Capítulo 4 — El hombre del traje
El móvil vibró.
Inés lo miró sin moverse, todavía con la foto de Alex Duarte ocupando más espacio mental del que cabía en ese pasillo. La pantalla decía “Mamá” con un emoji de corazón que ella no había puesto pero que tampoco había quitado.
Lo cogió.
—Hola.
—Inés, cariño, que quedamos hoy a comer, ¿te acuerdas?
En la cafetería de al lado de tu trabajo, que me viene bien el metro.
¿A las dos y cuarto? ¿O prefieres las dos?
A mí me da igual, lo que tú digas, pero si es a las dos me tengo que ir ya porque tu padre tiene el coche y tengo que coger el metro en…
—A las dos y cuarto, mamá. Perfecto.
—¿Estás bien? Te noto rara.
—Estoy en el trabajo.
—Ya, pero te noto rara igual. ¿Has dormido? ¿Has desayunado?
—Sí a las dos.
—El otro día tu tía Carmela me dijo que…
—Mamá. A las dos y cuarto. Te veo allí.
—Bien, bien. Ah, e Inés, que tengo que contarte lo del viaje, que tu padre ha encontrado unos vuelos a Estambul que están…
—Mamá.
—Hasta luego, cariño.
Colgó.
Cuando levantó la vista él estaba a dos metros de ella en el pasillo. Solo. Su compañero había vuelto hacia la zona de trabajo y él se había quedado. De pie, con las manos en los bolsillos y esa postura que tenía, cómoda y atenta al mismo tiempo, como si esperar fuera algo que hacía bien.
La había observado acabar la llamada sin decir nada.
Luego se acercó un paso.
—Moisés Vera, inspector. —Una pausa breve—. ¿Está bien? La he visto parar delante de la sala.
La voz era directa, sin relleno, del tipo que no añade palabras que no hacen falta.
Inés guardó el móvil en el bolsillo.
—Sí, estoy bien. Me ha sorprendido ver que había gente ahí dentro, no sabía que había una reunión.
—¿Conocía a la persona de la foto?
—No. ¿Debería?
—Es el empleado desaparecido. Alex Duarte. Trabajaba en Innova Systems, séptima planta.
Inés lo miró. Tenía los ojos muy oscuros, casi negros, y esa cualidad particular de no parpadear más de lo necesario que resultaba difícil de ignorar en un espacio de pasillo.
—He oído algo esta mañana, lo que circulaba por la oficina. Pero no lo conocía.
—¿Lleva mucho tiempo en el edificio?
—Casi cuatro años.
—¿Notó algo raro últimamente? ¿Gente que no encajara, algo fuera de lugar?
—La verdad es que no. Aunque tampoco me fijo demasiado, cada uno va a lo suyo.
Él asintió levemente. No como quien acepta la respuesta sino como quien la guarda.
—Si recuerda algo. —Sacó una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta y se la tendió.
Inés la cogió sin pensar y luego se acordó de que coger cosas sin pensar le había causado todos los problemas de los últimos dos días. Pero era cartón liso y no pasó nada.
—Inés García —dijo ella, porque parecía lo apropiado dado que él acababa de presentarse.
Él asintió. Y en ese asentimiento había algo que Inés no habría sabido describir exactamente, no era solo cortesía, era también la nota mental de alguien que archiva un nombre para usarlo más tarde.
Se miraron un segundo más de lo estrictamente necesario.
Inés no supo decir quién apartó la vista primero porque en ese momento se dio cuenta de que había estado mirando sus ojos y luego su boca y luego sus ojos otra vez sin haber tomado ninguna decisión consciente al respecto, lo cual era una información sobre sí misma que prefería no procesar en ese pasillo en ese momento.
Dio media vuelta y volvió a su mesa.
Eran las dos menos veinte cuando recogió el bolso.
—Amaya —dijo, de paso—. Baja luego a tomar café con nosotras. Mi madre pregunta por ti.
—¿A qué hora?
—Sobre las tres y cuarto. Ya te aviso.
—¿Cómo está María Inés?
—Como siempre. Con un viaje nuevo entre ceja y ceja.
—La quiero —dijo Amaya.
—Ya lo sé —dijo Inés, y fue hacia el ascensor.
Había dos, como siempre. Llamó al de la izquierda, que bajaba. Las puertas se abrieron y entró.
Dentro había dos personas.
Una era Lucía, del departamento de marketing digital de la quinta planta, con la que Inés había coincidido suficientes veces en el ascensor como para reconocerse y suficientemente pocas como para no saber su apellido.
Le sonrió con ese gesto de ascensor que no es exactamente una sonrisa sino una señal de que se han visto y que está bien.
El otro era un hombre.
Unos cincuenta años. Pelo entrecano peinado hacia atrás. Traje oscuro.
Inés entró.
Lo miró de reojo, como se mira a los desconocidos en espacios pequeños, con la periferia y no con la atención directa.
Algo le resultaba familiar. No de verlo en el edificio, no de haberlo cruzado en el pasillo o en recepción.
