La Médium XXIV. Las voces del reino olvidado #2
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XXIV. Las voces del reino olvidado #2

Entonces ocurrió algo inesperado. Uno de los desterrados se puso de pie. Era joven. Demasiado joven para haber vivido el inicio del exilio.

Sin embargo, sus ojos estaban llenos de determinación.

—Tenéis razón.

La sala entera se volvió hacia él.

—No conocimos el principio.

Hizo una pausa.

—Pero sí conocimos el final.

Eleonora lo observó en silencio.

—Y vimos morir a Mayara.

Aquella vez sí hubo reacción. Mínima. Apenas un parpadeo. Pero Agatha la vio.

Y Astrid también. Porque por primera vez desde que comenzaron las audiencias… el nombre de Mayara había conseguido atravesar la armadura de Eleonora.

Agatha sintió cómo todos los presentes contenían la respiración.

Porque aquella era la primera vez que alguien afirmaba aquello de forma tan directa.

No había rumores. No había insinuaciones. Era una acusación. Y todos lo sabían.

—Ten cuidado con tus palabras.

La voz de Eleonora permaneció tranquila. Pero ya no era la misma tranquilidad de antes. El joven no retrocedió.

—¿Por qué?

Algunos nobles intercambiaron miradas nerviosas.

—¿Porque podrían ser ciertas?

—Porque son peligrosas.

—La verdad suele serlo.

Aquello provocó un murmullo inmediato. Alaric golpeó una vez el suelo con el cetro.

—Basta.

El salón volvió a callar.

—¿Afirmas haber visto la muerte de Mayara?

El joven negó.

—No.

Algunos rostros mostraron decepción.

—Pero vi quién encontró su cuerpo.

Agatha sintió que el corazón se aceleraba. Lucien le había confesado que no pudo salvar a Mayara, pero nunca le explicó dónde había encontrado su cuerpo ni quién había estado con ella.

—Aeron Valer.

El nombre recorrió la sala como una corriente fría. Y una vez más Agatha observó a su madre. Por un instante. Apenas un instante.

Los dedos de Eleonora se tensaron sobre el brazo del asiento. Luego desapareció. Como si nunca hubiera ocurrido. Pero Agatha lo había visto.

Y Astrid también. Lo supo porque sintió a su hermana enderezarse a su lado.

—Curioso.

Eleonora volvió a tomar la palabra.

—Todo parece conducir siempre al mismo hombre.

El joven sostuvo su mirada.

—Porque es quien descubrió la verdad.

—¿O porque es quien la inventó?

Algunos nobles asintieron. Otros comenzaron a inquietarse. La división era evidente. Por primera vez en años.

La corte estaba dividida. Entonces uno de los consejeros más ancianos se puso en pie.

—Hay algo que no comprendo.

Todos volvieron la mirada hacia él.

—Si Aeron miente…

Observó a Eleonora.

—¿Por qué no ha pedido el trono?

Silencio.

—¿Qué? —preguntó otro noble.

—Piénsenlo.

El anciano juntó las manos.

—Si todo esto fuera una conspiración. Si quisiera tomar el poder. Ya habría reunido un ejército. Ya habría marchado contra Arcadia.

Su mirada recorrió la sala.

—Pero en lugar de eso envía testigos.

Aquella observación cayó como una piedra en el agua. Porque era cierta. Los desterrados no habían venido armados. No habían exigido nada.

Solo habían pedido ser escuchados. Y eso hacía todo mucho más difícil. Agatha observó a Alaric. El rey parecía agotado.

Más viejo de lo que recordaba. Como si cada nueva revelación añadiera años a sus hombros. Finalmente habló.

—Quiero respuestas.

El salón entero quedó inmóvil.

—No rumores. No sospechas. No historias.

Miró primero a los desterrados. Luego a Eleonora.

—Respuestas.

Por primera vez desde el inicio de las audiencias, Agatha sintió que algo había cambiado.

No en los presentes. No en la corte. En Alaric. Porque durante años había confiado ciegamente en Eleonora.

Y ahora… Por primera vez… Estaba empezando a hacer preguntas. Y Agatha comprendió algo aterrador.

Las acusaciones de los desterrados no estaban destruyendo el reino. Estaban destruyendo las certezas. Y una vez que las certezas desaparecían… Era imposible volver a levantarlas exactamente igual.

Y Alaric odiaba las preguntas. Especialmente cuando llevaban semanas multiplicándose. Aquella noche permaneció solo en su despacho. Las chimeneas seguían encendidas pese a que el verano comenzaba a acercarse.

El fuego crepitaba suavemente.

Pero no conseguía disipar el cansancio que se había instalado en sus huesos.

Frente a él descansaban decenas de informes. Declaraciones. Testimonios. Nombres.

Versiones contradictorias de una misma historia. Alaric cerró los ojos. Durante veinte años jamás había cuestionado a Eleonora. No realmente.

Había confiado en ella. Más de lo que había confiado en nadie. Más incluso que en algunos de sus propios consejeros. Porque cuando llegó a Arcadia no tenía nada.

Y juntos habían levantado un reino. O al menos eso era lo que siempre había creído. Pero ahora… Ahora todo parecía menos claro.

Tomó una hoja. La observó unos segundos. Y finalmente habló.

—Traedme a Aeron Valer.

El capitán de la guardia levantó la vista. Sorprendido.

—¿Mi rey?

—Quiero hablar con él.

—¿En audiencia?

—No.

Alaric negó lentamente.

—A solas.

La noticia recorrió el castillo antes del amanecer.

