Capítulo 2 — El don del yogur
El ascensor de la cuarta planta olía a ambientador de pino y a la colonia de alguien que había subido antes que ella. Inés salió al pasillo con el café en la mano, el bolso cruzado y la mente todavía a medias en la cafetería.
“Si alguien descubre lo que hicimos, estamos perdidos.”
Lo había repetido mentalmente unas doce veces desde que había cruzado la puerta del edificio.
No porque quisiera, sino porque la frase tenía esa cualidad pegajosa de las canciones que no puedes quitarte de la cabeza, de las palabras que se instalan sin permiso y se niegan a marcharse.
El hombre del traje oscuro. La taza en su mano. La sala con poca luz.
Una alucinación, se dijo por tercera vez desde que había salido a la calle. El cansancio. El azúcar bajo. Los treinta y ocho años atacando de formas nuevas y creativas.
Era una explicación perfectamente razonable. El problema era que no se la creía del todo. Y eso, de alguna forma, era peor.
Empujó la puerta de cristal con el logo de Kore Consulting en letras plateadas y entró en la oficina.
Kore Consulting ocupaba toda la cuarta planta del edificio.
Un espacio diáfano con zonas de trabajo en isla, salas de reuniones acristaladas al fondo y una cocina pequeña que llamaban sala de descanso porque sonaba mejor.
Funcional y sin más pretensiones, que era lo máximo que se podía decir de un sitio donde la gente pasaba ocho horas al día analizando los problemas de productividad de otros.
Inés había diseñado la distribución del espacio dos años atrás.
Seguía llegando tarde todos los días.
—¡Sorpresa!
Casi derramó el café.
Amaya, Víctor y Sandra estaban de pie junto a su mesa con una expresión de satisfacción colectiva que solo podía significar que llevaban un rato esperando.
Sobre el teclado había una magdalena de chocolate con una vela pequeña encendida, de las de cumpleaños, y junto al monitor una bolsa transparente llena de espaguetis de pica pica, los rojos y verdes, los de toda la vida, los únicos que Inés consideraba que valían la pena en el universo conocido de las chuches.
Se quedó parada en la entrada de la isla con el café en la mano.
—Sois idiotas —dijo.
—Feliz cumpleaños —dijo Amaya, que conocía perfectamente el sistema de traducción de Inés y sabía que “sois idiotas” significaba “os quiero muchísimo”.
Víctor hizo un gesto con las manos como si fuera a aplaudir y luego se contuvo porque era demasiado temprano para tanto entusiasmo incluso para él.
Llevaba una camiseta ajustada de manga corta que dejaba claro que el programa de entrenamiento que vendía online lo aplicaba también en persona.
Era guapo de una forma despreocupada y completamente consciente de ello, aunque lo llevaba con suficiente gracia como para que no resultara irritante.
—Treinta y ocho —dijo, meneando la cabeza con una sonrisa—. Eres mayor.
—Tú tienes treinta —respondió Inés—. Espera sentado.
Sandra se rio. Tenía veintiocho años y esa energía particular de la gente que duerme bien y no tiene todavía una hipoteca.
Era menuda, llevaba el pelo oscuro recogido en un moño que nunca estaba del todo hecho y tenía una relación con los ordenadores que Inés solo podía describir como íntima.
Sandra no usaba los ordenadores, los habitaba.
Sabía cosas de sistemas y redes que Inés prefería no preguntar en detalle porque tenía la sospecha de que algunas rozaban territorios legalmente grises.
—Apaga la vela antes de que salte el detector de humos —dijo Sandra—. El mes pasado lo activé con una tostada y bajamos todos al parking en pijama de reunión.
Inés se acercó a la mesa, dejó el café, sopló la velita y cogió la bolsa de espaguetis. La abrió. Se metió tres en la boca.
—Bien —dijo, masticando—. El día mejora.
La reunión de las diez era con un cliente nuevo, una empresa de distribución logística en Toledo que llevaba seis meses intentando reducir los tiempos de entrega sin tocar la plantilla ni el presupuesto de transporte, que era básicamente pedirle a alguien que adelgace sin cambiar la dieta ni hacer ejercicio.
Inés conocía ese tipo de encargo. Lo había visto veinte veces.
Siempre había margen, siempre había algo que nadie había mirado bien, y siempre era en el sitio menos obvio.
Se había preparado la reunión el día anterior, tarde, con una copa de vino y los auriculares puestos, que era su método de trabajo en casa.
Tenía las diapositivas, el análisis preliminar de los datos que le habían mandado y tres preguntas clave que quería hacerle al director de operaciones antes de proponer nada.
La reunión era por videollamada. Se metió en la sala pequeña, la que tenía la planta en la esquina que Amaya regaba religiosamente cada lunes, conectó el portátil y esperó a que entraran los del otro lado.
Entraron con cuatro minutos de retraso, lo que Inés anotó mentalmente no como crítica sino como dato. La gente que llega tarde a las reuniones que ellos mismos convocan suele tener un problema de gestión del tiempo que va mucho más arriba de lo que creen.
