Capítulo 3 — La planta siete
Inés llegó al trabajo a las ocho y cincuenta.
Eso no había pasado nunca.
Bueno, técnicamente había pasado una vez, en febrero, pero había sido porque el metro había salido con diez minutos de adelanto y ella lo había cogido sin darse cuenta de la hora, lo que no contaba porque no había sido intencionado.
Esto era diferente. Esta mañana se había despertado a las siete, había desayunado sentada, había encontrado las llaves a la primera y había llegado al edificio con diez minutos de sobra como si fuera una persona normal con una relación sana con el tiempo.
La culpa la tenía esa sensación.
La fiesta había sido perfecta, Amaya había estado perfecta, todo el mundo había estado perfecto, y sin embargo Inés había pasado la noche dando vueltas con el vello de la nuca en alerta permanente y un eco en el fondo de la cabeza que no terminaba de callarse.
Algo se estaba moviendo. No sabía qué. No sabía dónde.
Solo sabía que se había despertado con la misma sensación con la que te despiertas cuando tienes algo importante al día siguiente y el cerebro no te deja descansar del todo aunque el cuerpo lo necesite.
Entró en el edificio. Saludó a Ana en recepción, que la miró con los ojos muy abiertos porque Inés llegando antes de las nueve era un evento suficientemente inusual como para merecer atención.
—Llegas pronto —dijo Ana, con el acento asturiano pronunciando cada sílaba con una sorpresa sincera.
—Ya —dijo Inés—. No se lo digas a nadie.
Fue hacia el ascensor.
Había dos, como siempre, y los dos estaban en plantas altas. Esperó. El edificio a esa hora tenía una calma distinta a la de las nueve y cuarto, menos gente, menos ruido, el tipo de silencio que tienen los sitios antes de llenarse. Llegó uno de los ascensores y entró.
Estaba sola.
Pulsó el cuatro y se apoyó en la pared del fondo con el bolso en el hombro y el móvil en la mano. El ascensor empezó a subir. Inés miró el panel de botones, el uno, el dos, y entonces lo vio.
El botón de la planta siete.
Era igual que todos los demás. Un círculo plateado con el número grabado, sin nada que lo distinguiera del tres o del cinco o del ocho.
Y sin embargo Inés se quedó mirándolo con esa sensación ya conocida instalándose despacio en algún punto entre el estómago y el pecho.
El mismo tirón. El mismo imán que no tenía nombre.
No, pensó, con más convicción que las veces anteriores. Hoy no. Esta mañana no.
Pasó la mano por delante del panel buscando el cuatro, que ya había pulsado, y los dedos rozaron el siete sin querer, o queriéndolo sin saberlo, que a estas alturas ya no sabía distinguir la diferencia.
El mundo se superpuso.
El mismo ascensor, vacío excepto por un chico joven, veinticinco años quizás, moreno, pelo corto, ojos oscuros, delgado, con una mochila al hombro y una expresión que no era de miedo exactamente sino de la tensión contenida de quien sabe que está haciendo algo importante y no puede permitirse el error.
Tenía el dedo en el botón de la planta siete y miraba las puertas con una concentración absoluta mientras decía, en voz baja, como para sí mismo:
—Voy a conseguir las pruebas. Esta vez sí.
Luego nada.
El ascensor real. El panel. Las puertas, que todavía estaban abiertas.
Y dos hombres que entraban justo antes de que se cerraran.
Inés parpadeó. El de las entradas en el pelo con la carpeta bajo el brazo. Y el otro, más alto, moreno, barba de pocos días, que entró el segundo y pulsó el siete sin mirar el panel, con la naturalidad de quien ya sabe adónde va.
Luego sí levantó la vista.
Ojos oscuros. La mirada que registra todo sin parecer que lo está haciendo. Se posó en ella un momento, directo, sin la incomodidad de quien mira por accidente sino con la atención tranquila de quien evalúa.
—¿Está bien?
Su voz era exactamente como Inés habría esperado sin haberlo pensado nunca. Directa. Sin relleno.
—Sí —dijo Inés—. Yo bajo en el cuatro.
El hombre asintió levemente. Apartó la vista. El ascensor subió.
Inés miró al frente con la concentración de quien intenta parecer absolutamente normal en un espacio de dos metros cuadrados con dos policías que van a la misma planta que el chico de su visión.
El corazón le iba a una velocidad que esperaba que no fuera audible.
Notó que el más alto no volvió a mirarla, pero tampoco dejó de tenerla en el campo de visión, que no era lo mismo que no mirar pero era más difícil de señalar.
Las puertas se abrieron en el cuatro.
—Buenas —dijo Inés, y salió.
Las puertas se cerraron detrás de ella.
Se quedó en el pasillo un momento con el bolso en el hombro y la cabeza procesando a toda velocidad lo que acababa de pasar.
