La Médium XXIV. Las voces del reino olvidado #3
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XXIV. Las voces del reino olvidado #3

Y ahora… Ahora la vigilaba. Cuando llegaron a los aposentos de la reina, Eleonora se detuvo. La lluvia golpeaba los ventanales.

El cielo comenzaba a oscurecerse.

—Debes sentirte incómodo.

Ian levantó la vista. Ella continuaba observando el jardín. Sin girarse.

—No entiendo.

Eleonora sonrió levemente.

—Claro que entiendes.

Finalmente se volvió hacia él.

—Te han ordenado vigilarme.

Ian sostuvo su mirada. Aquellos ojos siempre lo habían inquietado. Porque rara vez revelaban lo que realmente pensaba.

—Cumplo órdenes del rey.

—Siempre tan correcto.

La sonrisa de Eleonora se amplió apenas un poco. Y por alguna razón aquello resultó más inquietante que cualquier enfado.

—No te preocupes, Ian.

Su voz se suavizó.

—No tengo intención de huir.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Ian permaneció inmóvil. Algo no encajaba. No sabía qué era. Pero lo sentía.

Y aquella sensación no dejaba de crecer. Esa misma noche. Muy lejos del castillo. Aeron Valer observaba las murallas de Arcadia desde una colina.

Las luces brillaban a lo lejos. Como estrellas atrapadas entre la piedra. Mañana se reuniría con el rey. Había esperado aquel momento durante años.

Había imaginado aquella conversación cientos de veces. Y aun así no sentía satisfacción. Solo cansancio. Y una inquietud que no conseguía apartar.

Porque conocía a Eleonora.

Y si algo había aprendido de ella era que jamás permanecía inmóvil cuando perdía el control.

Jamás. El viento agitó su capa. Aeron cerró los ojos. Mayara estaba muerta.

La verdad comenzaba a salir a la luz. La corte empezaba a cuestionarla. Todo indicaba que finalmente estaban ganando. Y precisamente por eso…

Por primera vez en semanas… Sintió miedo. Porque las personas más peligrosas no son las que están derrotadas. Son las que saben que están a punto de perderlo todo.

La mañana llegó envuelta en niebla. Una capa espesa y gris cubría los campos que rodeaban Arcadia.

Desde las murallas apenas podían distinguirse los caminos que conducían a la ciudad.

Como si el propio reino se negara a mostrar con claridad lo que estaba por venir.

Aeron observó las torres desde la distancia. Había dormido poco. O quizá no había dormido nada. La reunión con Alaric ocuparía cada pensamiento aunque intentara evitarlo.

Durante años había imaginado aquel encuentro. Había ensayado discursos. Acusaciones. Verdades.

Ahora que finalmente iba a producirse, nada parecía suficiente. Porque ya no se trataba de derrotar a Eleonora.

Se trataba de convencer a un hombre de que la mujer que amaba podía haberle mentido durante veinte años.

Y no existía forma sencilla de hacerlo. Las puertas del castillo se abrieron lentamente. Los guardias permanecieron tensos. Observándolo.

Reconociéndolo. Por primera vez Aeron no avanzó oculto tras otro nombre. No era Lucien. No era un mercenario.

No era un viajero. Era Aeron Valer. Y toda Arcadia parecía saberlo. Los nobles que cruzaban los patios lo observaban de reojo.

Los sirvientes reducían la voz cuando pasaba. Algunos parecían decepcionados. Otros sorprendidos. Porque los monstruos suelen resultar menos aterradores cuando tienen rostro.

El despacho real estaba en silencio cuando entró. Alaric permanecía junto a una ventana. No llevaba corona. Ni capa ceremonial.

Solo un hombre cansado contemplando la lluvia. Durante unos segundos ninguno habló. El rey fue el primero en romper el silencio.

—Te pareces más a tu padre de lo que imaginaba.

Aquello tomó a Aeron por sorpresa. No era la frase que esperaba escuchar. Alaric continuó observando el exterior.

—Lo conocí hace muchos años.

La sorpresa se convirtió en desconfianza. Porque aquello cambiaba cosas. Muchas cosas.

—Entonces sabéis que no soy vuestro enemigo.

Alaric soltó una risa breve. Amarga.

—Eso es precisamente lo que intento averiguar.

Finalmente se volvió hacia él. Y Aeron vio el desgaste. Las arrugas. El cansancio.

La tristeza. Por primera vez no estaba frente a un rey. Estaba frente a un hombre que comenzaba a cuestionar toda su vida.

—Todos hablan.

Alaric caminó lentamente alrededor de la mesa.

—Los desterrados hablan.

Los nobles hablan. La corte habla. Tomó uno de los informes.

—Pero nadie responde.

Dejó el documento sobre la madera.

—Dime algo, Aeron.

Silencio.

—¿Por qué ahora?

La pregunta permaneció suspendida entre ambos. Era la pregunta correcta. No por qué regresó. No por qué acusaba a Eleonora.

Por qué ahora. Aeron pensó en Mayara. En la torre. En la sangre.

En aquella última verdad.

—Porque ella murió.

Alaric comprendió inmediatamente de quién hablaba. Mayara. Y aquello lo hizo palidecer. Porque por primera vez escuchaba el nombre sin títulos.

Sin protocolos. Como si se tratara de una herida abierta.

—¿Qué descubrió?

Aeron guardó silencio. No porque dudara. Porque sabía que después de aquella respuesta ya no habría vuelta atrás. Alaric vio la vacilación.

Y supo que iba a odiar lo que estaba a punto de escuchar.

Fuera, la lluvia golpeó los ventanales. Dentro, el castillo parecía contener la respiración. Y por primera vez en veinte años… Alaric estuvo dispuesto a escuchar una verdad que podía destruirlo todo.

