La memoria de las cosas Capítulo 9 — Patrones residuales
28%

Capítulo 9 — Patrones residuales

Moisés sostenía los dos USB en la mano.

Uno en cada palma. Idénticos en tamaño, en color, en peso. El que había llegado en el sobre sin remitente a nombre de Alex y el que alguien había dejado junto al portátil nuevo en ese escritorio que ayer estaba vacío.

Tiene un gemelo.

Lo miraba Gustavo por encima de su hombro con su gesto de esperar.

—Son el mismo —dijo Moisés—. O son copias. Alguien quiere asegurarse de que llegue a donde tiene que llegar aunque una de las dos se pierda.

—¿Y a dónde tiene que llegar?

Moisés miró la nota otra vez. Luego miró el piso.

Fue entonces cuando lo notó.

El piso de Alex Duarte olía a cerrado y a limpio. No el tipo de limpio que deja la vida cotidiana, el desorden funcional de quien vive solo y tiene sus propios sistemas, sino el limpio deliberado de quien ha pasado por ahí con intención.

Se acercó a la cama.

Perfecta. No perfecta como la de alguien ordenado, sino perfecta como la de un hotel, con esa precisión geométrica que no tiene nada de cotidiano. Las almohadas simétricas, la colcha sin una arruga, las esquinas metidas con una presión que requería práctica o intención.

Fue al baño.

Toallas dobladas. Encimera sin rastro de agua. El vaso junto al lavabo con el cepillo de dientes en su sitio, el tapón del dentífrico cerrado.

—Reyes —dijo desde el baño—, ayer cuando registrasteis. ¿La cama estaba así?

Reyes apareció en el marco de la puerta con el informe en la mano.

—Hecha, sí. Pero no así. Las esquinas. El tipo que vive aquí no hace las esquinas así.

Moisés volvió al dormitorio.

—Alguien ha estado aquí —dijo Gustavo.

—Sí.

—Y ha limpiado.

—No exactamente. —Moisés miró la cama otra vez—. Ha ordenado. Hay una diferencia. Limpiar es eliminar rastros. Esto es otra cosa.

—¿Qué cosa?

Moisés no respondió de inmediato porque no tenía todavía la respuesta, solo la sensación, ese pálpito que llevaba años aprendiendo a no ignorar aunque tardara en traducirse en palabras.

Alguien había entrado en ese piso, había dejado el portátil y los USB, había escrito la nota, y luego había ordenado. No como quien borra su presencia, sino como quien cuida un espacio. Como quien conoce al que vive ahí y le tiene consideración.

—Llevamos todo —dijo Moisés—. El portátil, los USB, todo lo que hay en el escritorio. Y avisa a ciberdelitos, que quiero a alguien con nosotros esta tarde.

En el coche, de vuelta a la comisaría, Gustavo conducía y Moisés miraba por la ventana sin ver el tráfico.

—La empresa dice que Alex trabajaba en desarrollo de un compuesto para mejora cognitiva —dijo Gustavo—. Algo relacionado con la consolidación de memoria en pacientes con deterioro leve. Nada experimental, nada que justifique esto.

—¿Y los de Innova lo han confirmado?

—El director de investigación nos mandó un resumen ayer. Ensayos en fase preliminar, protocolo estándar, sin nada que salga del marco regulatorio.

Moisés pensó en la nota. Tiene un gemelo. En los dos USB. En el portátil nuevo, sin uso, dejado junto a una nota críptica en un piso que alguien había ordenado con cuidado antes de marcharse.

—Algo no cuadra —dijo.

—Todo cuadra —dijo Gustavo—. Ese es el problema.

La sala de investigación de la comisaría tenía esa luz de fluorescente que aplana todo y hace que las horas pasen de forma diferente a como pasan fuera.

Moisés la conocía bien. Había pasado muchas horas bajo esa luz, delante de pizarras con fotos y flechas y preguntas sin respuesta, y había aprendido que la incomodidad del espacio era parte del proceso, que pensar con el cuerpo incómodo a veces ayudaba al cerebro a no acomodarse demasiado pronto en una hipótesis.

La pizarra tenía ya bastante.

Foto de Alex Duarte en el centro. A la derecha, Innova Systems Engineering, con el nombre de Luis Boros, director general, y una flecha hacia la descripción oficial del proyecto.

A la izquierda, la línea temporal: últimas imágenes el viernes, última conexión el sábado de madrugada, lunes sin aparecer al trabajo.

