tomó nota sin preguntar nada más de lo necesario.

Mientras esperaban la comida Inés metió la mano despacio en el bolsillo.

La tarjeta seguía ahí.

La sacó con cuidado, sosteniéndola por el borde con dos dedos, y esperó.

El tirón no llegó.

Cerró los ojos. Contuvo el aire. Apretó levemente los dedos.

Nada.

Abrió los ojos y la puso encima de la mesa.

Sandra la miró sin tocarla.

Era una tarjeta de acceso completamente normal. Rectangular, de plástico, con una banda magnética en el reverso. Sin nombre. Sin logo. Sin número de empleado. Sin ningún texto que diera una pista de a quién pertenecía ni de qué puerta abría.

—¿Y esto? —dijo Sandra.

—Lo encontré arriba. En el mostrador de Innova.

—¿La olvidó alguien?

—No. —Pausa—. Alguien la dejó ahí a propósito.

Sandra levantó la vista.

—¿Cómo lo sabes?

Inés pensó en la visión. El hombre del traje oscuro metiendo la tarjeta en un sobre, dejando el sobre en recepción, mirando hacia la puerta antes de irse. Y luego el mismo hombre en esta misma cafetería, y la marca rectangular sobre la madera cuando ya no estaba.

—Lo sé —dijo.

Sandra la miró un momento con esa expresión de quien procesa más de lo que le están dando. Luego cogió la tarjeta y la examinó por ambos lados.

—Nada —dijo—. Sin identificación, sin nada. —Se la devolvió—. ¿Y qué hacemos con ella?

—No lo sé. Por eso te lo pregunto.

Sandra la miró.

—Déjamela a mí. Conozco a alguien que puede ayudarnos a saber más de esta tarjeta antes de decidir qué hacer con ella.

No especificó quién. Inés no preguntó.

Pablo llegó con los platos. Las dos guardaron silencio hasta que se fue.

—Cuéntame lo que encontraste anoche —dijo Inés entonces—. Lo de Alex.

Sandra dejó el tenedor.

—Lo oficial es lo que ya sabes. Trabajaba en algo relacionado con la memoria, un compuesto para mejorar la consolidación en pacientes con deterioro leve. Alzheimer en fases tempranas, ese tipo de cosas. En papel está todo muy bien documentado, muy limpio.

—¿Pero?

—Pero hay notas que no cuadran. Fragmentos que no encajan con esa descripción. —Bajó la voz levemente—. No sé qué estaba haciendo exactamente. Pero creo que había algo más que el medicamento. Algo que la empresa no tiene documentado de forma pública o al menos yo no lo he encontrado.

—¿Y su desaparición?

Sandra negó con la cabeza.

—No lo sé. No tengo suficiente para conectar las dos cosas. Solo sé que hay algo que no cuadra en su perfil digital y algo que no cuadra en su investigación. Si eso tiene que ver con que haya desaparecido… —Se encogió de hombros—. No lo sé.

Inés miró la tarjeta sobre la mesa.

—La tarjeta —dijo Sandra, guardándola en el bolsillo—. Me la llevo. Y esta noche te cuento.

Volvieron al trabajo a las dos y media.

Ana estaba en recepción con una energía diferente a la de días anteriores, algo más ligero, más propio de quien ha tenido una mañana que ha ido bien. Cuando las vio pasar les guiñó un ojo con una discreción que no era del todo discreta pero que tenía mucho encanto.

Inés y Sandra se miraron sin decir nada y subieron al ascensor.

La tarde pasó con esa normalidad de superficie que tienen los días en que todo está ocurriendo por debajo.

Inés trabajó, o fingió que lo hacía, con la cabeza repartida entre lo que Sandra había dicho, la tarjeta, la voz de la visión que decía “¿no te dije que lo dejaras?” y la pregunta de a quién pertenecía esa voz que le resultaba familiar sin que pudiera ponerle cara.

En algún momento vio llegar a Moisés con Gustavo.

Los observó de reojo mientras entraban en la sala acristalada donde estaba Sonia. No quería mirar demasiado. Miró demasiado igual.

Y luego volvió a su pantalla y no volvió a levantar la vista.

Sandra y ella no volvieron a hablar en toda la tarde. Había un acuerdo tácito entre las dos de que algunas cosas se procesan mejor en silencio y en paralelo.

A las seis y cuarto Inés apagó el portátil.

Tenía muchas ganas de estar sola y pensar. O de no pensar. No estaba segura de cuál de las dos cosas necesitaba más.

