La memoria de las cosas Capítulo 5 — Lo que no dice
18%

Capítulo 5 — Lo que no dice

Moisés había aprendido a leer caras antes de aprender a leer expedientes.

No era algo que hubiera estudiado ni desarrollado conscientemente.

Era más bien una acumulación de años mirando a gente que mentía, que ocultaba, que tenía miedo, que sabía más de lo que decía, y que casi siempre lo hacía con la misma cara con que creía que no se notaba nada.

El cerebro humano era predecible en su imprevisibilidad.

La gente creía que disimulaba mejor de lo que disimulaba.

Y Moisés llevaba suficiente tiempo en esto como para distinguir, casi tan claramente como el día de la noche, entre una cara que no sabe nada y una cara que sabe algo y prefiere no decirlo.

La mujer que se había parado delante de la puerta de la sala sabía algo.

No sabía decir el qué todavía. Pero había visto la foto de Alex Duarte y había hecho ese sonido, pequeño, involuntario, el tipo de sonido que no se planifica sino que escapa, y luego se había quedado con los pies clavados en el suelo durante dos segundos que eran exactamente dos segundos de más para alguien que simplemente se había sorprendido de ver gente en una sala.

Cuando giró la cabeza y la miró directamente ella sostuvo la mirada.

Eso también era información. La gente que no tiene nada que ocultar aparta la vista o pregunta qué pasa. La gente que tiene algo que ocultar y además tiene carácter se queda quieta y te devuelve la mirada como si el que tuviera que dar explicaciones fueras tú.

Esa mujer tenía carácter. Eso estaba claro.

Le sonó el móvil.

Moisés esperó. Observó cómo lo cogía, cómo su expresión pasaba de la tensión contenida a algo más cotidiano con esa facilidad de quien está acostumbrada a manejar varias cosas a la vez.

La llamada era de su madre, eso lo dedujo por el tono, ese registro particular que tiene la gente cuando habla con alguien que los conoce demasiado bien y al que no pueden mentirle del todo aunque lo intenten.

Cuando colgó él se acercó.

—Moisés Vera, inspector. —Pausa—. ¿Está bien? La he visto parar delante de la sala.

Tenía unos ojos extraños. Verdes, pero no del todo. Lo registró y lo apartó porque no era información útil. Lo que sí era útil era que lo estaba evaluando con la misma atención con que él la estaba evaluando a ella, lo cual no era lo más habitual en una testigo potencial.

—Sí, estoy bien. Me ha sorprendido ver que había gente ahí dentro, no sabía que había una reunión.

Dicho con naturalidad. Demasiada naturalidad para ser completamente espontáneo.

—¿Conocía a la persona de la foto?

—No. ¿Debería?

Buena respuesta. Devolvía la pregunta sin responderla, lo que podía ser inocente o podía ser exactamente lo contrario.

—Es el empleado desaparecido. Alex Duarte. Trabajaba en Innova Systems, séptima planta.

La observó mientras procesaba el nombre. No hubo reacción visible, lo cual también era información. La gente que oye un nombre por primera vez suele repetirlo internamente, hay un movimiento casi imperceptible. Ella no lo hizo. O controlaba muy bien su cara, o el nombre no era nuevo.

—He oído algo esta mañana, lo que circulaba por la oficina. Pero no lo conocía.

—¿Lleva mucho tiempo en el edificio?

—Casi cuatro años.

—¿Notó algo raro últimamente? ¿Gente que no encajara, algo fuera de lugar?

—La verdad es que no. Aunque tampoco me fijo demasiado, cada uno va a lo suyo.

Ahí había algo. No en lo que decía sino en el orden en que lo decía, primero la negación y luego la justificación, cuando lo natural era al revés. La gente que de verdad no se fijaba simplemente decía que no se fijaba. La que sí se fijaba añadía la excusa después.

Le tendió la tarjeta.

Ella la cogió y por un momento, brevísimo, cerró los dedos alrededor de ella con una precaución que no tenía ningún sentido para un trozo de cartón. Luego lo soltó y volvió a mirarle.

—Inés García —dijo.

Se miraron un segundo de más. Moisés no recordaría después haber decidido mirarla tanto tiempo. Simplemente había pasado, lo cual no era habitual en él y no le pareció información útil procesarlo ahí.

La vio alejarse por el pasillo de vuelta a su mesa.

Caminaba como alguien que está pensando en otra cosa y haciendo un esfuerzo razonable para que no se note. Lo cual era exactamente lo que él habría hecho en su situación, si hubiera estado en su situación, que no estaba porque él no sabía cosas que no podía saber.

