XXI. Lo que no dijimos #3
Agatha tardó un momento en responder.
No porque no supiera la respuesta, sino porque quería asegurarse de que era honesta.
—Sí… creo que sí. —Hizo una pausa y luego soltó una risa suave, casi avergonzada—. No fue como lo había imaginado.
Lucien levantó la cabeza y la miró.
Tenía el cabello revuelto y una expresión que mezclaba ternura y curiosidad.
—¿Y cómo lo habías imaginado?
Agatha se mordió el labio, sintiendo el calor subir a sus mejillas.
—No sé… más… perfecto, supongo. Como en las historias. Pero esto fue… —Buscó la palabra correcta— real.
Lucien sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro de una manera que ella no había visto antes.
—Lo real casi nunca es perfecto. Pero tiene algo que las historias no pueden capturar.
—¿Qué?
Él bajó la cabeza y presionó sus labios contra la curva de su cuello, un beso lento y deliberado.
—Que eres tú. Y soy yo. Y nadie más.
Agatha sintió que algo se deshacía en su pecho.
No era amor, todavía no.
Pero era algo que se le parecía, o que podía convertirse en ello si se lo permitía.
—Lucien…
Comenzó, pero las palabras se le atascaron.
—Dime.
—¿Esto… significa algo para ti? —preguntó, sintiéndose de pronto increíblemente vulnerable.
La chica ruda y atrevida que había entrado a esa taberna había desaparecido por completo.
En su lugar, había una mujer que acababa de entregar una parte de sí misma a un hombre que apenas conocía.
Lucien la miró a los ojos.
Por un instante, ella vio la lucha interna en su mirada.
Luego, él habló.
—Significa más de lo que debería. Y eso me asusta.
—¿Por qué?
—Porque no estoy acostumbrado a que alguien me importe —dijo en apenas un murmullo—. Porque sé que esto no puede durar y, aun así… no quiero que termine.
Agatha deslizó la mano por su mejilla, sintiendo la sombra de barba bajo sus dedos.
—Entonces no pensemos en el mañana. Solo… estemos aquí. Ahora.
Lucien asintió lentamente y se recostó junto a ella, atrayéndola hacia su pecho.
Agatha se acomodó en el hueco de su brazo, sintiendo el latido de su corazón contra su oído. Era rápido, aún agitado.
No era el corazón de un hombre frío y calculador.
Era el corazón de alguien que también sentía miedo.
—Agatha —dijo él después de un largo silencio.
—¿Mmm?
—Gracias.
Ella levantó la cabeza y lo miró con curiosidad.
—¿Por qué?
—Por confiarme esto. Por ser honesta. Por no fingir que fue perfecto cuando no lo fue. —Sonrió con suavidad—. La mayoría de las mujeres fingiría.
—No me gusta fingir —respondió ella, acomodando de nuevo la cabeza sobre su pecho—. Y contigo… no siento que tenga que hacerlo.
Lucien pasó los dedos por su cabello, un gesto lento y casi ausente.
—Eso es un regalo más grande del que crees.
Agatha cerró los ojos, dejándose llevar por la calidez del momento.
La taberna estaba en silencio cuando Agatha despertó.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Desorientada.
Observando el techo de madera.
La luz gris del amanecer filtrándose por las ventanas.
Y entonces recordó.
La conversación.
Las horas compartidas.
Las palabras que ninguno había dicho durante años.
Lucien.
Giró la cabeza.
El lugar a su lado estaba vacío.
Una parte de ella ya lo sabía.
Incluso antes de incorporarse.
Incluso antes de recorrer el piso superior.
Incluso antes de bajar las escaleras.
Lucien se había marchado.
La taberna permanecía desierta.
Como si la noche anterior nunca hubiera ocurrido.
Agatha se detuvo junto a la barra.
Intentando ignorar aquella sensación absurda de pérdida.
Fue entonces cuando la vio.
Una pequeña hoja doblada.
Sujetada bajo una botella vacía.
Frunció el ceño.
Y la tomó.
Agatha volvió a leer las palabras.
Una vez.
Dos.
Tres.
Te quedaste con mi mula.
La frase hizo que algo se agitara en su memoria.
Algo antiguo.
Cubierto por años de distancia.
Lentamente volvió a sentarse.
La nota seguía entre sus dedos.
La lluvia.
Un hombre herido.
Agatha sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No.
No podía ser.
Pero cuanto más intentaba apartar la idea, más sentido tenía.
Por eso le había parecido familiar desde el principio.
Por eso a veces tenía la sensación de haber escuchado aquella voz antes.
Por eso algunas miradas parecían contener recuerdos que ella no compartía.
O eso había creído.
La nota tembló ligeramente entre sus manos.
—Lucien… —susurró.
Y por primera vez se preguntó cuánto tiempo llevaba aquel hombre caminando junto a ella.
No desde la guerra.
No desde los Disidentes.
No desde la taberna.
Desde antes.
Mucho antes.
Agatha cerró los ojos.
Intentando ordenar sus pensamientos.
Intentando decidir si aquello era una coincidencia absurda o una verdad.
Pero una parte de ella ya conocía la respuesta.
Porque Lucien jamás dejaba nada al azar.
Y aquella nota no era una despedida.
Era una pista.
Una última pieza.
Una pregunta.
Y por primera vez desde que lo había conocido, Agatha comprendió que quizá nunca había terminado de entender quién era realmente Lucien.
La luz de la mañana siguió entrando por las ventanas vacías de la taberna.
Y por primera vez desde que despertó, la ausencia dolió de verdad.
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