—Estoy cansado.

La confesión sorprendió incluso a Aeron. Alaric permaneció junto a la ventana. La lluvia seguía golpeando los cristales. Su mirada estaba perdida más allá de los jardines.

Más allá de las murallas. Como si estuviera observando todos los años que había dejado atrás.

—Toda mi vida ha sido una guerra.

Su voz sonó más vieja de lo habitual.

—Guerras contra los desterrados.

Guerras contra las fronteras. Guerras contra enemigos reales o imaginarios. Guardó silencio.

—Y cuando esta terminó…

Apretó los dedos contra el alféizar.

—Creí que por fin podría ofrecerle paz a mi pueblo.

Aeron no dijo nada. Porque aquella no era la voz de un rey. Era la voz de un hombre cansado.

—No me importa quién tenga razón.

Finalmente se volvió hacia él. Y aquello era una mentira. Los dos lo sabían. Pero no lo interrumpió.

—Lo que me importa es Arcadia.

Los ojos de Alaric encontraron los suyos.

—Y si lo que estás haciendo conduce a otra guerra…

La tensión llenó el despacho.

—Entonces la detendré.

Silencio.

—Incluso si eso significa detenerte a ti.

Aeron sostuvo aquella mirada. Sin retroceder. Sin desafiarlo. Porque comprendía perfectamente lo que estaba diciendo.

Alaric no protegía a Eleonora. Protegía al reino.

—No quiero gobernar otro cementerio.

La frase salió casi como un susurro.

—No quiero seguir enviando jóvenes a morir. No quiero seguir enterrando hijos. No quiero seguir explicándole a las madres por qué sus hijos no regresan.

La lluvia golpeó con más fuerza los ventanales.

—Mi gente merece paz.

Por primera vez desde que comenzó la reunión, Aeron sintió compasión.

Porque veía a un hombre que había pasado décadas intentando sostener algo que se rompía constantemente entre sus manos.

Entonces habló.

—¿Recordáis Arcadia antes de Eleonora?

La pregunta tomó a Alaric desprevenido.

—¿Qué?

—Arcadia.

Aeron dio un paso hacia adelante.

—Antes de que ella llegara.

El rey frunció el ceño. Porque nadie formulaba aquella pregunta. Jamás.

—Han pasado veinte años.

—Aun así recordad.

Silencio.

—¿Qué creía vuestro reino?

Alaric no respondió.

—¿Qué temía?

Otro silencio.

—¿Qué soñaba?

La mandíbula del rey se tensó. Porque lentamente comenzaba a entender hacia dónde quería llevarlo.

—La magia era una leyenda —dijo finalmente.

—Los fae también.

—Exacto.

Aeron asintió.

—La gente vivía.

Señaló las ventanas.

—Trabajaban. Amaban. Envejecían.

—¿Y qué tiene eso que ver con esto?

Aeron observó la lluvia. Las torres. El reino entero.

—Todo.

Su voz se volvió más fría.

—Porque desde que Eleonora llegó, Arcadia dejó de ser un reino.

Alaric guardó silencio.

—Se convirtió en un proyecto.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

—Un experimento.

Otro paso.

—Una utopía construida para un futuro que solo existe en la cabeza de Eleonora.

El rey comenzó a negar. Pero Aeron continuó.

—Observad lo que ha ocurrido durante veinte años.

Su voz era tranquila. Demasiado tranquila.

—Exilios. Secretos. Profecías. Manipulaciones.

Pensó en Mayara.

Pensó en Agatha. Pensó en todos los muertos.

—Todo para esperar el despertar de una sola persona.

El rostro de Alaric perdió color. Porque aquella idea resultaba monstruosa cuando se decía en voz alta.

—La médium.

Aeron asintió.

—Mientras vosotros gobernabais un reino…

Su mirada se endureció.

—Ella construía un tablero.

El silencio se volvió insoportable.

—Y todos nosotros éramos piezas.

Por primera vez desde que comenzó la reunión… Alaric no tuvo una respuesta inmediata. Porque una pregunta horrible acababa de instalarse en su mente.

Y era una pregunta que jamás se había permitido formular.

¿Qué parte de mi reino fue realmente mía… y qué parte perteneció siempre a Eleonora?

Alaric permaneció inmóvil. La lluvia golpeaba los ventanales. Cada vez con más fuerza.

—¿Estáis diciendo que todo esto fue una mentira?

Aeron negó lentamente.

—No.

Su respuesta sorprendió al rey.

—Las mentiras son sencillas.

Sus ojos recorrieron el despacho. Los mapas. Los estandartes. Las décadas de historia construidas dentro de aquellas paredes.

—Esto es peor.

Silencio.

—Arcadia es real.

Alaric levantó la vista.

—La paz que construisteis fue real.

Otro paso.

—Las escuelas. Los caminos. Las cosechas. La prosperidad.

Aeron negó con tristeza.

—Nada de eso es una mentira.

Las palabras parecieron aliviar brevemente al rey. Pero solo brevemente.

—Entonces no os entiendo.

—Porque observáis Arcadia como un rey.

Aeron sostuvo su mirada.

—Y yo la observo como alguien que pasó veinte años viendo el tablero desde fuera.

La habitación quedó en silencio.

—Eleonora no odia Arcadia.

Aquello hizo que Alaric frunciera el ceño. No era la respuesta que esperaba.

—Nunca la ha odiado.

Aeron recordó la torre. Recordó a Mayara. Recordó cada vida destruida por una idea.

—Arcadia es simplemente otra víctima.

La frase quedó suspendida entre ambos.

—¿Víctima?

—Sí.

La voz de Aeron se volvió más dura.

—Porque para Eleonora este reino jamás fue un hogar.