Aunque ella sí parecía saberlas.

Gustavo estaba esperándole junto a la sala de reuniones con la cara de haber terminado y estar listo para irse, que era la expresión que ponía cuando llevaba más de dos horas fuera de la comisaría y empezaba a añorar su silla.

—¿Algo? —preguntó Moisés.

—La chica que conocía a Alex, Sonia, confirma lo que ya sabíamos. Nervioso las últimas semanas, reservado, en algo importante que no contaba. Ningún nombre, ningún detalle concreto. —Gustavo recogió la carpeta que tenía bajo el brazo—. ¿Y la del pasillo?

—Trabaja aquí desde hace cuatro años. Dice que no conocía a Duarte.

—¿Le crees?

Moisés consideró la pregunta durante un momento.

—Creo que no me ha mentido sobre eso —dijo—. Sobre otras cosas no estoy seguro.

Gustavo lo miró con esa expresión que ponía cuando Moisés decía algo que requería más explicación de la que iba a dar.

—¿Seguimos? —dijo Moisés.

—Sí, vámonos. Yo creo que aquí ya tenemos todo lo que hay.

Fueron hacia el ascensor. Al pasar por recepción Ana los vio y se levantó de la silla con la energía de quien lleva un rato esperando el momento adecuado.

—Oiga —dijo, con el acento asturiano redondeando la palabra—. Les estaba buscando. Me dijeron ayer que si aparecía algo para Alex Duarte que se lo guardara, ¿no?

—Así es —dijo Moisés.

—Pues ha llegado esto esta mañana. —Sacó un sobre de debajo del mostrador, sin remitente, con el nombre de Alex escrito a mano—. No sé si es importante pero pensé que mejor decírselo.

Moisés cogió el sobre con un guante que llevaba en el bolsillo, por costumbre, y lo abrió con cuidado.

Dentro había una memoria USB.

Sin nota. Sin nada más. Solo el pequeño dispositivo negro en el fondo del sobre blanco.

Gustavo arqueó una ceja.

—Interesante —dijo.

—Sí —dijo Moisés.

Le dio las gracias a Ana, que los miró irse con esa expresión de quien espera que alguien le cuente algo más y sabe que no va a pasar, y salieron al exterior.

La cafetería estaba literalmente pegada al edificio, como si el arquitecto hubiera previsto que la gente necesitaría un sitio donde procesar las cosas antes de volver al mundo. Moisés empujó la puerta y el olor a café hizo lo que se supone que tiene que hacer.

Pidieron en la barra y se sentaron en una mesa junto a la ventana. Gustavo desplegó sus notas con el método que tenía, sistemático y ligeramente excesivo, y Moisés dejó el sobre con la USB encima de la mesa y miró al local mientras el café se hacía.

Era un local pequeño. Cuatro mesas, una barra larga, el ruido de fondo de una cafetería de mediodía.

Había una mesa con tres mujeres, dos de espaldas y una de frente, mayor, con el pelo largo y rizado en esa mezcla de rubio y caoba que tienen algunas mujeres que envejecen bien y lo saben sin necesitar que nadie se lo confirme.

—Escucha —dijo Gustavo, que no había levantado la vista de sus notas—, la cronología de Duarte tiene un hueco importante. El viernes por la tarde fue lo último que se sabe de él, saliendo del edificio de oficinas. Solo, sin equipaje, sin nada que indicara que iba a algún sitio en concreto.

—¿El móvil?

—Última conexión el sábado de madrugada. Después, nada. El lunes no apareció en el trabajo y saltaron las alarmas.

—¿Cuarenta y ocho horas sin que nadie lo vea antes de eso?

—Ni la chica, ni los compañeros de Innova, ni el portero del edificio. Nadie lo ubica entre el viernes por la tarde y el sábado de madrugada cuando se conecta por última vez.

Moisés procesó esto mirando al local sin mirar a nada en particular, que era su forma de pensar cuando necesitaba tener los ojos ocupados para que el cerebro pudiera hacer otra cosa.

Entonces lo vio.

En una de las mesas del fondo alguien pasó demasiado cerca de una silla y algo cayó al suelo, una carpeta, papeles dispersos. Una de las mujeres de espaldas se agachó antes de que el dueño pudiera reaccionar, recogió los papeles, cogió la carpeta, se incorporó.

Y se quedó quieta.