Fue a la máquina del café, se sirvió uno que sabía que iba a estar regular pero que necesitaba llevar en la mano, recogió el bolso y fue hacia el ascensor.

Pulsó el botón. Las puertas se abrieron.

Moisés estaba dentro.

El estómago hizo esa cosa rara e injustificable que hacen los estómagos a veces y que ella decidió ignorar inmediatamente.

Él la miró. Sin sorpresa. Como si hubiera estado esperando que llegara alguien, aunque no necesariamente ella.

Esta vez iba sin chaqueta. Camisa remangada hasta los antebrazos. El pelo un poco peor colocado que el día anterior, como si llevara demasiadas horas despierto.

Inés entró. Las puertas se cerraron.

Silencio.

El ascensor arrancó.

Inés miró el panel luminoso como si los números fueran fascinantes.

Tres.

Dos.

Uno.

—¿Mucho trabajo? —preguntó antes de poder decidir si quería hablar o no.

Él giró la cabeza.

—Demasiado.

—Eso suele significar que algo va mal.

Lo dijo sin pensar. En cuanto salió de su boca quiso recoger la frase y guardarla otra vez.

Moisés la observó un instante.

—¿Y usted cómo sabe eso?

Inés encogió un hombro.

—Porque nadie dice mucho trabajo cuando está bien.

Hubo un silencio pequeño.

No incómodo.

Solo nuevo.

Él sonrió apenas. Muy poco. Lo justo para que cambiara la cara entera.

Vaya.

Inés decidió que aquello era información innecesaria.

—¿Conocía mucho a Alex? —preguntó él entonces.

La pregunta cayó suave. Demasiado suave.

Ella bajó la vista al café.

—No.

Y era verdad. No conocía a Alex. Conocía fragmentos. Una mano. Una voz. Una ausencia. Pero no a él.

—¿Y a Sonia?

—Solo del trabajo.

Él asintió.

Las puertas se abrieron en la planta baja.

Inés salió primero. Ya casi estaba cruzando el vestíbulo cuando él habló otra vez.

—Inés.

Se giró.

Era raro oír su nombre en su voz. No desagradable. Solo raro.

Moisés sacó una tarjeta del bolsillo. La misma. La blanca. La que ya le había dado antes.

—Si recuerda algo sobre Alex… cualquier cosa… llámeme.

Inés la cogió.

Sus dedos rozaron el borde.

Nada.

Ni visión. Ni tirón. Solo el tacto frío del papel y la sensación incómoda de que aquello debería haber significado menos de lo que significó.

—Gracias —dijo.

Él hizo un gesto con la cabeza. Luego se fue.

Inés se quedó quieta unos segundos más.

La tarjeta seguía entre sus dedos. Y por alguna razón absurda pensó que había algo extraño en él. No peligroso. No exactamente. Solo la sensación de que Moisés miraba a la gente como si estuviera esperando que dijeran algo que todavía no sabían que sabían.

Y eso, pensó mientras guardaba la tarjeta en el bolsillo, era una forma bastante inquietante de existir.

Amaya la pilló justo cuando salía a la calle.

—Ni se te ocurra decir que no —dijo, apareciendo por detrás con su energía de siempre, que no pedía permiso—. Cenas conmigo. Es jueves, es noche de pizza, y todavía te debo el cumpleaños de verdad.

Inés miró su Uber en la aplicación. Luego miró a Amaya. Luego canceló el Uber.

—Pizza —dijo.

—Pizza —confirmó Amaya.

La pizzería estaba a diez minutos andando de casa de Amaya, en una calle con adoquines y poca luz artificial, de esas que parecen haber llegado a un acuerdo con el tiempo para quedarse exactamente como estaban.

Era pequeña, con mesas de madera sin mantel, una pizarra con el menú escrito a mano y el olor de algo que llevaba horas haciéndose bien.

Pidieron un carpaccio, una cuatro quesos y la especial de la casa, que llevaba pesto, champiñones y mortadela italiana, y que las dos habían declarado oficialmente la mejor pizza de Madrid en una conversación de hace tres años que nunca se había revocado formalmente.

Amaya habló. Era lo que hacía Amaya, hablar con esa energía que no agotaba sino que alimentaba, sobre una exposición que quería ver, sobre un libro que le había prestado alguien del trabajo, sobre una meditación que había hecho esa mañana que la había dejado con una sensación rara que todavía no había terminado de procesar.

