La Médium XXIV. Las voces del reino olvidado
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XXIV. Las voces del reino olvidado

CAPÍTULOXXIVLAS VOCES DEL REINO OLVIDADO

En los días siguientes, Agatha ocupó un lugar extraño dentro de todo aquello.

La guerra había terminado. Los salones volvieron a llenarse de nobles. Los corredores recuperaron sus murmullos. Las reuniones reemplazaron a las batallas.

Y, sin embargo, ella no conseguía sentir paz. Ahora era la Arcana de los Disidentes. Una heroína para algunos. Un símbolo para otros.

Pero cuanto más escuchaba hablar de reconstrucción y futuro, más tenía la sensación de que aquello no era el final.

Era apenas el comienzo. Y lo que vendría después sería mucho peor. Mantenerse ocupada ayudaba. Las audiencias.

Los informes. Las reuniones interminables. Todo aquello mantenía su mente lejos de Lucien. O al menos eso intentaba convencerse.

Porque algunas noches todavía recordaba la taberna. La forma en que había aparecido. La forma en que había vuelto a desaparecer. Y aquella nota.

Aquellas malditas palabras.

«Te quedaste con mi mula.» Como si fuera una despedida. Como si fuera una respuesta. Y al mismo tiempo un nuevo misterio.

Pero incluso Lucien había quedado relegado por una preocupación mayor. Su madre. Los rumores crecían cada día. Los desterrados llegaban con historias distintas.

Nombres distintos. Versiones distintas. Pero todas parecían conducir al mismo lugar. Eleonora.

Agatha jamás había sido especialmente cercana a ella. Astrid siempre había ocupado ese espacio. Astrid entendía a su madre. La defendía.

La admiraba. Agatha nunca. La quería. La respetaba.

Incluso le debía gran parte de lo que era. Pero la distancia entre ambas siempre había existido. Y aun así… Le resultaba imposible verla como el monstruo que los desterrados describían.

Tal vez era cariño. Tal vez era lealtad.

O quizá simplemente resultaba demasiado difícil aceptar que la mujer que la había criado pudiera estar detrás de algo tan terrible.

Sin embargo, había algo que no dejaba de inquietarla. Porque conocía a Eleonora.

Y si había aprendido algo durante todos aquellos años era que su madre jamás hacía nada por casualidad.

Nada.

Por eso, mientras escuchaba las acusaciones que resonaban por la corte, una pregunta comenzó a instalarse en su mente.

No era si los desterrados mentían. Tampoco si Eleonora decía la verdad. Era algo mucho peor. ¿Qué ocurriría si ambos estuvieran diciendo solo una parte de ella?

El antiguo salón de guerra había sido preparado para recibir a los representantes de los desterrados.

No había cadenas. No había guardias rodeándolos. No había amenazas. Aquello era peor.

Porque Arcadia estaba escuchando.

Y cuando un reino escucha, las palabras pueden ser más peligrosas que las espadas.

Agatha ocupaba su lugar junto a Astrid. Un escalón más abajo, Eleonora permanecía sentada con la serenidad habitual. Como si nada de aquello la inquietara.

Como si no llevara semanas siendo el centro de cada rumor. El primer hombre en hablar era anciano. Su cabello era completamente blanco. Sus manos temblaban.

Pero cuando alzó la voz, toda la sala guardó silencio.

—Mi nombre es Corvin.

Agatha reconoció el nombre. Lo había visto en informes. Uno de los líderes originales de los exiliados.

—Fui expulsado de mi hogar hace veintitrés años.

Las miradas comenzaron a cruzarse por la sala.

—No por traición. No por conspiración. Por preguntar demasiado.

Eleonora no reaccionó. Ni siquiera parpadeó.

—Nos dijeron que el exilio era necesario. Que debíamos sacrificarnos por un futuro mejor.

El anciano hizo una pausa.

—Esperamos décadas.

Silencio.

—Y durante décadas enterramos hijos, hermanos y amigos creyendo que algún día comprenderíamos el motivo.

Agatha sintió la tensión crecer. Porque aquella no era una acusación. Era una confesión. Una historia.

Y las historias siempre encontraban la manera de llegar donde las pruebas no podían.

—¿Y lo comprendieron? —preguntó uno de los consejeros.

El hombre sonrió con tristeza.

—Sí.

Toda la sala esperó.

—Comprendimos que éramos prescindibles.

Los murmullos comenzaron inmediatamente. Eleonora permaneció inmóvil. Entonces se puso de pie. Y el silencio regresó.

—¿Habéis terminado?

La voz fue tranquila. Educada. Controlada. Exactamente la respuesta que Agatha esperaba.

—No.

Corvin sostuvo su mirada.

—Aún no.

Y por primera vez algo cambió. No en Eleonora. En Astrid. Agatha lo notó de inmediato.

Su hermana observaba al anciano con demasiada atención. Como si buscara algo. Como si intentara decidir si mentía. O si decía la verdad.

Y aquella duda resultó más inquietante que cualquier acusación. Porque Astrid siempre había defendido a su madre. Siempre. La audiencia continuó durante horas.

Llegaron más testimonios. Más nombres. Más historias. Ninguna prueba definitiva.

Pero tampoco mentiras evidentes. Solo demasiadas coincidencias. Demasiadas personas diciendo lo mismo. Demasiados años de silencio.

Cuando finalmente concluyó, la sala se vació lentamente. Los nobles abandonaron el lugar en pequeños grupos. Hablando en voz baja. Intercambiando miradas.