Debajo, las preguntas sin respuesta todavía: ¿dónde estaba Alex? ¿Quién había entrado en su piso? ¿Qué contenían los USB?

Iván, el agente de ciberdelitos que les habían asignado, tenía veintiséis años, el pelo un poco largo y esa concentración particular de quien vive más cómodo delante de una pantalla que en cualquier otro sitio. Llevaba dos horas con el portátil y los USB y acababa de levantar la vista.

—El portátil está limpio —dijo—. Y cuando digo limpio digo nuevo. Nunca se ha usado. Está recién sacado de la caja, con el sistema operativo de fábrica y sin ningún archivo, ninguna cuenta, nada.

—¿Nuevo como recién comprado? —dijo Gustavo.

—Nuevo como que alguien lo compró, lo desembaló, lo encendió para verificar que funcionaba y lo dejó ahí. —Pausa—. Del USB encriptado de momento nada. Es un cifrado serio, no de los que se resuelven en una tarde. Necesito más tiempo y más recursos.

—¿Y el otro?

Iván giró el portátil hacia ellos.

—Este es más interesante.

La pantalla mostraba una estructura de archivos parcialmente dañada, carpetas con nombres técnicos, documentos con fragmentos de texto y tablas de datos incompletas. Moisés se acercó y leyó despacio.

Proyecto Huella. Fase 2. Modelado de patrones residuales en tejidos expuestos a interacción prolongada.

Hipótesis central: toda interacción humana significativa genera modificaciones medibles en los objetos del entorno. Emoción. Estrés. Contacto repetido. Decisión. La información no desaparece. Se deposita.

Objetivo médico declarado: reconstrucción de patrones cognitivos en pacientes con daño neurológico severo. Aplicaciones en Alzheimer, amnesia traumática, lesiones cerebrales.

Moisés levantó la vista.

—Esto no es lo que nos dijo la empresa.

—No exactamente —dijo Gustavo—. Nos dijeron mejora cognitiva, consolidación de memoria. Esto es otra cosa.

—Esto es reconstrucción de información a partir de objetos. —Moisés leyó otra vez el fragmento—. No están estudiando el cerebro. Están estudiando lo que queda fuera del cerebro.

Iván asintió sin levantar la vista de la pantalla.

—Hay más. Pero los archivos están dañados, faltan partes. Lo que hay aquí es suficiente para entender de qué va el proyecto pero no para saber hasta dónde habían llegado.

Moisés se separó del portátil y miró la pizarra.

Patrones residuales. La información no desaparece. Se deposita.

¿Pruebas de qué había querido conseguir Alex? ¿De que el proyecto había derivado hacia algo que no era lo que él pensaba cuando entró?

—El portátil nuevo —dijo—. ¿Podemos saber dónde se compró?

Tardaron tres horas.

La tarjeta de regalo con la que se había pagado llevaba a una cadena de distribución, la cadena a un lote de tarjetas emitidas como incentivo para empleados de empresas cliente, y las empresas cliente a una lista de cuarenta y dos compañías entre las que estaba, sin que nadie pareciera haberlo planeado o quizás precisamente porque sí, Innova Systems Engineering.

Las cámaras de la tienda mostraban a alguien comprando el portátil dos semanas antes de la desaparición de Alex.

Chico joven, gorra, sudadera oscura, la postura de quien sabe que hay cámaras y ha decidido no preocuparse demasiado por ellas o quizás sí.

Las imágenes no eran suficientemente nítidas para identificarlo con certeza.

—Podría ser cualquiera —dijo Gustavo.

Moisés miraba la imagen en pausa en la pantalla. Algo en la postura, en la forma de inclinar la cabeza ligeramente hacia la izquierda al hablar con el cajero, le resultaba vagamente familiar sin que pudiera decir por qué.

—Mira el resto de clientes del vídeo —dijo—. Los que entran y salen mientras este está en caja.

Iván avanzó la grabación unos segundos.

Cuatro chicos distintos cruzaron la tienda en ese intervalo. Gorra, sudadera, zapatillas. Gorra, sudadera, zapatillas. Capucha, mochila, zapatillas. Gorra.

—Los de ahora vais todos iguales —dijo Moisés.

—Nosotros —dijo Iván, sin levantar la vista.

—Tú también llevas gorra.

—En el gym.

—Y sudadera oscura.

—Todo el mundo lleva sudadera oscura, inspector. —Iván señaló la pantalla—. Mire al de la derecha. Y al del fondo. Y al cajero. Es un uniforme generacional, no una conspiración.

