XX. El nombramiento
CAPÍTULOXXEL NOMbrAMIENTO
Seis meses después de la guerra.
El amanecer encontró a Agatha despierta. No era extraño.
Había noches en las que todavía despertaba esperando escuchar el sonido de las alarmas.
El estruendo de las catapultas, los gritos, el rugido de los incendios. Pero aquella mañana solo había silencio.
Un silencio distinto, que no anunciaba peligro y comenzaba a parecerse a la paz. Agatha apartó las sábanas y se acercó a la ventana.
Arcadia despertaba lentamente bajo la luz dorada del amanecer. Las cicatrices seguían allí. Siempre estarían allí. Pero la ciudad respiraba.
Los comerciantes comenzaban a abrir sus puestos. Los panaderos encendían sus hornos. Los primeros carruajes cruzaban las calles. Durante un instante se permitió contemplarlo todo.
Aquello era por lo que habían luchado. No por los títulos, las coronas ni las victorias.
Por aquello: la posibilidad de un mañana.
—Sabía que te encontraría aquí.
Agatha no se volvió. Reconocería aquella voz en cualquier lugar.
—¿Vienes a rescatarme o a asegurarte de que no huya?
Astrid soltó una risa suave.
—Todavía estoy decidiéndolo.
La puerta se cerró detrás de ella. Durante unos segundos permanecieron observando la ciudad, como cuando eran niñas, antes de que la política, los secretos y la guerra se interpusieran entre ellas.
—Hoy es un día importante.
—Eso dicen.
—Agatha…
Ella percibió el cambio en su tono. Y supo exactamente hacia dónde se dirigía la conversación.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo que hacerlo.
El silencio se instaló entre ambas. No era incómodo. Solo viejo. Como una herida que había tardado demasiado en cerrarse.
—Aquella noche que te marchaste luego de verme con Ian en el campamento…
Agatha apoyó ambas manos sobre el alféizar.
—Lo sé.
—Y nunca hablamos de ello.
—Porque poco después estalló una guerra.
Astrid sonrió con tristeza.
—Sí. Eso suele complicar las conversaciones incómodas.
La respuesta arrancó una pequeña risa a Agatha.
—Pensé mucho en ello después.
—Astrid…
—Déjame terminar.
Por primera vez había algo vulnerable en la voz de su hermana. Algo que pocas personas llegaban a escuchar.
—No sabía lo que sentías por Ian.
Agatha bajó la mirada.
—Ni siquiera yo estaba segura de lo que sentía.
Y era verdad. Durante mucho tiempo había confundido demasiadas cosas: cariño, admiración, soledad, esperanza, todo mezclado hasta parecer amor.
—Aun así debí hablar contigo.
—Quizá.
—No. Debí hacerlo.
Astrid se acercó.
—Porque si hubiera sabido que te estaba haciendo daño…
Su voz vaciló.
—Nunca habría permitido que ocurriera de aquella manera.
Agatha la observó. Por primera vez no veía a la heredera. Ni a la futura reina. Solo veía a su hermana.
—Ian es importante para mí.
—Lo sé.
—Y siempre lo será.
Agatha asintió. Aquello ya no dolía. O al menos no como antes. Astrid respiró hondo.
Y entonces dijo algo que Agatha jamás esperó escuchar.
—Pero si alguna vez hubiera tenido que elegir…
Agatha frunció el ceño.
—¿Elegir?
—Entre tú y cualquier otra persona.
El mundo pareció detenerse.
—Astrid…
—Te habría elegido a ti. Siempre.
Agatha no respondió, no porque no quisiera, sino porque las palabras se negaban a salir.
—Porque eres mi hermana. Mi sangre. Mi familia. Mi hogar. Y no existe nadie en este mundo que pueda ocupar ese lugar. Nadie.
Astrid sostuvo su mirada unos segundos más. Como si necesitara asegurarse de que Agatha comprendiera cada palabra.
Como si aquellas palabras hubieran permanecido atrapadas demasiado tiempo. Entonces, para sorpresa de ambas, Agatha sonrió. Una sonrisa pequeña, temblorosa, real.
—Eres terrible expresando tus sentimientos.
Astrid parpadeó.
—¿Perdón?
—Lo eres.
—Acabo de decirte que eres la persona más importante de mi vida.
—Y lo hiciste sonar como un decreto real.
Aquello arrancó una carcajada inesperada de Astrid, una risa sincera y libre, la primera que Agatha escuchaba en mucho tiempo.
Y de repente todo pareció más sencillo. Más ligero. Como si la guerra hubiera terminado también dentro de ellas.
—Ven.
Astrid le ofreció el brazo.
—Si vamos a llegar tarde al nombramiento prefiero que sea juntas.
—Eso ha sonado sospechosamente sentimental.
—Y tú sospechosamente insoportable.
—Supongo que algunas cosas nunca cambian.
—Gracias a Lumen.
Abandonaron la habitación juntas. Los pasillos del castillo estaban más concurridos de lo habitual: sirvientes, consejeros, guardias, mensajeros. Todos parecían tener algún lugar urgente al que ir.
Sin embargo, por primera vez en años, el ambiente no estaba cargado de miedo.
Había tensión, expectativas, nervios. Pero no miedo.
Aquello también era nuevo.
Mientras descendían por la gran escalinata, Agatha se sorprendió observando detalles que antes habría ignorado.
