XXII. Los recuerdos de una reina
CAPÍTULOXXIILOS RECUERDOS DE UNA REINA
La vuelta al castillo se sintió más larga de lo habitual.
Las calles estaban llenas. La ciudad celebraba.
Todavía quedaban flores colgadas en algunos balcones por el nombramiento del día anterior.
Músicos en las plazas. Niños corriendo entre los puestos. Personas riendo. Agatha apenas las veía.
La nota permanecía guardada en el bolsillo interior de su abrigo.
Y aunque intentó convencerse de que no importaba, acabó leyéndola dos veces durante el camino.
Te quedaste con mi mula. La frase seguía pareciéndole absurda. Y sin embargo… No podía dejar de pensar en ella.
No podía dejar de pensar en él.
Cuando atravesó las puertas del castillo, descubrió que la vida seguía avanzando con una normalidad casi ofensiva.
Consejeros entrando y saliendo. Guardias cambiando turnos. Sirvientes recorriendo los corredores.
Como si nadie hubiera notado que algo dentro de ella acababa de cambiar.
—Ahí estás.
Astrid apareció al final del corredor. Agatha levantó la vista. Su hermana la observó durante apenas dos segundos. Y sonrió.
—Se fue.
No era una pregunta. Maldita Astrid.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
Agatha siguió caminando. Astrid la acompañó.
—¿Dejó una carta?
—No.
—Eso es peor.
—Solo una nota.
—Definitivamente es peor.
Por primera vez desde la mañana, Agatha soltó una pequeña risa. Y aquello bastó para tranquilizar a Astrid. Porque no preguntó más. Simplemente caminó a su lado.
Como hacía cuando eran niñas. Sin necesidad de explicaciones. Sin necesidad de respuestas. Los mercados volvieron a llenarse.
Las rutas comerciales comenzaron a abrirse. Los templos repararon sus puertas. Los campos volvieron a sembrarse. La guerra empezaba a convertirse en un recuerdo.
Doloroso. Pero recuerdo al fin. Agatha ocupó su lugar entre los Arcanos. Asistió a reuniones.
Firmó acuerdos. Escuchó disputas interminables sobre impuestos, reconstrucción y fronteras. La vida continuó. Y aun así, algunas noches, terminaba sacando la nota del cajón.
La leía. Volvía a guardarla. Como una idiota. Nunca respondió las preguntas que le había dejado.
Solo las multiplicó. ¿Quién había sido realmente Lucien antes de aparecer en su vida? ¿Por qué ocultar algo tan insignificante como aquel encuentro? ¿Por qué desaparecer otra vez?
Y la peor de todas. ¿Por qué seguía pensando en él?
Aquella mañana estaba intentando ignorar precisamente esa pregunta cuando un golpe apresurado resonó contra la puerta de su despacho.
—Adelante.
Un guardia apareció. Agitado.
—Mi lady.
Algo en su expresión hizo que Agatha se incorporara.
—¿Qué ocurre?
—Han llegado más.
Agatha frunció el ceño.
—¿Más qué?
—Desterrados.
El silencio cayó sobre la habitación. Porque aquella no era la primera vez que escuchaba la noticia. Durante las últimas semanas habían llegado pequeños grupos. Familias.
Mercaderes. Campesinos. Supervivientes.
Personas que afirmaban provenir de los antiguos territorios abandonados más allá de las fronteras.
Pero cada día eran más. Y seguían llegando.
—¿Cuántos esta vez?
—Casi cien.
Agatha se quedó inmóvil. Cien. Eso ya no era casualidad. Eso era un movimiento organizado.
—¿Quién los dirige?
El guardia dudó.
—Nadie parece estar al mando.
Aquello le gustó todavía menos. Porque significaba que seguían una idea. Y las ideas eran mucho más difíciles de detener que los ejércitos.
—¿Qué quieren?
La respuesta llegó inmediatamente.
—Piden audiencia.
—¿Con quién?
El guardia tragó saliva.
—Con Lady Eleonora.
Agatha sintió que algo se tensaba dentro de ella. Eleonora. No Astrid. No el Consejo.
No la Corona. Eleonora.
—¿Han explicado por qué?
—No.
Mentía. O al menos no estaba diciendo toda la verdad. Agatha podía verlo.
—Habla.
El hombre bajó la mirada.
—Algunos afirman que buscan justicia.
La habitación quedó en silencio.
—¿Justicia por qué?
El guardia tardó varios segundos en responder.
—Por los muertos.
Un escalofrío recorrió la espalda de Agatha. Porque de pronto recordó algo. Las últimas palabras de Lucien antes de desaparecer. Los asuntos pendientes.
Las deudas antiguas. Las personas que habían quedado atrás. Y por primera vez una idea incómoda comenzó a tomar forma. Quizá la guerra nunca había terminado realmente.
Quizá solo había cambiado de rostro. Esa misma tarde las puertas de Arcadia se abrieron. Y los desterrados entraron en la ciudad. No como conquistadores.
No como refugiados. No como peregrinos. Entraron como testigos. Y algunos llevaban décadas esperando ser escuchados.
Las historias variaban. Los detalles cambiaban. Pero siempre terminaban igual. Con personas obligadas a marcharse.
Y con alguien beneficiándose de ello. Agatha observó a la anciana frente a ella.
—¿Por qué regresar ahora?
La mujer tardó en responder.
—Porque por primera vez nos dijeron que seríamos escuchados.
Aquello hizo que varios consejeros intercambiaran miradas.
—¿Quién os lo dijo?
La anciana sonrió.
—Un hombre.
La respuesta provocó varios suspiros exasperados.
—¿Qué hombre?
