La Médium XX. El nombramiento #2
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XX. El nombramiento #2

—La persona que hoy honramos no nació para este cargo. No fue preparada para él. No fue elegida por tradición. Ni por linaje. Ni por conveniencia.

Los ojos del hombre se posaron sobre ella.

—Fue elegida porque cuando todos nosotros fallamos, ella siguió tendiendo la mano. Cuando elegimos la guerra, ella eligió a las personas. Y cuando parecía más sencillo rendirse, decidió creer que todavía existía algo digno de salvar.

El silencio que siguió fue absoluto.

—Agatha de Arcadia. Te invitamos a ocupar un lugar entre los Arcanos de los Disidentes.

El salón entero se puso en pie y durante unos segundos Agatha se quedó inmóvil.

Comprendió algo que nunca había esperado sentir.

No orgullo, no satisfacción, sino gratitud por todas las personas que la habían ayudado a llegar hasta allí, por quienes seguían vivos y también por quienes no.

Se puso de pie lentamente, subió los escalones del estrado y aceptó el emblema que le ofrecían.

La plata brilló bajo la luz de las vidrieras.

—¿Aceptas este cargo?

Agatha observó el símbolo. Luego a las personas reunidas frente a ella. Y finalmente respondió.

—Sí.

Los aplausos estallaron inmediatamente.

Pero por primera vez en mucho tiempo no sintió la necesidad de desaparecer.

Ni de esconderse. Ni de dudar. Simplemente sonrió.

Porque por primera vez no estaba intentando encontrar su lugar en el mundo.

Lo había encontrado. Y, sin embargo, mientras la sala celebraba y los músicos comenzaban a tocar, mientras la gente se acercaba para felicitarla, una pequeña parte de ella seguía sintiendo una ausencia, una silla vacía en algún rincón invisible de su corazón, una presencia que no estaba allí.

Aunque intentó ignorarlo y concentrarse en aquel momento, no pudo evitar preguntarse una sola cosa: ¿dónde estaba Lucien?

Los aplausos parecieron prolongarse una eternidad. Agatha descendió del estrado con el emblema aún entre las manos. La plata estaba tibia. Extrañamente real.

Durante años había perseguido respuestas, un lugar, un propósito.

Y ahora que finalmente sostenía algo que demostraba que había encontrado ambos, no sentía la euforia que imaginó tantas veces.

Sentía calma. Las siguientes horas transcurrieron entre felicitaciones, rostros conocidos y otros apenas recordados, personas que insistían en estrechar su mano, agradecerle y contarle cómo la guerra había cambiado sus vidas, cómo ella había cambiado las cosas.

A veces respondía. A veces simplemente sonreía. Porque nunca había sabido recibir admiración. Seguía sintiéndose más cómoda escuchando que siendo escuchada.

—Si sigues sonriendo así se te quedará la cara torcida.

Agatha giró la cabeza. Ian sostenía una copa entre los dedos.

—Pensaba que hoy ibas a ser amable conmigo.

—Lo intenté.

Duró exactamente tres minutos. Agatha soltó una risa, la primera sincera de toda la tarde. Ian levantó su copa.

—Felicidades.

—Gracias.

—Lo digo en serio. Te lo has ganado.

Por un instante ninguno habló. El silencio ya no resultaba incómodo. La guerra había cambiado demasiadas cosas.

—Astrid me contó que hablaron.

Agatha lanzó una mirada hacia el otro extremo del salón donde su hermana conversaba con varios consejeros.

—¿Así que ahora compartís secretos?

—No fue exactamente un secreto.

Ian bajó la vista hacia su copa.

—Nunca quise hacerte daño.

Agatha permaneció inmóvil. Aquellas palabras habrían significado algo muy distinto meses atrás. Quizá incluso años atrás. Ahora simplemente parecían honestas.

—Lo sé.

Ian pareció sorprendido.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas una tragedia?

—Contigo nunca se sabe.

Agatha sonrió.

—Creo que durante mucho tiempo confundí muchas cosas. Necesitaba sentirme importante para alguien. Necesitaba que alguien me eligiera. Y pensé que tú representabas eso.

Ian escuchó sin interrumpir.

—Pero ahora creo que nunca se trató realmente de ti.

Por primera vez desde que se conocían, Ian pareció no saber qué responder.

—Eso ha sido cruel.

—También ha sido verdad.

La sonrisa regresó a ambos, ligera, libre de heridas. Y por primera vez Agatha comprendió que aquello realmente había quedado atrás.

Cuando Ian se alejó para atender a otro invitado, Agatha recorrió el salón con la mirada.

Buscaba algo, o a alguien. No lo encontró. Volvió a intentarlo más tarde: durante el banquete, después de los brindis, mientras los músicos comenzaban a tocar. Nada.

Lucien no estaba. Aquello no debería haberle importado. Tenía derecho a estar ocupado. Siempre lo estaba.

Y, sin embargo, la ausencia comenzó a hacerse cada vez más evidente, como una nota desafinada en una melodía perfecta.

—Lo estás buscando.

Agatha se giró sobresaltada. Astrid apareció a su lado con una expresión demasiado divertida.

—No sé de qué hablas.

—Claro. Y yo no sé leer.

—Astrid.

—Agatha.

Su hermana tomó una copa de una bandeja cercana.

—No está aquí.