Era otra cosa, una familiaridad que venía de un sitio que no era la memoria normal.
Las puertas se cerraron.
—Buenas —dijo Lucía.
—Buenas —dijo Inés.
El hombre asintió levemente sin levantar la vista del móvil que tenía en la mano.
El ascensor empezó a bajar.
Inés miró al frente. Luego al hombre de reojo. Luego al frente otra vez. Pelo entrecano peinado hacia atrás. Traje oscuro. Unos cincuenta años.
Las puertas se abrieron en la planta baja y el hombre salió el primero. Cuando giró levemente la cabeza para orientarse en el vestíbulo Inés lo vio de perfil.
Se le paró el corazón durante aproximadamente un segundo y medio.
Era él.
El hombre de la taza. El de la primera visión, de la mañana de su cumpleaños, el que sostenía esa taza con la línea azul en una sala con poca luz y decía “si alguien descubre lo que hicimos, estamos perdidos”.
En carne y hueso. En el ascensor de su edificio.
Lucía le dijo algo que Inés no procesó. Respondió algo que tampoco procesó. Caminó hacia la salida con las piernas en piloto automático mientras la cabeza hacía otra cosa completamente distinta.
El hombre cruzó el vestíbulo hablando por el móvil, con ese paso de quien tiene un sitio al que llegar. Empujó la puerta de la cafetería Origen y entró.
Inés se paró en la acera un momento.
Luego entró también.
Su madre estaba ya sentada en una mesa junto a la ventana, y se levantó en cuanto la vio con su energía de siempre, que no había cambiado en veinte años.
María Inés tenía sesenta y un años y era de esas mujeres que llevan bien el tiempo, no porque lo disimularan sino porque tenían demasiado en lo que pensar como para dedicarle atención al asunto.
Tenía el pelo largo y rizado, una mezcla de rubio y caoba que se había ganado con los años y que llevaba suelto con esa despreocupación de quien sabe que le queda bien sin necesitar confirmación.
Los ojos eran verdes oscuros con una mota amarilla en el centro que Inés le había envidiado de pequeña hasta que alguien le dijo que ella había sacado los mismos, lo cual era verdad pero que a Inés le seguía pareciendo imposible porque en su madre siempre eran más bonitos.
Era menuda y enérgica y tenía esa forma de mirarte que tienen las madres que te conocen de toda la vida.
—Cariño. —Dos besos—. Qué guapa. ¿Has dormido?
—Hola, mamá.
—Tienes unas ojeras…
—Estuve en la fiesta hasta tarde. Es normal.
Se sentaron. Inés pidió sin mirar la carta porque sabía lo que había y porque necesitaba los ojos libres para localizar al hombre del traje, que había entrado antes que ella y que estaba, ahí, al fondo, en la mesa del rincón, de espaldas a la sala, con el móvil en la mano.
—Estambul —dijo su madre, sin más preámbulo, con la energía de alguien que lleva guardando una noticia y ya no puede más.
—¿Qué pasa con Estambul?
—Que tu padre ha encontrado unos vuelos en octubre que están ridículos, Inés, una barbaridad lo baratos que están, y hay un hotel en Sultanahmet que tiene unas vistas al Bósforo que te mueres. —Sacó el móvil y le puso delante una foto—. Mira. Mira eso.
Inés miró. Era una terraza con vistas al agua y a la mezquita al fondo, del tipo de foto que hace que cualquiera quiera irse inmediatamente.
—Está muy bien, mamá.
—¿A que sí? Y tu padre quiere ir al Gran Bazar, claro, que siempre que vamos a sitios con mercados acaba comprando cosas que no caben en la maleta, ya sabes cómo es.
Pero yo quiero ver Santa Sofía por dentro, que la última vez que fuimos a Turquía era el noventa y ocho y todavía no habían hecho todos los cambios, y dicen que ahora es completamente distinto.
—¿Habéis ido antes a Turquía?
—A Capadocia, con vosotros de pequeños, ¿no te acuerdas? Tenías ocho años, tu hermano seis. Fuisteis en globo y tu hermano lloró todo el rato pero luego en las fotos salía encantado.
—Me acuerdo del globo, no me acordaba de que era Turquía.
—Claro, con ocho años. —Su madre guardó el móvil con la satisfacción de quien ha plantado la semilla adecuada—.
El año pasado fue lo de Japón, que nos salió redondo, y este queremos algo con más historia, más carga cultural.
Tu padre está leyendo sobre el Imperio Otomano desde enero, ya sabes cómo se pone cuando tiene un viaje entre ceja y ceja.
Inés sonrió. Sí sabía. Su padre era de los que preparaban los viajes con la misma meticulosidad con que otros preparaban expediciones, con guías subrayadas y rutas alternativas y un conocimiento del transporte local que dejaba en evidencia a cualquier aplicación.
Llevaban así toda la vida, su padre planificando y su madre improvisando sobre el plan, y el resultado solía ser bastante bueno.
