Capítulo 8 — La tarjeta
No era su mano.
Eso fue lo primero que notó, con esa claridad extraña que tenían las visiones cuando llegaban de golpe sin el tirón previo como aviso.
Estaba mirando sus propios dedos sobre la tarjeta y no eran sus dedos.
Eran más grandes, con una cicatriz pequeña en el nudillo del índice, y sujetaban la tarjeta con la tensión de quien lleva algo que sabe que no debería llevar.
Era la mano de Alex.
Y entonces llegó la voz.
Familiar. Eso fue lo segundo que notó, antes incluso de procesar las palabras. Una voz que había oído antes, en otro contexto, en otro objeto, que resonaba en algún sitio de su memoria sin que pudiera poner cara ni nombre.
“¿No te dije que lo dejaras?”
Inés se giró hacia la imagen, hacia la voz, necesitando ver quién era, y en ese momento todo desapareció.
La tarjeta se le cayó de la mano y repicó contra el suelo del mostrador con un sonido pequeño y definitivo.
Frente a ella estaba Sandra, mirándola.
—¿Estás…?
Pero no terminó la frase porque desde el pasillo lateral llegaron pasos, alguien que volvía hacia el mostrador, y el instinto de Inés funcionó antes que el cerebro.
Se agachó, cogió la tarjeta del suelo, y cuando se incorporó Sandra ya estaba dentro del ascensor con el pie bloqueando la puerta y una expresión que decía “ahora mismo” con toda la claridad del mundo.
Inés entró. Sandra pulsó el botón de recepción.
Las puertas se cerraron.
—Solo mirar —dijo Sandra.
Inés la miró. Y las dos se echaron a reír al mismo tiempo, esa risa corta y nerviosa que sale cuando el cuerpo necesita soltar algo que ha estado conteniendo demasiado rato.
El ascensor bajaba.
Inés apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos un momento.
Esta vez había sido diferente. Más raro de lo habitual, y lo habitual ya era bastante raro.
Por un momento, justo antes de que la voz llegara, había creído que todo era real y que le pasaba a ella.
No que estaba viendo algo que le había pasado a otra persona, sino que era ella la que sujetaba esa tarjeta, ella la que tenía esa cicatriz en el nudillo, ella la que escuchaba esa pregunta.
No sabía qué significaba eso. No sabía si significaba algo.
Las puertas se abrieron en la planta baja.
Salieron a toda prisa, con esa energía de quien acaba de hacer algo que no debería y necesita poner distancia entre ella y el lugar del crimen, y justo cuando cruzaban el vestíbulo hacia la salida el otro ascensor llegó y sus puertas se abrieron.
Dos hombres.
Inés no podría haberlo jurado. Los vio de reojo, de perfil, en el segundo y medio que duró el cruce, y luego ya estaba empujando la puerta de la calle. Pero algo en la postura, en la forma de moverse, le resultó familiar de una manera que no tenía que ver con haberlos visto en el edificio.
Se giró.
Las puertas del ascensor se cerraban. Y en el último momento, en esa fracción de segundo antes de que el metal las separara, el más alto giró la cabeza.
Ojos oscuros. La mirada que registra todo.
Moisés.
Inés buscó instintivamente la tarjeta en el bolsillo, la que él le había dado el día anterior, la que tenía su nombre y su número y la promesa de “si recuerda algo”. Pero no estaba ahí. La había dejado en el bolso, que estaba en su mesa, en la cuarta planta.
Lo que sí estaba en su bolsillo era la tarjeta de acceso de Innova Systems Engineering.
La rozó sin querer al buscar la otra.
El tirón llegó inmediato, sin aviso.
El vestíbulo del edificio, desde el ángulo del mostrador de recepción.
El hombre del traje oscuro, pelo entrecano peinado hacia atrás, con esa tarjeta en la mano, metiéndola con cuidado dentro de un sobre.
Sin prisa. Con la precisión de quien sabe exactamente lo que está haciendo.
Dejaba el sobre encima del mostrador de recepción, miraba hacia la puerta un momento, y se iba.
Luego nada.
La calle. El ruido del tráfico. Sandra a su lado hablando por el móvil, que le había sonado casi en el momento en que salían del ascensor y lo había cogido con ese gesto automático suyo.
Inés se quedó parada en la acera.
La boca seca. Los pies sin responder del todo.
El hombre del traje había dejado esa tarjeta en recepción. La tarjeta que ella había cogido del mostrador de la planta siete, que supuestamente era de acceso restringido de Innova, había llegado ahí a través de él. No la había olvidado un empleado. La había dejado alguien que no era de la empresa.
¿Por qué? ¿Para quién?
Respiró el aire de la calle despacio y parpadeó varias veces para asegurarse de que lo que tenía delante era real y no otra capa superpuesta encima de la realidad.
Real. La acera, el ruido, Sandra a tres pasos con el móvil en la oreja.
Y a través del cristal de la cafetería, en una mesa junto a la ventana, José y Ana.
Inés los miró sin querer y sonrió sin poder evitarlo.
Estaban hablando, o más bien Ana hablaba y José escuchaba como quien presta más atención de la que cree que está prestando.
Ana tenía las manos en la mesa y el acento asturiano que se notaba incluso a través del cristal por cómo movía la boca. El jersey era verde, naturalmente.
Bien, pensó Inés. Por fin.
Y entonces lo vio.
Al fondo de la cafetería, en la mesa del rincón.
El hombre del traje oscuro.
Inés se quedó muy quieta. Parpadeó. Miró otra vez. Seguía ahí, de perfil, con una taza delante y algo encima de la mesa que no podía distinguir bien desde donde estaba.
Se aseguró de no estar tocando nada. Revisó mentalmente sus manos, el bolso, la ropa. La tarjeta estaba en el bolsillo pero no la estaba tocando. Lo que veía era real.
Lo observó durante unos segundos. Él miraba hacia la ventana del fondo con esa expresión que ya le resultaba familiar, la de alguien que está pensando en algo que no tiene que ver con donde está. Luego miró el móvil y se levantó.
Y antes de irse dejó algo encima de la mesa.
Inés no pudo ver qué era desde fuera.
Esperó a que cruzara el vestíbulo y saliera por la puerta lateral antes de entrar. La cafetería estaba llena a esa hora, mesa ocupada tras mesa, el ruido de conversaciones y tazas y la máquina de café de fondo. Fue hacia el rincón esquivando sillas y bolsos con más prisa de lo que era elegante.
Llegó a la mesa.
Vacía.
No del todo.
Había un círculo húmedo donde había estado la taza.
Y al lado, una marca rectangular sobre la madera, como si algo pequeño hubiera permanecido allí unos minutos antes de ser retirado.
Tarjeta.
Sobre.
Móvil.
No podía saberlo.
Inés se quedó mirando la mesa un momento. Luego miró hacia la puerta por donde había salido el hombre. Luego a Pablo, que ya estaba en otro lado limpiando otra mesa con esa eficiencia silenciosa suya.
Sandra entró detrás de ella guardando el móvil.
—¿Qué haces aquí dentro?
—Nada —dijo Inés.
Y esa era exactamente la respuesta correcta.
Porque no podía decir:
He visto al hombre que aparece en mis visiones.
Creo que dejó la tarjeta.
Y llevo una credencial restringida en el bolsillo desde hace diez minutos.
La rozó sin querer.
Seguía ahí.
Fría.
Real.
Entonces llegó el pensamiento.
Pequeño.
Silencioso.
Terrible.
Quizás el problema no era que estuviera encontrando cosas.
Quizás era que alguien quería que las encontrara.