Capítulo 6 — ADN electrónico
Inés llegó a casa a las siete y media.
Había sido un día raro desde las ocho y cincuenta de la mañana, que era cuando había llegado al trabajo sin que nadie se lo creyera del todo, y no había mejorado especialmente desde entonces.
Había salido de la oficina con la cabeza en otro sitio, había caminado hasta el metro con el piloto automático puesto y solo había caído en la cuenta de que iba deprisa cuando ya estaba en el andén.
Para ser el mismo día en que había llegado antes que Sandra al trabajo, llegar a casa a las siete y media era una ironía que no se le escapaba.
Dejó el bolso en la silla de la entrada, se quitó los zapatos y fue a la cocina a poner el hervidor con esa energía de quien tiene algo pendiente y necesita un objeto entre las manos mientras decide cómo empezar.
Se cambió de ropa. Se hizo la infusión. Se sentó en el sofá con el portátil.
Alex Duarte.
Empezó por lo más obvio. Google, nombre completo entre comillas.
Salió el LinkedIn, la ficha en la web de Innova, y un artículo en una revista técnica de ingeniería de sistemas donde aparecía citado en una nota al pie como colaborador en un estudio.
Nada más. Para alguien de veinticinco o veintiséis años era una presencia digital llamativamente escasa, pero tampoco imposible. Había gente así.
Fue al LinkedIn.
Foto de carnet, la misma que había visto impresa en la sala de reuniones.
Formación en ingeniería biomédica con especialización en modelado computacional de sistemas biológicos, una universidad pública de Madrid.
Y dos empresas: la actual, Innova Systems Engineering, con seis meses de antigüedad, y una anterior, STE Consultores, con un año de experiencia antes de eso.
Inés anotó el nombre de la empresa anterior y siguió.
Fue a Instagram. Encontró una cuenta con ese nombre, sin foto de perfil, sin publicaciones, sin ningún indicio de que hubiera estado activa en ningún momento. Podía ser de cualquiera. Podía ser suya o podía ser una cuenta creada con ese nombre por alguien que no tenía nada que ver.
Twitter, ahora X, nada.
Facebook, nada.
TikTok, nada.
Buscó la empresa anterior, STE Consultores.
Tenía web, dirección en Madrid, teléfono de contacto y una lista de servicios de consultoría técnica que sonaban razonables.
Llamó al número. Saltó el contestador con un mensaje genérico.
Buscó reseñas. Dos en Google, las dos de hacía más de tres años, ambas de cinco estrellas y con el tipo de texto que generan las reseñas falsas.
Cerró el portátil.
Había llegado al límite de lo que podía hacer con buena voluntad y un buscador. Y ese límite era bastante más estrecho de lo que le habría gustado.
Cogió el móvil.
“Cena en mi casa. ¿Puedes?”
Sandra respondió en menos de un minuto.
“Claro. ¿A qué hora?”
“En una hora más o menos.”
“Voy.”
Inés miró el mensaje. Luego escribió:
“Trae hambre.”
Y no añadió nada más, porque Sandra siempre llevaba el portátil a todas partes y no hacía falta decírselo.
Sandra llegó a las nueve menos cuarto con la mochila al hombro y la cara de quien no necesita que le expliquen las cosas para entender que hay algo que entender.
—¿Qué pedimos? —dijo, dejando la mochila en el suelo junto al sofá.
—Chino. Lo de siempre.
—Bien.
Mientras Inés pedía por teléfono, Sandra sacó el portátil de la mochila y lo puso en la mesa baja. Luego sacó una botella de metal roja, de esas térmicas con la tapa de rosca, y la dejó al lado.
Inés colgó el teléfono y miró la botella.
El tirón llegó antes de que lo pensara.
La misma sensación de siempre, el imán, la pregunta sin forma. Alargó la mano hacia la botella con el gesto de quien hace sitio en la mesa para el portátil, que era exactamente lo que necesitaba hacer, y los dedos rozaron el metal.
El mundo se superpuso.
Sandra, con esa misma botella en la mano, en lo que parecía la cocina de la oficina o quizás un pasillo, hablando con Víctor.
Víctor con esa camiseta de entrenamiento que llevaba los viernes, escuchándola con esa atención que tenía cuando algo le interesaba de verdad.
Sandra decía algo sobre el fin de semana, sobre quedar para cenar, con una naturalidad que no era del todo natural, del tipo de naturalidad que construyes cuando quieres que algo parezca casual y no lo es.
Y Víctor sonreía, ese tipo de sonrisa que no es de cortesía sino de algo más, y le quitaba la botella de la mano, le daba un trago, y se la devolvía.
Luego nada.
El salón. El portátil de Sandra abierto. Sandra tecleando y hablando, seguramente explicando algo, aunque Inés no había estado prestando atención a las palabras.
La miró.
Sandra tenía la vista en la pantalla y los dedos moviéndose con su velocidad de siempre. Inés sonrió despacio, sin poder evitarlo.
—¿Víctor y tú? —dijo.