Agatha intentó que su decepción no fuera visible.

—No pregunté por él.

—Tampoco dije su nombre.

Maldita Astrid.

Por suerte, antes de que la conversación pudiera continuar, alguien reclamó la atención de la heredera.

Astrid sonrió.

—Ve a respirar un poco. Te conozco.

Dentro de una hora empezarás a amenazar diplomáticos.

—Solo a los insoportables.

—Todos son insoportables.

Y con eso desapareció entre la multitud.

Agatha observó el salón una última vez: las risas, la música, la celebración, todo aquello que había ayudado a construir.

Y, aun así, sintió una necesidad repentina de marcharse, de volver a algún lugar donde nadie la llamara Arcana, donde nadie esperara nada de ella, donde pudiera recordar quién había sido antes de convertirse en tantas cosas para tantas personas.

Sin despedirse de nadie, abandonó el salón.

Y mientras el sol comenzaba a ocultarse sobre Arcadia, sus pasos la llevaron hacia un lugar que no visitaba desde hacía demasiado tiempo.

La taberna, el único lugar que todavía seguía sintiéndose como hogar. Las calles de Arcadia estaban irreconocibles, no porque hubieran cambiado, sino porque volvían a parecerse a sí mismas.

La guerra había dejado cicatrices imposibles de ocultar, pero la vida tenía una forma obstinada de abrirse paso entre las ruinas.

Agatha caminó sin prisa. Por primera vez en meses no tenía ninguna obligación inmediata. Nadie la esperaba. Nadie necesitaba una decisión.

Nadie le pedía salvar el mundo y aquella sensación resultaba extrañamente liberadora. A medida que avanzaba, comenzó a reconocer lugares que creía perdidos. La vieja librería seguía abierta, aunque ahora ocupaba solo la mitad del local, y la floristería había reconstruido el escaparate.

Incluso la anciana que vendía hierbas en la plaza seguía discutiendo con todo aquel que intentara regatearle.

Aquello arrancó una sonrisa involuntaria de Agatha. Algunas cosas jamás cambiarían. Gracias a Lumen.

Los adoquines resonaron bajo sus botas mientras se internaba en los barrios bajos.

Su antiguo hogar, el lugar donde había aprendido más sobre el mundo que en todos los años que pasó encerrada en el castillo, el lugar donde había dejado de ser una princesa para convertirse simplemente en Agatha.

La taberna apareció al final de la calle, igual que en sus recuerdos, quizá algo más envejecida, quizá más silenciosa.

Pero seguía allí, esperándola. Agatha se detuvo frente a la puerta y la observó, como si temiera que al cruzarla los recuerdos fueran demasiado reales.

Recordó su primer día, las mesas abarrotadas, las discusiones absurdas, las noches de trabajo interminables, las risas, las peleas, los clientes imposibles.

Y también recordó a las personas: Mayara, Lucien, todos aquellos que habían construido una familia cuando ella más la necesitaba.

Un nudo inesperado se formó en su garganta. Habían pasado meses. Una guerra. Traiciones.

Profecías.

Y aun así aquel lugar seguía siendo el único capaz de hacerla sentir pequeña.

De la forma correcta. Empujó la puerta. El interior estaba vacío. La luz anaranjada del atardecer entraba por las ventanas.

El aire olía a madera, a especias, a hogar. Agatha recorrió lentamente el local.

Rozó el respaldo de una silla, la barra, las paredes, como si estuviera saludando a viejos amigos.

Allí había reído. Había llorado. Había aprendido. Había cometido errores.

Había sido feliz.

Y durante un instante se permitió echar de menos aquella versión de sí misma.

La muchacha que todavía creía que el mundo era mucho más sencillo de lo que realmente era.

Sus dedos se detuvieron sobre una pequeña marca en la madera de la barra.

Una vieja quemadura. Todavía estaba allí. No sabía por qué seguía allí. Quizá porque nadie había querido borrarla.

Quizá porque algunas cicatrices merecían permanecer. Agatha sonrió. Había pasado demasiado tiempo. El silencio volvió a envolver la estancia.

Un silencio tranquilo. Familiar. Durante unos minutos permaneció sola. Escuchando el crujido de la madera.

El viento golpeando suavemente las ventanas. Los ecos de recuerdos que parecían pertenecer a otra vida. La vida antes de la guerra. Antes de las coronas. Antes de las profecías, antes de que todo se volviera demasiado grande. Entonces la puerta se abrió. Agatha no se sobresaltó.

Ni siquiera se giró de inmediato. Porque una parte de ella ya sabía quién era. Conocía aquellos pasos. Conocía aquella presencia.

Había pasado demasiado tiempo buscándola entre multitudes. Demasiado tiempo preguntándose dónde estaba. Lentamente se volvió. Lucien permanecía junto a la entrada.

La luz del atardecer dibujaba su silueta. Sus ojos grises encontraron los de Agatha. Durante un instante ninguno habló; simplemente se observaron, como si intentaran descubrir cuánto habían cambiado.

Entonces Agatha comprendió algo. No era que Lucien pareciera diferente; era ella quien lo veía distinto.

Por primera vez dejó de verlo únicamente como el hombre que siempre aparecía cuando lo necesitaba.

Lo vio como un hombre. Simplemente un hombre.

—Pensé que seguirías en la celebración.

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