XXII. Los recuerdos de una reina #3
Confiar en alguien sin miedo. La sensación desapareció tan rápido como llegó. Eleonora la enterró inmediatamente. Las emociones eran lujos.
Los lujos hacían cometer errores. Y ella no podía permitírselos. No después de todo lo que había ocurrido. Los meses siguieron pasando.
Y la corte comenzó a hablar. Primero en susurros. Después con una confianza cada vez mayor. La forastera.
La viuda. La consejera. La futura reina.
Eleonora escuchó aquellos rumores mucho antes de que el rey pronunciara una sola palabra.
Por eso no se sorprendió cuando una noche él pidió hablar con ella a solas.
La nieve volvía a caer tras las ventanas. Igual que el día en que había llegado.
—Sabías que esto ocurriría.
No fue una pregunta. El rey sonrió.
—Probablemente.
—Entonces ahórrate el discurso.
Aquello lo hizo reír. Una reacción extraña. Cualquier otro hombre se habría ofendido. Él parecía disfrutar cuando ella era sincera.
—Muy bien.
Se acercó a la ventana.
—No voy a darte un discurso.
Eleonora esperó.
—Entonces dime qué quieres.
El rey tardó unos segundos en responder.
—Quiero que te quedes.
Silencio.
—Ya me estoy quedando.
—No de esa manera.
Ahí estaba. Por fin. La verdadera conversación. Eleonora observó el paisaje cubierto por la nieve.
Las torres. Los tejados. Las luces de Arcadia. Un reino estable.
Un reino rico. Un reino seguro. Todo lo que Agatha necesitaba. Todo lo que ella jamás podría construir sola.
Y comprendió que la decisión ya estaba tomada. No aquella noche. Mucho antes. El día en que cruzó aquellas puertas.
El día en que vio las murallas. El día en que entendió lo que Arcadia podía ofrecer. No amor. Futuro.
Y el futuro siempre había sido más importante. Cuando finalmente volvió a mirarlo, el rey sonreía.
Como si todavía creyera que aquella decisión tenía algo que ver con él.
Y por primera vez en mucho tiempo, Eleonora sintió algo parecido a la culpa.
Solo un instante. Porque desapareció tan rápido como llegó.
—Acepto.
Y en ese momento, sin saberlo, ambos sellaron el destino de Arcadia. Porque el rey creyó que estaba construyendo una familia. Y Eleonora creyó que estaba asegurando un reino.
Los dos estaban equivocados. La boda se celebró al comienzo de la primavera. Sin grandes excesos. Sin la ostentación que muchos nobles esperaban.
El rey parecía feliz. Ridículamente feliz. Y aquello provocó más rumores que cualquier ceremonia. Algunos decían que estaba enamorado.
Otros que se había vuelto imprudente. Otros que la forastera había sabido hechizarlo. Eleonora escuchó cada comentario. Y no desmintió ninguno.
Porque la verdad rara vez servía para algo. Lo único importante era el resultado. Y el resultado era que Agatha tendría un hogar. Un apellido.
Una posición que nadie podría arrebatarle fácilmente.
Por primera vez desde que había huido, el futuro dejaba de parecer una amenaza constante.
Meses después llegó la adopción. Fue idea del rey. No suya.
De hecho, cuando él lo mencionó por primera vez, Eleonora pensó que estaba bromeando.
—Quiero adoptarla.
Ella levantó la vista de los documentos que estaba revisando.
—¿Qué?
—A Agatha.
Como si fuera la cosa más natural del mundo.
—No tienes ninguna obligación de hacerlo.
—Lo sé.
—No es tu hija.
—Lo sé.
—La corte se opondrá.
—También lo sé.
Aquella respuesta la irritó. Porque no había una sola grieta en su razonamiento. No estaba actuando por impulso. Lo había pensado.
Y aun así quería hacerlo.
—¿Por qué?
El rey sonrió. Una sonrisa tranquila. Demasiado sencilla.
—Porque ya la considero mi hija.
Eleonora permaneció inmóvil. Durante unos segundos olvidó qué responder. Porque aquella era la única respuesta que no podía combatir. No era política.
No era estrategia. No era conveniencia. Era sentimiento. Y los sentimientos eran absurdos.
Incontrolables. Peligrosos.
Pero también eran la razón por la que aquel hombre gobernaba un reino que lo adoraba.
La adopción fue anunciada semanas después. La corte protestó exactamente como Eleonora había predicho. Algunos nobles se negaron a asistir. Otros intentaron convencer al rey de cambiar de opinión.
Ninguno tuvo éxito. Porque cuando se trataba de Agatha, el rey era sorprendentemente terco.
Así fue como una niña llegada de ninguna parte se convirtió oficialmente en princesa de Arcadia.
Y por primera vez desde que la conocía, Agatha tuvo algo parecido a una familia.
No recordaría aquel día. Era demasiado pequeña. Pero años después seguiría llamándolo padre.
Y lo haría con una naturalidad que a veces resultaba dolorosa de observar.
Porque incluso entonces Eleonora entendía algo que jamás admitiría en voz alta. Agatha amaba al rey. Y el rey amaba a Agatha. De una manera pura.
Simple. Una manera que ella nunca había conseguido comprender del todo. Aquello debería haberla tranquilizado. En cambio la inquietaba.
Porque cada vez que veía a los dos juntos recordaba una verdad que nadie más conocía.
Una verdad enterrada. Oculta. Protegida durante años. Y si algún día esa verdad salía a la luz…
No sería ella quien más sufriría las consecuencias. Sería Agatha.
