La memoria de las cosas Capítulo 1 — Treinta y ocho
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La memoria de las cosas

La memoria de las cosas

Por Elena De la Torre

© inepub.com

Capítulo 1 — Treinta y ocho

Inés llegó tarde a su propio cumpleaños.

No al de la noche, ese era en casa de Amaya y todavía faltaban horas. Llegó tarde al martes. Al día en general. Al trabajo, concretamente, que era donde se suponía que tenía que estar a las nueve y ya eran las nueve y cuarto cuando salió del metro con el pelo todavía húmedo y el café pendiente.

Treinta y ocho años. Consultora de productividad senior con una taza de café sin tomar y quince minutos de retraso. Había algo poético en eso, aunque seguramente la poesía no era la palabra que usaría su jefe si se lo cruzaba en el ascensor.

El caso es que Inés era buena en su trabajo.

Muy buena, de hecho. Entraba en empresas que funcionaban como un cajón de calcetines desparejados y en tres meses los convertía en algo que al menos parecía un sistema.

Sabía identificar cuellos de botella, rediseñar flujos, convencer a directivos de cincuenta años de que había vida más allá del Excel mal hecho.

Sus clientes la adoraban. Sus presentaciones eran impecables.

Sus informes llegaban siempre antes de la fecha límite.

Su vida personal, en cambio, era el cajón de los calcetines.

No de forma dramática. No había tragedia ni crisis existencial ni nada que justificara una temporada en Netflix.

Era más bien un caos tranquilo, casi doméstico, el tipo de desorden que se instala en silencio mientras tú estás ocupada siendo eficiente para otros.

El piso tenía tres pilas de ropa que llevaban semanas esperando decisiones.

La nevera solía contener ingredientes para recetas que nunca terminaba de hacer.

Llegaba tarde casi siempre, no por descuido sino porque calculaba mal los márgenes, que era irónico en alguien que vivía de los márgenes.

Treinta y ocho. Ni joven ni mayor. En ese territorio intermedio donde se supone que ya tienes la vida resuelta y resulta que la vida no leyó el memo.

El móvil vibró mientras bajaba las escaleras del metro.

Era su madre. Un audio. Inés miró la duración: tres minutos y cuarenta segundos. Lo guardó para después con la misma energía con la que se guardan las facturas que dan miedo y siguió caminando.

Había un mensaje de texto de su padre que decía simplemente “Felicidades cariño” con un punto al final, que era exactamente su padre en cinco palabras.

Y luego estaba Amaya, claro, que le había mandado un meme a las ocho de la mañana con un perro con cara de resignación absoluta y el texto: “Bienvenida al club de los que ya no son treintañeras pero tampoco cuarentones. Tierra de nadie. Que Dios te ampare.”

Inés se rio sola en la calle, lo que le valió una mirada de un señor que paseaba a un perro salchicha.

Amaya llevaba desde la universidad así. Se habían conocido en segundo de carrera, en una cola de matrícula donde Inés había llegado tarde, naturalmente, y Amaya le había guardado el sitio sin que nadie se lo pidiera porque, según ella, había visto en su cara que lo necesitaba.

Amaya era así: hacía cosas que no tenían explicación lógica y luego las explicaba con una seguridad pasmosa.

Creía en el tarot, en los cristales, en que la luna llena afectaba al humor, en que ciertos lugares tenían energía y cierta gente también.

Inés no creía en nada de eso, pero escuchaba porque Amaya tenía una forma de contarlo que hacía que todo sonara razonable durante los cinco minutos que duraba la conversación.

Eran completamente distintas y llevaban quince años siendo lo más parecido a hermanas que tenía ninguna de las dos.

“Luego te cuento lo del sueño que tuve contigo”, había añadido Amaya en un segundo mensaje.

Inés escribió: “Si aparece un hombre misterioso te debo una cena” y guardó el móvil.

La cafetería se llamaba Origen y estaba pegada al edificio, literalmente, como si el arquitecto hubiera previsto que gente como ella necesitaría cafeína antes de cruzar el umbral.

Era un local pequeño, de esos que huelen bien desde la calle, con cuatro mesas, una barra larga y un chico detrás que se llamaba Pablo y que desde hacía dos meses sabía su pedido sin que ella abriera la boca.

Inés empujó la puerta y el olor a tostada y café recién hecho hizo exactamente lo que se supone que tiene que hacer: convencerla de que el día podía salvarse.

—Lo de siempre —dijo de todas formas, por costumbre.

