La Médium XXII. Los recuerdos de una reina #2
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XXII. Los recuerdos de una reina #2

—Una audiencia con el rey.

Los guardias intercambiaron miradas. Aquella petición habría resultado ridícula en cualquier otra circunstancia. Sin embargo, algo en aquella mujer impedía reírse de ella. Porque incluso agotada.

Incluso hambrienta. Incluso derrotada. Seguía pareciendo peligrosa. Y Eleonora sabía exactamente el efecto que causaba.

Siempre lo había sabido. Mientras esperaba una respuesta, observó las murallas. Las torres. Los estandartes ondeando bajo la nieve.

Un reino estable. Próspero. Seguro. Todo lo que ella había perdido.

Todo lo que Agatha necesitaba. La niña se removió ligeramente entre sus brazos. Eleonora la abrazó con más fuerza. Por ella había cruzado medio continente.

Por ella había mentido. Había negociado. Había sobrevivido. Y por ella volvería a hacerlo.

Porque una cosa había aprendido durante los últimos meses. El mundo no pertenecía a las personas buenas. Pertenecía a quienes sabían utilizar las debilidades de los demás.

Y mientras observaba las puertas de Arcadia abrirse lentamente ante ella, Eleonora comprendió que aquel reino estaba a punto de cometer el mismo error que todos los anteriores.

Confiar en ella. Y esta vez pensaba aprovecharlo. La audiencia fue concedida tres días después. Tres días durante los cuales Eleonora observó.

Escuchó. Aprendió. Arcadia era distinta. Las personas sonreían demasiado.

Los guardias parecían confiar demasiado. Los nobles discutían asuntos insignificantes mientras los reinos vecinos se desmoronaban. Era un lugar construido sobre una peligrosa ilusión.

La creencia de que las cosas buenas podían durar para siempre. Eleonora sabía mejor que nadie que no era así.

Por eso, cuando las puertas de la sala del trono se abrieron, ya había decidido exactamente qué mostrar.

Y qué ocultar. El rey no era como lo había imaginado. No era viejo. No era severo.

No tenía la mirada desconfiada de los hombres acostumbrados a sobrevivir entre traiciones.

Parecía… Bueno. Aquella fue la primera palabra que le vino a la mente. Y también la más peligrosa.

Porque los hombres buenos siempre creían poder salvar a los demás. Y quienes creen eso son fáciles de manipular. Eleonora avanzó por la sala con Agatha en brazos. La niña dormía.

Completamente ajena a las miradas que las seguían. Cuando llegaron frente al trono, hizo una reverencia. El rey tardó unos segundos en hablar. No la estaba observando a ella.

Observaba a la niña.

—¿Cuántos meses tiene?

Eleonora parpadeó. No era la pregunta que esperaba.

—Ocho.

El rey sonrió. Una sonrisa sincera. No diplomática. No calculada.

Sincera.

—Es pequeña.

Eleonora permaneció inmóvil. Había preparado discursos. Mentiras. Historias cuidadosamente construidas.

Y aquel hombre estaba hablando de la niña. Como si nada más importara.

—Ha soportado más de lo que debería soportar alguien de su edad.

El rey asintió lentamente. Durante unos segundos observó a Agatha. Luego volvió la vista hacia Eleonora.

—Y usted también.

Aquello la tomó por sorpresa. Porque la compasión era fácil de fingir. Pero reconocer el agotamiento de otra persona era algo distinto.

Y por un instante sintió algo que llevaba mucho tiempo sin sentir. Desconfianza. Porque aquel hombre parecía auténtico. Y las personas auténticas eran impredecibles.

—Me han dicho que solicita refugio.

—Sí.

—¿Y qué ofrece a cambio?

Por fin. Una pregunta razonable. Una pregunta que comprendía. Eleonora levantó el mentón.

—Conocimiento.

Experiencia. Consejo. El rey sonrió apenas.

—Todos los consejeros prometen ser útiles.

—Yo lo seré.

Algunos nobles soltaron pequeñas risas. El rey no. Seguía observándola. Evaluándola.

Como si intentara descubrir qué había detrás de cada palabra. Y aquello la obligó a ser cuidadosa.

Porque por primera vez en mucho tiempo sintió que alguien estaba mirando más allá de la máscara.

No lo suficiente. Pero más que la mayoría. Entonces Agatha despertó. Abrió los ojos.

Y antes de que Eleonora pudiera reaccionar, la niña estiró una mano hacia la corona del rey.

La sala entera quedó en silencio. Un noble dejó escapar una exclamación horrorizada. Otro se puso pálido. Eleonora cerró los ojos.

Solo un segundo. Porque aquello era exactamente el tipo de desastre que podía arruinarlo todo. Sin embargo… El rey soltó una carcajada.

Una carcajada franca. Inesperada. Y por primera vez desde que había llegado a Arcadia, Agatha sonrió. Una sonrisa diminuta.

Desdentada. Perfecta. La expresión del rey cambió. Fue algo breve.

Pero Eleonora lo vio. Y comprendió inmediatamente lo que significaba. Aquella niña acababa de encontrar un lugar en el corazón del rey. Antes que ella.

Mucho antes que ella. Y mientras observaba aquella escena, una idea comenzó a tomar forma. No un plan. Todavía no.

Solo una posibilidad. Porque si el rey llegaba a amar a Agatha… Entonces jamás permitiría que les ocurriera nada.

Y en un mundo donde todo podía perderse de un día para otro…

Aquello era un poder demasiado valioso para ignorarlo. La audiencia terminó poco después. Muchos en la corte esperaban que aquello fuera el final.