Los tapices restaurados, las vidrieras reparadas, los muros que aún conservaban algunas marcas de la guerra. Arcadia había cambiado, pero seguía siendo Arcadia. Y quizá aquello era suficiente.
Al atravesar el patio principal se encontraron con varias personas que se detuvieron para saludarla.
Algunas inclinaron la cabeza. Otras simplemente sonrieron. Un anciano incluso levantó una mano desde una de las galerías. Agatha respondió con una inclinación torpe.
Aquello seguía resultándole extraño. Muy extraño.
—Todavía no te acostumbras.
Astrid parecía divertirse observándola.
—¿A qué?
—A que te quieran.
Agatha soltó un bufido.
—No seas ridícula.
—Lo digo en serio.
—La gente no me quiere.
—Agatha.
Astrid la miró como si acabara de decir la tontería más grande del mundo.
—La mitad de esta ciudad estaría dispuesta a iniciar otra guerra si alguien intentara hacerte daño.
—Eso no suena tranquilizador.
—No pretendía serlo.
Continuaron caminando.
Y por primera vez Agatha permitió que aquellas muestras de afecto no la incomodaran.
Quizá Astrid tenía razón. Quizá el cariño no siempre escondía una obligación. Quizá algunas personas simplemente la apreciaban. Sin esperar nada a cambio.
Al salir del castillo, la ciudad se desplegó ante ellas y Agatha vio realmente cuánto había cambiado Arcadia. Los mercados estaban llenos y los comerciantes discutían por los precios.
Los niños corrían entre los puestos, una mujer regañaba a un grupo de aprendices y un músico tocaba una melodía desafinada cerca de la plaza. Vida.
Simplemente vida.
Por un instante recordó la taberna: las mesas, el olor a pan, las discusiones absurdas, las noches tranquilas.
Y antes de que pudiera evitarlo, pensó en Lucien. La imagen apareció de forma tan natural que casi la sorprendió. Hacía semanas que no lo veía de verdad.
Aparecía y desaparecía, siempre ocupado, siempre distante, como si hubiera algo que le impidiera quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar.
—¿En qué piensas?
La voz de Astrid la sacó de sus pensamientos. Agatha apartó la mirada de la multitud.
—En nada.
Astrid arqueó una ceja.
—Mentira.
—¿Desde cuándo eres tan observadora?
—Desde que tú eres terrible mintiendo.
Agatha soltó una risa. Y por primera vez no intentó defenderse.
Porque, si era sincera consigo misma, ni siquiera estaba segura de por qué pensaba tanto en Lucien últimamente.
Solo sabía que, cada vez que desaparecía, algo en ella notaba su ausencia.
Y eso era un problema que todavía no estaba preparada para analizar. Delante de ellas, las puertas del Gran Salón comenzaron a abrirse. La ceremonia estaba a punto de comenzar.
Sin saberlo, Agatha estaba a punto de dar el primer paso hacia el final de una vida y el comienzo de otra.
El murmullo de las conversaciones escapó al exterior como una ola.
Decenas de personas ocupaban ya sus lugares: representantes de los Disidentes, consejeros, líderes de los distintos territorios, comandantes que habían sobrevivido a la guerra y ciudadanos comunes invitados como símbolo de aquella nueva etapa.
Agatha sintió una extraña presión en el pecho. No era miedo. Tampoco nervios. Era algo más difícil de nombrar.
Quizá responsabilidad. Quizá incredulidad.
—Todavía puedes huir por una ventana.
Astrid murmuró a su lado.
—¿Y perder la oportunidad de avergonzarte frente a todos?
—Jamás te lo perdonaría.
—Entonces tendré que entrar.
Avanzaron juntas.
Por primera vez Agatha notó cómo las conversaciones se apagaban a medida que caminaba.
No porque fuera una princesa ni porque fuera hermana de Astrid, sino porque la reconocían. Aquello seguía resultándole extraño.
Durante gran parte de su vida había aprendido a pasar desapercibida. Ahora parecía imposible. Las enormes vidrieras inundaban el salón de luz. El antiguo estrado había sido reconstruido después de la guerra.
Algunas grietas permanecían visibles por decisión deliberada, como un recordatorio de que Arcadia no pretendía olvidar.
Agatha tomó asiento junto a Astrid. Al otro lado reconoció varios rostros familiares: algunos líderes disidentes, viejos aliados, personas que meses atrás habían desconfiado de ella y ahora la saludaban con respeto. La sensación seguía siendo desconcertante. La ceremonia comenzó con discursos.
Muchos discursos, más de los que cualquier persona debería soportar antes del almuerzo. Agatha intentó prestar atención. Lo intentó de verdad.
Pero después del cuarto orador comenzó a perder la batalla.
—Si vuelves a bostezar van a pensar que estás muriendo —susurró Astrid.
—Estoy muriendo.
—De aburrimiento.
—La peor de las muertes.
Astrid ocultó una sonrisa. Por fortuna nadie parecía estar observándolas. Finalmente llegó el momento. El representante principal de los Disidentes se levantó.
La sala fue quedando en silencio poco a poco, hasta que únicamente permaneció el eco de las últimas palabras.
—Hace seis meses nuestro reino estuvo a punto de desaparecer.
La voz resonó por todo el salón.
—Perdimos ciudades, familias, amigos, creencias. Pero también descubrimos algo: incluso en nuestros momentos más oscuros, todavía éramos capaces de elegir quién queríamos ser.
Agatha levantó la mirada. Aquello ya no sonaba como un discurso político. Sonaba personal.