La Médium XXIV. Las voces del reino olvidado #4
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XXIV. Las voces del reino olvidado #4

Pensó en los relatos de Mayara. En las obsesiones. En las ambiciones que habían nacido mucho antes de Arcadia.

—Fue una herramienta.

Alaric sintió un frío extraño recorrerle el cuerpo.

—¿Una herramienta para qué?

—Para esperar.

La respuesta llegó inmediata.

—Esperar a la médium.

El nombre no fue pronunciado. No hizo falta. Ambos sabían de quién hablaba. Agatha.

—Todo gira alrededor de ella.

Aeron avanzó hasta la mesa.

—Los desterrados.

Las guerras. Los secretos. Los sacrificios. Su voz perdió parte de su calma.

—Mayara.

El nombre pesó en el aire.

—Todo.

Alaric apartó la mirada. Porque comenzaba a ver una imagen que no quería aceptar. Una imagen donde demasiadas piezas encajaban.

—No.

La palabra salió débil. Casi como una súplica.

—No puede ser tan simple.

—No lo es —respondió Aeron.

—Porque nunca se trató de poder.

El rey levantó la vista.

—Se trató de obsesión.

Silencio.

—Eleonora cree que está salvando el mundo.

Y aquella frase resultó mucho más aterradora que cualquier otra acusación. Porque los monstruos sabían que eran monstruos. Los fanáticos no.

—Ella cree que todo sacrificio está justificado.

Aeron recordó a Mayara. Recordó su cuerpo abandonado en aquella torre.

—Incluso los que jamás eligieron ser sacrificados.

Durante largos segundos ninguno habló. Hasta que Aeron pronunció las palabras que llevaba años esperando decir.

—Esto no es contra Arcadia, mi rey.

Su voz fue firme. Honesta.

—Arcadia es una víctima más de sus manipulaciones.

Alaric cerró los ojos. Y por primera vez el cansancio pareció vencerlo.

—Entonces decidme…

Su voz apenas fue un susurro.

—¿Cómo la detengo?

Aeron permaneció en silencio unos instantes. Porque aquella era la pregunta correcta. La única que importaba.

—No podéis hacerlo solo.

Alaric abrió los ojos.

—¿Qué queréis decir?

Aeron pensó en dos rostros. Dos mujeres que Eleonora había criado. Dos mujeres que aún representaban lo único capaz de alcanzarla.

—Porque todavía hay algo que le importa más que sus planes.

El rey aguardó.

—Vos.

La palabra cayó primero.

—Y sus hijas.

Por primera vez desde que comenzó la reunión… El miedo apareció en los ojos de Alaric. Porque comprendió exactamente lo que Aeron estaba diciendo.

Y porque, en el fondo, ya empezaba a temer que fuera verdad. El cambio fue inmediato. Tan rápido que Aeron apenas tuvo tiempo de reaccionar. El sonido metálico atravesó la habitación.

La espada abandonó la vaina en un único movimiento. Brillante. Precisa. Furiosa.

Un instante después la punta descansaba contra el cuello de Aeron. El despacho quedó en silencio.

El capitán de la guardia junto a la puerta dio un paso adelante.

Pero Alaric levantó una mano. No apartó la espada. No apartó la mirada.

Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, Aeron no vio a un rey cansado.

Vio al hombre que había conquistado Arcadia. Al guerrero. Al padre.

—Ni se os ocurra.

La voz de Alaric fue baja. Peligrosamente baja.

—No pronunciéis sus nombres de esa manera.

La hoja presionó apenas contra la piel de Aeron. Lo suficiente para hacer aparecer una fina línea roja.

—Ya han sufrido suficiente.

La furia comenzaba a abrirse paso bajo años de autocontrol.

—Mis hijas no son piezas de vuestro juego.

Aeron no se movió. Ni siquiera intentó apartar la espada.

—No lo son.

—¡Entonces dejadlas fuera de esto!

La explosión hizo temblar la habitación.

—Han sobrevivido a una guerra.

Han enterrado amigos. Han sangrado por este reino. La mano que sostenía la espada tembló apenas.

—Y no permitiré que nadie vuelva a utilizarlas.

La lluvia rugía detrás de los cristales.

—Ni Eleonora.

La hoja avanzó una fracción más.

—Ni vos.

Silencio.

—Si os acercáis a ellas.

La voz de Alaric volvió a descender. Más fría. Más peligrosa.

—Si intentáis arrastrarlas a otra guerra.

Sus ojos brillaban de rabia.

—Os juro que yo mismo os atravesaré con esta espada.

Aeron sostuvo aquella mirada. Y por primera vez comprendió algo que nunca había considerado. Alaric no estaba defendiendo a Eleonora. Ni siquiera estaba defendiendo el trono.

Estaba defendiendo a sus hijas. Porque mientras todos discutían sobre reyes, exilios y conspiraciones… Astrid y Agatha seguían siendo simplemente sus niñas.

—Y os enviaré de regreso al agujero del que hayáis salido.

El silencio volvió a llenar el despacho. Lento. Pesado. Entonces Aeron habló.

Y lo hizo con una calma que resultó casi dolorosa.

—Ese es exactamente el problema.

Alaric no bajó la espada.

—¿Qué?

—Que seguís viéndolas como niñas.

La mandíbula del rey se tensó.

—Y mientras vos intentáis protegerlas…

Aeron pensó en Agatha. En la torre. En la guerra. En Mayara.

—Eleonora lleva veinte años utilizándolas.

Aquella vez fue Alaric quien guardó silencio. Porque la espada seguía apuntando al cuello de Aeron. Pero la duda… La duda acababa de encontrar un nuevo lugar donde clavarse.

Alaric apretó con más fuerza la empuñadura.

—Basta.

Su paciencia comenzaba a agotarse.

