La Médium XXIV. Las voces del reino olvidado #5
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XXIV. Las voces del reino olvidado #5

—La diferencia es que yo al menos estoy construyendo algo.

Se puso de pie. Lentamente. Con la elegancia de una reina. Pero cuando avanzó unos pasos, Alaric sintió un escalofrío.

Porque por primera vez aquella elegancia parecía una máscara. Y debajo de ella comenzaba a asomar algo más. Algo que llevaba décadas oculto. Eleonora se volvió hacia él.

Y por primera vez en veinte años… No lo miró como a un esposo. Ni como a un aliado. Ni siquiera como a un rey.

Lo miró como a una pieza del tablero. Y aquello le dolió más que cualquier acusación de Aeron.

—Alaric.

Su voz fue suave. Casi cariñosa.

—No escuches a un hombre consumido por el resentimiento.

Pero ya era tarde. Porque el rey seguía viendo aquella aparición imposible. Seguía viendo la luz azul de Aeron.

Seguía viendo a dos personas que parecían conocer verdades que él jamás había imaginado.

Y por primera vez desde que conoció a Eleonora… Se hizo una pregunta que nunca había tenido el valor de formular.

—¿Quién eres realmente?

La sonrisa de Eleonora desapareció por completo. Y durante unos segundos… Nadie respondió. Ian entró primero.

Agitado. Empapado por la lluvia. Con el rostro desencajado.

—¡La reina ha desaparecido!

Todos giraron hacia él.

—La habitación estaba cerrada.

Los guardias no habían visto salir a nadie. Su respiración era irregular.

—Simplemente desapareció.

Entonces vio el resplandor azul rodeando a Aeron. Vio la presencia de Eleonora. Y el color abandonó su rostro. Porque recordó.

Las historias. Las leyendas. Las profecías antiguas. Las mismas que siempre había considerado cuentos para asustar niños.

—Las profecías… —susurró—. Eran ciertas.

Detrás de él aparecieron Agatha y Astrid. Habían seguido a Ian. Confundidas. Buscando respuestas.

Y fue entonces cuando todo terminó de romperse. Eleonora sonrió. Porque llevaba esperando ese momento mucho tiempo. Y no desperdició la oportunidad.

Miró directamente a Agatha. Luego a Astrid. Y finalmente a Aeron.

—¿Aún no se los has dicho?

El silencio cayó sobre la habitación.

—¿Dicho qué? —preguntó Astrid.

Eleonora parecía divertida. Como si estuviera observando una obra de teatro.

—Quién es realmente.

Los ojos de Agatha se movieron hacia Aeron. Y por primera vez dudó. Eleonora dio un paso al frente.

—El gran líder de los desterrados.

Una pausa.

—El hombre que se escondió detrás de otro nombre.

Otra pausa.

—Lucien.

El golpe alcanzó primero a Agatha. Porque no era solo una mentira. Eran todas las mentiras. La taberna.

Las noches. Las conversaciones. Los besos. Todo.

Astrid también se quedó inmóvil. Ian observó a Aeron sin comprender. Y Alaric vio exactamente lo que Eleonora estaba haciendo. Estaba destruyendo la confianza.

Separándolos. Rompiéndolos. Preparando el terreno. Entonces Aeron comprendió algo.

No por lo que decía Eleonora. Por lo que vio. Vio cómo observaba a Astrid. Vio cómo observaba a Agatha.

Vio la emoción contenida en su mirada. Y de repente recordó a Mayara. Las advertencias. Los fragmentos que nunca encajaban.

La médium. El dolor. La pérdida. El sacrificio.

Todo encajó con una claridad aterradora.

Eleonora nunca había planeado sacrificar a Agatha.

Había planeado sacrificar a Astrid. Ninguna herida sería más profunda.

Ninguna pérdida más devastadora. Ninguna muerte más perfecta para romper los sellos de la Médium.

Y cuando ocurriera, Eleonora estaría preparada: controlaría el momento, el despertar y a Agatha.

Aeron comprendió algo peor. Ya era demasiado tarde; la partida ya había comenzado.

Si no podía impedir el sacrificio, solo le quedaba arrebatarle a Eleonora el control del momento.

Una sola jugada. Horrible. Imperdonable.

Pero una ventaja seguía siendo una ventaja, aunque durara apenas unos segundos y le costara el alma.

Los ojos grises de Aeron se encontraron con los de Astrid.