—¿Y cuándo decidís?
—Esta semana. Los vuelos los reservamos ya seguro, el hotel lo miramos. —Pausa—. ¿Tú tienes vacaciones en octubre?
—Mamá.
—Solo pregunto. Si coincide…
—Os lo pasáis bien vosotros dos solos.
Su madre la miró con esa expresión que no era exactamente de acuerdo pero que aceptaba la respuesta por el momento.
Comieron. La conversación siguió fluyendo con esa facilidad que tenían cuando no había nada urgente que resolver, hablaron del hermano de Inés que vivía en Valencia y que llamaba los domingos con una regularidad que los dos encontraban reconfortante, de un documental que su madre había visto sobre Bizancio que le había dado ganas de leer más, de si el calor de ese año había sido especialmente brutal o si ya no se acordaban bien de los veranos de antes.
El otro porcentaje de la atención de Inés lo tenía en la mesa del fondo.
Llegó Amaya a las tres y veinte.
—María Inés. —Dos besos con la familiaridad de quince años—. Estás guapísima.
—Amaya, cariño. —Su madre se iluminó de una forma que a Inés le resultaba ligeramente injusta—. Siéntate. Justamente le estaba contando a esta lo de Estambul.
—¿Estambul? —Amaya se sentó con interés genuino—. Cuéntame.
Y su madre volvió a desplegar el entusiasmo con la misma energía que la primera vez, que era una de las cosas que Inés más le admiraba aunque no siempre lo dijera.
Pablo trajo los cafés. Y con ellos una taza.
Inés la miró.
Blanca, con una línea azul en el borde.
Podía ser cualquier taza del local. Probablemente era cualquier taza del local, había doce iguales detrás de la barra. Y sin embargo la miró con esa mezcla de querer saber y no querer saber que se había convertido en su estado por defecto en los últimos días.
Su madre y Amaya hablaban de Santa Sofía.
Inés puso la mano alrededor de la taza.
Nada.
Apretó un poco más los dedos. Cerró los ojos brevemente, con el disimulo justo.
Nada.
No era la misma taza. O el don no funcionaba a voluntad. O las dos cosas.
Abrió los ojos.
Justo en ese momento alguien pasó por detrás de su silla, demasiado cerca, y algo cayó al suelo con un golpe seco. Una carpeta. Papeles desperdigándose con esa tendencia que tienen los papeles a ir exactamente donde más molestan.
—Lo siento —dijo una voz detrás de ella.
Inés ya se estaba agachando antes de pensarlo, recogiendo los papeles con ese automatismo de quien ve un desorden y lo corrige sin plantearse si debería. Juntó los papeles, recogió la carpeta del suelo, se incorporó para devolvérsela al dueño.
Y lo sintió antes de que los dedos terminaran de tocar la cubierta.
El tirón. El imán. La pregunta sin forma.
El mundo se superpuso.
Alex Duarte. Moreno, pelo corto, delgado, con esa mochila al hombro que ya le resultaba familiar. Tenía esa misma carpeta en las manos y hablaba por teléfono con la expresión de quien acaba de hacer algo importante y todavía no ha procesado del todo lo que significa.
—Creo que lo he conseguido todo —decía, en voz baja pero con una intensidad que ocupaba el espacio—. Todo lo que necesitábamos. Ahora solo hay que…
La voz se cortó. La imagen se cortó.
Inés estaba de pie en la cafetería con la carpeta en la mano extendida.
Y la persona a quien se la estaba devolviendo era el hombre del traje oscuro.
Pelo entrecano peinado hacia atrás. Unos cincuenta años. La misma cara que había visto en la taza el día de su cumpleaños.
La miraba con una expresión completamente neutra, la de alguien que recoge una carpeta que se le ha caído, sin nada que leer en ella más allá de una cortesía ordinaria.
Cogió la carpeta.
—Gracias —dijo.
Y se fue hacia la puerta.
Inés se quedó con la mano todavía extendida en el aire.
Él había entrado en la cafetería sin esa carpeta. Ella lo había visto cruzar el vestíbulo, había visto sus manos, no llevaba nada. Había estado sentado al fondo durante toda la comida con solo el móvil y la taza sobre la mesa. Y ahora tenía una carpeta que había pertenecido a Alex Duarte.
Alguien se la había dado. Aquí dentro. En esta cafetería. Mientras Inés estaba sentada a cuatro mesas de distancia hablando de Estambul y de un hotel con vistas al Bósforo.
Y ella no lo había visto.
Se sentó despacio.
—¿Estás bien? —preguntó Amaya, mirándola.
—Sí —dijo Inés—. Se me ha ido la cabeza un momento.
Su madre la miró con los ojos entrecerrados de quien acumula datos para procesarlos más tarde.
—¿Seguro que estás bien, cariño?
—Perfectamente —dijo Inés.
Y cogió el café con las dos manos y se lo bebió de un trago, porque necesitaba hacer algo completamente normal antes de que alguien se diera cuenta de que no estaba perfectamente en absoluto.