Inés escuchaba. Era lo que necesitaba, escuchar sin tener que pensar, dejar que la voz de Amaya ocupara el espacio que llevaba días lleno de otras cosas.

En algún momento miró hacia el fondo del restaurante.

Tres hombres sentados en una mesa, con esa actitud de quien lleva un día largo y ha encontrado por fin un sitio donde bajarlo todo. Uno de ellos era Moisés.

Estaba más relajado que en el edificio. Sin la chaqueta, con el codo apoyado en la mesa, escuchando a uno de los otros con la atención callada que no necesitaba gestos para existir.

Parecía otra versión del mismo hombre, o quizás la misma versión en un contexto distinto, lo cual al final era lo mismo.

Inés lo observó un momento sin que él la viera.

Pensó en Alex. En lo que Sandra había dicho sobre las notas que no cuadran. En la tarjeta sin identificación. En la voz de la visión que le resultaba familiar sin que pudiera ponerle cara.

Pensó que si lo que ella sabía, o lo que creía saber, pudiera ayudar de alguna forma… pero no sabía si podía. No sabía ni siquiera qué era lo que sabía exactamente. Fragmentos. Imágenes. Voces de objetos que no debería poder escuchar.

¿Cómo se le cuenta eso a un policía?

¿Cómo se le cuenta eso a nadie?

—Inés.

Volvió a la mesa. Amaya la miraba con esa atención particular suya, la que no juzgaba sino que simplemente veía.

—Llevas días en algo —dijo Amaya—. Y yo llevo días soñando contigo. No sé si tiene que ver. Pero lo noto.

Inés cogió la copa de vino.

Si no sabía cómo contárselo a sí misma, ¿cómo se lo contaba a otra persona?

¿Cómo le decía a Amaya, que creía en los cristales y en el chakra del corazón y en los sueños que avisan, que ella estaba viendo cosas al tocar objetos y que un chico había desaparecido y que había un hombre del traje que seguía apareciendo en sus visiones y que un inspector de policía la miraba como si supiera que ella sabía algo aunque no supiera qué?

—Estoy bien —dijo.

Amaya la miró un momento más. Luego sonrió, ese tipo de sonrisa que no era de acuerdo sino de paciencia, y cambió el tema con la gracia de quien sabe perfectamente que ha llegado a algún sitio aunque no haya sido al que buscaba.

O quizás sí había llegado. Porque Inés, con la copa en la mano y la pizza delante y la voz de Amaya llenando el espacio, se dio cuenta de que estaba pensando en contárselo. No esta noche. Pero pronto.

Amaya siempre sabía algo.

Se despidieron en la puerta del restaurante con un abrazo largo.

—Mejor —dijo Amaya al oído.

—Mejor —admitió Inés.

Sacó el móvil y abrió la aplicación de Uber mientras caminaba hacia la esquina. El coche estaba a cuatro minutos.

No miraba por dónde iba.

Casi chocó con alguien.

Los dos se apartaron al mismo tiempo.

—Perdón.

La voz llegó antes que la cara.

Inés levantó la vista.

Moisés.

Él tenía el móvil en una mano y una expresión de cansancio que reconoció enseguida. No el cansancio de sueño. El otro.

El de demasiadas horas pensando.

Hubo un segundo raro.

No incómodo.

Solo inesperado.

—Inspector.

Él sonrió apenas.

—Empiezo a pensar que Madrid es bastante más pequeña de lo que decía la gente.

Inés miró hacia la pizzería.

—O que todos tenemos poca imaginación para elegir sitio.

Moisés siguió la mirada.

—La especial de la casa.

Ella parpadeó.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque es la única pizza que pide todo el mundo cuando viene por primera vez.

—Yo vengo a menudo.

—Entonces tiene buen criterio.

Eso la hizo sonreír.

Silencio.

La calle seguía moviéndose alrededor.

Un coche pasó despacio. Alguien salió del restaurante riéndose. La puerta volvió a cerrarse.

Moisés miró el móvil un momento.

—Debería irme.

—Yo también.

Ninguno se movió inmediatamente.

Solo un segundo.

Pequeño.

Él hizo un gesto con la cabeza.

—Buenas noches, Inés.

Era raro oír su nombre así.

Todavía.

—Buenas noches.

Él se alejó primero.

Inés lo observó unos segundos antes de volver a mirar la pantalla del móvil.

No había pasado nada.

Literalmente nada.

Y aun así tenía la sensación incómoda de que algo había cambiado un poco.

Muy poco.

Lo suficiente.