Capítulo 2 — El don del yogur #3
Estrés postraumático. Déficit de sueño. Migraña con aura, aunque ella no había tenido dolor de cabeza. Esquizofrenia, que descartó con la velocidad de quien no quiere que esa palabra se quede demasiado tiempo en la pantalla. Disociación. Epilepsia del lóbulo temporal.
Borró la búsqueda.
Escribió: “ver cosas al tocar objetos no drogas no alcohol”.
Esta vez los resultados fueron directamente a foros de Reddit y a dos páginas que vendían cursos para desarrollar los poderes psíquicos en cuatro semanas por diecinueve euros con noventa y nueve.
Cerró la pestaña.
Se quedó mirando la pantalla un momento. Luego miró el bolígrafo que tenía junto al teclado. El bolígrafo azul, de los de toda la vida, completamente inofensivo. Lo miró con la misma desconfianza con la que se miraría a un animal que no se sabe si muerde.
No lo tocó.
Abrió el informe de Rodrigo y se puso a trabajar de verdad, con la determinación de quien decide que lo mejor que puede hacer con un problema que no entiende es ignorarlo durante el mayor tiempo posible y ver si se resuelve solo.
A las seis y cuarto empezó a recoger.
Apagó el portátil, metió las cosas en el bolso con ese sistema de caos organizado que solo ella entendía, usando los dedos con una consciencia nueva e incómoda, como si tocar las cosas con demasiado descuido pudiera activar algo que no quería activar.
Se puso el abrigo con precaución. Cogió el bolso por la correa, que era de tela, no de cuero, como si eso marcara alguna diferencia que no sabía explicar.
Se despidió de los que quedaban y fue hacia el ascensor.
El ascensor tardó. Siempre tardaba a esa hora. Inés esperó con el bolso en el hombro y el móvil en la mano, leyendo por encima el audio de su madre que seguía sin escuchar, cuando las puertas se abrieron.
Dentro había dos hombres.
No eran de ninguna de las empresas del edificio, eso lo supo de inmediato.
No llevaban el tipo de ropa que lleva la gente que trabaja en edificios de oficinas, no tenían esa expresión de final de jornada laboral.
Uno era más mayor, entradas en el pelo y una carpeta bajo el brazo.
El otro era más alto, moreno, con una barba de pocos días.
Inés entró en el ascensor.
Y el más alto levantó la vista.
No fue gran cosa. Fue un segundo, quizás menos, la duración exacta de cruzarse con alguien en un espacio pequeño y registrar que existe.
Ojos oscuros. Una mirada que no era de las que resbalan sino de las que se quedan un momento más de lo necesario, sin ser maleducada, sin ser nada en particular que Inés pudiera señalar con el dedo.
Inés sostuvo esa mirada exactamente el tiempo que se sostiene la mirada de un desconocido, que es menos de un segundo pero que en ese ascensor en silencio pareció bastante más largo.
Luego apartó la vista hacia el panel de botones.
Notó, con una irritación que no tenía ninguna base razonable, que el corazón le había dado un pequeño y completamente injustificado vuelco.
Qué tontería, pensó.
El ascensor bajó en silencio.
En la planta baja las puertas se abrieron y los dos hombres salieron antes que ella, cruzaron el vestíbulo con paso rápido y se fueron hacia la salida. Inés los siguió a distancia, salió a la calle y los perdió entre la gente.
Se quedó un momento en la acera.
Policías, pensó, sin saber muy bien por qué. No lo podía demostrar. No llevaban nada que lo indicara. Era solo una lectura de la postura y la actitud que no tenía más base que la intuición. Pero era una intuición bastante firme.
Y habían estado en su edificio.
Sacudió la cabeza, llamó a un taxi y se fue a casa de Amaya.
La fiesta era pequeña y perfecta, que era exactamente como Amaya organizaba las cosas.
Una docena de personas, música a volumen razonable, comida de verdad y las velas del pastel encendidas a las diez y media con todo el mundo alrededor cantando el cumpleaños en distintos tonos y distinto ritmo porque nadie se ponía de acuerdo en el tempo.
Inés sopló las velas y pidió un deseo que no era exactamente un deseo sino una pregunta: que alguien me explique qué me está pasando.
No hubo respuesta inmediata. Las velas se apagaron. Todo el mundo aplaudió.
Bebió, habló, rio. Estuvo presente en cada conversación, en cada abrazo, en cada momento de esa noche que Amaya había construido para ella con el cuidado silencioso con que Amaya construía todas las cosas importantes.
Hubo un momento, cerca de la medianoche, en que miró a su alrededor y pensó que tenía suerte, genuinamente, del tipo de suerte que no viene en los cumpleaños sino de haber elegido bien a la gente.
Pero el vello de la nuca no se le bajó en toda la noche.
Y un eco en el fondo de su mente, sordo y persistente, no la dejó del todo tranquila.
Era como si supiera que algo iba a ocurrir.
No sabía qué, ni cuándo, ni por qué. Solo que algo se estaba moviendo, en algún lugar que ella todavía no podía ver, y que de alguna forma, sin haberlo pedido y sin saber cómo, ya formaba parte de ello.
Treinta y ocho años.
Bienvenida a tierra de nadie, Inés.