EPÍLOGO — El último sacrificio
EPÍLOGO
El último sacrificio
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Astrid estaba muerta.
Y el mundo lo sabía. Agatha también. Lo sintió. No como una idea.
No como una comprensión. Como una herida.
Como si alguien hubiera abierto su pecho y arrancado algo que jamás volvería a existir.
Astrid. Su hermana. La única persona que siempre había permanecido. La única que nunca la había abandonado.
La única que había seguido viéndola como Agatha cuando todos los demás comenzaron a verla como un símbolo.
Una profecía. Una Arcana. Una esperanza. Astrid solo veía a su hermana.
Y ahora estaba fría. Inmóvil. Muerta. Agatha la sostuvo entre sus brazos.
Y algo dentro de ella se quebró. No una vez. Miles. Miles de veces.
Al mismo tiempo. Recordó la guerra. Los cadáveres. Los pueblos arrasados.
Las personas que había prometido proteger. Recordó el miedo. La sangre. La soledad.
Recordó cada momento en que había intentado ser suficiente. Y nunca lo había sido. Después recordó a Lucien. O al hombre que creyó que era Lucien.
La taberna. Las noches. Las risas. La paz.
Aquellos momentos donde por primera vez había sentido que podía bajar la guardia.
Que podía ser simplemente una mujer. No una heroína. No una Arcana. No una pieza en los planes de nadie.
Solo Agatha. Y todo había sido una mentira. Otro disfraz. Otro secreto.
Otra manipulación. Otra persona utilizándola para alcanzar un objetivo. El dolor siguió creciendo. Imparable.
Y entonces llegaron las humillaciones. Todas. Las miradas. Los juicios.
Las expectativas. Las veces que la compararon. Las veces que no fue suficiente. Las veces que intentó hacer lo correcto y terminó destruyendo algo.
Las veces que falló. Las veces que perdió. Todo. Veinte años de dolor comprimidos en un único instante.
Y el poder respondió. Porque el dolor era la llave. Siempre lo había sido. El castillo comenzó a temblar.
Los muros se agrietaron. Las torres se partieron. El suelo rugió bajo los pies de todos. Las ventanas explotaron en miles de fragmentos.
Los vitrales se hicieron polvo. Los candelabros cayeron desde los techos. Y sobre Arcadia el cielo comenzó a abrirse. Literalmente.
El velo se desgarró. Primero como una fisura. Después como una herida. Y finalmente como una boca inmensa atravesando el firmamento.
La oscuridad del otro mundo comenzó a filtrarse. Antigua. Infinita. Hambrienta.
Eleonora observó el espectáculo. Y por primera vez en décadas… No parecía una reina. Parecía una creyente viendo cumplirse una profecía.
Las lágrimas descendían por sus mejillas. No de tristeza. De triunfo.
—Por fin… —susurró.
—Por fin.
Pero incluso ella comprendió demasiado tarde que algo estaba mal. Porque Agatha no estaba escuchándola. No estaba obedeciéndola. No estaba siguiendo ningún plan.
Agatha estaba sufriendo. Y el sufrimiento no podía controlarse. La magia comenzó a consumir todo. Las murallas.
Los jardines. Las calles. Los bosques alrededor de Arcadia. Personas corrían.
Gritaban. Rezaban. Y Alaric lo vio. Vio a su pueblo.
A la gente que había jurado proteger. A los niños. A las familias. A los inocentes.
Después vio a Agatha. Su hija. La pequeña que había cargado en brazos. La niña que había aprendido a montar caballo en aquellos mismos jardines.
La joven que había intentado salvar a todos incluso cuando nadie podía salvarla a ella.
Su hija. Y comprendió la verdad: no podía salvar a Agatha y al reino al mismo tiempo. La espada pesó más que nunca. Sus manos temblaron.
Y por primera vez en toda su vida… El rey lloró. No como monarca. Como padre.
—Perdóname.
La palabra apenas salió de sus labios. Agatha ni siquiera lo escuchó. Seguía atrapada dentro de su propio dolor. Dentro de aquel océano interminable de pérdida.
Entonces Alaric avanzó. Una vez. Dos. Tres pasos.
Y atravesó el pecho de su hija. El tiempo pareció detenerse. El poder explotó. Una onda de choque sacudió Arcadia.
El cielo rugió. La magia gritó. Y Agatha abrió los ojos. Durante apenas un instante.
Lo miró. Lo reconoció. Y sonrió. Una sonrisa rota.
Llena de lágrimas. Llena de amor. Como si comprendiera.
Como si finalmente entendiera el peso que acababa de colocar sobre sus hombros.
Entonces cayó. Y el mundo quedó en silencio. Eleonora observó la escena. Inmóvil.
Incapaz de comprenderla. Porque había imaginado miles de futuros. Miles. Pero jamás aquel.
Jamás imaginó que Alaric elegiría el reino. Jamás imaginó que atravesaría a su propia hija. Y por primera vez desde que llegó a Arcadia… Eleonora sintió miedo.
Un miedo auténtico. Porque el tablero acababa de romperse. Entonces una luz azul cruzó la sala. Un relámpago.
Un destello. Aeron. La magia lo envolvía completamente ahora. Más brillante.
Más poderosa. Más antigua. Nadie tuvo tiempo de reaccionar. Nadie.
Ni siquiera Eleonora. Él llegó junto al cuerpo de Agatha. La tomó entre sus brazos. Moribunda.
Inconsciente. Con la espada todavía atravesándola. Y por un instante sus ojos se encontraron con los de Alaric. Ninguno habló.
No hacía falta. Ambos comprendían el precio. Ambos comprendían la pérdida. Ambos comprendían que el mundo acababa de cambiar para siempre.
Entonces el velo terminó de abrirse. Y Aeron saltó. Hacia la grieta. Hacia la oscuridad.
Hacia el mundo que existía al otro lado. Eleonora gritó. Intentó alcanzarlos. Demasiado tarde.
La abertura comenzó a cerrarse. La luz desapareció. Y Aeron desapareció con ella. Llevándose a Agatha.
Llevándose a la Médium. Llevándose la última esperanza del mundo. El silencio cayó sobre las ruinas de Arcadia. Y mientras el velo terminaba de cerrarse…
Alaric cayó de rodillas junto al cuerpo de Astrid. Solo. Rey de un reino salvado. Padre de dos hijas perdidas.
Y en algún lugar, más allá del velo… La verdadera historia acababa de comenzar.
FIN DEL LIbrO I
ALESSANDRA EIKO