No mucho. Un segundo, quizás dos. Con la carpeta en la mano extendida y algo en la postura que no encajaba con el gesto de devolver un objeto caído.

Moisés frunció levemente el ceño.

Luego la mujer extendió la carpeta hacia el hombre que estaba detrás de ella, el hombre la cogió y se fue hacia la puerta, y en ese movimiento ella giró ligeramente la cabeza y Moisés la reconoció.

Inés García. En la cafetería de al lado de su edificio, lo cual era completamente lógico. Pero con la misma expresión que había tenido delante de la sala, esa fracción de segundo en que la cara registra algo antes de que la persona decida qué cara poner.

Se quedó con la mano todavía en el aire durante un momento. Luego se sentó despacio.

Moisés la observó coger el café y bebérselo de un trago.

Eso no ha sido normal, pensó. Y lo dejó ahí, porque Gustavo seguía hablando y el café había llegado y había cosas más urgentes en las que pensar.

—¿Me estás escuchando? —dijo Gustavo.

—Sí. El viernes última imagen, sábado de madrugada última conexión, lunes saltan las alarmas.

Gustavo lo miró con la expresión de quien sabe que le han escuchado pero no está seguro de que le hayan prestado atención, que no era lo mismo.

El móvil de Gustavo vibró. Lo cogió, escuchó, y su expresión cambió levemente hacia algo más concreto.

—Casa de Duarte —dijo, guardando el móvil—. Hay novedades.

Se levantaron. Moisés dejó el dinero en la mesa y mientras recogía el sobre con la USB miró hacia la mesa de las tres mujeres. Las tres se estaban levantando también, despidiéndose, y en ese movimiento Inés giró la cabeza.

Sus ojos se encontraron durante un momento.

Ella no apartó la vista de inmediato. Él tampoco.

Luego Gustavo abrió la puerta y Moisés salió.

El coche olía a los sándwiches que Gustavo había comido el día anterior y que seguían ahí de alguna forma que desafiaba la física, pero era un olor conocido y Moisés lo había dejado de notar hacía meses.

Condujeron en silencio relativo, Gustavo revisando notas en el móvil y Moisés con la cabeza en la USB que tenía en el bolsillo.

El piso de Alex Duarte estaba en Chamberí, tercero sin ascensor, de esos edificios con portería que huelen a madera antigua y a vidas ordenadas. Cuando subieron había dos compañeros en el rellano y la puerta abierta.

—¿Qué hay? —dijo Moisés.

El compañero, Reyes, tenía esa expresión particular de quien ha encontrado algo que no sabe cómo explicar todavía.

—Mejor que lo veas tú mismo.

Entraron.

El piso estaba como lo habían dejado el día anterior.

Ordenado, sin señales de registro apresurado, los libros en las estanterías, los platos apilados en el escurridor.

Moisés había estado aquí hacía menos de veinticuatro horas y lo recordaba con la precisión que tenía para los espacios, cada detalle en su sitio, nada fuera de lugar.

Excepto lo que había ahora encima del escritorio.

Un portátil. Un USB al lado. Y una nota escrita a mano en un papel doblado que Reyes ya había abierto y fotografiado.

Moisés se acercó y leyó.

“Tiene un gemelo.”

Cuatro palabras. Sin firma, sin contexto, sin nada más.

Se quedó mirando la nota durante un momento. Luego miró la USB que tenía en el bolsillo, la que había llegado en el sobre sin remitente a nombre de Alex. Luego el USB que había al lado del portátil sobre el escritorio.

El día anterior ese escritorio estaba vacío.

Alguien había entrado en este piso después de que ellos lo registraran, sin forzar la cerradura según Reyes, sin que nadie en el edificio hubiera visto ni oído nada, y en lugar de llevarse algo había dejado algo.

Un portátil. Un USB. Y una nota que era o un acertijo o una instrucción, dependiendo de si entendías a qué se refería el gemelo.

Moisés sacó la USB del sobre del bolsillo y la sostuvo entre los dedos.

Dos USBs. Uno llegado por correo a nombre de Alex. Otro dejado aquí por alguien que había entrado sin dejar rastro.

“Tiene un gemelo.”

El gemelo. Claro.

Levantó la vista hacia Gustavo, que lo estaba mirando a la espera.

—Son el mismo —dijo Moisés—. O son copias. Alguien quiere asegurarse de que llegue a donde tiene que llegar aunque una de las dos se pierda.

—¿Y a dónde tiene que llegar?

Moisés miró la nota otra vez.

Esa era, efectivamente, la pregunta.