El chico de la visión iba a la planta siete. Los dos policías iban a la planta siete. Innova Systems Engineering, la empresa que nadie sabía muy bien qué hacía y que llevaba seis meses en el edificio sin mezclarse con nadie, estaba en la planta siete.
Voy a conseguir las pruebas. Esta vez sí.
¿Qué pruebas? ¿De qué? ¿Y los policías iban detrás de él o era otra cosa?
Empujó la puerta de cristal de Kore Consulting y entró en la oficina vacía.
Se hizo un café en la sala de descanso con la calma de quien necesita un objeto conocido y caliente entre las manos, aunque esta mañana sostuvo la taza con una precaución nueva, cogiéndola por el asa con dos dedos como si el contacto con la cerámica fuera a activar algo que no quería activar a las nueve de la mañana en una oficina vacía.
No activó nada. La taza era solo una taza.
O quizás ya había dado todo lo que tenía que dar.
Estaba sentada en su mesa con el portátil abierto y los correos de la noche procesados a medias cuando oyó la puerta y levantó la vista.
Era Víctor, con la mochila al hombro y una botella de agua en la mano, que se paró en seco al verla con la expresión de alguien que acaba de ver algo inesperado en un sitio donde no debería estar.
—¿Inés?
—Buenos días.
—Son las nueve y… —miró el móvil— cuatro minutos.
—Lo sé.
—Estás aquí.
—También lo sé.
Víctor dejó la mochila en su silla sin dejar de mirarla con esa mezcla de admiración y desconcierto genuino.
—¿Ha pasado algo? ¿Estás bien? ¿Tienes fiebre?
—Víctor.
—Dime.
—Siéntate y trabaja.
Él se rio, ese tipo de risa corta y fácil que tenía, y se sentó. Pero siguió mirándola de reojo durante un rato, como si esperara que la explicación apareciera sola si le daba suficiente tiempo.
Sandra llegó cinco minutos después, se sentó, abrió el portátil, y luego levantó la vista hacia Inés con la misma expresión que Víctor pero multiplicada por la frialdad analítica que la caracterizaba.
—Has llegado antes que yo —dijo.
—Sí.
—Eso no había pasado nunca.
—Técnicamente una vez en febrero, pero…
—No contaba —dijo Sandra—. Tú misma lo dijiste.
Inés abrió la boca para responder y entonces Sandra añadió, sin cambiar el tono ni la expresión, como si fuera parte de la misma frase:
—¿Os habéis enterado de lo de la policía?
Víctor levantó la cabeza.
—¿Qué policía?
—Están en el edificio. —Sandra giró el portátil ligeramente hacia ellos—. Hay un empleado desaparecido. Llevan desde ayer investigando.
El estómago de Inés hizo algo que no era exactamente un vuelco sino más bien una contracción, el tipo de reacción física que tiene el cuerpo cuando una información encaja con algo que ya sabía pero no quería saber todavía.
—¿De qué empresa? —preguntó, con una neutralidad que esperaba que sonara como curiosidad normal y no como lo que era.
Sandra la miró un momento.
—Eso no lo sé todavía —dijo—. Lo estoy averiguando.
—Claro —dijo Inés.
Y volvió a mirar la pantalla aunque no leyó nada de lo que tenía delante.
La mañana se llenó de ese ruido particular que tienen las noticias cuando circulan por una oficina antes de que nadie las haya confirmado oficialmente.
Alguien había visto a los policías en la tercera planta.
Alguien más juraba que habían subido al sexto.
Una chica del departamento de análisis dijo que había oído que el desaparecido llevaba tres días sin aparecer y que su piso estaba cerrado.
Víctor preguntó en el grupo de WhatsApp del edificio, que existía y que Inés había silenciado en octubre del año anterior, y alguien respondió con un audio de cuatro minutos que nadie escuchó completo.
Inés participó en todas estas conversaciones con la normalidad suficiente y la atención dividida entre lo que decía la gente y lo que tenía en la cabeza, que era el chico del ascensor y la frase y los dos policías que iban a la planta siete.
En algún momento, entre las diez y las once, empezó a hacer lo que llevaba queriendo hacer desde que había llegado.
Fue discreto. O eso intentó.
El bolígrafo primero, el azul de siempre, que cogió con dos dedos y sostuvo un momento mirando al frente como si estuviera pensando en otra cosa. Nada. Lo dejó.
Las tijeras del cajón, que tocó con la punta de un dedo mientras buscaba algo en el escritorio. Nada.
Un post-it que había estado pegado en el lateral del monitor y que despegó con toda la naturalidad del mundo. Nada.
Pasó a objetos de compañeros con la misma metodología de quien está haciendo un experimento aunque no haya diseñado el protocolo.