Que la mujer misteriosa y su hija fueran alojadas unos días y después enviadas a algún rincón olvidado del reino.

No ocurrió. Dos semanas después, Eleonora seguía en el castillo. Un mes después también.

Y cada vez que alguien preguntaba por qué, la respuesta del rey era la misma.

—Necesitan tiempo.

Tiempo.

Como si el tiempo fuera suficiente para reparar lo que el mundo había roto.

Eleonora observaba. Siempre observaba. Aprendió los nombres de los nobles. Las rivalidades.

Los matrimonios. Las alianzas. Los resentimientos. Y sobre todo aprendió algo más importante.

El rey escuchaba. Escuchaba a los sirvientes. A los soldados. A los campesinos.

A cualquiera. Aquello la desconcertaba. Porque los hombres poderosos solían hablar. Él escuchaba.

Y era precisamente por eso que todos lo querían. Y precisamente por eso que algún día lo destruirían. Agatha creció rápidamente. En cuestión de meses dejó de ser una niña silenciosa.

Comenzó a correr por los corredores. A esconderse detrás de las cortinas. A perseguir gatos imposibles de atrapar. Y por alguna razón inexplicable siempre terminaba encontrando al rey.

—Alteza.

—No me mires así.

—Ha vuelto a esconderse en la biblioteca.

—¿Otra vez?

—Y ha pintado un mapa en uno de los pergaminos reales.

—¿Es un buen mapa?

El sirviente suspiraba.

—No.

—Entonces tendremos que enseñarle.

Aquello provocaba desesperación en la mitad de la corte. Y una ternura insoportable en la otra mitad. Eleonora observaba todo aquello desde lejos. No intervenía.

Porque no era necesario. La niña hacía el trabajo sola. Cada sonrisa. Cada abrazo.

Cada travesura. Agatha estaba conquistando el castillo pieza por pieza. Y el rey caía con ella. Una tarde encontró a ambos sentados en el jardín.

Agatha intentaba arrancar flores. El rey intentaba convencerla de que dejara de hacerlo. Ninguno estaba ganando. Eleonora permaneció observando varios segundos.

—Estás perdiendo.

El rey levantó la vista. Y sonrió. Aquella sonrisa. Siempre aquella sonrisa.

Abierta. Honesta.

Como si no entendiera que el mundo era un lugar mucho más cruel de lo que imaginaba.

—Estoy negociando.

—Con una niña de un año.

—Y está ganando.

Agatha levantó una flor arrancada como si fuera un trofeo. Eleonora casi sonrió. Casi. Porque incluso entonces se negó a permitirse ciertas debilidades.

El rey observó a la niña. Después a Eleonora. Y durante un instante pareció ver algo que ella prefería mantener oculto. La preocupación.

El miedo. La desesperación de una mujer que había sobrevivido demasiado tiempo sola.

—Ya está segura aquí.

Las palabras llegaron sin previo aviso. Eleonora apartó la mirada. Porque no sabía qué responder. Porque no era la seguridad lo que la inquietaba.

Era el futuro. La seguridad desaparecía. Los reyes morían. Los reinos caían.

Ella lo sabía mejor que nadie.

—Nada es para siempre.

La voz salió más fría de lo que pretendía. El rey la observó unos segundos.

—No.

Y sonrió otra vez.

—Pero algunas cosas duran más cuando alguien decide protegerlas.

Aquella frase permaneció con ella mucho después de abandonar el jardín. Porque era una frase estúpida. Ingenua. Propia de alguien que todavía creía en la bondad.

Y, sin embargo…

Aquella noche fue la primera vez que Eleonora se preguntó qué se sentiría al creer en algo.

Aunque solo fuera por un instante. Y fue también la primera vez que comprendió algo mucho más peligroso. El rey empezó a enamorarse de ella.

Y Eleonora lo supo mucho antes que él. Lo descubrió en los pequeños detalles. En la forma en que la buscaba durante las cenas.

En cómo recordaba comentarios que ella misma había olvidado hacer. En la facilidad con la que aceptaba sus consejos. Y sobre todo… En cómo la miraba cuando creía que nadie lo observaba.

Era una mirada peligrosa. No porque deseara algo de ella. Sino porque esperaba algo de ella. Y las expectativas siempre terminaban convirtiéndose en cadenas.

Eleonora llevaba demasiado tiempo sobreviviendo para permitir que alguien la encadenara otra vez.

Por eso se prometió mantener distancia. Por eso se prometió no cometer errores. Y por eso, inevitablemente, terminó cometiéndolos. Porque el rey era paciente.

Y la paciencia era más difícil de combatir que la insistencia. Nunca exigía. Nunca presionaba. Nunca reclamaba.

Simplemente estaba allí. Como si hubiera decidido esperar el tiempo que fuera necesario. Aquello irritaba a Eleonora más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Una tarde lo encontró jugando con Agatha en los jardines.

La niña corría detrás de él empuñando una rama como si fuera una espada.

—¡No escaparás!

—Soy el rey.

—¡Entonces te capturaré primero!

—Eso no parece muy respetuoso.

—Tú tampoco eres respetuoso.

El rey soltó una carcajada. Y Agatha aprovechó para golpearle la pierna con la rama.

—Derrotado.

—Traición.

—Victoria.

Eleonora observó la escena desde la galería superior. Y por primera vez sintió algo que no esperaba. Envidia. No por el rey.

Por Agatha.

Porque la niña había conseguido en un año lo que ella jamás había logrado.