Pablo ya estaba girándose hacia la máquina.

Había dos personas en las mesas, un hombre con auriculares que tecleaba con urgencia de deadline y una chica joven que miraba el móvil con la expresión de quien no ha dormido bien.

Inés se apoyó en la barra y aprovechó para responder tres mensajes de trabajo que no podían esperar: uno de un cliente en Valencia que tenía una reunión a las diez y necesitaba que le confirmara el orden del día, y dos internos de compañeros que básicamente le preguntaban lo mismo con distinta redacción.

Los respondió en paralelo mientras Pablo terminaba con el café.

—Cuatro con veinte.

Inés buscó el móvil para pagar. Fue en ese momento, mientras alargaba el brazo hacia el datáfono, cuando la vio.

La taza estaba al final de la barra, apartada, como olvidada entre el expositor de magdalenas y el servilletero. Era completamente normal, blanca con una línea azul en el borde, de las que hay en miles de cafeterías. No tenía nada que la distinguiera de cualquier otra taza del local.

Y sin embargo Inés no podía dejar de mirarla.

No fue una decisión. Fue antes que eso. Como cuando pisas un charco antes de verlo, cuando el pie ya está mojado y el cerebro todavía está procesando lo que pasó.

Una especie de tirón suave, casi imperceptible, como una palabra en la punta de la lengua o la certeza de haber olvidado algo importante sin saber el qué.

Qué raro, pensó con la parte de su cerebro que todavía funcionaba con normalidad. Es una taza.

Pagó. Cogió el vaso. Y aun así no se fue.

Se quedó un momento más de lo necesario, mirando esa taza blanca con la línea azul, sin entender por qué, sintiéndose levemente ridícula.

A su lado Pablo atendía a otro cliente. El hombre de los auriculares seguía tecleando.

El mundo seguía girando con total indiferencia hacia lo que le estaba pasando a ella, que era nada, probablemente.

Un momento raro. El cansancio. Los treinta y ocho años manifestándose de formas creativas.

Alargó la mano y la tocó.

Fue menos de un segundo.

Y en ese menos de un segundo el mundo desapareció.

No del todo. No como un desmayo. Fue más como si alguien hubiera superpuesto una imagen encima de la realidad, nítida e imposible de ignorar al mismo tiempo.

Un hombre de unos cincuenta años, pelo entrecano peinado hacia atrás, traje oscuro, sostenía esa misma taza con la línea azul en la mano derecha.

Estaba de pie en algún lugar con poca luz, una sala quizás, con ventanas altas y persianas a medio bajar.

No estaba solo pero Inés no podía ver a la otra persona, solo intuirla, una presencia fuera de lo que era capaz de percibir.

El hombre miraba hacia ese lado, hacia esa presencia invisible, y su expresión no era la de alguien que estaba teniendo una conversación agradable.

Y decía esto, con una voz baja y muy seria:

“Si alguien descubre lo que hicimos, estamos perdidos. Los dos.”

Luego nada.

La cafetería. El ruido de la máquina de vapor. El olor a café. Pablo mirándola con una expresión levemente preocupada desde detrás de la barra.

—¿Está bien?

Inés retiró la mano despacio. Miró la taza. Miró a Pablo. Miró la taza otra vez, como si fuera a darle alguna explicación, como si los objetos inanimados tuvieran la costumbre de aclarar lo que acababa de pasar.

La taza no dijo nada. Era una taza.

—Sí —dijo Inés—. Perfectamente.

Cogió su café, cruzó el local en cinco pasos que intentaron parecer normales y salió a la calle con el corazón a ciento veinte pulsaciones y la absoluta certeza de que algo acababa de pasarle que no tenía ninguna explicación racional.

El aire de la mañana le dio en la cara. La gente pasaba. Un autobús frenó ruidosamente en la parada de enfrente.

Se quedó parada en la acera durante tres segundos completos antes de que su cerebro retomara el control y le dijera que tenía que subir al trabajo, que llegaba tarde, que tenía una reunión a las diez, que era su cumpleaños y que lo que acababa de pasar probablemente tenía una explicación perfectamente razonable que se le ocurriría en cuanto tomara el café.

Cruzó la puerta del edificio.

En el ascensor, sola, miró su mano derecha. Los dedos que habían tocado la taza. Completamente normales. Sin nada que ver.

“Si alguien descubre lo que hicimos, estamos perdidos.”

Las puertas del ascensor se abrieron en la cuarta planta.

Treinta y ocho años. Feliz cumpleaños, Inés.