La Médium XXI. Lo que no dijimos
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XXI. Lo que no dijimos

CAPÍTULOXXILO QUE NO DIJIMOS

—Así que este era el famoso refugio.

Agatha arqueó una ceja.

—¿Famoso?

—Cada vez que desaparecías, alguien terminaba diciendo: «Seguramente está en la taberna.»

Una risa escapó de sus labios.

—Y siempre acertaban.

—Lo imaginé.

Lucien recorrió el local con la mirada. No parecía impresionado. Tampoco decepcionado. Simplemente curioso.

—Es más pequeña de lo que esperaba.

—No todo el mundo necesita vivir en templos gigantescos.

—Qué suerte.

Agatha rodó los ojos. Aquello también era familiar. Se acercó a una de las mesas. Pasó los dedos por la madera.

Durante un instante dudó. No sabía por qué sentía la necesidad de explicarle aquel lugar. Y, sin embargo, la sentía.

—Trabajé aquí durante meses.

Lucien levantó una ceja.

—Eso sí lo sabía.

—No, no lo sabías. Porque nadie sabía realmente lo que significó.

Su mirada recorrió la estancia.

—Aquí nadie me conocía. Nadie esperaba nada de mí. No era una princesa. No era un problema político.

Lucien permaneció en silencio.

La escuchaba. De verdad la escuchaba.

—Era solo Agatha. Y fue la primera vez que me gustó serlo.

Aquella confesión quedó suspendida entre ambos. Lucien observó la habitación una vez más. Y entonces pareció comprender algo. No estaba viendo una taberna.

Estaba viendo el único lugar donde Agatha había sido libre.

—Entonces entiendo por qué volviste.

Agatha sonrió.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Dónde ibas cuando querías desaparecer?

Por primera vez la pregunta pareció tomarlo desprevenido. Lucien soltó una pequeña risa.

—No tenía ningún lugar así.

—Eso es triste.

—Lo es.

Y por un instante ella vio algo que rara vez mostraba. Soledad. No la soledad de estar solo. La soledad de quien nunca tuvo un hogar al que regresar.

Agatha se encontró observándolo más de la cuenta, intentando imaginar al muchacho que había sido antes de conocerlo, antes de las guerras.

Antes de todo.

—¿Cómo eras?

Lucien la miró.

—¿Qué?

—Antes.

Él soltó una carcajada.

—Esa es una pregunta peligrosa.

—¿Por qué?

—Porque la mayoría de las historias son decepcionantes.

—Inténtalo de todos modos.

Lucien soltó una risa baja.

—Te vas a decepcionar.

—Eso lo decidiré yo.

—Qué autoritaria te has vuelto desde que eres Arcana.

—Responde la pregunta.

Lucien observó una de las mesas vacías. Como si buscara allí una respuesta.

—Era bastante insoportable.

—Eso no ha cambiado.

—Lo ves. ¿Para qué pregunto?

Agatha sonrió.

—Hablo en serio.

Por primera vez él pareció considerar la pregunta. De verdad.

—Era curioso. Supongo.

—¿Curioso?

—Siempre quería saber cómo funcionaban las cosas.

Las personas, las ciudades, los templos, las historias.

Agatha apoyó los codos sobre la mesa y lo escuchó.

—Eso tampoco ha cambiado.

—No. Creo que no.

La respuesta vino acompañada de una sonrisa extraña, melancólica.

—¿Y qué más?

Lucien suspiró.

—Pasaba demasiado tiempo metiéndome en problemas.

—Eso tampoco me sorprende.

—Una vez intenté colarme en una biblioteca cerrada.

—¿Intentaste?

—Me atraparon.

—Eso mejora la historia.

—No para mí.

Por primera vez en mucho tiempo, Agatha lo vio relajarse. Como si estuviera recordando una vida que ya no existía.

—Otra vez intenté convencer a un grupo entero de soldados de que una cabra estaba poseída.

Agatha parpadeó.

—¿Qué?

—Funcionó.

—No.

—Durante dos semanas.

Agatha soltó una carcajada. Una verdadera. Tan fuerte que terminó llevándose una mano a la boca.

—Eres un idiota.

—Lo sé.

El silencio volvió, pero esta vez estaba lleno de algo cálido y cómodo.

Y por primera vez Agatha comprendió cuánto había echado de menos simplemente hablar con él.

Sin urgencias, sin estrategias, sin guerra.

—¿Y tú?

La pregunta la tomó desprevenida.

—¿Yo qué?

—¿Cómo eras? Antes de todo esto.

Agatha recorrió la taberna con la mirada.

—Sola.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla. Lucien no dijo nada.

—No triste. No todo el tiempo. Solo… sola.

Sus dedos jugaron con una astilla de la mesa.

—Recuerdo pasar horas observando a otras personas. Intentando entender cómo era tan fácil para ellas pertenecer a algún sitio.

—¿Y ahora?

Agatha pensó la respuesta. Porque era una pregunta más difícil de lo que parecía.

—Ahora creo que entendí algo.

—¿Qué cosa?

—Que nadie pertenece a ningún lugar.

Lucien la observó.

—Explícate.

—Pasé años creyendo que si encontraba el lugar correcto todo tendría sentido.

El castillo, la taberna, los Disidentes, Arcadia.

Negó suavemente con la cabeza.

—Pero creo que estaba equivocada.

—¿Y cuál es la respuesta entonces?

Agatha sonrió, una sonrisa pequeña, casi tímida.

—Las personas.

Aquello hizo que Lucien permaneciera en silencio. Porque por alguna razón, aquella respuesta pareció afectarle más de lo esperado.

—Las personas son el hogar.

Agatha bajó la mirada.

—Sí. Creo que sí.