—Llevo toda la mañana escuchando historias.

Profecías. Conspiraciones. La punta de la hoja volvió a elevarse.

—Y todavía no habéis presentado una sola prueba que justifique poner en peligro a mi familia.

Aeron permaneció inmóvil. Por primera vez pareció cansado. Verdaderamente cansado.

—Porque no existen palabras capaces de convenceros.

El rey frunció el ceño.

—¿Y qué significa eso?

Aeron sostuvo su mirada. Durante un largo instante ninguno se movió. La lluvia continuaba golpeando los ventanales. El fuego crepitaba en la chimenea.

Y entonces Aeron habló.

—Todo esto se trata de magia, mi rey.

Alaric sintió un escalofrío. Aquella palabra llevaba décadas persiguiendo Arcadia. Décadas apareciendo en susurros. En leyendas.

En historias que la mayoría consideraba cuentos.

—Y solo la magia podrá convenceros.

Por un instante no ocurrió nada. Después… La luz apareció. Primero fue apenas un resplandor.

Una débil luminiscencia azul que comenzó a extenderse bajo la piel de Aeron.

Como si sus venas contuvieran estrellas. Alaric dio un paso atrás. La espada descendió apenas. Involuntariamente.

El brillo creció. Más intenso. Más puro. Hasta envolver completamente al líder de los desterrados.

El despacho se llenó de reflejos azulados. Las sombras retrocedieron. La lluvia pareció desaparecer. Y durante un segundo Alaric dejó de ver a un hombre.

Vio una leyenda. Una de aquellas historias antiguas que escuchaba de niño. Los relatos que todos creían olvidados. Los relatos sobre el Pueblo Antiguo.

Sobre los primeros guardianes. Sobre los seres tocados por la magia. La espada escapó de sus dedos. El acero golpeó el suelo con un estruendo seco.

Alaric ni siquiera se dio cuenta. No podía apartar la vista. Aeron avanzó lentamente. Sin amenaza.

Sin agresividad. Y aun así el rey sintió miedo. Un miedo antiguo. Primitivo.

El miedo de encontrarse frente a algo que no comprendía. Aeron levantó una mano. Alaric retrocedió instintivamente. Su orgullo le impedía mostrarlo.

Pero el temor seguía allí. Entonces ocurrió. Una risa. Suave.

Elegante. Cruel. Una risa que conocía mejor que cualquier otra. Alaric se quedó inmóvil.

No. Era imposible. Giró lentamente. Y el aire pareció abandonar sus pulmones.

Al otro lado del despacho estaba Eleonora, sentada en una de las sillas. La postura impecable. La misma elegancia que lo había cautivado décadas atrás. La misma belleza serena. La misma sonrisa. Pero algo era diferente. Porque por primera vez Alaric no vio a la reina. Vio a una desconocida.

—Debo admitirlo.

La voz de Eleonora resonó por el despacho. Lenta. Divertida.

—Siempre imaginé este momento de forma distinta.

Sus ojos se posaron sobre Aeron. Y la sonrisa se amplió.

—Aunque debo reconocer que has tardado menos de lo que esperaba en arruinar mis planes.

Aeron no se movió. El brillo azul seguía rodeándolo. Pero ahora ya no iluminaba la habitación. Porque toda la atención de Alaric estaba puesta en ella.

En Eleonora. O en lo que acababa de ver. Porque las puertas nunca se habían abierto. Nadie había anunciado su llegada. No había escuchado pasos. Simplemente estaba allí, como si hubiera surgido de las sombras, como si las leyes que gobernaban al resto del mundo no se aplicaran a ella.

—¿Cómo…?

La voz del rey murió antes de terminar la pregunta. Eleonora sonrió. Aquella sonrisa que durante años había interpretado como ternura. Aquella sonrisa que tantas veces le había dado seguridad.

Ahora parecía otra cosa. Algo mucho más antiguo. Mucho más peligroso.

—¿Sorprendido?

Alaric no respondió. Porque sí. Lo estaba. Y lo odiaba.

Odiaba sentirse vulnerable. Odiaba no entender. Y sobre todo odiaba que ella lo supiera.

—Veinte años.

La voz de Eleonora resonó suavemente.

—Veinte años juntos y aun así sigues mirando la magia como si fuera un monstruo bajo la cama.

Aeron soltó una risa amarga.

—Porque eso es exactamente lo que siempre ha sido para ti.

Los ojos de Eleonora se desplazaron hacia él. Y durante una fracción de segundo toda la calidez desapareció. Solo quedó hielo.

—Mayara siempre decía que eras demasiado impulsivo.

La mandíbula de Aeron se tensó.

—No pronuncies su nombre.

—¿Por qué? —preguntó Eleonora con una calma insoportable.

—¿Porque te recuerda que tuvo más valor que tú?

El aire pareció congelarse. Alaric observó a ambos. Y comprendió algo. No estaba viendo una disputa política.

Estaba viendo una guerra mucho más antigua. Una guerra que había comenzado mucho antes de los desterrados. Mucho antes de Arcadia. Mucho antes de él.

—Mayara entendió algo que tú jamás entenderás.

La voz de Aeron se volvió peligrosa.

—Que la gente no existe para cumplir tus sueños.

La sonrisa de Eleonora desapareció.

—Mis sueños salvarán este mundo.

—Tus sueños ya han matado demasiada gente.

Silencio. Por primera vez Alaric vio verdadera emoción en el rostro de Eleonora. No ira. No dolor.

Convicción. Pura. Absoluta. Como la de una creyente.

Como la de alguien incapaz de aceptar que pudiera estar equivocada.

—¿Y cuántos murieron para construir Arcadia? —preguntó ella.

—¿Cuántos murieron por tus ideales?

Aeron no respondió.