La taza de Víctor, que estaba en el borde de la mesa compartida y que rozó con el dorso de la mano al pasar.
Nada. El cargador de Sandra, que tenía enchufado en la regleta común. Nada.
A las once y cuarto cogió el bolígrafo rojo que había en el centro de la mesa, el que nadie reclamaba como suyo pero que todo el mundo usaba, cerró los ojos con más fuerza de lo necesario para un gesto cotidiano, y esperó.
Nada.
Abrió los ojos.
Amaya estaba al otro lado de la mesa mirándola.
No con sorpresa exactamente. Con esa atención particular suya, la misma del día anterior en la sala de descanso, la de quien está observando algo que todavía no entiende pero que le parece significativo.
—¿Me tienes que contar algo? —preguntó.
—No —dijo Inés.
—Llegas antes de las nueve, llevas media mañana tocando cosas con los ojos cerrados y cada vez que alguien menciona a la policía se te pone una cara rara.
—Estoy bien.
—Estás más rara que de normal.
—Gracias, Amaya, es justo lo que necesitaba oír un miércoles por la mañana.
—De nada. —Pausa—. En serio, ¿estás bien?
—Perfectamente —dijo Inés—. Es el cumpleaños. Me ha dejado reflexiva. Ya se me pasará.
Amaya la miró un momento más con esa expresión que significaba “no me lo creo pero de momento lo acepto” y luego volvió a su pantalla. Inés exhaló despacio y decidió que lo de tocar objetos aleatorios con los ojos cerrados quizás requería un entorno con menos testigos.
A las doce menos cuarto llegaron a la planta cuatro.
Inés los vio entrar desde su mesa, primero por el movimiento en la puerta de cristal y luego porque algo en ella reconoció la forma de moverse antes de que el cerebro procesara los detalles. El de las entradas en el pelo con la carpeta. Y el otro, más alto, moreno, barba de pocos días.
Los mismos del ascensor de esa mañana.
Fueron directamente a hablar con Marcos, el director de la oficina, que los recibió en la sala grande con una expresión de quien coopera porque no le queda otra.
Inés los observó a través del cristal durante exactamente el tiempo que se puede observar algo sin que parezca que lo estás observando, que no es mucho.
La mañana siguió. Inés trabajó. O hizo los movimientos de trabajar, que no era exactamente lo mismo pero era suficiente para que nadie le preguntara nada.
Cuarenta minutos después, cuando ya había asumido que los policías se habían ido o estaban en otra parte del edificio, pasó por el pasillo que llevaba a las salas pequeñas buscando la impresora.
La puerta de la sala dos estaba entornada.
No habría mirado si no hubiera oído el nombre.
—Alex era muy reservado —decía una voz de mujer dentro—. No hablaba mucho de su trabajo, pero se notaba que estaba en algo importante. Estaba nervioso las últimas semanas, más que de costumbre.
Inés ralentizó el paso sin detenerse del todo.
—¿Nervioso cómo? —dijo otra voz, masculina, tranquila. Profesional.
—Como cuando tienes algo en la cabeza que no puedes contarle a nadie. Lo conocía desde la universidad, llevábamos años siendo amigos, y había algo que no me estaba diciendo.
Inés pasó por delante de la puerta entornada.
Y la vio.
Encima de la mesa, entre unos papeles, había una fotografía. Una de esas impresiones en papel normal que se hacen cuando necesitas llevar algo físico a una reunión. Un chico joven, moreno, pelo corto, ojos oscuros, delgado. La expresión seria de las fotos de carnet o de perfil de empresa.
El mismo chico del ascensor.
El mismo que había dicho “voy a conseguir las pruebas, esta vez sí”.
Inés se paró.
No fue una decisión. Fue el cuerpo tomando el control mientras el cerebro todavía estaba procesando, los pies dejando de moverse, el aire atascándose en algún punto del camino entre la nariz y los pulmones.
Alex Duarte. El desaparecido. El empleado de Innova Systems Engineering que llevaba tres días sin aparecer y cuya ausencia había traído a la policía al edificio.
El chico al que había visto en una visión subiendo a la planta siete con la certeza de quien va a buscar algo que no debería buscar.
Hizo un sonido.
No fue voluntario. Fue pequeño, una especie de exhalación cortada, el tipo de sonido que hace el cuerpo cuando recibe información que no esperaba aunque en algún nivel ya la sabía.
Dentro de la sala, el hombre que estaba de espaldas a la puerta giró la cabeza.
Ojos oscuros. La mirada que registra todo sin parecer que lo está haciendo. La misma del ascensor de esa mañana.
Él la miró directamente. Un segundo. Dos.
Y en esos dos segundos Inés supo, con la misma certeza con la que había sabido que la taza y la cuchara eran reales, que ese hombre acababa de leer en su cara algo que ella no le había contado a nadie.