La reunión duró una hora y diez minutos.
El director de operaciones se llamaba Rodrigo, tenía acento castellano cerrado y la costumbre de responder las preguntas con otra pregunta, lo que alargaba todo el doble.
Pero era inteligente y escuchaba de verdad, que era más de lo que se podía decir de la mitad de los directivos con los que Inés había trabajado.
Al final de la llamada tenía suficiente información para empezar a construir un diagnóstico real.
También tenía la certeza de que el problema principal no estaba en la logística sino en la comunicación entre departamentos, que era casi siempre donde estaba el problema aunque nadie quisiera oírlo porque era más fácil culpar a los camiones que a las reuniones.
Cerró el portátil, recogió sus cosas y salió de la sala con la cabeza ya organizando el esquema del informe.
Y entonces, durante aproximadamente cuatro segundos, mientras cruzaba la zona de trabajo hacia su mesa, lo recordó.
La taza. El hombre. La voz.
“Si alguien descubre lo que hicimos, estamos perdidos.”
Se paró en mitad del pasillo.
Una compañera de otro equipo le preguntó si estaba bien con una mirada de reojo e Inés dijo que sí, que estaba pensando, y siguió caminando. Pero el corazón le había dado un vuelco que no tenía nada que ver con el café de la mañana.
¿Había sido real? ¿En qué sentido podía ser real algo así? No era normal. No era nada que pudiera meter en una categoría conocida y cerrar con etiqueta. Y sin embargo ahí estaba, ocupando espacio en su cabeza con la misma solidez que una reunión o una fecha de entrega.
El estrés, se dijo. La gente hace cosas raras con el estrés. El cerebro fabrica cosas. Es un mecanismo de defensa. Lo he leído en algún sitio.
Lo había leído en algún sitio, sí. Aunque en ese momento no recordaba dónde ni exactamente qué decía.
Se sentó en su silla, se sirvió agua del termo que tenía en la mesa y se puso a trabajar.
Tenía el informe de Rodrigo que empezar, tres correos que no podían esperar más y una propuesta de mejora para otro cliente que llevaba dos días mirándola desde la carpeta de pendientes con una paciencia que no se merecía.
Cuando Amaya apareció junto a su mesa con dos tazas de café y esa expresión que significaba “necesito contarte algo o explotar”, Inés ni siquiera había notado que había pasado la mañana.
—Sala de descanso —dijo Amaya—. Cinco minutos.
La sala de descanso era una habitación rectangular con una nevera, una cafetera, un microondas que olía permanentemente a curry desde un episodio de hacía tres meses que nadie había investigado oficialmente, una mesa con seis sillas y un ventanuco que daba a un patio interior.
El único espacio de la oficina donde las conversaciones no eran de trabajo, por acuerdo tácito y universal.
Amaya ya había puesto las tazas en la mesa cuando llegaron Víctor y Sandra, que se habían sumado por el camino con la energía de quien detecta que hay cotilleo disponible.
—¿Qué pasa? —preguntó Víctor, abriendo la nevera y sacando un táper.
—Nada todavía —dijo Amaya—. Primero: feliz cumpleaños otra vez, Inés, porque esta mañana no he podido decirte lo que quería decirte.
—Ya me has mandado el meme del perro.
—El meme era logístico. Esto es otra cosa. —Amaya rodeó la taza con las dos manos y la miró con esa intensidad particular suya que Inés conocía desde segundo de carrera—. Anoche soñé contigo.
—Me lo dijiste por mensaje.
—Sí, pero no te dije qué soñé. —Pausa dramática. Amaya era muy de pausas dramáticas—. Soñé que encontrabas algo. No sé qué era, era de esas cosas de los sueños que no tienen forma concreta, pero era algo que no esperabas y que lo cambiaba todo. Y había luz alrededor de tus manos.
Silencio.
Víctor masticó algo de su táper.
—Qué fuerte —dijo Sandra, con el tono neutro de quien no sabe si tomárselo en serio o no y opta por el punto medio.
Inés notó algo raro en el estómago. No exactamente miedo. Más bien el tipo de incomodidad que produce cuando algo que no debería tener sentido roza demasiado cerca de algo real. Luz alrededor de sus manos. Esta mañana había tocado una taza y había visto cosas que no podía haber visto.
Coincidencia, se dijo con firmeza. Una coincidencia.
—Amaya —dijo, con toda la normalidad que pudo reunir—, sueñas cosas raras constantemente.
—Sí, pero esta era diferente. Las que son diferentes las noto aquí. —Se señaló el esternón.
—Eso es el esternón.
—Es el chakra del corazón, que está en el esternón, y no te rías que ya sé que te estás riendo por dentro.
Inés no se estaba riendo. Eso era lo raro.
Abrió la boca para decir algo, cualquier comentario irónico que devolviera la conversación a territorio conocido, cuando la puerta de la sala se abrió y entró José.