XIX. Las cenizas de la guerra #4
Una respuesta torpe, ridícula, pero era todo lo que tenía. Ian soltó una pequeña risa, agotada, casi rota. Y durante un segundo… parecieron ellos otra vez.
Solo ellos, antes de la guerra, antes del dolor, antes de Astrid, antes de todo. Entonces un edificio colapsó y el estruendo devolvió la realidad de golpe. Ian giró de inmediato.
—Necesitan ayuda allí.
Agatha siguió su mirada. Y sin pensarlo respondió.
—Voy contigo.
Ian la observó. Durante apenas un instante. Y asintió. Porque aquella era la Agatha que conocía.
La que siempre corría hacia el peligro cuando alguien necesitaba ayuda. La que nunca conseguía quedarse quieta. Y juntos corrieron. No como amantes. No como personas con una historia pendiente. Sino como dos personas intentando salvar vidas.
Horas después, lo primero que llegó fue el silencio. No la victoria ni la derrota, tampoco los gritos de celebración que tantas veces había imaginado durante las noches más oscuras. Silencio.
Un silencio pesado, espeso, que parecía cubrir las ruinas de Arcadia como una mortaja.
Agatha permaneció inmóvil entre los restos del campo de batalla. El viento arrastraba el olor a humo, sangre y piedra quemada.
A su alrededor había hombres y mujeres que aún respiraban, pero nadie parecía recordar cómo hacerlo con normalidad.
La batalla había terminado. Y, sin embargo, nadie sabía qué hacer con aquella verdad. Durante años habían aprendido a sobrevivir. A resistir.
A luchar. Ahora debían aprender algo mucho más difícil: vivir. Agatha cerró los ojos apenas un instante.
Cada músculo de su cuerpo protestó. La herida de su costado seguía ardiendo bajo los vendajes improvisados. La cabeza le daba vueltas. El agotamiento amenazaba con arrastrarla al suelo.
Pero seguía en pie, como siempre. Cuando volvió a abrir los ojos, vio a Astrid a pocos metros. Su hermana hablaba con varios soldados mientras intentaban organizar a los heridos.
Parecía agotada. Más humana de lo que Agatha la había visto nunca.
Por primera vez en mucho tiempo no había una corona invisible sobre su cabeza.
Solo una mujer intentando salvar lo que quedaba de su hogar. Y quizá eso era suficiente. Las horas siguientes transcurrieron como un sueño confuso: se recogieron cuerpos, se apagaron incendios y se improvisaron refugios. Nadie preguntó quién había ganado porque todos conocían la respuesta.
Nadie. La guerra siempre cobraba más de lo que entregaba.
Al caer la tarde llegaron las primeras voces, que corrieron entre los supervivientes como una chispa: otro ejército.
Agatha sintió cómo la tensión recorría los cuerpos que la rodeaban.
Muchos tomaron sus armas; otros simplemente cerraron los ojos.
No quedaban fuerzas para otra batalla, ni para nada. Desde la muralla observó las banderas acercarse.
Filas interminables de soldados avanzaban por los caminos cubiertos de barro y ceniza.
Y, aun así… No atacaron. Se detuvieron. Como si incluso ellos pudieran ver las heridas abiertas de Arcadia.
Como si comprendieran que ya no quedaba nada por conquistar. Aquella noche comenzaron las negociaciones. No hubo tratados gloriosos. Ni discursos que pasarían a la historia.
Solo hombres y mujeres cansados intentando evitar que el mundo se rompiera un poco más.
Las negociaciones terminaron en una tregua. Los días se convirtieron en semanas. Las semanas en meses. Arcadia aprendió lentamente a respirar otra vez. Las calles volvieron a llenarse.
Los mercados reabrieron. Los templos tocaron sus campanas. Los niños regresaron a las plazas. Y los muertos comenzaron a convertirse en recuerdos.
No desaparecieron. Nunca desaparecerían.
Pero dejaron de sangrar. Agatha dedicó gran parte de aquellos meses a ayudar donde podía: a veces transportando suministros, otras escuchando a quienes lo habían perdido todo y otras simplemente estando presente.
Porque algunas heridas no podían curarse, solo compartirse.
Lucien apareció y desapareció durante ese tiempo como una sombra: siempre cerca, siempre lejos.
Nunca lo suficiente, nunca demasiado. Había días enteros en los que Agatha no lo veía y, cuando finalmente se encontraban, algo parecía haber cambiado.
No sabía qué. Ni por qué. Pero lo sentía. Como una distancia invisible creciendo entre ambos.
Y aquello la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. La carta llegó una mañana gris. El sello de los Disidentes destacaba sobre el pergamino.
Agatha lo reconoció incluso antes de romperlo. Leyó el contenido una vez. Después otra. Y una tercera.
Sin terminar de creerlo. Los líderes de los Disidentes solicitaban su presencia: había llegado el momento de elegir a un nuevo Arcano y su nombre figuraba entre los candidatos.
Agatha permaneció largo rato observando las palabras. Pensando en todo lo ocurrido. En todo lo perdido. En todo lo que aún quedaba por reconstruir.
Finalmente levantó la vista hacia las ventanas abiertas de Arcadia. La ciudad seguía llena de cicatrices. Igual que ella. Pero ambas seguían en pie. Y tal vez aquello era suficiente. Por ahora.
— ✦ —