La memoria de las cosas Capítulo 2 — El don del yogur #2
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Capítulo 2 — El don del yogur #2

José tenía veintitrés años, era becario del departamento de análisis y tenía el pelo siempre un poco revuelto y esa expresión perpetua de quien está ligeramente desbordado por la cantidad de cosas que no sabe todavía.

Era majo. Era trabajador. Y tenía la costumbre, ampliamente documentada y comentada en la sala de descanso, de olvidarse el almuerzo en casa con una regularidad que rozaba lo artístico.

Abrió la nevera. La miró. La cerró.

La volvió a abrir, como si el contenido fuera a haber cambiado en los tres segundos intermedios.

—¿Alguien ha visto un yogur de fresa? —preguntó, con la voz de quien ya sabe la respuesta pero necesita el proceso.

—¿Tenías un yogur de fresa? —preguntó Víctor.

—Tenía un yogur de fresa —confirmó José—. Lo puse esta mañana. Ponía un post-it que decía “no tirar”.

—“No tirar” no es lo mismo que “es mío” —señaló Inés.

—Es una convención social aceptada universalmente —argumentó José, con una dignidad considerable para alguien que estaba teniendo esta conversación.

Cerró la nevera con la resignación de quien ya ha perdido antes de empezar y se fue sin almorzar. La puerta se cerró detrás de él.

Sandra lo siguió con la mirada y luego, muy despacio, se giró hacia la mesa.

—Es Ana —dijo.

—¿Ana de recepción? —preguntó Amaya.

—Ana de recepción —confirmó Sandra—. Lleva semanas.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Lo has investigado? —preguntó Víctor.

Sandra los miró a todos con la expresión serena de quien tiene información privilegiada y no tiene ninguna prisa en soltarla.

—Sí —dijo.

Y no añadió nada más.

Inés sonrió. Cogió su taza. Y fue entonces cuando lo vio.

La cuchara estaba sobre la mesa, junto a la azucarera, abandonada después de que alguien hubiera removido un café. Normal, de acero inoxidable, de las del cajón de la sala de descanso.

Y sin embargo.

El tirón fue exactamente igual que el de la mañana. La misma sensación. El mismo imán inexplicable. Como una palabra en la punta de la lengua, como la certeza de haber olvidado algo importante sin saber el qué.

No, pensó Inés. Ahora no. Aquí no.

Pero la mano ya se estaba moviendo y para cuando su cerebro formuló la orden de parar los dedos ya habían rozado el metal.

El mundo se superpuso.

La misma sala, vacía, luz de primera hora por el ventanuco.

Sandra sentada en la mesa con el móvil. Y Ana frente a ella, con la trenza castaña cayéndole por la espalda y el jersey verde botella, removiendo con esa misma cuchara un yogur de fresa con la cara de quien está haciendo algo que no le gusta por una causa que considera justa.

—Pero ¿tú odias el yogur de fresa? —decía Sandra.

—Lo odio —confirmaba Ana, con el acento asturiano redondeando cada vocal—. Me parece asqueroso. Pero es que José no se entera de nada, Sandra. Le he dicho cuatro veces lo de tomarnos algo y nada, como si le hablara a la pared. Pensé que si no tenía almuerzo igual bajaba a la cafetería y cedía.

—¿Y si no cede?

Ana miraba la cuchara. Miraba el yogur. Suspiraba con toda Asturias detrás.

—Pues seguiré comiéndome estos yogures hasta que lo pille.

Luego nada.

La sala. Las voces de Amaya y Víctor. El olor al curry fantasma del microondas.

Inés retiró la mano de la cuchara.

Y se quedó mirándola.

No la cuchara. Su propia mano. Los dedos extendidos sobre la mesa, completamente normales, sin nada que los distinguiera de cualquier otra mano del mundo. Y sin embargo. Dos veces en el mismo día. Dos objetos. Dos visiones que no podía haber fabricado porque contenían detalles que no podía saber.

Cerró los dedos despacio, como si la mano fuera algo que necesitaba supervisión.

¿Qué pasaba si tocaba algo sin querer? ¿Qué pasaba si le daba la mano a alguien?

El pensamiento llegó frío y concreto y se instaló con una solidez que no invitaba a la negación. Retiró la mano hacia su regazo con discreción y miró la taza de café que tenía delante sin tocarla, sin saber muy bien si quería tocarla, sin saber si quería ver lo que la taza tenía guardado.

—Oye —dijo, mirando a Sandra con toda la naturalidad que pudo—. Lo de Ana… ¿no será que ella misma te lo ha contado y no son tus dotes detectivescas?

Sandra la miró un momento. Luego se rio.

—Me lo contó el jueves —admitió—. Vino aquí hecha un flan y me lo soltó todo. Dice que lleva meses invitándole a almorzar y que el chico no cae. Pensó que sin comida igual cedía.

—Y tú le dijiste que sí —dijo Amaya.

—Le dije que era un plan con muchos puntos débiles. Pero bueno.

Víctor meneó la cabeza con una sonrisa.

—Pobre José —dijo.

—Pobre Ana —dijo Amaya—. Comerse yogures que odia por un chico que no se entera tiene algo de épico.

Inés no dijo nada. Seguía con la mano en el regazo y la cabeza en otro sitio.

De vuelta en su mesa, con los auriculares puestos y la pantalla del portátil delante, hizo lo que cualquier persona razonable habría hecho en su situación.

Abrió Google.

Escribió: “ver imágenes al tocar objetos”.

Los resultados fueron, cuanto menos, variados.

Psicometría. Clarividencia táctil. Lectura de objetos.

Había foros, había páginas de esoterismo con fondos oscuros y fuentes difíciles de leer, había un par de artículos de divulgación que lo descartaban como fenómeno verificable y uno de una universidad americana de los años noventa que lo estudiaba con una metodología que Inés no habría aprobado ni a un estudiante de primero.

Borró la búsqueda.

Escribió: “alucinaciones táctiles causas”.