La memoria de las cosas Capítulo 7 — La planta restringida
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Capítulo 7 — La planta restringida

Sandra ya estaba en la cafetería cuando llegó Inés.

Eso no era lo que había pasado nunca, o casi nunca, porque Sandra era de las que llegaban justas e Inés de las que llegaban tarde, y el resultado habitual era que se encontraban en el ascensor o directamente en la oficina.

Pero ahí estaba, en la mesa del fondo con el portátil abierto y un café a medias, con esa postura de quien lleva un rato instalada y no tiene ninguna prisa en cambiar de sitio.

Inés entró y la miró.

Tenía increíblemente buen aspecto para ser una persona que no había dormido prácticamente nada.

Eso era lo primero que pensó, con una mezcla de admiración y una irritación muy leve que no tenía nada que ver con Sandra y todo que ver con el hecho de que ella misma tenía el aspecto exacto de alguien que hacía dos días que no dormía, lo cual era cierto.

Pero Sandra era así. Lo que a otra persona le pesaría como plomo, a ella parecía darle energía.

Había algo en su forma de estar sentada, en cómo tenía los ojos en la pantalla, que era el aura de quien está haciendo algo que le gusta de verdad y que no necesita que nadie se lo valide.

Inés fue a la barra.

—Lo de siempre —dijo.

Pablo asintió y se giró hacia la máquina.

Y cuando dejó la taza en la barra, esa taza blanca con la línea azul en el borde, Inés la miró durante un segundo antes de cogerla.

Ya no podía evitarlo. La miraba siempre, con ese reflejo nuevo que se había instalado en algún sitio entre el instinto y el miedo, esa mezcla de querer saber y no querer tocar sin estar preparada.

La cogió por el asa. Nada. Solo cerámica caliente y el olor del café.

Se fue a la mesa de Sandra.

—Buenos días —dijo Sandra, sin levantar la vista del portátil.

—Buenos días. Tienes muy buen aspecto para alguien que no ha dormido.

—Tú tienes exactamente el aspecto contrario.

—Gracias.

—De nada.

Inés se sentó y se bebió el primer sorbo despacio.

Sandra tecleaba con su concentración de fondo, sin la urgencia de quien tiene prisa sino con la fluidez de quien está en su elemento.

De vez en cuando giraba el portátil levemente hacia ella y le mostraba algo, un fragmento, una conexión, un dato que había encontrado en algún lugar que Inés no habría sabido nombrar, y le explicaba lo justo sin entrar en detalles que no podría repetir si alguien le preguntara.

No era mucho. Pero era más de lo que había la noche anterior.

Alex Duarte existía en capas. La capa visible era la que ya conocían, mínima, reciente, construida.

Debajo había otra, más antigua, más difícil de encontrar, con huecos donde debería haber continuidad.

Y en esos huecos había algo que Sandra todavía no podía ver del todo pero que tenía la forma de una decisión tomada por alguien con recursos y con motivos.

Estuvieron así un rato, las dos en su conspiración silenciosa, hasta que la puerta de la cafetería se abrió y entró Amaya.

Llevaba el bolso cruzado y su energía de primera hora, que no necesitaba café para existir, aunque siempre lo pedía. Fue a la barra, pidió, y cuando se giró las vio. Sonrió. Vino hacia la mesa.

Y entonces se paró.

La sonrisa no desapareció del todo pero cambió de naturaleza, de la de encontrarse con amigas a la de alguien que acaba de leer algo en el aire que no estaba ahí hace un momento.

Se sentó. Las miró a las dos, a Inés primero, luego a Sandra, luego otra vez a Inés.

—Siento que pasa algo —dijo—. Y lo sé antes que nadie.

No era una pregunta. Era una afirmación con la calma de quien está acostumbrada a tener razón en estas cosas.

Inés pensó en los ojos cerrados con fuerza sobre el bolígrafo rojo. En la cuchara. En la botella de Sandra. En el botón del ascensor. En la tarjeta de Moisés Vera que seguía en su bolsillo.

—Solo espero una explicación —añadió Amaya—. Cuando puedas darla.

Y luego cogió su café y cambió el tema con la elegancia de quien planta una semilla y sabe esperar.

Subieron a la oficina y el día empezó con esa normalidad de superficie que tienen los días en que todo está pasando por debajo.

Inés abrió el portátil, respondió correos, asistió a una reunión interna que duró cuarenta minutos y de la que no recordaría nada específico en cuanto saliera por la puerta.

Hizo las cosas que se supone que tenía que hacer con la parte del cerebro que funcionaba en automático mientras la otra parte hacía otra cosa completamente distinta.

En algún momento de la mañana levantó la vista y los vio.

Víctor y Sandra, en lados distintos de la isla de trabajo, que era donde siempre habían estado.

Víctor le estaba diciendo algo a Sandra por encima de las pantallas, algo de trabajo probablemente, y Sandra respondía sin apartar los ojos del monitor.

Nada especial. Nada que cualquiera que no supiera lo que Inés sabía habría notado.

Pero había algo en la forma en que él esperaba su respuesta. Una fracción de segundo de más. La atención particular de quien escucha no solo lo que dice la otra persona sino cómo lo dice.

Inés pensó, inevitablemente, en cuándo había sido la última vez que alguien la había escuchado así.