Haciendo exactamente lo que Eleonora siempre había evitado. Preguntas. Agatha permaneció sentada unos segundos más. Observando el salón casi vacío.

Entonces una voz la sacó de sus pensamientos.

—¿Qué opinas?

Astrid. Agatha levantó la vista. Su hermana parecía cansada. Más cansada de lo habitual.

—No lo sé.

Era la verdad.

—Yo tampoco.

Aquella respuesta la sorprendió. Porque Astrid rara vez dudaba. Y cuando lo hacía, casi nunca lo admitía. Las dos permanecieron en silencio.

Hasta que Astrid habló otra vez.

—¿Nunca te pareció extraño?

—¿Qué cosa?

Astrid bajó la mirada.

—Que Mayara desapareciera.

Agatha sintió un escalofrío.

Porque era la primera vez que escuchaba a su hermana formular la pregunta en voz alta.

Y una parte de ella comprendió que, una vez pronunciada, ya no podrían ignorarla.

Jamás.

—La forma en que murió Mayara.

Agatha sintió que algo se tensaba en su interior. Lucien. Inmediatamente pensó en él. En aquella noche en la taberna.

En la forma en que había pronunciado su nombre. Mayara. Como si cada sílaba pesara demasiado. Como si todavía no hubiera aprendido a vivir con su ausencia.

—Sabes que está muerta.

Astrid asintió.

—Lo sé.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Pero nadie sabe qué ocurrió realmente.

Silencio.

—Los desterrados dicen una cosa. Madre dice otra.

Astrid se cruzó de brazos.

—Y ninguno aporta respuestas.

Agatha observó el salón vacío. Las bancas. Los estandartes. Las sombras alargadas del atardecer.

—¿Qué estás intentando decir?

Astrid tardó varios segundos en responder.

—Que si Aeron está dispuesto a salir de las sombras después de tantos años…

Levantó la vista.

—Entonces debe creer que tiene algo importante.

Aquello resultó difícil de rebatir. Porque Agatha había llegado exactamente a la misma conclusión. No conocía a Aeron. Pero conocía a Lucien.

Y algo dentro de ella se negaba a creer que hubiera inventado una historia así.

El problema era que tampoco podía creer la otra posibilidad. Porque la otra posibilidad conducía inevitablemente a Eleonora. Y una parte de ella seguía resistiéndose. No porque confiara ciegamente en su madre.

Porque si aquello era verdad… Entonces gran parte de su vida también era una mentira. Y todavía no estaba preparada para mirar esa posibilidad de frente.

—¿Crees que madre está implicada?

La pregunta quedó suspendida entre ambas. Astrid no respondió. Y aquella fue, quizás, la respuesta más inquietante de todas. Porque por primera vez desde que tenía memoria…

Astrid no estaba defendiendo a Eleonora.

Y Agatha comprendió que las grietas comenzaban a extenderse incluso dentro de su propia familia.

Cada desterrado que había llegado a pedir ser oído terminaba mencionando al mismo líder: Aeron Valer.

El nombre se repetía sin ofrecer respuestas claras y, aun así, parecía incomodar a la reina.

Alaric tomó la palabra. Estaba cansado de especulaciones.

Acababan de salir del infierno de una guerra y poner en duda a Eleonora sin pruebas no ayudaba a reconstruir el reino.

—Todos hablan contra la reina, pero nadie ha traído pruebas suficientes.

—Mi rey, ¿dudáis de mi amor por la corona y por el pueblo de Arcadia?

El salón quedó en silencio. Eleonora no había levantado la voz. No parecía una mujer acusada. Parecía una mujer herida.

Como si las sospechas la ofendieran más que cualquier insulto. Alaric suspiró. Estaba cansado. Todos lo estaban.

La guerra había dejado cicatrices que aún seguían abiertas.

—No he dicho eso.

—Pero permitís que se insinúe.

Eleonora recorrió la sala con la mirada. Lenta. Calculada.

—Durante veinte años serví a este reino.

Se volvió hacia los nobles.

—Durante veinte años fui consejera, mediadora y regente cuando fue necesario.

Nadie respondió.

—Lloré a los muertos de Arcadia igual que todos los presentes.

Su mirada se detuvo brevemente sobre Corvin.

—Y ahora se pretende juzgarme por relatos. Por rumores. Por historias imposibles de comprobar.

Corvin apretó la mandíbula. Pero no la interrumpió.

—No niego vuestro sufrimiento —continuó Eleonora.

—Jamás lo haría.

Su voz se volvió más suave.

—Pero el sufrimiento no convierte una sospecha en verdad.

Algunos nobles comenzaron a asentir. Agatha lo notó de inmediato. Porque allí estaba el verdadero poder de su madre. No necesitaba imponerse.

Convencía. Siempre lo había hecho.

—Hablan de Aeron Valer como si fuera un mártir.

La reina entrelazó las manos frente a ella.

—Pero nadie explica dónde estuvo durante todos estos años.

Aquello provocó nuevos murmullos.

—Nadie explica por qué aparece ahora.

Eleonora dejó que la pregunta flotara.

—Ni por qué sus acusaciones llegan justo cuando Arcadia intenta reconstruirse.

Por primera vez algunos de los presentes comenzaron a mirar a los desterrados con desconfianza.

Y Agatha sintió un nudo en el estómago. Porque acababa de presenciar algo inquietante. No sabía si su madre decía la verdad. Pero entendía perfectamente por qué la gente la seguía.