Sandra se paró en seco.
La miró. Luego miró la botella. Luego volvió a mirarla con una expresión que era una mezcla perfectamente equilibrada de sorpresa y resignación.
—¿Tan evidente es? —dijo.
Inés negó con la cabeza.
—En realidad no.
—Entonces cómo…
—Intuición femenina.
Sandra la miró un momento más con esa expresión de quien sabe que no le están contando todo pero decide que de momento es suficiente. Luego volvió al portátil.
—¿Por eso le va tan bien últimamente con las redes a Víctor? —preguntó Inés.
Sandra hizo un gesto con la mano, entre admisión y quitarle importancia, y se rio en voz baja.
—Necesitaba ayuda con el algoritmo —dijo—. Y yo sé de algoritmos.
—Claro.
—¿Podemos hablar del favor que querías pedirme?
—Sí. Necesito un favor.
—Ya lo intuía.
—Y necesito que no preguntes por qué.
Sandra levantó la vista de la pantalla.
—Cuando alguien me dice eso —dijo, con su calma de siempre— es precisamente porque sí debería preguntar. Pero por ti hago lo que sea. Cuéntame o no me cuentes, da igual. ¿Qué necesitas?
Inés respiró.
—Quiero investigar a alguien. Se llama Alex Duarte.
Sandra levantó una ceja. Solo una, con esa precisión que tenía.
—¿Solo eso? —dijo—. Tranquila, que yo también tenía curiosidad. Trae el vino que llevo dos días con esto.
Inés fue a la cocina a por las copas mientras Sandra se instalaba del todo, portátil abierto, postura de quien va a estar un rato. Cuando volvió al salón Sandra ya tenía tres pestañas abiertas y estaba tecleando con esa velocidad que daba un poco de vértigo si la mirabas demasiado rato.
—Lo que has encontrado tú —dijo Sandra sin levantar la vista—, el LinkedIn y la cuenta de Instagram vacía, es todo lo que hay en superficie.
Pero hay más cosas raras. —Pausa de tecleo—.
El artículo de la revista técnica, sí. Unos pocos mensajes en el antiguo Twitter, todos técnicos, todos de hace más de dos años, ninguno personal.
Y la empresa anterior que aparece en su LinkedIn, STE Consultores.
—La busqué. Tiene web y todo.
—Tiene web —confirmó Sandra—. Pero no existe. O existe en papel pero no en la realidad. No hay empleados verificables, no hay clientes, no hay ningún rastro de actividad real. Es una cáscara. Alguien la montó para que hubiera algo que poner en un perfil.
Inés procesó esto.
—¿Quién hace eso?
—Gente que necesita que una persona tenga un historial que en realidad no tiene. —Sandra tecleó algo más—. He investigado también a Sonia, ya que supuestamente lo conoce de antes.
—¿Y?
—Sonia existe con toda normalidad. Facebook desde los dieciséis, fotos de toda la vida, rastro digital perfectamente coherente.
Y en sus fotos antiguas, de la época de la universidad, aparece Alex.
De refilón, una o dos veces, no en primer plano, pero está.
Lo cual significa que sí se conocen de verdad, que no es una relación construida.
Sonó el interfono. La cena.
Inés fue a abrir mientras Sandra seguía tecleando. Cuando volvió con las bolsas del chino Sandra tenía una expresión nueva, más concentrada, de quien ha encontrado algo que le parece relevante.
—A través de Sonia he podido tirar del hilo de la universidad —dijo, sin apartar los ojos de la pantalla mientras Inés repartía los envases—. Y ahí sí aparece Alex. En las listas de matriculados, en los registros académicos. Estaba en ingeniería de sistemas. Y sus notas…
Levantó la vista.
—Era un portento —dijo—. Matrícula de honor en casi todo, menciones especiales, el tipo de expediente que no se ve muy a menudo. Para lo que estudiaba, para los proyectos en los que participó, era alguien con un talento fuera de lo normal.
Inés pensó en la visión del ascensor. “Voy a conseguir las pruebas. Esta vez sí.” La certeza en la voz de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.
—¿Y después de la universidad?
—Nada. —Sandra cerró una pestaña y abrió otra—. Es como si ese chico brillante con ese expediente extraordinario hubiera desaparecido y en su lugar hubiera aparecido alguien con el mismo nombre y la misma cara pero sin pasado. —Pausa—. Todo esto es muy raro, Inés.
—Lo sé.
Sandra la miró un momento.
—Con lo que hay en abierto hemos llegado hasta aquí.
—¿Y ahora?
Sandra cerró una pestaña. Luego otra.
—Ahora empieza la parte que no debería hacer.
Inés dejó los palillos sobre la mesa.
—Sandra…
—No es la dark web ni nada de película. Es peor. Es gente que deja cosas donde no deberían estar y otra gente que sabe encontrarlas.
Levantó la vista.
—Y Alex Duarte dejó demasiados huecos para alguien que existía de verdad.
Abrió una ventana nueva.
—Vamos a buscar su ADN electrónico.