Moisés lo miró un momento.

—Eso es exactamente el problema —dijo—. Sigue con los USB.

Iván lo miró un momento más y volvió a la pantalla.

Gustavo se acercó a Moisés.

—¿Crees que…?

—No creo nada todavía —dijo Moisés—. Pero todo sigue llevando a Innova. La tarjeta, el proyecto, los USB. Y alguien que conocía el caso lo suficientemente bien como para dejar ese portátil en el piso de Alex y escribir una nota que solo tiene sentido si sabes lo que estás buscando.

—¿Volvemos?

—Volvemos.

Las puertas del ascensor se abrieron en la planta siete.

La recepción ya no estaba desierta. Había una chica detrás del mostrador, unos treinta años, con el pelo recogido y una expresión de concentración tranquila.

Estaba mirando la superficie del mostrador, luego el cajón entreabierto, luego otra vez la superficie.

No con urgencia. Con la actitud metódica de quien busca algo que debería estar en su sitio y no está, y que probablemente aparecerá en cuanto piense bien dónde lo dejó.

Levantó la vista cuando entraron.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarles?

—Inspectores Vera y Romero —dijo Moisés—. Estuvimos aquí antes, con el señor Boros.

—Sí, claro. —Cogió el teléfono sin dejar de echar un vistazo rápido, casi imperceptible, al lateral del mostrador—. Le aviso ahora mismo.

Moisés no dijo nada. Pero lo había visto.

Boros los recibió dos minutos después en la sala de reuniones.

Tenía unos treinta y cinco años, moreno, con ese corte de pelo que cuesta lo que cuesta y se nota en cada centímetro, de los que van bien vestidos sin que parezca que se han esforzado porque el esfuerzo ya está tan integrado que ha dejado de serlo.

Se levantó cuando entraron con la soltura de quien está acostumbrado a que las reuniones empiecen cuando él decide que empiezan.

—Inspectores. ¿Novedades sobre Alex?

—Seguimos investigando —dijo Moisés—. Tenemos algunas preguntas más.

—Por supuesto. —Se sentó, cruzó las manos sobre la mesa—. Lo que necesiten.

Respondió a todas las preguntas.

Las tarjetas de regalo, sí, era una práctica habitual, las compraban al por mayor para incentivos trimestrales, tenían los registros, se los mandarían esa tarde.

El proyecto de Alex, sí, modelado cognitivo aplicado a consolidación de memoria, ensayos en fase preliminar, nada fuera del marco, también les pasaría la documentación.

Alex era un buen profesional, reservado, aplicado, su desaparición era preocupante y la empresa cooperaría en todo lo que hiciera falta.

Todo correcto. Todo en su sitio.

Moisés escuchó, preguntó, anotó.

Y cuando salieron y esperaban el ascensor, le dijo a Gustavo en voz baja:

—Demasiado fácil.

—Coopera —dijo Gustavo.

—Coopera exactamente lo que tiene que cooperar. Ni más ni menos. —El ascensor llegó—. Hay algo que no está diciendo. No sé qué. Pero esta tarde tendremos la documentación y veremos si cuadra con lo que hay en el USB.

Entraron en el ascensor.

—Antes de bajar —dijo Gustavo—, podríamos pasar por la cuarta. Hablar otra vez con Sonia, la amiga de Alex. Si el proyecto era lo que nos dice Boros, igual ella lo sabía y puede confirmar detalles. Y si era otra cosa, igual también lo sabía.

—Bien —dijo Moisés, y pulsó el cuatro.

El ascensor paró. Las puertas se abrieron.

Moisés salió del ascensor.

La mujer seguía sin mirarlos.

Tenía la vista fija en la pantalla, pero no estaba leyendo. Reconoció esa expresión. La gente la llevaba cuando estaba pensando en otra cosa y fingía que no.

Gustavo avanzó unos pasos.

Moisés no.

Ella levantó la cabeza.

Solo un instante.

Ojos verdes.

No exactamente verdes.

La misma sensación extraña que había tenido el primer día volvió sin pedir permiso.

No era reconocimiento.

Era otra cosa.

Como cuando una pieza aparece donde no esperabas encontrarla y todavía no sabes de qué puzzle viene.

—¿Vienes? —preguntó Gustavo.

Moisés tardó medio segundo más en responder.

—Sí.

Pero mientras echaba a andar siguió pensando una cosa incómoda.

Creía que aquella mujer sabía algo.

Y no estaba seguro de que ella lo supiera todavía.