Y cuando llegó a oídos de Eleonora, por primera vez en días, la reina perdió la compostura.

Solo un instante. Una pausa. Una mirada demasiado rápida. Pero Astrid estaba allí para verla.

Y también Agatha.

—¿Padre pretende reunirse con él? —preguntó Astrid.

—Eso parece —respondió Alaric sin apartar la vista de los documentos.

Eleonora permaneció en silencio. Y ese silencio inquietó más a Agatha que cualquier discusión. Porque su madre siempre tenía algo que decir. Siempre.

La noticia de la reunión con Aeron no fue la única decisión que tomó Alaric aquella mañana.

Después de que el último consejero abandonara la sala, el rey permaneció largo rato observando las ventanas del salón.

Las acusaciones. Los testimonios. Los rumores. Todo parecía extenderse por Arcadia como una enfermedad.

Y lo que más temía no era que fueran ciertos. Era que dividieran al reino antes de conocer la verdad. Finalmente se volvió hacia los presentes.

—No podemos permitir que las dudas consuman Arcadia.

Nadie respondió. Porque todos comprendían exactamente a qué se refería. Los nobles ya tomaban partido. Las familias discutían.

Los soldados susurraban en los cuarteles. Y el nombre de Eleonora aparecía en cada conversación.

—Mientras esta investigación continúe…

La voz de Alaric resonó con firmeza.

—Nadie abandonará el castillo sin mi autorización.

Agatha frunció el ceño. Astrid levantó la cabeza. Y por primera vez Eleonora pareció sorprendida. Solo un instante.

Lo suficiente.

—¿Mi rey?

Alaric sostuvo su mirada.

—No es un castigo.

Pero aquella explicación sonó demasiado rápida. Como si incluso él supiera que no era del todo cierta.

—Es una medida necesaria.

El silencio se volvió incómodo.

—Hasta que todo esto se esclarezca, permanecerás bajo custodia.

La palabra cayó sobre la sala como una piedra. Custodia. No arresto. No prisión.

Pero tampoco libertad. Agatha observó a su madre. Esperando indignación. Esperando ira.

Pero Eleonora volvió a colocarse la máscara. La misma serenidad impecable de siempre.

—Si esa es vuestra voluntad, la aceptaré.

Alaric asintió. Pero Agatha alcanzó a ver algo extraño. Una sombra. Un destello fugaz de molestia en los ojos de Eleonora.

Y desapareció tan rápido que casi creyó haberlo imaginado.

—Capitán Brooks.

Ian dio un paso al frente. La armadura tintineó suavemente.

—Majestad.

—La reina quedará bajo vuestra supervisión personal.

Ian se quedó inmóvil.

Por primera vez desde el inicio de la reunión parecía no saber qué decir.

Porque entendía perfectamente lo que aquello significaba. No era un honor. Era una prueba. Una de la que no podía escapar.

—Seréis responsable de su seguridad.

Alaric hizo una pausa.

—Y de informar cualquier movimiento fuera de lo habitual.

Los ojos de Ian se encontraron brevemente con los de Eleonora. Ella sonreía. Una sonrisa elegante. Amable.

Y completamente falsa. Ian lo supo de inmediato. Porque durante años había servido cerca de aquella familia. Y jamás había visto a la reina sonreír así.

—Entendido, mi rey.

Alaric asintió. La decisión estaba tomada.

Y mientras los presentes comenzaban a abandonar la sala, Agatha no pudo evitar sentir que acababan de cruzar una línea invisible.

Porque hasta ese momento las acusaciones habían sido palabras. Rumores. Sospechas. Ahora no.

Ahora el propio rey de Arcadia acababa de admitir, sin decirlo en voz alta, que existía la posibilidad de que los desterrados estuvieran diciendo la verdad.

Los consejeros abandonaron la sala en grupos pequeños. Nadie hablaba demasiado alto.

Las conversaciones que antes llenaban los corredores del castillo se habían convertido en murmullos.

Miradas. Silencios. Dudas. Aquello era lo que más preocupaba a Alaric.

No las acusaciones. No los desterrados. Las dudas. Porque una vez que nacían era imposible obligarlas a desaparecer.

Agatha caminó junto a Astrid por uno de los corredores que conducían a los aposentos reales.

Ninguna de las dos habló durante varios minutos. El sonido de sus pasos resonaba contra la piedra. Afuera comenzaba a llover. Una lluvia suave.

Persistente. De esas que parecían envolver todo el castillo en una niebla gris.

—¿Crees que padre hizo bien?

La pregunta escapó de los labios de Agatha antes de poder contenerla. Astrid tardó en responder.

—No lo sé.

Aquella respuesta volvió a sorprenderla. Porque cada vez era más frecuente. Cada vez que el tema era Eleonora. Cada vez que aparecía el nombre de Aeron.

Cada vez que alguien mencionaba a Mayara. Astrid dejaba de tener certezas. Y eso resultaba aterrador. Porque si Astrid dudaba…

Entonces algo realmente estaba cambiando. Al otro lado del castillo, Ian caminaba varios pasos detrás de Eleonora. La reina avanzaba por los pasillos con la cabeza alta. Como si nada hubiera ocurrido.

Como si no acabara de ser puesta bajo vigilancia por orden del propio rey.

Los sirvientes se inclinaban a su paso. Los nobles continuaban saludándola. Y ella respondía con la misma elegancia de siempre. Perfecta.

Intocable. Pero Ian no lograba apartar de su mente la mirada de Alaric. Aquella breve vacilación. Aquella decisión.

Durante años había visto al rey confiar en Eleonora más que en nadie.