XXII. Los recuerdos de una reina #4
Eleonora se cubrió los ojos. El rey volvió a reír. Y Astrid comenzó a llorar. Inmediatamente Agatha se inclinó sobre la cuna.
—No llores.
La recién nacida siguió llorando.
—Papá, arréglala.
Aquello provocó otra carcajada. Y por primera vez en mucho tiempo, incluso Eleonora sonrió. Una sonrisa pequeña. Breve.
Tan breve que nadie la vio. Los años siguientes fueron los más tranquilos de su vida. Los únicos. Agatha creció salvaje.
Astrid creció siguiendo sus pasos. Si Agatha corría, Astrid corría. Si Agatha escalaba árboles, Astrid intentaba hacerlo también. Si Agatha se metía en problemas…
Astrid la acompañaba. Y cuando las castigaban, las dos parecían considerar aquello una victoria compartida. El rey estaba perdido. Completamente perdido.
Porque adoraba a ambas. Y ellas lo sabían. A veces Eleonora las observaba desde lejos. Las dos niñas persiguiendo mariposas.
Las dos escondidas bajo una mesa durante los banquetes. Las dos dormidas sobre el mismo sofá. Y durante aquellos momentos el pasado parecía lejano. Casi inexistente.
Casi. Porque los fantasmas nunca desaparecen. Solo esperan. La primera carta llegó cuando Astrid tenía cuatro años.
Eleonora reconoció la letra inmediatamente. Durante años había esperado aquel momento. No porque temiera que ocurriera. Porque sabía que ocurriría.
Los hombres como él nunca desaparecían. Nunca aceptaban la derrota. Nunca dejaban atrás el pasado. Abrió la carta.
Leyó apenas unas líneas. Y sonrió. No una sonrisa amable. Una sonrisa fría.
Calculadora. Porque confirmaba algo que llevaba años sospechando. Seguía vivo. Perfecto.
Eso significaba que las piezas continuaban moviéndose. Eso significaba que la partida aún no había terminado. Arrojó la carta al fuego. Observó cómo las llamas devoraban cada palabra.
Y volvió la vista hacia la ventana. En los jardines, el rey jugaba con las niñas. Agatha corría delante. Astrid intentaba alcanzarla.
El rey reía. La escena habría enternecido a cualquiera. A cualquiera menos a Eleonora. Porque no veía una familia.
Veía una inversión. Veía años de trabajo. Veía influencia. Poder.
Estabilidad. Acceso. Todo aquello que necesitaba para completar su verdadero propósito. Porque Arcadia nunca fue el destino.
Arcadia era un puente. Un instrumento. Una escalera. Nada más.
Mientras los demás soñaban con paz. Mientras los demás celebraban prosperidad. Mientras el rey construía un reino para sus hijas. Eleonora trabajaba en algo mucho más grande.
La restauración de la magia. El regreso de los portales. La reunificación de ambos mundos. Y cuando llegara ese día…
Cuando las puertas volvieran a abrirse… No regresaría como una exiliada. No regresaría como una hija rechazada. No regresaría suplicando perdón.
Regresaría como la mujer que había logrado lo imposible. La salvadora. La reina. La heredera que su padre nunca supo valorar.
Y entonces comprendería. Todos comprenderían. Que Eleonora tenía razón. Que siempre la tuvo.
Que cada mentira. Cada manipulación. Cada sacrificio. Cada muerte.
Habían sido necesarias. Porque los grandes cambios nunca los construyen las personas buenas. Los construyen quienes están dispuestos a pagar el precio.
Y Eleonora hacía mucho tiempo que había decidido que el precio lo pagarían otros.
Lo que Mayara comprendió demasiado tarde
Mayara regresó al campamento más débil de lo que estaba dispuesta a admitir.
Retener el despertar la había dejado exhausta. Nadie comprendía realmente lo que había ocurrido en Valdoren. Lo cerca que habían estado del desastre. Lo cerca que habían estado de perderlo todo.
Porque durante un instante el poder había intentado abrirse paso. Y Mayara había sido quien se interpuso. La cicatriz no estaba en su cuerpo. Estaba en algo más profundo.
Algo que sentía apagarse poco a poco. Durante el viaje observó. Eso era lo que siempre había hecho mejor. Observar.
Observó a Ian. Observó a Lucien. Observó a Agatha. Y por primera vez dejó de ver piezas.
Dejó de ver símbolos. Dejó de ver profecías. Vio personas. Fue Agatha quien terminó de romper sus certezas.
Porque no parecía una figura destinada a cambiar el mundo. Parecía una joven cansada. Herida. Asustada.
Una joven que seguía intentando levantarse después de perder demasiado. Y cuanto más la observaba… Más comprendía el error. No era el despertar lo que alimentaba el sufrimiento.
Era el sufrimiento lo que alimentaba el despertar. Y si continuaban empujándola… Si seguían arrebatándole cosas… Si seguían utilizándola como una herramienta…
La destruirían. La comprensión definitiva llegó cuando encontró a Ian y Lucien. La discusión había escalado demasiado. Pero aquella vez era diferente.
Porque cuando intervino y tomó el rostro de su hermano entre las manos…
Vio algo. Algo que jamás había estado allí antes. Miedo. Y amor.
Un amor desesperado. Silencioso. Irremediable. Mayara sintió que el estómago se le hundía.
Porque por fin entendió. Lucien se había enamorado de Agatha. Y aquello lo cambiaba todo. Porque Lucien nunca había sido capaz de apartarse de una misión.