Por eso, cuando meses más tarde descubrió que estaba embarazada, la noticia no le produjo alegría.
Ni emoción. Ni siquiera miedo. Solo una certeza. Necesitaba proteger lo que había construido.
A cualquier precio. Porque por primera vez en muchos años tenía algo que perder.
Y las personas que tienen algo que perder son capaces de cometer los peores errores.
La segunda hija
La noticia llegó una mañana de verano.
Sin ceremonias. Sin anuncios. Sin grandes emociones.
Eleonora permaneció sentada frente a la ventana mientras la sanadora terminaba de hablar.
No había escuchado la mitad de sus palabras. Solo una. Embarazada. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a llenar la habitación.
Eleonora apoyó una mano sobre el vientre. No sentía nada. Ni felicidad. Ni miedo.
Ni ilusión. Solo una certeza incómoda. Todo estaba cambiando. Y el cambio siempre tenía un precio.
La noticia recorrió el castillo antes del anochecer. Los nobles celebraron. Los sirvientes sonrieron. Los consejeros comenzaron a especular.
Un heredero. O una heredera. Por fin un hijo legítimo de la Corona. Aquello significaba estabilidad.
Continuidad. Futuro. Eleonora escuchó aquellas palabras durante semanas. Y cada vez le desagradaban más.
Porque todas tenían algo en común. Agatha. Siempre terminaban hablando de Agatha. ¿Qué ocurriría con ella?
¿Seguiría siendo princesa? ¿Conservaría sus derechos? ¿Cambiaría su posición? Las preguntas eran inevitables.
Y también peligrosas.
Porque por primera vez comprendió que la seguridad que había construido para la niña podía desaparecer.
No por maldad. Por simple política. Aquella noche encontró al rey en la biblioteca. Agatha estaba sentada sobre una mesa.
Descalza. Dibujando sobre documentos que probablemente eran importantes.
—No deberías estar haciendo eso.
La niña levantó la vista.
—Papá dijo que podía.
—No dije eso.
—Lo pensaste.
El rey soltó una carcajada. Eleonora cerró los ojos. Agatha también empezó a reír. Y por un instante observó la escena.
La confianza. La complicidad. La facilidad con la que estaban juntos. Como si hubieran nacido para ser familia.
Y sintió algo que no esperaba. Miedo. Porque aquel vínculo era real. Mucho más real que su matrimonio.
Mucho más fuerte que cualquier documento. Mucho más difícil de controlar. Los meses avanzaron. El embarazo fue complicado.
Eleonora odiaba sentirse vulnerable. Odiaba depender de otros. Odiaba quedarse quieta. Pero el rey permaneció a su lado.
Siempre. Incluso cuando ella no quería compañía. Incluso cuando lo rechazaba.
Incluso cuando le hablaba con una frialdad que habría alejado a cualquier otro hombre.
Él permanecía. Y aquello era precisamente lo que más le molestaba.
Porque una parte de ella empezaba a preguntarse cómo sería confiar en alguien así.
Y esa era una pregunta peligrosa. Muy peligrosa. Astrid nació durante una noche de tormenta. Las campanas sonaron antes del amanecer.
El castillo entero despertó. Y cuando el rey tomó a la niña por primera vez, lloró. Lloró sin vergüenza. Sin esconderlo.
Como un hombre que acababa de recibir el regalo más grande de su vida.
Eleonora observó la escena desde la cama. Agotada. Y por primera vez sintió algo parecido a la felicidad. No por ella.
Por él. Porque comprendió cuánto deseaba aquella niña. Cuánto la amaría. Y entonces ocurrió algo inesperado.
La puerta se abrió. Una pequeña figura apareció corriendo.
—¡Quiero verla!
Agatha. Dos años. Cabello desordenado. Pies descalzos.
El rey la levantó antes de que los guardias pudieran detenerla.
—Despacio.
—¿Es ella?
—Sí.
—¿Es mi hermana?
El rey sonrió.
—Sí.
Agatha observó a la recién nacida durante varios segundos. Como si estuviera examinando una criatura extraordinaria. Luego extendió una mano diminuta. Y Astrid cerró los dedos alrededor de la suya.
Silencio. Absoluto. Eleonora sintió algo extraño atravesarle el pecho. Porque de pronto vio el futuro.
Dos niñas. Una familia. Una vida.
La vida que había intentado construir desde el día que cruzó las puertas de Arcadia.
Y durante un instante… Solo un instante… Se permitió creer que quizá había ganado. Que quizá el pasado no las encontraría.
Que quizá los secretos podían permanecer enterrados para siempre. Que quizá, después de todo, podía existir un final feliz. Fue la primera vez que se permitió pensarlo. Y sería también la última.
Durante años, Eleonora recordaría aquella noche. No por el nacimiento. No por la tormenta. Ni siquiera por la felicidad del rey.
La recordaría por la forma en que Agatha miró a Astrid. Como si el mundo entero acabara de entregarle algo precioso. Algo que debía proteger. Algo suyo.
Y así fue desde el principio. Mientras las nodrizas discutían. Mientras los médicos daban instrucciones. Mientras los nobles celebraban la llegada de una heredera.
Agatha permaneció junto a la cuna. Observando. Vigilando.
—Está arrugada.
El rey soltó una carcajada.
—Tú también estabas arrugada.
—Yo era bonita.
—Claro que sí.
—Ella parece una pasa.