—Uno que cumplió su palabra.
No ayudaba demasiado.
—¿Tenía nombre?
La mujer la observó.
—Claro que tenía nombre.
Y por primera vez algo cambió en la sala. Porque la expresión de la anciana se volvió casi reverente.
—Aeron.
Silencio. No miedo. No odio. Respeto.
Eso fue lo que más inquietó a Agatha. Porque los hombres poderosos solían inspirar una cosa o la otra.
Pero aquella mujer lo pronunció como quien habla de alguien que la salvó.
—¿Lo conociste?
—Dos veces.
—¿Y qué hizo?
La anciana soltó una pequeña risa.
—Escuchar.
Aquello provocó varios murmullos.
—¿Eso es todo?
—¿Le parece poco?
Agatha guardó silencio. La mujer se incorporó lentamente.
—Llevábamos años hablando y nadie escuchaba. A veces eso basta para convertir a una persona en leyenda.
La frase permaneció en el aire mucho después de que la audiencia terminara.
Aquella noche Agatha regresó a sus habitaciones con más preguntas de las que tenía al comenzar el día.
Porque algo no encajaba. Si Aeron era realmente el monstruo que muchos describían…
¿Por qué todos los que habían sido ayudados por él hablaban de manera tan distinta?
Y si era realmente el héroe que aquellos desterrados veían… ¿Por qué había permanecido oculto durante tanto tiempo? Las respuestas parecían esconderse siempre detrás de otra puerta.
Y mientras observaba la ciudad desde la ventana, una idea comenzó a incomodarla.
No conocía a Aeron. Nadie en Arcadia parecía conocerlo realmente. Y sin embargo…
Cada vez más personas estaban dispuestas a cruzar medio continente siguiendo una sola palabra suya.
Eso era poder. Y el poder rara vez aparecía de la nada.
Mientras tanto, en otra parte del castillo, Eleonora recibió el informe de las nuevas audiencias.
Lo leyó en silencio. Una vez. Luego otra. Y por primera vez en muchos años, sus manos temblaron.
Muy ligeramente. Pero lo suficiente.
Porque había un nombre que llevaba demasiado tiempo esperando no volver a escuchar.
Aeron. Aquella noche, Eleonora no cenó. Tampoco recibió visitas. Ni permitió que los sirvientes permanecieran demasiado tiempo en sus aposentos.
Esperó hasta que el castillo quedó en silencio. Solo entonces abrió uno de los cajones ocultos de su escritorio. Dentro descansaban documentos que nadie más conocía. Cartas.
Informes. Órdenes selladas décadas atrás. Fantasmas. Eleonora observó los pergaminos durante largos segundos.
Había dedicado media vida a asegurarse de que permanecieran enterrados. Y ahora, de repente, los muertos estaban regresando. No físicamente. Peor.
Estaban hablando. Uno por uno. Recordando. Acusando.
Y aquello era algo mucho más peligroso. Porque los cadáveres guardaban silencio. Los supervivientes no. Con manos firmes volvió a cerrar el cajón.
No. Aún podía controlar aquello. Siempre había podido. Siempre.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras en su mente, una duda comenzó a abrirse paso.
Pequeña. Insistente. ¿Qué ocurriría si él aparecía? Eleonora cerró los ojos.
No había pronunciado aquel nombre en años. No lo había escrito. No lo había dicho. No lo había pensado más de lo estrictamente necesario.
Y aun así seguía allí.
Diecinueve años antes
La nieve cubría los caminos que conducían a Arcadia.
Caía lenta. Silenciosa.
Como si el invierno intentara ocultar las cicatrices del mundo bajo una misma capa blanca.
Eleonora llevaba tres días sin dormir. O quizá cuatro. Había dejado de contarlos.
La niña descansaba entre sus brazos, envuelta en mantas demasiado grandes para su pequeño cuerpo.
Dormía ajena al frío. Ajena al hambre. Ajena al miedo. Eleonora observó su rostro durante unos segundos.
Tan pequeña. Tan indefensa. Y aun así seguía viva. Había sobrevivido cuando otros más fuertes no lo hicieron.
Había sobrevivido cuando el mundo parecía empeñado en arrebatársela.
—Ya casi llegamos.
No sabía si hablaba para la niña o para sí misma. Las murallas de Arcadia aparecieron entre la nieve poco después. Altas. Imponentes.
Inalcanzables para la mayoría.
Pero Eleonora no había llegado tan lejos para detenerse frente a una puerta.
Ajustó la manta alrededor de la niña. Enderezó la espalda. Y continuó caminando. Los guardias las vieron mucho antes de que alcanzaran la entrada principal.
Una mujer sola. Con un bebé en brazos. Sin escolta. Sin equipaje.
Aquello era extraño. Pero no tan extraño como la forma en que caminaba. No parecía una mendiga. No parecía una refugiada.
Parecía alguien acostumbrada a que las puertas se abrieran. Incluso cuando ya no tenía derecho a cruzarlas.
—Deténgase.
Eleonora obedeció. Uno de los guardias descendió los escalones.
—¿Quién es?
La pregunta quedó suspendida entre ellos. Durante un instante Eleonora pensó en todos los nombres que había tenido. Todos los títulos. Todos los apellidos que ya no podía utilizar.
Y respondió con el único que aún conservaba.
—Eleonora.
El guardia esperó algo más. No lo obtuvo.
—¿Y qué busca en Arcadia?
Eleonora bajó la mirada hacia la niña. La respuesta era sencilla. Supervivencia. Pero no dijo eso.
Porque las personas ayudaban a los débiles. Y luego los olvidaban. Ella no necesitaba compasión. Necesitaba una oportunidad.