Nunca había permitido que nada se interpusiera. Hasta ahora. Hasta ella. Aquella noche Mayara no durmió.
Porque todas las piezas encajaron de golpe. Eleonora quería convertir a Agatha en la herramienta que abriría el camino. Los disidentes querían convertirla en un símbolo.
Las profecías querían convertirla en un destino. Y nadie parecía preguntarse qué quería Agatha. Nadie excepto Lucien. Y precisamente por eso era peligroso.
Porque el amor podía hacer que abandonara el plan. O podía hacer que intentara salvarla. Y si intentaba salvarla… Eleonora jamás lo permitiría.
Fue entonces cuando Mayara decidió actuar. No para proteger el plan. No para proteger a los desterrados. Ni siquiera para proteger a Lucien.
Para proteger a Agatha. Porque ya comprendía lo que los demás se negaban a ver. Cada herida. Cada pérdida.
Cada traición. La acercaban más al borde. Y cuando finalmente despertara…
Tal vez no quedara nada de la muchacha que habían intentado convertir en una simple herramienta para que la magia regresara.
Pero Mayara no la enfrentó aquella noche. La guerra seguía abierta y todavía le faltaban respuestas.
Durante los meses siguientes observó, reunió las piezas que le faltaban y confirmó lo que más temía. Tres meses después del final de la guerra, decidió que ya no podía esperar más.
Cuando fue a buscar a Eleonora, sabía que podía estar convirtiéndose en un obstáculo. Lo que no sabía era hasta dónde estaba dispuesta a llegar la reina.
La verdad que no quería escuchar
La encontró antes del amanecer.
Mayara sabía dónde buscarla. Eleonora siempre elegía los lugares altos. Balcones. Torres.
Ventanas. Lugares desde donde pudiera observar el mundo como si le perteneciera. Aquella noche no fue diferente. Estaba sola.
Mirando las luces lejanas de Arcadia. Como una reina contemplando un reino que aún no era suficiente.
—Sabía que vendrías.
Mayara no respondió. Durante años aquellas palabras la habrían irritado. Ahora solo la cansaban.
—¿Y tú sabías por qué?
Eleonora sonrió.
—Porque estás confundida.
Aquello provocó una risa amarga. La primera en mucho tiempo.
—No.
Mayara avanzó.
—Creo que es la primera vez que veo las cosas con claridad.
El silencio se instaló entre ambas. Un silencio pesado. Antiguo. Como el de dos personas que se conocen demasiado.
—Valdoren te ha afectado.
—Valdoren me abrió los ojos.
La sonrisa desapareció del rostro de Eleonora. Por primera vez.
—Ten cuidado con lo que dices.
—¿Por qué?
Mayara la observó fijamente.
—¿Porque podría ser verdad?
Durante años había seguido a aquella mujer. Había creído en sus planes. En sus promesas. En su visión.
Había defendido sus decisiones incluso cuando parecían crueles. Porque pensaba que existía un propósito superior. Algo más grande que ellas. Ahora ya no estaba segura.
—La médium casi destruye Valdoren.
—Porque aún no estaba preparada.
—No.
Mayara negó lentamente.
—Porque nadie debería ser empujado hasta ese punto.
—El poder necesita un catalizador.
—El dolor no es un catalizador. Es una herida.
—Es necesario.
—¿Para quién?
Aquella pregunta atravesó el aire. Eleonora no respondió. Y por primera vez Mayara comprendió que tampoco podía hacerlo. Porque la respuesta era evidente.
No era para el mundo. No era para Arcadia. No era para la magia. Era para ella.
—Todo este tiempo…
Mayara tragó saliva.
—Creí que querías salvar algo.
—Quiero salvarlo.
—No.
Por primera vez alzó la voz.
—Quieres regresar.
Silencio.
—Quieres volver y demostrar que tenías razón.
Los ojos de Eleonora se endurecieron.
—No sabes de qué hablas.
—Lo sé perfectamente.
Mayara dio otro paso.
—Ya no luchas por el futuro. Luchas por tu orgullo.
Aquello fue peor que un insulto. Mucho peor. Porque era verdad. Y ambas lo sabían.
Durante largos segundos ninguna habló. Solo el viento. Solo la noche. Solo los fantasmas de veinte años de mentiras.
Entonces Mayara dijo las palabras que jamás debió pronunciar.
—Voy a sacar a Agatha de esto.
La expresión de Eleonora cambió. Muy poco. Pero lo suficiente. Porque allí estaba.
El verdadero límite. No la magia. No los disidentes. No la médium.
Agatha.
—No puedes hacerlo.
—Sí puedo.
—No entiendes lo que está en juego.
—Lo entiendo mejor que tú.
Mayara sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.
—Cada vez que esa niña pierde algo… cada vez que la rompen… cada vez que la obligan a sufrir…
Recordó a Marta. Recordó Valdoren. Recordó el poder intentando abrirse paso.
—La estás empujando hacia el abismo.
—La estoy preparando.
—La estás destruyendo.
El silencio que siguió fue aterrador. Porque Eleonora ya no discutía. Ya no intentaba convencerla. Ya no intentaba justificar nada.
Y Mayara comprendió por qué. La decisión ya estaba tomada. Mucho antes de aquella conversación. Mucho antes de Valdoren.
Mucho antes de Agatha.
—Entonces es verdad.
La voz de Mayara apenas fue un susurro.
—Si alguien se interpone…
Eleonora no respondió. No era necesario. Porque la respuesta estaba en sus ojos. Y por primera vez en toda su vida…