Y por primera vez desde que había entrado en la taberna, Lucien pareció incapaz de sostenerle la mirada.

Como si aquellas palabras hubieran golpeado algo demasiado profundo.

Agatha no lo sabía, pero acababa de describir exactamente aquello que él había perdido hacía mucho tiempo y aquello que estaba a punto de perder otra vez.

El silencio se instaló entre ellos. No era incómodo.

La luz del atardecer se había vuelto más tenue.

Las sombras comenzaban a extenderse por el interior de la taberna.

Y por un momento Agatha tuvo la sensación de que el mundo entero había quedado suspendido fuera de aquellas paredes.

—Las personas son el hogar —repitió Lucien.

Más para sí mismo que para ella. Agatha asintió.

—¿No lo crees?

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

—Antes sí.

Aquella respuesta llamó su atención de inmediato.

—¿Antes?

Lucien bajó la mirada.

—Hubo una época en la que estaba convencido.

Sus dedos recorrieron distraídamente la superficie de la mesa.

—Pensaba que mientras tuviera a ciertas personas cerca, todo lo demás podría soportarlo.

Algo en su voz hizo que Agatha permaneciera en silencio, escuchando, esperando. De repente comprendió que no estaba hablando de política, ni de la guerra ni de los Disidentes. Estaba hablando de alguien.

—¿Qué pasó?

Lucien dejó escapar una exhalación lenta, como si llevara meses evitando aquella conversación.

—La perdí.

Agatha sintió que el aire se detenía. No preguntó quién. Todavía no.

Porque había una tristeza tan profunda en aquellas palabras que el nombre parecía irrelevante.

—Lo siento.

Lucien soltó una risa sin humor.

—Yo también.

El silencio regresó, más pesado esta vez. Agatha observó su perfil, la tensión en su mandíbula, la forma en que evitaba mirarla. Entonces comprendió algo: aquella no era una herida reciente, sino una herida abierta.

—¿La amabas?

La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla. Lucien levantó la vista. Sorprendido. Durante unos segundos ninguno habló.

Y por primera vez desde que había entrado en la taberna, pareció completamente vulnerable.

—Era mi hermana.

El corazón de Agatha se encogió. Su hermana. Por supuesto. Todo cobró sentido de golpe.

Las ausencias, el cansancio, la tristeza. Todo.

—Mayara.

Lucien asintió y repitió su nombre en voz baja.

—Mayara.

La palabra pareció romper algo dentro de él. Agatha recordó a la mujer que había conocido. Su fuerza. Su carácter.

La forma en que parecía capaz de desafiar al mundo entero. Le resultó imposible imaginarla muerta.

—¿Cuándo?

—Tres meses después de la guerra.

Su voz apenas fue un susurro.

—No pude salvarla.

Aquellas cuatro palabras parecieron doler más que cualquier otra cosa. Agatha conocía a Lucien y sabía que cargaría aquella culpa durante muchísimo tiempo.

—No podías salvar a todo el mundo.

—Lo intenté.

—Lo sé.

—Y no fue suficiente.

Por primera vez Agatha se levantó de su asiento. No porque tuviera una respuesta. No porque supiera cómo aliviar aquel dolor. Simplemente porque no quería que estuviera solo.

A la cabeza de Lucien regresó un recuerdo de Valdoren.

No podía mostrarse débil ni dejar que Agatha sintiera lástima por él.

Usó la misma puerta de huida que aquel día Agatha utilizó para esconder sus lágrimas.

No lo pensó demasiado; simplemente terminó con la distancia que los separaba.

Sujetó ansiosamente su cintura y la pegó contra él.

Ella no se resistió, solo dio un respingo de sorpresa.

Pero entendió y recordó aquel beso torpe que ella había usado aquel día para esconder su dolor.

Algo extraño se alojó en el fondo de su estómago; tal vez debió haberlo apartado y consolado de otra manera menos sugerente y torpe.

Sus manos ardían detrás de su espalda; su tacto era cálido y agradable. Sus ojos chocaron como un estruendo.

Su mirada oscura con aires de superioridad no estaba; era solo Lucien.

No el sacerdote, era aquel compañero del principio.

No lo apartó.

Sus ojos eran los de una persona cansada.

Algo no había ido bien.

Y ahora lo entendía.

Mayara estaba muerta y era su hermana.

No podía ponerse en su lugar; probablemente ella quemaría el mundo si algo le pasara a Astrid.

—Solo hazlo —dijo Agatha en un susurro.

—Lo haré.

Sus labios se rozaron primero con delicadeza, como si fueran a romperse en ese momento.

Las lágrimas de Lucien cayeron, pero sus brazos acariciaban la espalda de Agatha, y ella nunca había sentido algo así.

La cercanía tan familiar de un hombre; ni con Ian, incluso cuando lo besó, ella no sintió algo parecido.

De pronto todo subió de tono demasiado rápido.

Ella entrelazó sus piernas en la cintura de Lucien.

Ya no pensaban ni razonaban.

Él la colocó suavemente sobre la barra rota.

Un gemido salió inconscientemente de los labios de Agatha cuando, de pronto, los labios de Lucien bajaron a morder su cuello.

Aquello ya no era un simple beso.

Aquello era deseo.

Excitación de dos cuerpos contenidos.

Ella no lo apartó; con sus manos acarició su marcado abdomen.

—Ya no eres aquel sacerdote.

—Quizás nunca lo fui.

Era una confesión, pero no se había detenido en todo ese tiempo a ver lo atractivo que era Lucien.

Algo en él había cambiado en todos esos meses.

O tal vez en ella.

—Si sigues tocándome así, no tendré benevolencia.

—Eso es una amenaza, Lord Lucien.

Todo ascendía a un aura juguetona.

Ella tomó la iniciativa.