Hacía más de un año. Valencia. Un compañero de su hermano Raúl. Un par de fines de semana, llamadas, mensajes y después nada. No había terminado mal. Solo se había apagado. Y quizás eso era lo peor: que ni siquiera había dolido lo suficiente como para recordarlo a menudo.

Y entonces, sin buscarlo, cruzó por su mente una mirada muy oscura. La del ascensor. Los ojos que no parpadeaban más de lo necesario y que en dos segundos habían leído en su cara algo que ella no le había contado a nadie.

Volvió a la pantalla.

—Sala de descanso —dijo Sandra, a las once y cuarto, sin levantar la vista del portátil.

Inés recogió el móvil y fue.

La sala estaba casi vacía excepto por José, que estaba delante de la nevera abierta con esa expresión ya familiar de quien busca algo que sabe que no va a encontrar pero necesita comprobarlo de todas formas.

—¿Otro yogur? —dijo Inés.

José cerró la nevera con un suspiro que contenía semanas de resignación acumulada.

—Tercero esta semana.

Inés lo miró. Pensó en Ana en recepción con su jersey verde y su acento asturiano y su fe inquebrantable en el poder del hambre como estrategia romántica.

—José —dijo—, baja a la cafetería.

Él la miró.

—¿A la cafetería?

—A tomarte algo. Un café, un bocadillo, lo que sea.

José procesó esto con la expresión de quien recibe una información sencilla y la está complicando más de lo necesario.

—¿Ahora?

—Ahora.

Algo en su cara cambió. Una pequeña reorganización de prioridades que Inés reconoció como el momento exacto en que una idea que llevaba tiempo rondando por ahí fuera decide entrar.

—Igual sí —dijo.

Y se fue.

Sandra llegó a la sala en ese momento, lo vio salir, y miró a Inés con una ceja levantada.

—¿Le has dicho que baje?

—Le he sugerido que tomara algo.

Se miraron. Asintieron en silencio con la satisfacción tranquila de quienes han hecho algo bueno sin poder explicar exactamente qué.

Luego Sandra giró el portátil hacia ella.

Inés miró la pantalla. Tardó un momento en procesar lo que estaba viendo, no porque fuera difícil de entender sino porque necesitaba que el cerebro terminara de organizarlo todo.

Las conexiones que Sandra había encontrado, los huecos donde no debería haberlos, el perfil de alguien que había sido construido con cuidado pero no con suficiente cuidado como para no dejar rastro si sabías dónde mirar.

Levantó la vista.

—Quiero verla —dijo.

Sandra no preguntó qué. Solo esperó.

—La planta siete —dijo Inés—. Quiero ver la planta siete.

Sandra cerró el portátil.

—Contaba con ello —dijo.

Salieron de la sala con la mirada de Amaya siguiéndolas desde su mesa, atenta y callada, sin necesidad de preguntar para registrar. Inés no se giró pero lo notó igual, esa forma que tenía Amaya de ver las cosas sin que nadie le dijera que mirara.

El ascensor tardaba más que de costumbre, o eso le pareció a Inés, que se quedó mirando los números del panel con esa impaciencia que tiene el cuerpo cuando la cabeza ya ha tomado una decisión y el resto tarda en seguirla.

Entraron cuando llegó. Inés alargó la mano hacia el panel.

El botón de la planta siete.

Cerró los ojos antes de tocarlo, con ese reflejo ya automático de quien espera algo, el tirón, el imán, la imagen superpuesta.

Pero no llegó nada. El botón se iluminó y el ascensor empezó a subir en silencio e Inés abrió los ojos con una mezcla de alivio y algo que no era exactamente decepción pero que se le parecía.

Sandra no dijo nada. Miraba al frente con la calma de quien tiene toda la información que necesita y está esperando la siguiente.

Las puertas se abrieron.

La recepción estaba desierta. La silla vacía detrás del mostrador todavía giraba apenas unos milímetros, como si alguien acabara de levantarse. Desde el pasillo lateral llegaban voces y pasos lejanos.

—Cambio de turno —murmuró Sandra.

Inés miró alrededor. El pasillo que se abría más allá del mostrador tenía los cristales de las salas laterales demasiado opacos para lo que cabría esperar en unas oficinas normales, el tipo de opacidad que no es decorativa sino funcional.

En la pared, un cartel discreto con el logo de Innova Systems Engineering y debajo, en letras pequeñas y sin ninguna ambigüedad: ACCESO RESTRINGIDO.

A la derecha del mostrador una puerta estaba entreabierta.

Solo unos centímetros.

Lo suficiente para ver que daba acceso al interior.

—Solo mirar —dijo Sandra.

—Solo mirar —repitió Inés.

Se acercaron al mostrador despacio, como si el silencio fuera algo que no querían romper.

Y entonces Inés la vio.

Una tarjeta. De esas de acceso, rectangular, con una banda magnética en el reverso y el logo de la empresa en el anverso. Estaba encima del mostrador, ligeramente apartada del borde, como si alguien la hubiera dejado ahí sin darse cuenta o con demasiada prisa para recogerla.

El tirón llegó antes de que terminara de mirarla.

Familiar ya, casi reconocible, como una voz que has oído suficientes veces como para saber de quién es antes de ver la cara. Alargó la mano. Los dedos rozaron la tarjeta.

Y el mundo se superpuso.

Pero antes de que la imagen terminara de formarse, a su espalda, el ascensor volvió a pararse en esa planta.

Y las puertas empezaron a abrirse.