La Médium XXI. Lo que no dijimos #2
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XXI. Lo que no dijimos #2

Jaló del hilo de su corset.

De la misma forma que siempre había sido desde siempre.

Atrevida.

Se desnudó, quedando completamente desnuda delante de él.

Ella ya lo había decidido.

No era amor.

Ambos eran conscientes de ello.

O al menos eso creía ella…

Lucien quedó obsesionado con sus curvas.

Redondeadas.

Carnosas.

Nunca había estado con una mujer tan atrevida y bella.

Sabía muy en el fondo que ella sería su debilidad.

Inmediatamente, el bulto entre su pantalón reaccionó. Dejó de dudar: ese día no importaría nada.

La tomaría sin importar lo que viniera después.

Haría algo que iba en contra de su naturaleza.

Haría algo impulsivo.

Ella se sonrojó y pensó por un momento que había entendido mal toda la escena.

Cuando estuvo a punto de tomar el vestido de vuelta, él la puso de espaldas contra su pecho y besó su oído.

—Esta noche solo importa el deseo.

—No hace falta aclararlo…

—Me encantas —susurró él antes de que sus alientos se mezclaran en un beso desesperado.

Sus cuerpos se rozaron.

Él bajó sus manos a la zona más íntima de cualquier mujer.

—Vas a ser mía.

Aquellas palabras solo hicieron que su estómago diera un brinco.

Jamás había pensado mucho en cómo sería su primera vez, y no sabía si hacía falta decírselo o no.

De pronto, de aquella mujer atrevida no quedó nada.

Lucien lo entendió.

Tenía suficiente experiencia en mujeres para ver que ella no tenía experiencia alguna.

—Te enseño —dijo en un susurro y colocó sus manos suaves para acariciar sus nalgas ya desnudas.

Ella se sorprendió; no había notado en qué momento él se había desnudado.

Una risa ahogada y ronca salió de él.

Todo en ella era una sorpresa.

Esa máscara de chica ruda y atrevida solo era aquello: una máscara.

Él iba a ser su primera vez.

Tal vez no su primer amor, pero algo dentro de él se emocionó.

Lo que vino después fue un frenesí de besos apasionados y caricias sin control.

Lucien llevaba el control.

Agatha se sentía extasiada.

Esto estaba siendo más emocionante que las veces que había fantaseado.

Era su elección.

No por amor, pero sí por lo cómoda y cuidada que se sentía.

Con Lucien todo era tan cómodo, desde una plática hasta algo complejo en la vida de una mujer como perder la virginidad.

Cada beso quemaba y la hacía retorcerse del deseo.

El mundo exterior desapareció.

No existía el deber, ni el sacerdocio, ni las sombras de Valdoren.

Solo existían ellos dos, enredados en un abrazo que prometía consumirlos.

Lucien la levantó con una facilidad que la hizo sentir liviana, como si no pesara nada.

Agatha rodeó su cuello con los brazos y hundió los dedos en su cabello oscuro.

Él la recostó con cuidado sobre la barra, pero esa delicadeza inicial se desvaneció cuando ella lo atrajo hacia sí con urgencia.

—No te detengas —murmuró ella contra sus labios.

—No pienso hacerlo.

Cada caricia era una promesa.

Cada beso, un desafío.

Lucien exploró su cuerpo con una devoción que la sorprendió.

No había prisa en él, a pesar del fuego que ardía en sus ojos.

La miraba como si quisiera memorizar cada centímetro de ella.

—Eres hermosa —susurró. La frase le quemó la piel.

Agatha quiso responder, pero las palabras se ahogaron en un gemido cuando sus labios encontraron el hueco de su cuello.

Su cuerpo respondía sin pudor, rindiéndose a un deseo que nunca antes había conocido.

—Lucien…

Su nombre salió de ella como una plegaria.

Él la miró a los ojos, buscando asentimiento.

Lo encontró.

—¿Lista? —preguntó con la voz ronca y apenas contenida.

—Sí —respondió ella, aunque sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho.

No fue como en sus fantasías.

Hubo una presión incómoda, un momento de duda, y luego un dolor agudo que la hizo contener la respiración.

Agatha frunció el ceño y apretó los dedos contra la espalda de Lucien.

—¿Estás bien? —preguntó él de inmediato, deteniéndose, con la voz cargada de preocupación.

—Sí… solo dame un momento —murmuró ella, con los ojos cerrados y respirando despacio.

Lucien esperó.

No se movió.

Solo la sostuvo, dejando que su cuerpo se acostumbrara a la nueva sensación.

Le besó la frente, la mejilla, los labios con una suavidad que contradecía la intensidad de los momentos previos.

—Respira conmigo —le dijo, tomando su mano y entrelazando sus dedos.

Agatha siguió su ritmo.

Inhaló.

Exhaló.

Poco a poco, el dolor fue cediendo, transformándose en una sensación extraña, profunda, que la fue envolviendo.

Ella asintió con timidez.

—Ya puedes… moverte.

Lucien comenzó con calma, con movimientos lentos y pausados, siempre atento a sus reacciones.

No había prisa.

No había espectáculo.

Había una conexión que la hizo sentir cuidada, protegida, como si en ese momento no existiera nadie más en el mundo.

Agatha no llegó a un clímax arrollador.

No hubo fuegos artificiales ni un estallido de luces.

Pero sí hubo una ola cálida que fue creciendo en su vientre, una sensación que la hizo aferrarse a él y jadear con suavidad, sintiendo que su cuerpo respondía de una manera que nunca antes había conocido.

—Lucien… —susurró con la voz quebrada.

—Estoy aquí —respondió él, besando su hombro, su cuello y su mejilla.

Cuando él finalmente se rindió, Agatha sintió su peso sobre ella, agitado, cálido.

No fue perfecto.

Fue torpe en algunos momentos, incómodo en otros.

Pero fue real.

Fue de ellos.

Por un largo momento, ninguno dijo nada.

Solo respiraban juntos, enredados en un silencio que no era incómodo, sino un refugio.

Agatha sintió el peso de Lucien sobre ella, el calor de su piel pegajosa contra la suya.

Su corazón aún latía acelerado, pero ya no era por el deseo.

Era algo más profundo, algo que no sabía nombrar.

Pasó los dedos por la espalda de él, trazando surcos invisibles sobre su piel.

—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz ronca y apenas un susurro.