Ella no entendía. Nadie entendía. Excepto Eleonora. Y por primera vez…

La sonrisa de Eleonora desapareció. Porque ella también comprendió. Demasiado tarde.

—No —susurró. Apenas una palabra. Pero Aeron ya se movía. Como un relámpago.

Como una sombra. Como alguien que había tomado la decisión antes de permitirse sentirla. Nadie reaccionó a tiempo. Ni Ian.

Ni Alaric. Ni Agatha. La hoja atravesó a Astrid. Y durante un segundo…

El mundo entero quedó en silencio. Porque incluso antes de que la sangre tocara el suelo… Eleonora gritó. Y ese grito le dijo a Aeron que tenía razón.

El grito de Eleonora atravesó la habitación. No fue elegante. No fue calculado. No fue la voz de una reina.

Fue un grito de auténtico horror.

Y en ese instante todos comprendieron que algo acababa de salir terriblemente mal.

Astrid bajó la mirada. Como si no comprendiera lo que veía. La espada atravesaba su pecho. La sangre comenzaba a extenderse lentamente sobre su vestido.

Rojo. Demasiado rojo.

—¿…Aeron?

Su voz fue apenas un susurro. Aeron sintió que algo se rompía dentro de él. Porque Astrid no lo miraba con odio. Ni con rabia.

Lo miraba con confusión. Como alguien incapaz de entender por qué le habían hecho daño. Y eso era peor. Mucho peor.

—Perdóname.

Fue lo único que consiguió decir. Entonces retiró la espada. Astrid cayó. Y el mundo explotó.

—¡ASTRID!

El grito de Agatha sacudió la sala. Se lanzó hacia ella. La sostuvo antes de que golpeara el suelo. La sangre cubrió inmediatamente sus manos.

Sus brazos. Su ropa.

—No.

Negó una vez. Y otra. Y otra más.

—No.

Como si repitiéndolo pudiera convertir aquello en una mentira. Alaric cayó de rodillas junto a ellas. Su hija. Su pequeña.

La niña que había enseñado a caminar. La que corría por los jardines persiguiendo mariposas. La que siempre sonreía primero. La que siempre intentaba unir a la familia cuando todos discutían.

Su hija. Y se estaba muriendo.

—¡Médicos!

La voz del rey retumbó por la habitación.

—¡MÉDICOS!

Pero incluso mientras gritaba… Sabía. Sabía que era inútil. Porque veía la herida.

Veía la cantidad de sangre. Veía cómo la vida abandonaba lentamente los ojos de Astrid. Ian permaneció inmóvil. Incapaz de procesar lo ocurrido.

Miraba a Aeron. Luego a Astrid. Luego a Agatha. Como si su mente se negara a aceptar aquella realidad.

Y entonces escuchó algo. Un sonido. Suave. Peligroso.

Como cristal rompiéndose. Todos lo escucharon. Eleonora fue la primera en levantar la vista. Y por primera vez…

Parecía aterrada. Verdaderamente aterrada. Porque no miraba a Astrid. Miraba a Agatha.

—No… —susurró.

—No así.

Las manos de Agatha temblaban. La sangre de Astrid cubría sus dedos. Su respiración era irregular. Desesperada.

Rota.

—Astrid…

Las lágrimas caían sin control.

—Astrid mírame.

Astrid intentó hacerlo. Intentó sonreír. Como había hecho toda la vida. Pero apenas tuvo fuerzas.

—Agatha…

La voz salió débil. Lejana.

—No es…

Tosió sangre.

—No es tu culpa…

Agatha sintió que algo se desgarraba dentro de ella. Porque sabía. Sabía que eran las últimas palabras. Y no estaba preparada.

Nunca estaría preparada. Entonces Astrid exhaló. Una última vez. Y el mundo se detuvo.

Durante un segundo. Dos. Tres. Silencio absoluto.

Luego llegó la magia. No como una explosión. No al principio. Sino como un latido.

Uno solo. Profundo. Antiguo. Tan antiguo que parecía provenir del nacimiento del mundo.

Las ventanas estallaron. Los muros temblaron. El suelo se agrietó bajo sus pies. Y los ojos de Agatha comenzaron a brillar.

No azules. No dorados. Algo mucho peor. Algo imposible.

Algo que ningún ser humano debía poseer. Eleonora cerró los ojos. Porque acababa de ocurrir. Veinte años.

Veinte años de planes. De sacrificios. De mentiras. De espera.

Y finalmente… La Médium había despertado.

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